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Maritain y la espiritualidad de la amistad

Conferencia de Jean Miguel Garrigues.

Tarrés, 18-octubre-2003, 30° aniversario de la muerte de Maritain

Es apasionante hablar del sentido espiritual de la amistad que tenia Jacques Maritain a una comunidad que vive también, como la vivió Maritain, de la espiritualidad de fraternidad universal del hermanito Charles de Foucauld. La amistad en Jacques Maritain. en la vida de la pareja de Jacques y de Raïssa, está basada en su ser. Antes de ser una teoría era para ellos una vivencia, algo espontáneo. Tuve la gracia de conocer a Jacques Maritain el último año de su vida. Era un hombre muy mayor, puesto que murió a los 90 años, pero con toda su cabeza. Desde sus 90 años se podía interesar por cada persona y posar una mirada amistosa, abierta y confiada en individuos muy diferentes. Entre los últimos recuerdos de esa época -murió en el año 1973 en Toulouse- recuerdo la gran amistad que le unía con su médico. Estaba enfermo del corazón. Su medico era comunista y no lo escondía; sin embargo era un hombre muy recto y muy generoso en la vida: era el médico de los pobres, una persona realmente admirable. Pues bien, la diferencia ideológica, por creyente y católico que fuese Jacques Maritain y por comunista que fuese este médico, nunca supuso un problema entre ellos. Uno de los más emocionados el día de la muerte de Jacques Maritain fue justamente este médico.

Esta apertura de espíritu la tenían Jacques y Raïssa porque venían en cierto sentido de un mundo, digamos exterior a la Iglesia, en el que cada uno tiene que buscar la verdad, una verdad que no le ha sido transmitida por una tradición familiar o por una tradición eclesial. Tuvieron que andar y buscar esa verdad como mendigos; sí, fueron mendigos de la verdad. Se ha publicado en Francia una biografía de Jacques y de Raïssa cuyo titulo es muy bonito: "Jacques y Raïssa, mendigos del cielo". Ellos mendigaron el cielo, mendigaron los misterios de la fe que para nosotros, católicos de tradición, son tesoros que ni siquiera nos damos cuenta que hemos recibido, mientras que ellos los tuvieron que descubrir desde fuera. Esto les dejó una gran apertura de corazón a todos los seres humanos y a todo lo que de verdad y de amor llevan por el mundo. Cuando se conocieron, se puede decir que la gran aventura de la amistad empezó entre ellos. Su amor, que fue un amor conyugal extraordinario, estuvo sin embargo muy marcado por el sello de la amistad, como se puede ver en sus vidas. Muchas veces se lo digo a los novios en la preparación al sacramento del matrimonio: "desarrollad la amistad entre vosotros, marido y mujer". No es tan frecuente o no ha sido tan frecuente. Quizás hoy en día- con el mayor sentido de la igualdad entre el hombre y la mujer, se desarrolle más. En la pareja no sólo hay complementariedad, sino también amistad. Amistad en la que el otro es valorizado por lo que es como persona, no sólo por ser mi mujer o mi marido, porque le necesito o la necesito para hacer la obra común de la familia. Pues bien, para Jacques Maritain y para su mujer, esto estuvo marcado por una circunstancia personal de la que no se habló hasta mucho más tarde, después de morir Raïssa. Raïssa tenia una salud muy mala: estuvo enferma casi toda su vida. Por eso, al cabo de unos años de vida matrimonial, el médico les dijo que si se quedaba embarazada no respondía de la vida de la madre ni de la del niño. Esto, claro, dejaba muy poca solución humana a unas personas que entonces ya estaban convertidas y que tenían una alta moralidad.

Vieron en esta circunstancia una llamada personal de Dios a que su pareja se transformase en una pareja muy particular, puesto que a partir de ese momento, es decir, después de ocho años de vida normal de casados, decidieron hacer voto de continencia para vivir así d resto de su vida. Fue entonces cuando acogieron en su casa a la madre y a la hermana de Raïssa, transformando así en cierto sentido su vida de pareja en una vida de pequeña comunidad. Sin embargo ellos no buscaban para nada una especie de heroicidad cuando decidieron vivir en continencia; pero ésta les fue pedida por el camino que Dios les marcó y por la llamada interior que les dio en ese momento Yo creo que el hecho de tener que renunciar a esa parte de posesividad sexual y erótica, que es santa, buena y muy normal en la vida de un matrimonio, constituyó en el hogar de los Maritain algo muy excepcional. Para ellos resultó una llamada a abrirse a los otros. No tuvieron hijos pero tuvieron cantidades de ahijados, adultos y también niños. Fueron más los adultos, pues muchas personas se convirtieron en casa de los Maritain. Y se convirtieron porque se sentían allí como en su hogar. Esa casa era como una pequeña comunidad, una comunidad familiar, puesto que allí vivían con ellos, que dormían en habitaciones separadas, la madre y la hermana de Raïssa. Muy pronto hubo también un pequeño oratorio con el Santísimo. Todos, incluso las numerosas personas sin fe, que pasaron por allí, sintieron que en ese hogar había algo muy particular, y eso procedía de que ese voto de continencia que hicieron, lo hicieron no de una manera estoica y voluntarista, sino de la manera como se tiene que hacer, como la tenemos que vivir todos los consagrados. Es decir, renunciar a ejercer la sexualidad para amar más ampliamente, para que el amor no corra el riesgo de quedarse encerrado en los lazos de la carne, sino que se abra a toda la familia humana. Esto todos lo palpaban enseguida en el hogar de los Maritain. 

Para comprender la fecundidad apostólica que tuvieron, creo que hay que partir de la amistad entre Jacques y Raïssa. Se trata de comprender el camino espiritual de su amistad no para imitar, por supuesto, su camino, que fue único, como en el fondo es único el camino de cada persona y de cada cristiano. El de ellos empezó con una enorme crisis interior. Venían del ateísmo. Jacques procedía de una familia de origen protestante, pero pasada ya al agnosticismo. Cuando se conocieron de estudiantes, él ya no tenía fe y Raïssa, que venía de una familia judía de origen piadoso, la había perdido. A ella le quedaban recuerdos de una vida piadosa en Rusia, de donde habían tenido que emigrar por causa de las persecuciones contra los judíos en la época de los zares. Cuando su familia llegó a Francia se hizo una estudiante muy brillante, en un tiempo en que había pocas mujeres en la universidad. Pero, en esa universidad de París de principios de siglo, ella perdió la fe. Era el gran momento de lo que se llamó la ideología "cientista". Parecía entonces que la ciencia lo iba a explicar todo y que Dios era una hipótesis absolutamente absurda y anticuada. Jacques y Raïssa se conocieron en esa soledad tan tremenda que da al ser humano el vivir en este mundo "sin Dios ni esperanza", como dice san Pablo. Y por eso, cuando se enamoraron, lo que representaban el uno para el otro fue en cierto sentido como un absoluto, pues el amor humano era lo único que podía dar sentido a sus vidas.

Pero como ambos tenían en el fondo una personalidad hecha para lo espiritual, ese amor, que normalmente hubiera tenido que dar sentido a su vida, un sentido puramente humano, agudizó más aun su drama personal de la insatisfacción interior. Les resultaba más difícil aún pensar que ese amor humano que sentían el uno para el otro y que representaba para ellos el único absoluto pudiese acabar al final en un agujero en la tierra- Esto les era insoportable y les llevó a una decisión increíble que Raïssa ha contado en su libro de memorias Las grandes amistades, un día, creo que fue en un jardín botánico de París, se dijeron el uno al otro: "Si dentro de un ano no hemos encontrado un sentido trascendental y absoluto a nuestra vida, no podremos soportar seguir queriéndonos en este mundo y pensar que nuestro amor acabará en la nada". Entonces decidieron que, si era así, se suicidarían juntos. Esto indica la intensidad de su vida personal. Este reto a la Providencia que hicieron con este provecto de suicidio para dentro de un ano hizo sin duda que Dios hiciese llegar a sus manos el libro de un hombre que entonces carecía como una especie de mendigo y de profeta que vociferaba desde su soledad: León Bloy. León Bloy era un escritor, no un filósofo, de gran talento. Estaba tan penetrado del cristianismo con un evangelismo tan radical que en el fondo les parecía a la gente como un profeta al que era imposible seguir. Vivía muy pobremente. Casado y con dos hijas, malvivía con unas dificultades económicas increíbles porque sus libros le aportaban muy poco dinero. Se le habían muerto dos niños de hambre y de frío. Jacques y Raïssa leyeron por casualidad un volumen de su Journal, de su diario personal. En este vieron que aquel hombre no tenía de que vivir y que a veces no podía ni dar de comer su familia. Esto les conmovió.

Así empezó la conversión de Jacques y Raïssa, a través de un gesto de amistad hacía un hombre que no conocían: le mandaron a través de la editorial una carta y un giro postal con dinero. No eran ricos ni el uno ni el otro, eran estudiantes, pero sacaron un poco del dinero que tenían ahorrado y se lo mandaron a Bloy para ayudarle. La carta que les contestó León Bloy, emocionado al ver que dos jóvenes habían pensado en un hombre ya mayor que luchaba por sobrevivir, existe todavía y se puede ver en la exposición "Las grandes amistades de Jacques y de Raïssa Maritaín" así como en el catálogo de ésta. En esta carta Bloy les invita a venir a verle a su humildísima casa de la colina de Montmartre, entonces en las afueras de París. Y allí subieron. No sabían que en realidad iban al encuentro de Cristo. Porque en esa casa encontraron la fe, una fe evangélica, viva, compartida por toda esa familia que vivía muy pobremente. Tocaron, dicen ellos, casi con los dedos la realidad del cristianismo que se vivía allí. Y allí descubrieron lo que es en realidad la Iglesia en su ser profundo: comunión de caridad, comunión de amistad.

Cuando tuvimos hace unos anos en París la misma exposición, "Las grandes amistades de Jacques y Raïssa", que ahora está expuesta en Barcelona, pudimos todavía reunir una mesa redonda con personas que habían conocido a los Maritain mucho más que yo. que sólo le conocí los últimos meses de su vida, y en una época en que eran mucho más jóvenes. una de ellas era la nieta de León Bloy. Esta me dijo que su madre le había contado que el día en que Jacques y Raïssa fueron a ver a León Bloy por primera vez, éste le dijo a su hija, que entonces tenía trece o catorce años, pero a modo de juego: "Mira, limpia bien y que esté todo impecable, porque voy a recibir hoy a un príncipe y a una princesa". La niña estuvo excitadísima pensando que iban a venir un príncipe y una princesa y limpió todo a fondo. Cuando llamaron a la puerta salió con el corazón que le latía y vio a estos dos jóvenes que le parecieron tan guapos, irradiando tal belleza humana y dignidad espiritual, que se quedó absolutamente convencida de que eran un príncipe y una princesa. Después fue una gran desilusión para ella cuando se enteró de que no lo eran, Esto índica lo que Jacques y Raïssa llevaban ya dentro, lo que eran. Allí se encontraron con un hogar en que les abrían los brazos, algo como una pequeña iglesia. Allí iban también otras personas, porque León Bloy, a pesar de toda su pobreza, soledad y fracaso mundano, que hizo que no ganara dinero con sus libros, había tocado el corazón de una serie de artistas y de intelectuales, entre otros el gran pintor francés de principios de siglo Georges Rouault Todos los que visitaban la casa de los Bloy descubrían la fraternidad cristiana a través de esa comunión de amistad que allí se palpaba. Para ellos fue una experiencia decisiva. Yo creo que ese tipo de comunión abierta a todos, que además les era tan connatural, la prolongaron después a su propia vida.

Después de hacer ese voto de castidad del que hemos hablado, ellos mismos reunieron alrededor de su hogar gran un grupo de amigos. Después de la guerra de 1914 el impacto impresionante de la inteligencia filosófica de Jacques, a través de sus libros y como profesor de la universidad católica de Paris, y el temperamento artístico de Raïssa, que era no sólo una mística sino una poetisa, ejercieron un inmenso atractivo sobre tantas personas que vinieron hacia ellos. Aquellos que se encontraban con ellos, o incluso sólo con Jacques a través de un curso o de una conferencia, se daban cuenta de que entraban en contacto con mucho más que un intelectual con un alma, era un ser animado por una vida intensa, y a la vez con una personalidad sencilla y abierta, capaz de interesarse por todos y por todo. Lo contrario del intelectual encerrado en su torre de marfil a un nivel al cual los otros no pueden acceder. Toda la vocación de Jacques y de Raïssa consistió siempre en compartir el pan de la verdad, de la bondad y de la belleza, esos alimentos tan fundamentales que son nuestro pan cotidiano para nuestro espíritu, pues todos necesitamos verdad, bondad y belleza. Este pan lo compartieron toda su vida con muchos intelectuales y artistas y toda una élite del espíritu. Pero entre ellos había muchos que aún no eran famosos y que encontraron en casa de Jacques y de Raïssa un hogar espiritual y humano en el que pudo madurar lo mejor de sí mismos. Muchas de estas personas estaban muy marcadas por el sufrimiento y el pecado. Durante todo el periodo entre las dos guerras mundiales, la casa de Jacques y de Raïssa en el pueblo de Meudon, a las afueras de Paris, fue un sitio en el que se recibió a mucha gente que después fue muy conocida. Algunos lo eran ya, pero la mayoría lo fue sólo años después. Allí se les recibía no sólo porque eran literatos, artistas o intelectuales, sino como personas humanas, en el plano de la amistad. Como Jacques y Raïssa eran grandes creyentes y, ahora lo sabemos desde la publicación del Journal spirítuel de Raïssa, verdaderos místicos con una vida de oración personal impresionante, esas personas se abrían espontáneamente a ellos y les hablaban de sus dramas personales.

No hay que creer que porque se tengan grandes dotes no se tienen grandes pecados, ni grandes angustias, ni grandes sufrimientos, pero ellos sabían siempre adivinar y permitir a esas personas que se abriesen sobre lo que les acongojaba. Frecuentemente hablaban de su incredulidad y de su ateísmo. Como Jacques y Raïssa habían pasado por ello, podían entenderles desde dentro y seguirles con mucha paciencia en sus luchas internas entre el ateísmo y la fe. Mantuvieron siempre una amistad incondicional, incluso con aquellos que estaban más alejados de la fe o de la moral cristiana. Para Jacques Maritain la amistad puede existir entre personas de diferentes religiones, de diferentes ideologías, de diferentes opciones humanas, porque la amistad toca lo más profundo de la persona humana. Lo único que es indispensable para una amistad es una rectitud de aspiración ética común. Sin esta la amistad no es más que una complicidad en el mal.

En cambio, entre personas que de buena fe buscan esta verdadera amistad, y sobre todo dentro de la rectitud moral no hay límite, porque la persona siempre trasciende a la ideología o a la tradición a la que pertenece puesto que refleja, como imagen de Dios, algo que está por encima de toda idea humana. Esto Jacques y Raïssa lo supieron hacer, no sólo con los que luchaban con su incredulidad, sino con todo tipo de personas: gente abandonada por un cónyuge o que se había quedado viuda y estaba sola, homosexuales, etc. Hay dos correspondencias publicadas de Jacques Maritain muy impresionantes con dos escritores que se hicieron muy famosos: un poeta, Jean Cocteau, y un novelista, Julien Green. El uno y el otro llevaban ese gran sufrimiento de su homosexualidad. En las cartas se ve con qué amor, con qué paciencia, con qué cariño Jacques y Raïssa no sólo nunca los excluyeron, sino que siempre les orientaron hacia la verdadera amistad de la cual ellos mismos daban testimonio. Y esto mismo lo hacían con una delicadza que permitió que los otros nunca se sintieran condenados. Estos dos literatos, cada uno a su manera y en una etapa diferente de su vida, llegarían a poner su vida en orden y a encontrar a Cristo.

En estas situaciones delicadas ellos fueron muy audaces para saber conciliar el amor con el testimonio de la verdad. El católico muchas veces, por mantener con rectitud la mora] cristiana que enseña la Iglesia, puede mostrarse rígido al juzgar al pecador y hacer que la religión cristiana sea para muchos algo que les repele. Jacques y Raïssa supieron presentar siempre con amor y paciencia las exigencias morales del Evangelio. En un momento dado, en una carta a Julien Creen que forma parte de la correspondencia que se ha publicado en francés bajo el titulo de Una gran amistad, le dice Jacques: "Cristo nos ha pedido a algunos (aquí hace alusión a el y a Raïssa pero por otros motivos muy diferentes a los de su interlocutor) que nos hagamos eunucos por el Reino de los Cielos, pero no nos ha pedido a ninguno que nos arranquemos el corazón". El sabia muy bien distinguir lo que eran las exigencias de la auténtica pureza evangélica y lo que era convertirse en un ser que, por mantener una moralidad formalista, se seca, se endurece y pierde la capacidad de amistad.

Es un aspecto muy bello de la vida de Jacques y de Raïssa. Por su casa pasaba gente de diversas ideologías y confesiones (cristianos ortodoxos o protestantes) como también personas que estaban muy abiertas al contacto con las religiones no cristianas. Fueron discípulos de Maritain los que abrieron el camino del encuentro con los musulmanes y los hinduistas. Pensemos en Louis Massignon, que fue un pionero al estudiar a los místicos musulmanes, o en Olivier Lacombe, que lo hizo con el hinduismo. Siguiendo la filosofía de Maritain, lo hicieron siempre con gran magnanimidad y altura de pensamiento, nunca rebajando con una polémica o una apologética simplista la postura del otro. A la inversa, nunca cayeron en un sincretismo como hoy se cae a veces cuando se quiere ser abierto. Supieron compaginar la firmeza de la inteligencia con una gran dulzura y compasión de corazón. Jacques dice, en una correspondencia pública que tuvo con Jean Cocteau, una frase que está citada en la exposición y que es muy bella: "Hay que tener el espíritu duro y el corazón tierno ". Hay muchas personas que, al querer tener el espíritu firme, es decir, "duro" en el sentido de que buscan la verdad con determinación y no están dispuestos a hacer componendas con lo que consideran que no es la verdad, tienen muchas veces también el corazón seco. A la inversa, las personas que tienen el corazón tierno, muchas veces tienen un espíritu blando, es decir sin ejes, algo incoherente, que quiere poner a todos de acuerdo sin enfrentarse de verdad con los problemas.

Yo resumiría así lo que Maritain decía al final de su vida en Le paysan de la Garonne (1965): "Me han tachado en una época de mi vida de ser de izquierdas y en otra época de ser de derechas. A mí me parece que tengo una cabeza que parece de derechas, porque creo en la verdad, y un corazón que parece de izquierdas, porque aspiro a la generosidad. La gente de catolicismo tradicional está de acuerdo con los principios que mantengo, pero en cambio tienen dificultad en adoptar mi simpatía por todo ser humano que está buscando la verdad con rectitud pero con dificultad. Nunca le puedo condenar a partir de esa verdad que he recibido de la fe. porque siento compasión por ese compañero de camino en la vida El va como puede por el camino y yo no le tengo que condenar sino ayudar. En ese sentido es verdad que me parezco a un hombre de izquierdas. Pero en realidad no soy ni lo uno ni lo otro. No soy nada más que un seguidor de Cristo; aunque mi postura evangélica se aproxime en ciertos aspectos más a lo que se llama mentalidad de derechas y en otros a lo que se considera mentalidad de izquierdas." La verdad es que entre sus múltiples amistades había personas que venían de las dos mentalidades.

Acerca de la amistad en los Maritain hay que hablar, tanto o más que de lo que él ha escrito, de lo que ellos hicieron y de su vivencia espiritual en esta dimensión de su existencia. Después de hablar de las religiones- hay que decir algo de la amistad cívica, e incluso de la amistad política. Maritain ha introducido este concepto de la amistad en el ámbito del civismo v de la política, cosa que va en contra de toda una tradición de filosofía política que viene de Maquiavelo. E! escribió en contra del maquiavelismo en política, porque maquiavelismo es legitimar la estrategia bélica en la vida política, no ver en esta otro fin que el del triunfo en la toma y conservación del poder. Va en contra de toda búsqueda de la verdad y del bien en el ámbito de la sociedad, y esto es algo gravísimo contra lo que Maritain luchó toda su vida.

¿Cómo no hablar aquí, en este momento y en este país, de !o que supuso para él la guerra civil española? Sabemos ahora, gracias a todo lo que se ha puesto de manifiesto en la exposición de Barcelona, que Maritain mantenía lazos muy estrechos desde anos antes de la guerra civil con todo un sector catalán de intelectuales católicos abiertos y democráticos, compuesto de seglares y de clérigos. Los tenia también con otros españoles, pero más aislados, en el ámbito castellano, sobre todo a través de Alfredo Mendizábal, profesor de derecho, quien invitó a Maritain en 1934 a dar en Santander un cursillo de verano que fue como el boceto de su gran obra Humanismo integral. En Barcelona no eran sólo algunas personas sino todo un grupo, un "milieu" como se dice en Francia, de catolicismo abierto que estaba preparado para poderse entender con Maritain. Estos lazos existían ya años antes de estallar la guerra civil. Por eso sufrió terriblemente el drama de la guerra. La consideró como una verdadera tragedia. Escribió el prefacio de un libro que se publicó en la colección que dirigía el profesor de la universidad de Oviedo Alfredo Mendizábal, cuyo título era justamente Los orígenes de una tragedia. En este prefacio rebate la tesis de que la guerra civil era una guerra santa. Reconocía que a veces hay situaciones, y que sin duda este era el caso entonces de los católicos españoles, en que se puede ejercer el derecho de legitima defensa. Pero recordaba que esa legitima defensa no debe nunca ser presentada como una guerra santa o una cruzada.

Esta postura hizo que fuera insultado y presentado como una "bestia negra" durante muchos años en España. Después de la guerra civil, no se podía casi mentar en España a Maritain por el valor que tuvo en denunciar una visión maniquea, en la que todo el bien está de un lado y todo el mal del otro, sin ver la parte de mal que comporta cada uno de ellos. Esta amistad cívica le llevó a crear, con otros intelectuales franceses y españoles (entre los cuales Alfredo Mendizábal y José-María de Semprún y Gurrea, padre del escritor y ex ministro Jorge Semprún y Maura), un comité para la paz civil en España. Consideraba que, cuando estalla una guerra civil, es un deber de amistad cívica ayudar a que se pueda pactar una paz justa entre la partes que se enfrentan. Quería contribuir a que saliesen de esa tragedia los españoles envueltos en ella, ya fuesen castellanos, catalanes o vascos, sin que el fin de la guerra fuese simplemente la victoria aplastante de un bando sobre el otro, con todas las represalias que preveía.

Maritain se implicó enormemente en esta tarea de amistad cívica, como debía después comprometerse también en la resistencia contra el nazismo y contra su extensión en Europa. Recibía en efecto muchísimas peticiones de ayuda por parte de gente, particularmente judíos que salían huyendo de Alemania y de otros países ocupados por el régimen de Hitler, y protestó muy valientemente en unas conferencias que dio en París en el año 1938-1939, justo antes de estallar la guerra mundial, que tuvieron gran repercusión publica en Francia y fuera de ella. Por eso, si no llegan a encontrarse los Maritain en Estados Unidos dando una serie de conferencias en el año 1940, cuando los alemanes entraron en París, se los hubieran llevado a un campo de concentración, pues la Gestapo tenia a Jacques en su lista negra y fue directamente a su domicilio para arrestarlo. Les salvó la vida el que el gobierno de la República Francesa hubiera enviado a Jacques a Estados Unidos, donde ya era muy conocido, para que a través de sus conferencias animase a Estados Unidos, todavía neutrales, a entrar en la guerra contra los nazis.

Gracias a esto no fueron atrapados en la Francia ocupada, pero perdieron a muchos de sus amigos, sobre todo Judíos que murieron en campos de concentración. Para Jacques y Raïssa fue algo espantoso. Los poemas de Raïssa sobre el exterminio de los judíos, escritos en Nueva York durante la guerra, son de una belleza trágica. Dan testimonio de que para los Maritain la amistad iba siempre unida con la compasión. No hay autentica amistad de verdad si no se está dispuesto a tomar parte en lo que hace sufrir al amigo, a compartir con él sus alegrías y sus sufrimientos. El libro de Raïssa que se acaba de publicar ahora en traducción al catalán. Les grans amistats, está escrito en Nueva York en el año 1941. El segundo volumen salió en 1944. hacia el final de la guerra mundial. Era un momento tremendo para ella. Intentando escapar un momento de esa pesadilla a la cual asistían sin poder hacer nada más que hablar por la radio americana, sin poder compartir la existencia de tanta gente en Francia y en la Europa ocupada por el régimen nazi, Raïssa, para encontrar un poco de sosiego, se refugia en la memoria y recuerda todas las misericordias recibidas de Dios en los años que siguieron a su conversión. Así salió este libro, que es mucho más que unas memorias: es como un canto espiritual de acciones de gracias, una confesión de la bondad y de la misericordia de Dios en aquel momento en que la esperanza te resultaba tan difícil.

Hay un poema de Raïssa, escrito poco antes de la guerra mundial, en el período en que los nazis entraban en Viena, en Praga y en otras capitales centroeuropeas, provocando el suicidio de muchos judíos que sabían lo que les esperaba si caían en sus manos. Pienso que a ellos estas noticias funestas les debieron recordar aquel suicidio desesperanzado que habían estado a punto de cometer en su juventud, justo antes de descubrir la fe. Escribe Raïssa un poema precioso cuyo título es A los muertos desesperados. Se lo dedica a esos judíos que no ha encontrado salida para su desesperación más que en el suicidio. Ello indicaba con qué intensidad vivieron ellos sus amistades. Además hicieron amigos por todas panes, en todo lugar donde tuvieron contactos humanos, como en Estados Unidos o en América latina, donde hicieron un largo viaje a la Argentina en 1936. Uno de estos amigos hispanoamericanos fue el chileno Eduardo Frei, que después fue presidente de la República en su país.

Jacques Maritain apoyó mucho el movimiento democrático en  América latina en un momento en el que. como se sabe, muchos de estos países estaban prácticamente amenazados de caer en las manos de dictaduras. Más tarde, cuando volvieron a Estados Unidos después de los tres años que pasaron como embajadores ante el Vaticano al acabar la guerra mundial, se encontraron en la Universidad de Princeton, donde Jacques estuvo años como profesor, con cabezas de máxima altura, como el propio Einstein, o Oppenheimer, el inventor de la bomba atómica. Este último padecía una gran angustia porque suponía que la bomba atómica, a la cual había considerado como una necesidad para acabar antes la guerra del Japón, iba a desatar una carrera de armamentos que podría llevar al mundo a un suicidio nuclear. En Estados Unidos tuvieron a la vez otro tipo muy diferente de amistades, y esto nos indica la apertura de los Maritain. Fueron íntimos amigos del padre trapense Thomas Merton, autor famosísimo de libros de espiritualidad de gran envergadura, que era él también un convertido. Se puede ver en la exposición una carta muy bonita de Thomas Merton a Jacques cuando éste publicó e! diario espiritual de Raïssa, después de haber muerto ella. En esta carta Merton evoca la gran amistad que hubo entre ellos en Estados Unidos.

Otro amigo americano de los Maritain fue una personalidad moralmente admirable. Hoy su nombre ha sido olvidado, pero entonces John Griffin tuvo un gran éxito. Era un periodista americano que en los años 1950 se interesó por la causa de los derechos humanos de los negros en Estados Unidos, adelantándose mucho a lo que sería después la lucha pacifica de Martín Luther King. Se le ocurrió hacerse pigmentar la piel para parecer negro y poder escribir un libro que se llamase En la piel de w negro. Quiso contar a los norteamericanos blancos cómo se vivía en Norteamérica cuando uno tenía la piel negra, y poder hacerlo de una manera auténticamente autobiográfica. Ese libro fue un best seller en Estados Unidos y se tradujo a varias lenguas en aquel momento en que la cuestión de la igualdad entre las razas era una cuestión critica en Norteamérica. Pues John Griffin fue uno de los grandes amigos de Jacques, hasta tal punto que en su último viaje a Estados Unidos, ya muerta Raïssa, estando él retirado con los hermanitos del Padre de Foucauld. sintió la necesidad de volver a verle por última vez. Era el año 1966 y sabía que le quedaban pocos años de vida. Quiso volver a visitar a sus amigos americanos, entre ellos a Merton y a John Griffin, el cual sabia que se iba a morir pronto de un cáncer de piel provocado por la pigmentación artificial a la que se había sometido para poder escribir su libro.

Maritain amó mucho al pueblo americano, algo poco frecuente en un francés, muy significativo por lo tanto de su apertura de espíritu y de corazón. Me parece que es importante comprender la visión que tenía Jacques del pueblo norteamericano. En efecto, vemos hoy a Norteamérica como una potencia imperial, cuando no imperialista, y más aún desde la guerra de Irak. Pero Jacques veía al pueblo americano y constataba que lo distingue de la sociedad europea el que no es un pueblo burgués. Los pueblos europeos somos pueblos de tradición en que todos hemos recibido algo, y para Jacques la burguesía, continuadora de la aristocracia, consiste en la herencia que recibimos por el mero hecho de nacer. Para Maritain la democracia norteamericana, este pueblo de desterrados, de exiliados y de emigrantes, fue constituida por gente que dejaba atrás todo al marcharse del Viejo Continente. Con el sistema que se creó en Estados Unidos, cada generación, aparte de unas cuantas grandes familias de millonarios, tiene que volver a empezar prácticamente desde cero. Por eso no hay burguesía, ni el espíritu conservador con que ésta ha marcado al Viejo Continente. A él le gustaba ese pueblo Joven, en que el chico que vende botellas puede hacerse "self-made-man". una persona que se construye a sí misma.

En un sector completamente diferente, las amistades de los Maritain incluyeron también a personalidades de la jerarquía eclesiástica, como Gianbattista Montini, que fue después el papa Pablo VI. Fue esta una amistad antigua, que venía de cuando él era embajador en Roma. Maritain había percibido en el colaborador de Pío XII que era Montini una sensibilidad muy parecida a la suya. En efecto, se parecían en muchos sentidos. Pablo VI es un Papa algo desconocido para las generaciones actuales. Era un hombre muy interior, a la vez que algo introvertido y tímido. Montini había traducido un libro de Maritain al italiano cuando era sacerdote y después le protegió mucho, porque en varios momentos ciertas obras de Maritain corrían riesgo de ser censuradas como demasiado audaces. Como gesto de reparación, Montini, como papa Pablo VI, quiso, al clausurar el Concilio en 1965, entregar a Jacques Maritain el mensaje para los intelectuales del mundo. En efecto, el Concilio se terminó con varios mensajes a diferentes sectores de la humanidad, entregado cada uno a una personalidad simbólica. Es así como Jacques subió hasta el trono del papa para recibir el mensaje dirigido a los intelectuales. Iba vestido sencillísimamente, pues ya vivía con los Hermanitos de Jesús a los que daba clases de filosofía en Toulouse. Con la apariencia humilde del que pocos años después sería Hermanito de Jesús, así subió hasta el trono del papa aquel hombre que veinte años antes había representado solemnemente a Francia como embajador ante la Santa Sede. Terminaba su vida expresando lo que siempre había llevado en lo más hondo: ese amor a la sencillez, a la pobreza, al evangelismo. Y el papa quiso que simbólicamente fuese a alguien así a quien se transmitiese el mensaje del Concilio para los intelectuales.

Esto me lleva a hablar de la amistad de Jacques con el Padre Rene Voillaume y con la familia de Foucauld, que acabó convirtiéndose en la suya, puesto que pasó !os trece últimos años después de la muerte de Raïssa como profesor de los Hermanitos, viviendo completamente con ellos y como ellos en un barracón en el jardín del convento de los dominicos de Toulouse, donde le conocí. Maritain sintonizaba perfectamente con la espiritualidad del Padre Foucauld, con su fraternidad universal, con esta humildad, sencillez, proximidad con todo tipo de personas, cualquiera que fuese su cultura, su religión, su ideología. Hay un texto de Jacques, publicado en los Cahiers Jacques Maritain, sobre la vocación de los Hermanitos de Jesús, que manifiesta lo bien que comprendía esta vocación. Explica cómo el carisma de Foucauld consiste en expresar la caridad de Cristo a través de los gestos de la vida cotidiana, que no son los gestos sacros de las demás órdenes religiosas. Por eso no llevan hábito, porque ni tienen un convento. Como los signos sagrados en su vida están reducidos al mínimo, uno se pregunta dónde está la mediación a través de la cual se va a manifestar el Evangelio. Según explica Jacques. va a ser a través de los gestos cotidianos que constituyen lo que él llama "microsignos". Estos son signos mínimos a través de los cuales se expresa el carisma de una persona que tiene esta vocación. Esta encontrará instintivamente con la gracia del Espíritu Santo la palabra o el gesto de la vida cotidiana que hay que hacer para hacerse cercano en la caridad, prójimo, de aquc! que está lejos de Cristo.

Ahí se ve cómo realmente lo que fue el final de la vida de Maritain era lo que llevaba dentro de sí desde el principio. Hay algo de estos "microsignos" de la caridad que pasa por la mirada, como se puede ver en la foto tan conocida del Padre de Foucauld en la que este le mira a uno. Su mirada expresa misteriosamente la mirada de Cristo que capta toda nuestra persona. También Jacques compartía algo de esa mirada de Cristo. Yo que le conocí al final de su vida, recuerdo la mirada de esos ojos de un azul tan intenso. Sólo he visto ese azul en los ojos de Juan Pablo II. Parecía que fuese ya su mirada de vida eterna. Tenía entonces el pelo tan blanco que parecía su rostro el de un icono. Se comportaba con una sencillez absoluta- Incluso en la humilde capilla de los Hermanitos, en la que se pasaba horas adorando al Santísimo, no se le veía más que como un bultito prosternado en un rincón. Parecía imposible que ese hombre de noventa anos pudiera pasarse tanto tiempo sentado en el suelo sobre sus talones o prosternado. A pesar de padecer del corazón, había conservado su cuerpo una flexibilidad juvenil. Estaba delgadísimo y parecía que ya no tenía casi corporeidad; a la vez había en él como una frescura juvenil que expresaba físicamente esa adaptabilidad suya a los seres y a las situaciones; que hizo que hiciera nuevos amigos hasta el final de su vida.

A él, con ochenta y tantos años, seguían viniendo amigos que tenían entonces veinticuatro o veinticinco años. Nos recibía a nosotros, que éramos todavía unos chicos, con ese respeto que el tenia ante cada ser, ante cada alma. Yo creo que eso es quizás la mayor manifestación de la amistad. El amor de amistad empieza con un inmenso respeto por la persona del otro, que nos hace escuchar incluso a los que nos contradicen. Es un respeto por la imagen de Dios en el hermano. Esto es lo último que puedo dejar como testimonio de alguien que ha recibido algo así como el último destello de la vida y de la amistad de Maritain. Después de haberme encontrado personalmente con él, pude comprender mejor lo que él y Raïssa decían en sus escritos. A veces, cuando se ha encontrado una mirada o se ha visto una cara, se ha comprendido a la persona. En mi vida lo primero que capté del Padre de Foucauld fue su mirada, y todo lo que después leí de él estaba dentro de esa mirada que reflejaba a la de Cristo. Pues bien, Jacques y Raïssa Maritain tenían también esa mirada que es como el "microsigno" de la familia espiritual de Foucauld.

                                                     

 

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