A FONDO

SAN JERÓNIMO. Homilía pronunciada por Mn. Jordi Vila en el monasterio de san Matías de Barcelona el día 30 de septiembre de 2003

Sir 51,18-30 / 2Tm 3,14-17 / Mt 5,13-15

Celebrar la solemnidad de san Jerónimo en este monasterio tiene un cariz muy especial, puesto que es aquel quien inspira su espiritualidad, su camino de búsqueda y de unión con Dios. Pero los carismas de los santos son siempre en bien de toda la Iglesia y no de una sola familia religiosa. San Jerónimo es de todos. Y qué nos dice, qué nos aporta san Jerónimo a los cristianos del siglo XXI? Una llamada a poner la palabra de Dios en el centro de nuestra espiritualidad y de nuestra vida cristiana. En medio de tantas palabras vacías, que deslumbran un momento pero que se desvanecen como el humo, la palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que una espada de doble filo. En medio de tantas palabras falsas, que nos llevan a la sospecha y al escepticismo, la palabra de Dios se mantiene siempre cierta, y perdurará más que el cielo y la tierra.

Las Sagradas Escrituras son la fuente de la sabiduría que lleva a la salvación gracias a la fe en Jesucristo (2Tm 3,15). Nuestro mundo está sediento de sabiduría (Sir 51,24) aunque no sea consciente de esta sed. Y esta carencia de conciencia, y el desconocimiento de esta palabra viva, consistente y fecunda, deja a muchas personas viviendo en la desorientación, en el sin sentido. Más allá de los cánceres, de las enfermedades cardíacas y del SIDA, algunos expertos sanitarios empiezan a sospechar que la gran epidemia del siglo XXI será la depresión. La depresión es una enfermedad, a menudo tiene causas somáticas bien precisas, y no hemos de olvidar que también hay personas muy creyentes que la padecen. Pero también es cierto que tener una actitud positiva, dichosa y abierta ante todas las situaciones de la vida ayuda mucho a prevenir la enfermedad y a superarla. Y la palabra de Dios, que es siempre una palabra de amor y de vida, es capaz de inundar de claridad el pozo más negro.

Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Dos figuras diferentes y complementarias. La luz del mundo: “No se puede esconder un pueblo puesto sobre una montaña, y nadie enciende una lámpara para esconderla bajo un celemín” (Mt 5,14-15). Esto se puede aplicar muy bien al pie de la letra a este monasterio de Bellesguard. Si desde aquí se ve todo Barcelona, claro está que también desde todo Barcelona se ve Bellesguard. Es un pueblo puesto sobre una montaña, que no se puede esconder. Hermanas, que vuestra vida sea bien luminosa. Si os habéis reunido y os habéis recluido en este monasterio no es para desentenderos del mundo, sino más bien para vivir un estilo de vida alternativo, tal y como se dice ahora. Y esta vida alternativa no es otra que la de seguir a Jesús muy de cerca, imitando sus actitudes y su estilo: la pobreza, que nos enseña a compartirlo todo, la castidad, que nos abre el corazón a un amor universal, y la obediencia a la llamada y a la voluntad de Dios en nuestras vidas. Viviendo así, seréis un faro que atraerá a mucha gente hacia Jesús.

La sal de la tierra. La sal no tiene que ser visible, sino que tiene que quedar bien dispersa y compenetrada con los otros ingredientes del plato. Mal asunto si encontramos un grumo de sal. La sal no se tiene que ver, pero hace falta que esté para que el plato sea gustoso. Esta no es vuestra tarea, hermanas jerónimas, sino la de los laicos. Hace falta que haya cristianos dispersos por todos los barrios y calles de Barcelona. No hace falta que se vean, pero tampoco que se escondan de manera vergonzante. Lo que hace falta es que estén bien compenetrados con todo el tejido de la ciudad, en las instituciones políticas, en los partidos, en los sindicatos, en las empresas, en las escuelas, en las asociaciones de vecinos, en las entidades culturales y deportivas, en cada escalera y en cada familia, para que a todas partes llegue el buen gusto de Jesús, para que todo el mundo conozca su palabra viva y eficaz, amorosa y salvadora.
La sal y la luz, las dos cosas son necesarias a la vez. La luz del mundo sois vosotras, religiosas. La sal de la tierra son los laicos. Una Iglesia sin laicos sería algo parecido a una secta, es decir, a un grupo de personas que ha roto con la sociedad. Una Iglesia sin vida religiosa sería una especie de club de fans de Jesús, es decir, un grupo simpático pero sin consistencia.
Hermanas, la Comunidad de Jesús ha estado vinculada a vosotros desde sus inicios por la vía de la amistad tan honda y de la maternidad espiritual de sor Maria Montserrat Capsir hacia Pere Vilaplana. Él, que fundaba un grupo de laicos que quería ser fermento de renovación y de vida cristiana en medio del mundo, intuía la necesidad del punto de referencia que es la vida religiosa, y lo encontró en sor Maria y en el padre Estanislau. Hermanas, hace falta que continuéis siendo punto de referencia para esta comunidad de laicos, como debéis serlo también para todos los laicos cristianos de Barcelona. Siguiendo el carisma de san Jerónimo, enseñadnos no solamente a conocer las Escrituras, sino sobre todo a orar, a meditarlas, a alimentarnos con ellas, para que ellas sean nuestra escuela de sabiduría. Esta podría ser vuestra contribución, muy valiosa, a la extensión del Reino en nuestro mundo.

 

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