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Jacques Maritain, René Voillaume y los Hermanitos de Jesús

Conferencia de René Mougel. Barcelona. 30-octubre-2003 dentro de los actos del 30° aniversario de la muerte de Maritain. La ponencia se servirá de un largo estudio publicado por Michel Nurdin en Cuadernos J. Maritain (1997 nº 35) titulado: "J. Maritian y los Hermanos de Jesús". El texto entrecomillado remite textualmente al trabajo citado

Jacques Maritain estuvo presente en la misa de los Hermanos de Jesús, en Montmarte en los actos de la celebración del XXX aniversario de la fundación de la Orden, el 8 de septiembre de 1993. Hacia treinta años que el cardenal de París impuso el hábito a los cinco primeros Hermanos. El prior de esta primera comunidad era René Voillaume y tenía entonces 28 años. Casi treinta años más tarde, poco después de la muerte de su esposa J. Maritain publicaría el Diario de Raïssa. El autor no tenía ni la necesidad ni la costumbre de solicitar las introducciones de sus libros pero para este diario espiritual de Raïssa, tan importante para él, pidió el prólogo al P. Voillaume. Éste escribiría una docena de páginas donde aproximaba el testimonio y la experiencia espirituales de Raïssa a los del P. de Foucauld y a santa Teresa del Niño Jesús. Es conocido que, a partir de esa época, tras la muerte de Raïssa en noviembre de 1960, J. Maritain entró a compartir la vida comunitaria con los Hermanos de Jesús en Toulouse y, al final de su larga vida, hizo la profesión religiosa el 1 de noviembre de 1971, después de un año de noviciado, en aquella Fraternidad.

Es evidente que los vínculos entre J. Maritain y el P. Voillaume eran profundos aunque tuvieron pocas oportunidades de encontrarse. Su primer encuentro se produce en 1946. Tampoco mantienen una  relación epistolar frecuente.  Con todo, en 1961, en el acto de acogida a Maritain en Toulouse, el P. Voillaume tiene estas palabras esclarecedoras: “Es una delicadeza de la Providencia que la amistad de Jacques con nosotros, y que el parentesco espiritual que existía ya desde hace tiempo con nuestra forma de vida religiosa, lo hayan conducido a venir a vivir entre nosotros, como un hermano mayor de quien tenemos mucho que esperar [...]”. Maritain estuvo asociado, según palabras del mismo fundador, a la “fundación espiritual de la Fraternidad”. Por tanto, el hombre que toma el hábito de los Hermanos el 15 de octubre de 1970 e inicia el noviciado en su Comunidad no es un joven que acaba de descubrir la espiritualidad de Foucauld. Tiene 88 años, y desde hace tiempo está muy cercano a la espiritualidad  del P. de Foucauld. Más exactamente tiene trato con el primer círculo de sus discípulos, incluso en vida de Foucauld.

Maritain nunca se encontró con el P. Foucauld ni mantuvo correspondencia con él. Pero si conoció a Louis Massignon[1] con el que mantuvo a partir de 1913 una estrecha relación de amistad. El 28 de enero de 1917, Maritain escribe a Massignon, entonces enrolado en el ejército de Oriente: “¡Cuán tiernamente he pensado en usted, mi querido amigo, cuando he sabido por los periódicos la triste noticia que usted ya debe conocer desde hace algunas semanas, el asesinato de su querido y muy apreciado P. de Foucauld! Es un gran intercesor, aunque nos deje [...] he conseguido conocer detalles sobre esta muerte, que se atribuye a los bandoleros del desierto, y que le valdrá posiblemente para ser reconocido como mártir”.

En poco menos de un mes, Massignon estará en París. J. Maritain anota en su cuaderno, con fecha del 23 de febrero de 1917: “Almuerzo en casa de Massignon [...] Conversamos toda la tarde, me gusta hablar de Dios con este alma ardiente y llena de nobleza, de una línea moral tan recta y austera, de una inteligencia tan aguda y llena de curiosidad. Hemos ido a rezar juntos a Montmartre. Nuestra amistad se ha hecho cada vez más estrecha durante esta guerra, a pesar de la separación física. Me habla mucho del P. Foucauld [...] Me pide rezar por la obra del P. de Foucauld que es “la Unión de oraciones” para la conversión de los musulmanes en las colonias francesas. Maritain había hablado de ella a principios de 1914 a su amigo Ernest Psichari, militar como Foucauld, y que había encontrado la fe en tierras musulmanas en los desiertos de Mauritania. El 1 de febrero de 1914 enviaba a Psichari los estatutos de la Unión, de parte de Massignon. “En esta época, señala Michel Nurdin, el P. de Foucauld acababa de hacer un comentario de estos estatutos, por otra parte comentario muy conocido bajo el nombre de Directorio (de la Unión de los hermanos y hermanas del Sagrado Corazón de Jesús) que Massignon va a difundir sin demora. La primera edición, no comercial, data de 1917, apenas algunos meses después de la muerte del P. de Foucauld. El 23 de marzo, Massignon dedica un ejemplar a Jacques Maritain, el segundo de los treinta y cinco dedicados[2]. De este modo J. Maritain se asocia desde el principio a la difusión del testimonio y la obra del P. Foucauld promovida por Louis Massignon.

Otro discípulo y heredero de Foucauld, Charles Henrion, es también muy amigo de los Maritain. A nivel espiritual, Jacques anotará, que “ha tenido un lugar único en nuestra vida”, abogado, converso, amigo de Paul Claudel, y después de los Maritain desde 1913, vive totalmente entregado a la contemplación, siguiendo la escuela de san Juan de la Cruz. Atraído también por el ejemplo del P. de Foucauld marcha a Túnez, donde el arzobispo de Cartago, en noviembre de 1924, le impondrá el hábito. Tendrá gran influencia en la conversión de Cocteau, en las conversaciones en casa de los Maritain, con ocasión de uno de sus regresos a Francia seis meses más tarde de su partida. Así lo narra Raïsa: “Ayer Cocteau debía irse temprano después de la cena, un coche tenía que recogerlo para conducirlo al estreno del ballet ruso. Pero el coche se retrasaba. Llegó antes el P. Carlos. Con su vestido blanco del desierto, con un corazón rojo, coronado por una cruz, sobre el pecho. Es bonito, lleno de sencillez [...] La impresión es grande. Veo a Jean Cocteau de pie, silencioso, en el marco de la ventana, ensimismado en la reflexión. He aquí pues la clara respuesta de Dios a nuestras oraciones, a nuestra inquietud; desde hacía algunas semanas nos preguntábamos a qué sacerdote dirigir a Cocteau, pues creíamos que era el momento oportuno, y no lo habíamos encontrado. Una vez más nuestro dulcísimo Dios había respondido en una dificultad muy grande con un gran auxilio[3].” Cocteau contestó del siguiente tenor en su Carta a J. Maritain: “Entró un corazón, un corazón rojo coronado por una cruz roja en medio de una forma blanca que se deslizaba, se inclinaba, hablaba, apretaba manos. Aquel corazón me hipnotizaba, me distraía de la cara, decapitaba el albornoz. Era la verdadera cara de la forma blanca y Carlos parecía tener la cabeza sobre su pecho como los mártires.”

Massignon tenía a los Maritain al corriente de lo que hacía el P. de Foucauld. Debió al menos hablarles de las cartas que había intercambiado con éste. Durante una entrevista publicada en el periódico neerlandés De Maasbode el 30 de mayo de 1926, después de haber destacado el hecho de que en Francia “las ideas del P. de Foucauld avanzan cada vez más”, Jacques Maritain proseguía: “Massignon mantuvo con él una correspondencia muy viva que un día u otro se publicará...”[4]. Antes, pues, de la fundación del P. Voillaume, J. Maritain aparece, como se evidencia por estos múltiples indicios, como alguien muy cercano a la herencia de Foucauld que comienza a extenderse. “El hecho, hace notar M. Nurdin, debía conocerse entre sus amigos; si no, por ejemplo, ¿por qué el P. Iwashita Soichi, que trabajaba entonces en la traducción de Tres Reformadores, habría dedicado a Jacques Maritain la biografía japonesa del Padre de Foucauld publicada en 1929 por el Dr. Totsuka Bunkei. Él mismo traducirá De la vié d’oraison en 1931-1932.

Entre estos indicios precoces, hay uno en 1922 que nos aproxima a la vocación de los Maritain y al testimonio del P. de Foucauld. Hacía entonces cerca de 15 años que Jacques y Raïssa Maritain se habían bautizado. Muy pronto experimentaron la llamada evangélica a darlo todo para seguir a Jesús. La vía clásica para responder a esta llamada radical era la vida religiosa pero su matrimonio era un factor a tener en cuenta. Una reflexión de J. Maritain en 1909 expresa su inquietud en esta situación de búsqueda: “Tenemos que ser como religiosos de una especie de orden especial”. Los Maritain comprenden muy rápidamente la parte primordial de la unión con Dios por medio de la vida de oración. El atractivo de la contemplación se traduce en el deseo de una vida propiamente contemplativa, a semejanza de la Cartuja o el Carmelo. Pero su estilo de vida y actividad los mantienen en otro estado: son intelectuales inmersos en la vida del mundo y en las relaciones con múltiples contactos con personas actores de la vida cultural, artística, política y no monjes viviendo en su monasterio o ermita. Hay, pues, una tensión perceptible entre la llamada de Dios a darlo todo y las exigencias de su vocación propia que es necesario encontrar fuera de las vías de la vida consagrada. Es conocido que, no sin dolor, los Maritain encontraron bastante incomprensión en sus planteamientos por parte de sus primeros directores espirituales (benedictinos) que consideraban sus planteamientos como una pequeña extensión de la vida monástica.

En 1922, los Maritain redactan para sus amigos con los que compartían una búsqueda en común un “Directorio” que define en la primera parte “la vida de oración” en los grupos de búsqueda intelectual que darían lugar a los famosos Círculos Tomistas. A los 40 años, no fundan una nueva congregación religiosa, sino una asociación abierta principalmente a laicos y basada en una práctica de vida contemplativa. En este contexto preciso, Maritain tiene en cuenta su situación un tanto especial. La describe el 16 de mayo de 1922: “Conversando detenidamente con Raïssa, tenemos la impresión de que estamos aquí los dos, a pesar nuestro, en alta mar y forzados a decidir por nosotros mismos”. Así, pues, hace notar la limitación de los consejos humanos, en particular para las cuestiones que tenían que solucionar entonces: “la vida espiritual” y “lo que conviene a la vida laica”. Añade: “Nos sentimos muy sorprendidos por la manera estrecha y convencional con que los Benedictinos juzgan al P. de Foucauld, ese “personaje original”, nos decía uno de ellos”.

Por entonces, hacía algunos meses que el éxito del libro de René Bazin, “Charles de Foucauld explorateur du Maroc, eremite au Sahara”, había dado a conocer ampliamente a los interesados la historia del P. de Foucauld. Los Maritain tenían un conocimiento anterior y más extenso a la vez por Massignon.  Existe entre los Maritain y el P. Foucauld un acuerdo espiritual profundo: ¿no hizo la llamada de Dios andar a Foucauld a través de los monasterios para conducirlo finalmente a una vida contemplativa entre los tuareg? Existe, pues, entre el sacerdote Foucauld y el matrimonio Maritain, una analogía profunda en cuanto a la búsqueda de Dios y su voluntad en cuanto la llamada de Dios a una vida contemplativa no los retira del mundo, al contrario, los atrae hacia el mundo. Esta convicción va a explicitar las relaciones de Maritain con la Fraternidad fundada por el P. Voillaume. En esta época nos encontramos a René Voillaume enfrascado en la lectura y meditación del libro de René Bazín momento espiritual del que escribirá más tarde en su testamento que fue “una gracia de certeza luminosa que no dejó en mi alma ninguna duda: debía imitar la vida de Carlos de Foucauld”.

El proceso de R. Voillaume que le conduce a fundar la Fraternidad diez años más tarde es ampliamente conocido. Los Maritain están completamente ajenos a esta fundación aunque, probablemente invitado por Massignon, Jacques Maritain asiste a la misa de fundación en Montmartre en 1933. Y, con todo, en 1928, totalmente ajeno a los preparativos del P. Voillaume, Jacques dibuja, para un joven que le pide consejo, una especie de proyecto profético de lo que más tarde realizará la Fraternidad. Este joven es André Harleire, amigo de los Maritain, será uno de los primeros Hermanos. Si no está en Montmartre el 8 de septiembre de 1933, es por que se encuentra en Argel esperando a los Hermanos para unirse a ellos. Para él, que desempeño un papel importante en la formación de la Fraternidad, la relación entre los Maritain y la Fraternidad se encontraba firmemente consolidada en la amistad. Pero volvamos de nuevo al episodio de 1928.

Intelectual, convertido, Harleire es como los Maritain seducido por el ideal de una vida contemplativa pero una vida contemplativa, no obstante, en el mundo. Y he aquí el consejo que le da Maritain (carta del 31 de julio de 1982) y que nos lleva al P. de Foucauld: “Si la impresión que tiene usted y que va en el sentido de una vida contemplativa en el mundo, responde a una voluntad de Dios, me parece que la entrada en la Cartuja es una decisión sabia y prudente. Ya que depende entonces de Dios, y sólo de Él, afirmar esta voluntad haciendo por usted lo que hizo por san Benito Labre o por el P. de Foucauld, empujándole afuera a pesar suyo”. El consejo de Maritain es, pues, prudente: la forma clásica de una vida contemplativa es la Cartuja (o la Trapa, o el Carmelo...). Hacia ella orienta a Harleire. Pero Maritain no se cierra del todo a la idea de que la vocación a una vida contemplativa “le empuje afuera”, fuera del claustro, como dice, ya que en la misma carta, aclara los términos del problema “vida contemplativa en el mundo”, de una manera que dice mucho sobre su propia manera de ver y vivir esta situación y la conciencia que tenía de su propia vocación compartida con Raïssa y Véra: “¿Una vida integralmente contemplativa en el mundo? En verdad, yo no la creo posible. Una vida contemplativa en esencia, sí, y que ni siquiera implicaría la preocupación directa por el apostolado de la vida mixta dominicana, sí todavía; no obstante, sólo se justificaría en el mundo por el deseo de servir a las almas, y en consecuencia de entregarse a ellas de un modo u otro, y soportar valerosamente todos los fracasos, amarguras y vaivenes inútiles que son inseparables del comercio con los hombres, aunque sólo sea para dar testimonio en medio ellos de la misma contemplación y del amor eucarístico de Nuestro Señor [...].

Continúa el texto: “Si usted debe permanecer en el mundo, creo que es con la voluntad de dejarse devorar por los demás, sin preservar nada más que la parte, muy grande, de soledad necesaria para que Dios haga de usted algo que sea útilmente devorable [...]” “¿Qué queda después de esto? La impresión, la esperanza de que el Espíritu Santo prepare algo en el mundo, una obra de amor y de contemplación, que querrá almas totalmente entregadas e inmoladas en medio mismo del mundo. Usted sabe hasta qué punto esta idea está profundamente en mí. Pero no es nada más que una idea, una esperanza [...]”. Volveremos a encontrar esta idea de forma reiterativa en el pensamiento de J. Maritain.

La Fraternidad, como sabemos, se estableció en Al-Abiodh como una comunidad de clausura, y durante más de diez años vivió en el desierto y la soledad contemplativa siguiendo esencialmente los dictámenes y la forma clásica del claustro. Necesitará un lento proceso para encontrar la forma, nueva en la Iglesia, de su vocación de congregación religiosa, a saber, contemplativa para insertarse en medios no cristianos, entre los desheredados del mundo y en el mundo obrero, dicho en cuatro palabras célebres, “au coeur des masses”. Esto será, sobre todo, tarea de la posguerra. En ese momento nos encontramos con Maritain. Anteriormente, el período de clausura de la Fraternidad, oculta en el desierto argelino, se desarrollará casi sin relación con Maritain. A pesar de todo, se ve despuntar un elemento observado por M. Nurdin, y que traduce una determinada intimidad o proximidad con el pensamiento de Maritain. En efecto, lo que los Hermanos llamaban entonces la adaptación, diríamos hoy “inculturación”, al medio musulmán y sahariano. La fraternidad de El-Abiodh quería ir “lo más lejos posible en su deseo de «inculturación» no solamente espiritual, sino también humana y religiosa” (Cuaderno nº 35 p. 15). Fr. André encargado de elaborar un texto sobre este tema hacia 1935-36, lo redacta en referencia a dos textos de Maritain, Religión y cultura y Del régimen temporal y de la libertad.

Llegado a este punto es obligado decir algunas palabras sobre el pensamiento de Maritain, desarrollado en los años 30 alrededor de estos dos textos citados, y que debía expresarse de manera magistral en Humanismo integral (1936). En un contexto de reflexión fundamental sobre la civilización y su futuro, sobre las posibles interferencias entre religión y cultura y, para un cristiano, entre el Evangelio y la Iglesia, en medio del hervor social y religioso que representaba el desarrollo de la Acción Católica, y también el compromiso cristiano de grupos como Esprit de Emmanuel Mounier, J. Maritain centró  sus reflexiones sobre “los problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad”. Lo hizo, primero, en una Universidad de verano en España en 1934 (Santander) y, más tarde, en Polonia además de en múltiples artículos y conferencias por Europa y las dos Américas. Toda esta reflexión fue publicada en su libro más famoso: Humanismo integral (1936). La idea de un “mundo cristiano” o de una cristiandad nos lleva espontáneamente, en Occidente, a la Edad Media. Nuestro mundo no es cristiano como lo fue en la Edad Media. Esto es una constatación fundamental.

Por otra parte, en perspectiva histórica, la Iglesia en la Edad Media se había hecho la educadora de los pueblos cristianos, y por lo tanto la obra de civilización (cultural y política) se encontraba bajo la tutela religiosa. Pero, más adelante, la emancipación de esta tutela en lo que podríamos llamar el movimiento humanista del Renacimiento aparece, a los ojos de Maritain, como algo muy temporal. Y si desdicha del humanismo moderno ha sido la de ser antropocéntrico y rechazar sus fuentes cristianas, el reto no es rechazar suicidamente este humanismo, sino reconciliarlo con el espíritu cristiano. A este modo de proceder Maritain le llama un “humanismo integral”, humanismo teocéntrico o mejor aún “humanismo de la Encarnación” del Verbo de Dios en el hombre. Así, en tanto que obra de civilización centrada en la dignidad de la persona humana y ajustada a la inspiración del Evangelio, la realización de este “humanismo integral” será propiamente un asunto de laicos. Maritain llama a la “misión temporal de los cristianos (de todo tipo: cultural, social, política, científica, artística) que es una misión de colaboración en un mundo plural y que consistirá en aportar la inspiración y, en primer lugar, el testimonio y la presencia, del Evangelio en la obra de los hombres sobre la tierra.

En esta atención cristiana a lo humano, Maritain ve una prolongación de la Encarnación que ha hecho descender del cielo, en la humanidad de Jesús, la fuente de la gracia, y que sigue en la Iglesia. Maritain tiene un sentido claro de esta misión que continúa en la Iglesia. Sin añoranzas de los tiempos de cristiandad, en la Carta sobre la independencia (1935) escribe: “El instinto espiritual, que es de Dios, pide a los cristianos dispersarse en el mundo que Dios hizo, para llevar su testimonio y vivificarlo”. Y si el fuego del Evangelio debe extenderse sobre la tierra por obra de los cristianos, no es por medio de fulminaciones ni de condenas. Debe aparecer cómo lo que es, fuego de santidad y caridad”.

La atención evangélica a todo lo humano debe inspirar no solamente las acciones de los santos, sino las estructuras y las instituciones de la vida común, penetrar en las profundidades de la existencia sociotemporal. A partir de ahí, la renovación de la civilización que él dice que desea se caracterizará por la santificación de la vida profana o secular y Maritain no duda en hablar de un nuevo estilo de santidad caracterizado por la santificación de la vida profana. Finalmente añadía: “Forma parte del orden de las cosas que este nuevo estilo y esta nueva eclosión de espiritualidad no surjan de la misma vida profana, sino de algunas almas ocultas al mundo, unas viviendo en el mundo, otras en las cumbres de las más altas torres de la cristiandad, quiero decir en las Órdenes más altamente contemplativas, para extenderse desde allí a la vida profana y temporal”.

Humanismo integral fue leído, acogido con simpatía en El-Abioh. Su meditación sobre la penetración del Evangelio en todo lo humano y sobre un nuevo estilo de vida evangélica en el mundo coincidió con la maduración que se operaba en la Fraternidad alrededor del misterio siempre ejemplar, pero que era preciso profundizar fielmente, de la vida oculta en Nazaret. Reanudando las fórmulas del P. Voillaume, Michel Nurdin habla de un malestar experimentado por los hermanos, “inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, ante el desfase tan sensible entre su vida, el Reglamento de 1899 del P. de Foucauld y lo que éste había vivido en referencia al “misterio de la vida oculta de Nazaret”. Empieza una evolución en la búsqueda de respuestas de la Fraternidad en orden a su vocación contemplativa en tierra de misión “en el sentido de una vida centrada sobre todo en el trabajo para vivir y en un contacto más íntimo con las gentes” que los acogen. Por otra parte, restablecidas las conexiones entre las dos orillas del Mediterráneo, los hermanos descubrían el renacimiento misionero y religioso que tenía en “Francia país de misión”, su referencia. También la Fraternidad iba a vivir su paso del claustro al mundo y a trasplantar la fidelidad a su vocación contemplativa a las pequeñas fraternidades diseminadas por todo el mundo, en el corazón de las masas.

M. Nurdin explica aún: “La imitación de la vida de Jesús en Nazaret siempre ha sido una de las características que la Fraternidad conserva del P. de Foucauld. Esta imitación se había centrado en principio en la fundación del marco monástico de El-Abioh. Desde este momento iba a cambiar su rostro insertándose “en el corazón de las masas”. Publicadas bajo este título en 1950, las charlas del hermano René Voillaume en el noviciado del El-Abioh y sus cartas a los hermanos se proponían orientar y estimular a una forma de vida consagrada que, debido a su novedad, requería un reajuste respecto a algunos temas clásicos en teología espiritual. Esta nueva situación era especialmente sensible en el ámbito de la plegaria y la oración contemplativa donde, haciendo suya la enseñanza de san Juan de la Cruz, el prior de la Fratenidad reformulaba algunas grandes verdades sacadas a la luz por el Doctor Místico en un contexto existencial humano y religioso, totalmente diferente al nuestro. Ahora bien, M. Nurdin lo destaca, el P. Voillaume cita entonces Humanismo integral e inscribe espontáneamente la profundización de la experiencia de la Fraternidad entre los hombres en las perspectivas caracterizadas por Maritain. Tengamos en cuenta aquí que en 1946, el P. Voillaume acompañado por el hermano André, visita por varias semanas Roma, donde J. Maritain es embajador de Francia. Con esta ocasión se establecerán los primeros contactos para unas relaciones amicales en progresivo crecimiento.

Recíprocamente, cuando el hermano André trasmite a los Maritain algunos textos del P. Voillaume publicados “En el corazón de las masas”, Jacques reconoce sin vacilar la aparición de un “nuevo modo o estilo de contemplación o de vida contemplativa” (Cuaderno, p. 20). Antes, él había anotado: “muy emocionado por los textos del P. Voillaume que André ha dado a Raïssa” que “estos Hermanos son lo que esperábamos desde hacía mucho tiempo” (ibid, p.19). Con el fin de precisar un poco esta espera, recordemos que Humanismo integral dejaba entrever un nuevo estilo de santidad y tenía en cuenta, lo citamos más arriba, que “este nuevo estilo y este nuevo impulso de espiritualidad” debían iniciarse normalmente en las almas contemplativas y en las órdenes religiosas “más altamente contemplativas”. En un texto de 1945, por lo tanto antes de que encuentre al P. Voillaume, un texto donde condensaba una vez más los temas axiales de Humanismo integral, Maritain presentía una renovación de la vida contemplativa y manifestaba su deseo de una “vida contemplativa, quizá bajo nuevas formas” que “sea accesible no solamente a algunos privilegiados, sino al hombre común”, para permitir la penetración del Evangelio en el mundo y la “santificación de lo profano” que él esperaba. No postulaba, pues, una nueva congregación religiosa. Pero en la experiencia espiritual de los Hermanos y en la enseñanza que les daba su fundador, reconocía esta nueva forma de vida espiritual o contemplativa que esperaba el mundo y la mayoría de las gentes y que con Raïssa denominaron desde ese momento “la contemplación por los caminos del mundo”. En este sentido, la Fraternidad, garantizada por la Iglesia, aportaba a los deseos y a las búsquedas, a los presentimientos de los Maritain el refuerzo, el crisol y el aval de su propia experiencia. A través de la difusión de la obra En el corazón de las masas y los escritos del P. Voillaume, el espíritu de Foucauld se extendía en la espiritualidad del siglo XX.

Un tema afecta vivamente a Maritain en la enseñanza espiritual del P. Voillaume: el lugar del amor al prójimo en la vida espiritual o en la experiencia cristiana de la contemplación vivida entre los hombres. Un monje dedicado a la unión con Dios en una vida regulada por la oración no debe olvidar nunca al prójimo. Ahora bien, en una vida compartida ordinariamente con los hombres, como Jesús en Nazaret, las relaciones con los demás alteran totalmente las condiciones del ejercicio de amor al prójimo. Y si en vez de vivirlas como unas concesiones obligadas, en una especie de nostalgia del monasterio, el contemplativo las vive “siguiendo a Jesús de Nazaret”, si ama y mira a los demás “como Jesús los amó” y nos dijo que los hiciéramos (“como el Padre me amó..., como yo os he amado, amaos los unos a los otros”), entonces el amor a los otros ocupará un lugar central en su vida. “De ninguna manera en detrimento de su unión con Dios, puesto que este ejercicio del amor a los demás se hará “divinamente”, abrazando los sentimientos de Cristo Jesús. Más aún, en estas circunstancias, el amor a los demás será indisolublemente el lugar o el momento de la experiencia de Dios.

Maritain había meditado sobre la experiencia de los místicos. En la escuela de san Juan de la Cruz y santo Tomás de Aquino, había reconocido que el medio propio de la experiencia de Dios del que dan prueba los místicos es el amor de Dios, el amor de caridad. Los místicos no conocen a Dios por revelaciones especiales sino a través  de la experiencia íntima de amor. Pues bien, al meditar sobre el lugar que ocupa el amor a los demás en una vida contemplativa en medio de los hombres, Maritain extiende muy lógicamente sobre ellos los conceptos que expresaban clásicamente la experiencia mística de Dios. Escribe, en notas inéditas: “El amor al prójimo es el mismo amor que el amor a Dios. Por lo tanto, el amor fraterno nos connaturaliza también con Dios”. El amor de caridad es el lugar y medio de la experiencia de Dios. El ideal de una vida contemplativa perseguido por los Maritain encuentra allí la justificación profunda de su permanencia en las condiciones de una vida en el mundo. Y por otra parte, la nueva forma de espiritualidad que llaman “contemplación en los caminos” se justifica precisamente en las condiciones de espiritualidad del laico será, ante todo, en la inmersión social del existir con los demás, el aprendizaje de la acogida y de la caridad.

En un texto publicado en 1945, Maritain esboza un poco más la nueva forma de espiritualidad cuya aparición percibía: “en estas perspectivas, se puede comprender que un nuevo estilo de santidad, no digo un nuevo tipo de santidad ya que ésta tiene su tipo eterno en Cristo, se puede comprender que un nuevo estilo de santidad, una nueva etapa en la santificación de la vida secular será requerido por una nueva edad de civilización. No solamente el espíritu de Cristo se extenderá en la vida secular, y buscará a sus testigos entre los que trabajan en las obras y las fábricas, las obras sociales, la política o la poesía, tanto como entre los monjes dedicados a la búsqueda de la perfección; sino que una especie de divina simplificación ayudará a los hombres a comprender que la perfección de la vida humana no consiste en un atletismo estoico de virtud ni en una aplicación libresca y humanamente elaborada de recetas de santidad, sino en un amor que crece sin cesar, a pesar de nuestros desprecios y nuestras miserias, entre el Yo increado y el yo creado; y que todo depende de este descenso de la divina plenitud en el ser humano del que hablé más arriba, y que opera en el hombre la muerte y la resurrección; y que la santificación del hombre tiene su piedra de toque en el amor al prójimo que le pide estar siempre dispuesto a dar lo que tiene, y así mismo, y finalmente a morir de alguna manera por los que ama.”

Naturalmente, el amor al prójimo, la atención a lo humano no son aquí un amor cualquiera. Su causa no es humana o humanitaria. Es evangélica, siguiendo los pasos de Cristo. Por esto, la atención al prójimo se modifica. Las notas inéditas ya citadas se multiplican en su brevedad: “Eso supondría una aproximación evangélica a los demás hombres. No esperar recibir algo de ellos, ni su gratitud, ni siquiera su conversión [...] Estar dispuesto a servirles. Escucharles. Ser un instrumento para transmitir el amor que Dios le tiene. [...] Eso exige de nosotros existir con ellos, con los pobres. “Como resultado: una vida mística y desposeída” en que se trata “de estar muy disponible al amor fraterno” [...] “Más desgarrada por el dolor humano y el servicio humano”. Y aún: “Menos preparada por una meditación intelectual, pero preparada por las pruebas del amor.” Finalmente: “contemplación en los caminos”.

Y concluye sus notas así: “Me siento incapaz de darle más que estas pobres indicaciones, desde el exterior. Pero afortunadamente, esta forma de contemplación es practicada por un cierto número de hombres y de mujeres, comprometidos en la vida laica o en la vida religiosa, especialmente por los Hermanos de Jesús, que son discípulos del P. de Foucauld.

Maritain se sentía cada día más próximo a los Hermanos de Foucauld. “Amamos a los Hermanos cada vez más”, decía Maritain. Escribía convencido: “estamos persuadidos de que los Hermanos son un don del Espíritu Santo a la Iglesia y al mundo como lo fueron los Franciscanos y los Dominicos en el siglo XIII y los Jesuitas en el XVII. La única fundación religiosa verdaderamente y auténticamente nueva desde el siglo XVII”.

En el verano de 1960, Jacques y Raïssa vuelven a París, solos. Abatida por la muerte de Véra unos meses antes, Raïssa sufre una conmoción cerebral. El Hermano Paul Marnay les acoge y permanece junto a ellos en este periodo que Jacques llamará los “cuatro meses irrespirables” de la última enfermedad de Raïssa. René Voillaume y el hermano André estarán también con ellos, en particular cuando se apaga la vida de Raïsa, el 4 de noviembre de 1960, y cuando Jacques se encuentra solo, viudo, sin hijos. La amistad con los Hermanos André y Paul facilita la acogida en la Fraternidad de estudios de Toulouse. Ciertamente que la vocación de la Fraternidad no consiste en recoger a los ancianos, pero la amistad, el parentesco en el estilo espiritual de vida, son tan estrechos que la acogida se realiza con toda naturalidad. De este modo, Jacques Maritain no seguirá estando solo y podrá hacer un favor a los hermanos en la organización de sus estudios. A partir del 19 de noviembre escribe: “Se me acepta para ponerme al servicio de los Hermanos, como filósofo laico. Se verá más adelante qué compromisos religiosos puedo asumir (Instituto Secular o Fraternidad Secular). Por el momento, el Padre Prior me envía la insignia de los Hermanos y me autoriza a llevarla.” Jacques es verdaderamente “acogido como un hermano” en la Fraternidad.

El primer trabajo de Maritain en Toulouse será publicar el texto inacabado de Raïssa bajo el título de Notas sobre el Padrenuestro. Los tres primeros capítulos son un comentario muy clásico del Padrenuestro. El capítulo IV: “la oración de Jesús”, Raïssa propone en la línea de una espiritualidad renovada las perspectivas de lo que llamaba “la contemplación en los caminos”.

Jacques descubrió, además de las “Notas sobre el Padrenuestro”, unas notas espirituales que reunirá y publicará bajo el título de Diario de Raïssa. Mejor quizá que un tratado deliberadamente construido, estas notas daban prueba de la experiencia de la contemplación en los caminos de esta larga búsqueda de una vocación espiritual vivida en el mundo, en medio de las preocupaciones y trabajos de los hombres. Como las Notas sobre el Padrenuestro, dedicadas a los Hermanos, el Diario de Raïssa tuvo en primer lugar una edición no comercial para los Hermanos que eran los primeros destinatarios. Y puesto que la vía espiritual de la que daba prueba el Diario suscitaba la incomprensión de algunos amigos y teólogos, Maritain pidió al P. Voillaume presentar e introducir, y de alguna manera avalar, la obra. En este prefacio, lo recordé al principio, el P. Voillaume acercaba, sin ninguna reticencia, el testimonio de Raïssa a los del P. de Foucauld y Teresa de Lisieux. “Es con un consentimiento de humildad y con el corazón lleno de gratitud como escribo este prefacio de recopilación de notas publicadas bajo el título de Diario de Raïssa. Permítaseme decir en primer lugar hasta qué punto la lectura es significativa para nosotros, hijos e hijas de la familia del hermano de Carlos de Jesús [...] en su límpida sobriedad nos muestran todo el desarrollo de la vida escondida de un alma enamorada de Dios, y a la vez presente, con qué incansable caridad, en la vida del mundo, muy especialmente en los movimientos de pensamiento y en la búsqueda artística que caracterizaron su época.”

Haciendo hincapié a continuación en el “verdadero parentesco espiritual” que conecta el camino de Raïssa con la enseñanza de Teresa de Liseux y el testimonio del P. de Foucauld, indica: “La característica dominante de este movimiento espiritual me parece que es la preocupación por volver a dar a la contemplación de Dios el primer lugar, y por traerla al mundo, a la  miseria del mundo, como una necesidad vital para la expansión misma de la vida cristiana que los laicos de nuestro tiempo están llamados a vivir.” “La santa carmelita de Liseux, permaneciendo en el claustro, recibió la misión de enseñar un camino hacia la contemplación y la santidad accesible por su simplicidad a todos los que viven en el mundo. En la misma línea, el P. de Foucauld, ermitaño en el desierto, que esperó vanamente algún compañero, coloca los fundamentos de un ideal de vida religiosa que tiene como característica esencial dedicarse a la contemplación en el marco de la vida de Nazaret, de la vida cotidiana de trabajo de los pobres. Raïssa se sabe llamada a una vida contemplativa en el mundo, ahí mismo, en el reino de los artistas, de los poetas, de los filósofos, donde lo mejor y lo más turbio del mundo se encuentran en el punto más alto de seducción y de peligro.

La publicación del Diario de Raïssa en 1963, bajo la autoridad espiritual y el patrocinio del P. Voillaume, no constituye el último acto o el último fruto de la relación que unía la Fraternidad a la “contemplación en los caminos” esperada por los Maritain. En 1965 se acababa el segundo Concilio Vaticano, bajo la guía de Pablo VI, amigo de Maritain, a quien llamaba su “maestro”. El 8 de diciembre de 1965, Maritain, lo recuerdo bien, recibió de manos de Pablo VI el “mensaje del Concilio” a los intelectuales. Y algunos días más tarde, el filósofo tuvo la idea de redactar sus deseos para el futuro. El Campesino del Garona, como su título lo sugiere, fue editado en Toulouse, es decir en la Fratenidad, y la obra acaba con una sección muy larga consagrada a la “contemplación en los caminos”, que constituye el texto más conseguido de los Maritain.

En un libro con Jacques en 1950, Liturgia y contemplación, Raïssa había redactado, un corto capítulo titulado “la contemplación en los caminos” y consagrado en gran parte “al testimonio y a la misión de Teresa de Liseux”. Terminaba, al final, escribiendo: “Añadamos que en esta contemplación en los caminos al desarrollo a la cual el futuro asistirá indudablemente, parece que la constante atención a Jesús presente y la caridad fraterna sean llamados a desempeñar un papel más importante, incluso en relación a las vías de la oración infusa.” Para curar la modestia de los Hermanos, iremos hasta el final de la cita: “creemos que la vocación de estos contemplativos, lanzados al mundo y a la miseria del mundo, que son los Hermanos de Carlos de Foucauld, tiene en este punto un alto significado, y se puede esperar de ellos nuevas luces en el ámbito de la vida espiritual, con el tiempo y la gracia de Dios.”

En el Campesino de Garona, Jacques volvía a “la constante atención a Jesús presente y a la caridad fraterna” designados por Raïssa como dos “caracteres principales” de la contemplación en los caminos. En cierto modo, como en los dos mandamientos de amar a Dios y al prójimo que, en verdad, “no son más que uno”, estos dos caracteres sólo son uno, ya que mirar a los demás y amarlos como Jesús los ama, es unirse al mismo Jesús. Maritain añade: “el Padre Voillaume me decía un día que aquello era ver a Jesús en ellos”.

La idea, o más bien la palabra “contemplación”, expresa a menudo una mirada hacia el cielo. Incluso la “contemplación del ser amado” deja la idea de una distancia fría. Y en consecuencia la búsqueda de un “ideal contemplativo” parece un escape de la vida y el mundo. No es el caso del amor. Pero si se comprende que la contemplación cristiana se acaba también e indisolublemente en la mirada fraternal sobre los hombres, que ve a Jesús en ellos, y los ama como Él los ama.

La profesión religiosa de J. Maritain en la Fraternidad no tiene en ningún momento sentido clerical alguno, ni supone abandono de la búsqueda que había mantenido toda su vida con Raïssa y Véra como laicos. Para Jacques mismo, esta profesión era la consagración, el “abandono”, la “ofrenda” a Dios de la vida que le quedaba.

René Mougel

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[1] ( 25 julio de 1883 - † 31 octubre 1962). Arabista y convertido. Amistad con Carlos de Foucauld por su interés por Marruecos y el mundo islámico. Cf. J. Etxezarreta Zubizarreta, Hacia los más abandonados. Un estilo de evangelización. El Hermano Carlos de Foucauld, 1995, 282-283

[2] Es interesante conocer las dedicatorias en personajes tan cercanos a la espiritualidad foucaldiana incluso por su orden: 1º. L. Massigon;  2º, J. Maritain; 3º, Mgr Le Roy [Primer presidente de la Asociación Foucauld]; 4º,  René Bazin [Primer biógrafo de C. de Foucauld]).

[3] Diario de Raïssa ,15 de junio de 1925.

[4] Fue publicada por J. F. Six, pero mucho más tarde, con el título: L’aventure de l’amour de Dieu (80 lettres inédites...), París, Seuil, 1993.

 

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