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HOMILÍA DE MN. ARMAND PUIG EN LA EUCARISTÍA CELEBRADA EN RECUERDO DE PERE VILAPLANA, EN EL 21º ANIVERSARIO DE SU MUERTE.

TARRÉS, 8 de mayo de 2004.

Evangelio: Juan 14,7-14.

Queridos hermanos y hermanas:

Esta capilla, acogedora y bonita, es un lugar adecuado, porque aunque seamos muchos y estemos algo estrechos, vivimos así, de manera muy humana, el calor de la Comunidad. Es que la Palabra de Dios, queridos, es siempre calor. Cuando la escuchamos nuestro corazón se entusiasma como quedó entusiasmado  el de los discípulos de Emaús, que eran seguidores de Jesús, o mejor dicho, a quienes Jesús acompañaba. Al final lo descubrieron cuando oscurecía, como vosotros, que lo habéis seguido todo el día o quizás una parte del día, hasta que ha oscurecido y habéis caminado no reconociéndolo siempre. Nos cuesta  reconocer al Señor aunque Él siempre anda a nuestro lado. Al principio la compañía de la Palabra de Dios es como la compañía de un desconocido; pero al final resulta clara, hasta el punto que reconocemos a Jesús cuando parte el pan y nos instruye y explica las Escrituras. De hecho, en el tiempo de Pascua el Señor explica las Escrituras una y otra vez, y parece que no se quiera ir al Padre. Los apóstoles testimonian que Jesús está allí, que conversa con ellos, los instruye y les habla del Reino. Durante los cuarenta días que preceden a la ascensión parece que Jesús resucitado no acaba de decidirse a irse y, por otra parte, parece que los discípulos saborean cada momento, cada instante de aquella presencia porque la ven y la viven como una cosa realmente decisiva para sus  vidas.

Santi decía que éramos muchos, y el número es siempre un signo de la gran caridad que el Señor ha derramado en nuestros corazones. De hecho el Concilio Vaticano II fue una bendición y dió muchos frutos. Pues bien, uno de estos frutos es esta Comunitat de Jesús, porque fue  en el año 1968, poco tiempo después del Concilio, que Pere Vilaplana la inició con unas pocas personas. Toda comunidad es un camino de “disciplinaje”, y vuestra Comunidad, la Comunitat de Jesús, es ,en último término, un intento de plasmar un “disciplinaje” concreto. Sí, todos nosotros somos discípulos. Nuestra identidad es la de ser discípulos. Nosotros no somos maestros sino discípulos, porque no sabemos muchas cosas y el único maestro es el Señor. El único maestro es Jesús, su Palabra, el Evangelio. En este mundo dónde a menudo hay quien quiere hacer de maestro sin serlo, la palabra de Jesús resulta determinante para todos, independientemente de nuestra condición, situación, vivencias, historia, pasado, futuro, ideales, deseos, opciones, opiniones... Me parece que esto queda muy bien reflejado en los textos que hay en el opúsculo (1) que tenemos en las manos. Pere Vilaplana explica como todo aquello que nosotros podamos vivir como fuego interior de sentimientos y pensamientos tiene poca importancia puesto que, en el fondo del fondo, aquello que tiene importancia es la Palabra del Señor que nos es comunicada y que nosotros descubrimos con un gozo muy grande. La Palabra la descubrimos, pero, en familia. No se trata de un descubrimiento individual; no somos ermitaños. Por otra parte, el ermitaño es un hombre o una mujer en comunión con toda la Iglesia, y, por lo tanto, tampoco  descubre individualmente  el Evangelio del Señor. La escucha de la Palabra se hace siempre en comunidad, y por lo tanto, la Palabra del Señor, el Santo Evangelio, no puede ser escuchado al margen de todo aquello que configura la vida de familia. Aquí hay muchas personas que tienen familia según la sangre, que tienen hijos y nietos. Todos somos hijos de alguien y generalmente tenemos hermanos según la sangre. Pero la Comunidad es una familia de fuertes ligaduras  según el Espíritu, y regada por los frutos del Espíritu que son, entre otros, la amabilidad, el  afecto, el cuidado del otro. Sin la simpatía, sin la paciencia, no hay comunidad. Tomemos la escena del Evangelio en la cual la madre y los hermanos de Jesús se acercan al Señor. Jesús es informado: «Tu madre y tus hermanos están aquí fuera, que te quieren ver». Y Jesús replica: «¿Quien es mi madre y quienes son mis hermanos?». De hecho, la madre y los hermanos de Jesús son quienes le escuchan, es decir, quienes escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Mt. 12,47-48; Lc. 8,21). Esta respuesta es el fundamento de nuestra condición de discípulos. Somos madres y hermanos los unos de los otros. De padre, pero, sólo tenemos uno: el Padre del cielo. El texto evangélico no dice, en efecto, que seamos padres los unos de los otros. Más bien insiste: «Todos vosotros sois germanos» (Mt. 23,8). ¿Qué no haría una madre por sus hijos?. ¿Qué no se espera de un hermano en relación a su hermano?. Una comunidad es el lugar dónde se pueden ejercer la maternidad y la fraternidad. Ciertamente necesitamos el apoyo, el calor, la compañía y el afecto concreto de quienes tenemos al lado. Esto lo expresamos también con la palabra «comunión». Este término es utilizado por Lc. en el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles, dónde se habla de la comunión fraterna. Se dice que todo el mundo estaba muy impresionado que en la primera comunidad de Jerusalén, se viviera en la unión sincera de corazones. Esta circunstancia debía ser una cosa insólita porqué, de lo contrario, no se hubieran maravillado tanto... Seguramente resulta frecuente caer en la confrontación. La vida fraterna, que es un don del Señor, resulta también una lucha y una conquista. A menudo el espíritu de discordia se infiltra en nuestro interior, en nuestro alrededor sin quererlo. Por el contrario el espíritu de concordia se tiene que querer, se tiene que desear, se tiene que construir. El amor nos es dado, pero la fraternidad la vamos construyendo. El amor de Dios ha estado derramado en nuestros corazones pero la fraternidad como tal la vamos construyendo día tras día.

Los textos de Pere explicitan tres disposiciones espirituales necesarias para construir la fraternidad y la comunidad. En primer lugar, en el comentario que  Pere hace de Colosenses 3, subraya estas palabras del apóstol: «Tened los mismos sentimientos». La palabra “sentimientos” puede parecer algo floja, porque todos tenemos sentimientos que no sirven de mucho o sentimientos que resultan efímeros e incluso volátiles. Pero el apóstol dice en la Carta a los Filipenses: «Tened los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo». Y aquí, en Colosenses, vuelve: «Tened los mismos sentimientos». También en este caso hay una insistencia en los sentimientos de Cristo, del Señor, puesto que nuestra vida depende de Él, y, por lo tanto, nuestra fuente, la fuente de nuestro amor es el Evangelio. Nosotros, pues, no dependemos de sentimientos efímeros sino de los sentimientos de Jesús puestos en nuestro interior. La fraternidad tiene sus raíces en los sentimientos de Cristo. En segundo lugar, Pere emplea esta expresión: «con la Palabra en la mano». Es sorprendente porqué parecería que, si en la mano llevamos algo ya no podríamos actuar ni hacer nada. Pero diciendo «con la Palabra en a la mano» está diciendo «la Palabra al alcance». Es decir, no hay cristianismo sin plegaria, y no hay plegaria sin Evangelio. El tiempo en este mundo va muy rápido, incluso apresurado, pero no debemos caer en el activismo. Necesitamos la Palabra del Señor, de lo contrario, la velocidad se nos lleva, la desazón se nos lleva. No podemos dejar que el sol se ponga sin haber ido cada día a buscar  agua a la fuente de la vida que es la Palabra de Dios. En tercer lugar hay otra expresión que me ha sorprendido de lo que Pere escribe: “ el arma de la Eucaristía”. Habla de la Eucaristía como de una arma. Parece algo guerrero... Pero resulta que Pablo, el apóstol, cuando habla de ser cristianos, describe la armadura de un soldado romano y especifica: «Poneos el cinturón de la verdad, revestíos con la coraza de la justicia, estad bien calzados y a punto para anunciar el evangelio de la paz. Poneos por encima el escudo de la fe, capaz de apagar todos los dardos encendidos del Maligno. Tomad el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Efesios 6,14-17). Ahora bien, la lucha no es cosa exclusiva de los militares. La lucha es connatural y habitual en los discípulos del Señor. El discípulo lucha, no como el apóstol Pedro que quiso vencer con la espada, y a quien Jesús dijo que basta ya (ved Lucas 22,38). La lucha es necesaria y por esto unos momentos antes Jesús había dicho a los discípulos: «Quien no tenga espada que se venda el manto y se compre una».¿Qué espada tenemos que comprarnos?. La espada de la paz, del amor y del bien. La Eucaristía es una arma porque nosotros, en la lucha dentro de nuestro corazón, necesitamos una arma poderosa: necesitamos la fuerza de la plegaria y necesitamos el don  de la Eucaristía. Querría concluir con un último comentario de Pere que nos podría ayudar. El apóstol en la primera carta a los Corintios capítulo 13, afirma que el amor todo lo ata y perfecciona. Y Pere escribió: “El Evangelio todo lo soporta, todo lo ata, todo lo perfecciona.» La vida comunitaria arraigada en el Evangelio puede ser impresionante si realmente este Evangelio ata, une y pone juntas las personas. Lo que vale no es tanto la opinión como la convicción, no tanto la idea propia como los sentimientos de Cristo, no tanto el proyecto que resulta de la propia inventiva como la escucha de la Palabra, que es la que lleva lejos de verdad. Comuniquemos el Evangelio, seamos personas que vivan en comunidad con un Evangelio que llegue al otro. Aquellos que llevamos el Evangelio en el corazón y en la mano sabemos qué nos empuja a vivir y a actuar. No queremos quedarnos para nosotros  este tesoro, sino que queremos comunicarlo a todos y a todas. La comunidad tiene que crecer y hacerse grande. Esta Eucaristía es un momento de reposo en el Señor pero a la vez es un momento de compromiso para que la Palabra de vida que recibimos aquí vivifique muchos otros hombres y mujeres que la esperan. Mientras tanto, nutrámonos de este alimento de vida eterna. Nosotros que hemos estado llamados a vivir en una gran felicidad  que viene de la Eucaristía, que viene del amor del Señor y que se manifiesta en su Cuerpo y en su Sangre.

(1) Referencia al opúsculo editado para esta celebración dónde se encuentran los cantos para la Misa y algunos textos de reflexiones de Pere en Joan Blancas el 25 de septiembre de 1971 (Lc. 21,34-36), y de retiros en las Reparadores del 5-6 de abril del 1975 (Colosenses 3,12-17) y del 3-4 de mayo del mismo año (Hechos 1,12-14).

 

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