Caminando 

CONVIVENCIAS FAMILIARES EN TARRÉS, MÁS FAMILIARES QUE NUNCA

Nada más acabar las convivencias, mejor que hacer una crónica de las múltiples actividades y experiencias realizadas, me apetece escribir sobre la sensación que me ha quedado.

Tengo una mezcla de cansancio, satisfacción y añoranza... Obviamente es un cansancio físico, fruto de dormir poco, de moverte arriba y abajo, de asumir las novedades constantes. Satisfacción porque han terminado bien, sin que nadie se hiciera daño y con todo el mundo contento (al menos tengo esta sensación). Y añoranza porque tendré que esperar como mínimo un año para reencontrar este ambiente, mezcla de caos, actividad frenética, niños, risas, gritos y cariño, mucho cariño, que he encontrado con la gente que forma parte de este entramado tan peculiar como son las convivencias familiares. En todo viaje, leí el otro día, por más ganas que tengas de hacerlo, siempre hay un momento difícil, en que deseas no haber ni siquiera empezado esa aventura. Naturalmente, pensamos que es el peor momento del viaje, pero en realidad es el mejor, porque sólo gracias a él podemos sacar algo en limpio, aprender algo del viaje.

Este año hemos partido de una situación con menos niños de lo habitual. De hecho, pocos niños. El grupo de los Rierols se había ido de ruta por el País Vasco y sólo quedaban dos grupos (hay que tener en cuenta que el primer año de convivencias en Tarrés había cuatro). Uno de los grupos , el de los mayores, se ha ido la mitad de los días a Jaca a hacer una travesía por los Pirineos.

Esto ha significado que durante unos días sólo ha habido once niños en Tarrés, acompañados por un grupo de adultos como mínimo igual en número al de los niños. Es un punto a reflexionar, pero no el único. Los adultos hemos tenido que situarnos en un plano en que no sólo se trataba de trabajar sino de participar, implicándonos, en la medida de las posibilidades de cada uno, en las actividades de este grupo, centradas en el teatro y sus distintas formas (teatro de sombras, expresión corporal, máscaras...). Más convivencias que nunca, sin duda.

Por otra parte, los que han hecho la travesía por los Pirineos no han ido sólo con sus monitores. Se ha añadido otra gente, sea para acompañarles, para trabajar con ellos o por el placer de reencontrarse con la montaña. Y se ha vivido con toda naturalidad, teniendo presente el papel de cada uno. Y disfrutan, que es lo que hace falta. También han sido más convivencias que nunca.

Los fines de semana se han convertido en un ir y venir de gente que ha puesto a prueba nuestra capacidad de improvisación porque nunca sabíamos cuántos seríamos a la mesa. Todos nos han manifestado su interés por lo que estábamos haciendo, poniéndose a plena disposición para lo que hiciera falta: limpiando, cocinando, colaborando en los juegos... conviviendo, en definitiva.

Nos ha dicho, alguien que nos conoce mucho, que las convivencias familiares de verano son uno de los puntos neurálgicos de la Comunidad. Un punto de encuentro y que permite compartir en el sentido más amplio de la palabra, un punto de acogida y de cariño donde nos encontramos (y es de las pocas oportunidades en que lo hacemos, no hay que olvidarlo...) varias generaciones, padres e hijos, jóvenes, adolescentes y niños en una amalgama que parece difícil que mantenga el equilibrio, pero que parece bendecida por un componente que trasciende lo que sería razonable.

Hace 25 años que un grupo de matrimonios empezó a encontrarse en verano en Piedrafita. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero aquella semilla no deja de dar frutos y de hacer que los veranos sean algo especial para muchos de nosotros.

Jaume París

 

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