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TARRÉS, 16 DE  ENERO  DE 2005

COMUNITAT DE JESÚS

ENCUENTRO DE REFLEXIÓN: “Actualidad del mensaje del P. Albert Peyriguère”

P. Michel Lafon

Introducción

No se puede separar Albert Peyriguère de Charles de Foucauld.

Peyriguère se ha presentado siempre como “el hombre del mensaje”, es decir del mensaje de Charles de Foucauld. Mgr. Dagens decía, en Viveros el 2001: “Reconocemos en Carlos de Foucauld un don de Dios por la renovación de la misión cristiana”.

Es este don de Dios el que Albert Peyriguère ha querido poner de relieve a partir de los escritos y sobre todo de la vida del hermano Carlos. Pero, evidentemente, tal como ha sido vivido por él, en un contexto político y social diferente, más próximo a nosotros, y tal y como lo explicó a su modo.

Yo mismo, hijo espiritual de estos maestros, creo ser fiel a lo que ellos me han enseñado. Intenté vivirlo, en mi caso, durante 41 años, en tierra musulmana, y de expresarlo a mi manera. Sobre todo me gustaría decir que este mensaje es actual para nosotros. Aquello que nos ha dicho el Padre Peyriguère a través de su vida y de sus escritos responde a algunas de nuestras preguntas.

1. Responder al llamamiento del tercero mundo.

En los últimos años de su vida, Carlos de Foucauld intentó poner en marcha una Asociación, la finalidad de la cual era hacer tomar conciencia a los cristianos de Francia de sus responsabilidades frente a los pueblos de las colonias. Hoy, ampliamos y hablamos de los cristianos de Europa y de los pueblos del tercer mundo. ¿No es más actual que nunca?

Hace 100 años, Carlos de Foucauld deseaba hacer una llamada a los laicos, hombres y mujeres, con la intención de que fueran al tercer mundo, no como “misioneros” sino como testigos silenciosos de Jesucristo a través de sus oficios (enfermeras, agricultores, comerciantes, sabios). Profetizó lo que sería la cooperación y la ayuda humanitaria. Subrayaba la importancia de los laicos para hacer caer las barreras entre el mundo no-cristiano y la Iglesia, representada sobre todo por los sacerdotes y las religiosas. Hacer caer las barreras entre la iglesia y el mundo no cristiano, en el tercer mundo y Europa, es uno de los ejes esenciales del pensamiento foucoldiano, lo volveremos a encontrar cuando hablemos de Nazaret.

El P. Peyriguère,  también deseaba que los cristianos de Europa fueran a ponerse al servicio del tercer mundo, y, en el momento de la independencia de Marruecos, que estos cristianos “comprendan que tienen que pasar del estadio de señores al de amigos” renunciando a todo sentimiento de superioridad. (Y si exigía de ellos una competencia técnica, los quería “creadores de una ciencia de relaciones a base de respeto y de amor”). En Europa, no podemos vivir sin tener en cuenta a nuestros hermanos del tercer mundo. Aplicamos la parábola evangélica del rico y del pobre Lázaro al plan de las colectividades: Lázaro es el mundo de los pobres llamando a la puerta de la rica Europa. ¡Cuando pienso que en África los niños se mueren de hambre y que aquí se preocupan del aumento de niños obesos!

Los cristianos deban estar en primera línea para despertar la conciencia de sus conciudadanos. En todos los ámbitos de la vida, en la política y la economía, en la predicación y la catequesis, tenemos que pensar y actuar no solamente en función del crecimiento de nuestro país, de nuestro bienestar, de nuestros intereses, sino teniendo en cuenta a Lázaro que está en nuestra puerta. Empezamos aquí porque el tercer mundo está entre nosotros con los inmigrantes.

El Padre Peyriguère tomó posturas muy enérgicas contra las injusticias de las cuales fue testigo. Se indignaba aún más porque era verdaderamente uno entre ellos, en medio de los Beréberes de su pueblo. Uno de ellos, por su vestido, por la lengua, por la sensibilidad, que se “marroquinizó”,  incluso físicamente. Tras su muerte, su médico y amigo, el Dr. Delanoë, escribió: “a sus Beréberes, los había amado tanto, había vivido de tal manera su vida, que hasta biológicamente se había identificado con ellos”. ¿No es una maravilla del amor? Se convirtió en uno de ellos. Cada vez que tenemos relaciones con un magrebí –en el trabajo, en el colegio, en el hospital, en nuestro edificio o en su tienda- tenemos que repetirnos: es un hermano del Padre Peyriguère. Si admiramos, si amamos Albert Peyriguère, ¿no cambiará esto nuestra mirada? Escuchémosle diciéndonos: es mi hermano, es un hermano de Cristo. Entonces, si pensamos en esto, ya no seremos los mismos y ellos ya no podrán ser los mismos para nosotros.

2. Desarrollar una mirada nueva sobre el mundo no-cristiano.

Antes, para encontrar el Islam, Carlos de Foucauld y Albert Peyriguère tenían que atravesar el Mediterráneo. Ahora el Islam se encuentra en medio de nosotros. Se ha convertido en un Islam europeo, como pasó durante siglos con la civilización árabe-musulmana que marcó profundamente Europa, tema olvidado o ignorado, aunque no en España. La mayor parte de los inmigrados es musulmana. ¿Cuál es la intención de Dios que permite que se reencuentren de nuevo el Islam y el cristianismo sobre esta vieja tierra de Europa? No conozco la respuesta, pero estoy seguro de que sólo puede ser para el bien de uno y otro, cada cual tiene que recibir algo del otro en esta confrontación pacífica.

Me gustaría de todo corazón, y a esto me dedico tanto cómo puedo, que el reencuentro entre el Islam y el Cristianismo en Europa sea exitoso. ¿Como tener éxito en este reencuentro? He aquí la respuesta de Peyriguère: “entre cristianos y musulmanes hay primero una actitud de respeto recíproca que deberíamos impulsar hasta la simpatía y hasta un verdadero amor fraterno en Dios... No humillar el Islam pero tampoco, ni en nosotros, ni ante sus ojos  humillar nuestro cristianismo y que no lo humillen ellos. Dejar a los musulmanes lograr toda su altura, que no es pequeña... Respetar su orgullo musulmán y la sinceridad de sus creencias, pero también conservar toda nuestra altura, dirigirnos a ellos con todo nuestro orgullo cristiano, he aquí el mínimo que los musulmanes tienen el derecho de esperar de nosotros, son estas las condiciones para que el reencuentro se produzca”.

Algunos comentarios.

Primero un respeto profundo al otro. No caricaturizar, no denigrar aquello que viven los musulmanes por ignorancia, por prejuicio. No burlarse de ellos. Esto no quita nada a mis propias convicciones, reconocer aquello que hay bonito, aquello que hay de grande en el otro.

La regla de  oro del evangelio es: “Todo lo que queréis que los hombres hagan por vosotros, hacedlo igualmente por ellos” (Mt, 7, 12) Aplicar esta regla es hablar de los musulmanes con el mismo respeto, la misma simpatía, con la cual me gustaría que los no-cristianos hablen de mi fe cristiana.

Cuando el Padre Peyriguère habla de “orgullo cristiano” no se trata de sentimiento de superioridad, del orgullo del fariseo: Señor no soy como estos musulmanes... ( dejamos de lado el pasado en el cual hemos cometido ambos faltas, crímenes, en la historia, a veces sangrante del reencuentro... tal y como pide el Concilio). No solamente el respeto sino también el amor fraterno. Nazaret, ya lo veremos, es el tiempo del amigo (J. Loew).

 Si queremos vivir este respeto y esta amistad, ¿cómo tiene que ser nuestra mirada sobre los musulmanes? Más generalmente, ¿cómo tiene que ser nuestra mirada sobre los no-cristianos que nos rodean, sobre los que están alejados de la Iglesia?

El P. Peyriguère tenía una conciencia viva de que su propia experiencia en el ambiente musulmán podía dar luz a los cristianos de Europa. Lo dijo y escribió a menudo al final de su vida: “una gran tarea urgente se impone, decía, ir a decir en Francia el mensaje del Padre Foucauld. He pasado mi vida viviendo este mensaje, y después de haber intentado vivirlo, me he puesto ‘a pensarlo’, a explicármelo... para poder explicarlo a los demás”.

Todos estos musulmanes, todos estos no-cristianos con los cuales vivimos, aun cuando no pongan nunca los pies en la iglesia, no son extraños a Cristo. Si una pequeña parte de la humanidad es cristiana, decía el P. Peyriguère, toda la humanidad es crística y en particular estos musulmanes”.

Entonces, si nosotros situamos este amigo no-cristiano en relación a la iglesia, tendremos una visión negativa: no está bautizado, no se ha casado por la iglesia..., sólo negaciones. Situémoslo en relación con Cristo Jesús: Sin querer anexionarlo, situarlo en el reino de Dios, que se extiende en el tiempo y en el espacio, más allá de las fronteras visibles de la Iglesia. El P. Peyriguère evocaba sobre este tema “la inmensa multitud” de la misa de Todos  los Santos. Ésta multitud que nadie puede numerar y que no entra dentro de ninguna estadística de sociología, pero que el autor del Apocalipsis veía en la gloria del cielo.

3. Nazaret es una forma misionera nueva,

de la cual el P. Foucauld es el iniciador, para la Iglesia frente al mundo no-cristiano. Estamos profundamente convencidos de que Jesús es “el camino, la verdad, y la vida” y querríamos que los otros compartieran nuestra convicción. ¿Cómo hacerlo?

Todo musulmán, todo no-cristiano rehúsa cualquier proselitismo, cualquier acción, cualquier discurso con vistas a atraerlo para que se una a nosotros. Se trata más bien, dice el P. Peyriguère, de poner en práctica las máximas del hermano Charles “rezar el Evangelio en silencio”, “Gritar el Evangelio con la vida”... escribía también: “Las personas alejadas de Jesús tienen que conocer el Evangelio viendo mi vida, sin libros y sin palabras..., al verme, tienen que ver aquello que es Jesús”. Y este programa es mucho más exigente que hacer un discurso... manifestar la presencia de Cristo por nuestra bondad, por nuestra amistad. ¿Sabéis lo que los musulmanes esperan de los cristianos, cuando leen en el Corán estas palabras puestas en boca de Dios “hemos enviado a Jesús, hijo de María, le hemos dado el Evangelio? Hemos establecido en los corazones de los que los siguen bondad y compasión” (57, 27)? Esta forma de misión en un mundo no-cristiano, en el que  no es tiempo del apostolado directo, del anuncio explícito de la Buena Nueva, el P. Peyriguère lo ha comparado al tiempo de la vida de Jesús en Nazaret que precede al tiempo de la enseñanza por la palabra durante su vida pública.

El P. Peyriguère pensaba que era una gran invención de Carlos de Foucauld presentar Nazaret como una forma de vida apostólica adaptada a algunos medios y épocas. Esta imitación de Jesús en Nazaret implica compartir la vida, el trabajo. No es la separación, es “vivir con” aquellos a los cuales se ha sido enviado. Es el tiempo de las relaciones de amistad. ¿Veremos el resultado de esta misión? Primero diré que la amistad es gratuita, no es una nueva táctica. Amo al otro por sí mismo. Pero después respondo con otra pregunta: ¿Conocemos el destino de Dios sobre nuestros amigos? Deseo que mi amigo conozca a Jesucristo como yo lo conozco. Pero ¿es este el deseo de Dios? El P. De Foucauld escribía de Tamanrasset que podan pasar siglos entre el primer de golpe de hoz y la cosecha. ¿Por qué estos miles de años anteriores a la Encarnación? ¿Por qué estos treinta años de silencio de Nazaret? Entonces, andamos al paso de la paciencia de Dios.

4. En el mundo no-cristiano,

el “cristiano” renunciando a rezar con el discurso, reza silenciosamente por su vida. A través de sus gestos y de sus palabras, es silenciosamente presencia de Cristo. “Por la presencia del cristiano, Cristo se hace presente. Por él, haciéndose presente, se muestra” escribía Peyriguère.

Cristo se muestra a través del cristiano, por su bondad, por su comportamiento, por su vida. Se muestra y actúa. Actúa a través de mi amistad hacia el otro. Él es el actor de la misión. Esto supone que nosotros sabemos que Cristo vive en nosotros, que lo dejamos vivir en nosotros. De esta realidad tan importante, se habla demasiado poco, se la enseña tan poco. Mientras que saber que Cristo vive en nosotros, podría transformar nuestra vida, exaltarla, darle un alcance extraordinario a nuestra vida cotidiana, hasta a nuestras más simples actividades. Peyriguère escribió: “Cristo no está fuera de ti. Está en ti. Es más tu mismo que tú mismo. Es Él quien vive en ti, es él quien trabaja en ti, quien ruega por ti...” Somos testigos de Jesucristo: tenemos que ser transparentes a fin de que sea él quien se muestre. Él es en nosotros, tal y como somos, con nuestro temperamento, nuestro corazón, en nuestra situación concreta. Cristo viviente actúa por nosotros: planteémonos la cuestión: ¿qué diría él, qué haría en mi lugar? El P. Peyriguère decía sobre esto: “Toda esta mística del apostolado que toma las cosas de dentro”.

Todo esto, el P. Peyriguère se lo ha escrito, a lo largo de 25 años, a una religiosa docente, en las cartas recogidas en el volumen “Dejaos tomar por Cristo”, que ha obtenido un gran éxito en numerosos países, Cataluña incluida.

Entonces, a partir de mañana, traemos el Grito viviente en nosotros, en nuestro medio de trabajo, en el autobús, en nuestros intercambios, allá dónde vivimos, esto será como una multiplicación de la Encarnación a través del tiempo y del espacio.

Conclusión

1 . Charles de Foucauld, el hermano universal, quiso llamar a los laicos cristianos a ser testigos de Cristo en medio de los pueblos, que aún no eran llamados tercer mundo. ¡Como serían hoy felices él  y el P. Peyriguère, de oír hablar de mundialización! Si los cristianos están en todas partes en primera fila de los combates por la paz, la justicia y la fraternidad, ¡qué oportunidad representa la mundialización para el cristianismo!

2 . Los musulmanes en Europa reencuentran a los cristianos. A la escucha de Peyriguère, la sola respuesta es la amistad. Más allá de las fronteras de la Iglesia, cuando no se puede anunciar a Cristo por la palabra, la amistad es el lenguaje del Reino de Dios.

3 . Se oye hablar a nuestro alrededor de una Iglesia autoritaria, que prohíbe, que manda... En lugar de responder situándonos en el terreno de la Ley, descubrimos lo que es vital: Cristo vive en nosotros y da una dimensión infinita a nuestra vida humana. Dejemos a Cristo vivir en nosotros.

Michel Lafon.

 

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