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ESPIRITUALIDAD Y CARISMA DE PEDRO VILAPLANA Y LA COMUNIDAD DE JESÚS

Fragmentos de la meditación de Sor Mª. Trinidad Cabrero o.s.h.

Monasterio de San. Matías. Barcelona, 6 de noviembre de 2004.

 

Pedro

Me ha cautivado  la exigencia y a la vez la simplicidad, la naturalidad y la sencillez en toda la espiritualidad de Pedro y en la que fundamenta la Comunidad de Jesús. Esto demuestra la profundidad espiritual de Pedro, porque cuando más superficial se es, más tendencia se tiene a dar importancia a los fenómenos extraordinarios. Pedro no era así.

Pedro sabía escuchar, guiar, esperar, callar, decir que no cuando era necesario, estar disponible para el otro, cargar con las esperanzas, las alegrías y el sufrimiento de mucha gente, hablando siempre de Cristo, pero sin olvidar nunca las realidades personales y familiares... Todo eran signos que él denomina “pequeños detalles”; nada es casualidad sino manifestación de la providencia divina. Si alguna palabra puede definir a Pedro, seguro que es “amistad”. Era amigo de sus amigos. No admitía ni la hipocresía ni la modorra, aunque sabía ser paciente, consciente de que la última palabra en la vida de cada persona es siempre de Dios. Personalidad siempre activa y a la vez profundamente contemplativa.

Pedro vivía con los hermanos de comunidad una mezcla de amistad humana, de fraternidad cristiana y de paternidad espiritual. Su vida de comunidad estuvo hecha de renuncias, de aceptación, de sacrificio de las propias aspiraciones. Pedro sacaba fuerza de la plegaria personal, íntima, silenciosa; horas y horas. Sin que nos diéramos cuenta; sacaba la fuerza para el acompañamiento espiritual de muchas personas, aceptando sus miserias sin escándalo y aconsejando con serenidad. Cuando estaba solo, que era muy a menudo, rezaba largamente. Lo demuestra el banco de madera en la capilla de Massens, justo en el lugar donde él se sentaba siempre

Nacimiento de la Comunidad

Hay algo sorprendente en la Comunidad: ¿Cómo es posible que después de tantos años sigáis juntos, respetando vuestras diversidades cada vez más marcadas por los años y amándoos y respetándoos en vuestras miserias? Pedro Vilaplana os dejó un gran tesoro: el sentido de fidelidad en la amistad, la fidelidad a la fe vivida en la amistad, el amor a la diversidad de los hermanos en la amistad. Este es el tesoro que  Pedro tenía y nos dejó para ofrecerlo: Ser amigos en el Amigo. Pero quienes ya no estamos en la Comunidad nos seguimos sorprendiendo: ¿Cómo es que tras tantos años a veces sin hablarnos, sin vernos, sigue entre nosotros aquella amistad profunda, íntima, que permite hablarnos como si nos hubiéramos visto ayer? Lo experimenté el día que vine a Joan Blancas. Pero el martes, Dolors Subias me decía lo mismo. ¡Este es el tesoro de la Comunidad que no podéis perder!  Esta amistad.

Así nació la Comunidad: por la amistad. Pedro trabaja en la Parroquia. Habla con Sor Maria Montserrat Capsir. Se aconseja y empieza a reunirse con jóvenes del barrio (1964 – 1965) a los cuales desvela el valor sagrado de la amistad y, sobre todo, la figura de Jesús-Amigo que se nos descubre en el Evangelio. Son los tiempos de las primeras “colles” en las cuales Pedro, como había querido hacer en el seminario, se reúne con grupos de tres a cinco jóvenes para compartir y profundizar la Palabra de Dios y la revisión de vida. Se va construyendo así la amistad en la apertura al otro, en el compartir y ayudarse en la maduración de la Fe y también en el compartir y ayudarse en avanzar con los problemas, interrogantes y retos de la adolescencia y de la juventud. A esto, Pedro, con una expresión muy simple, sin pretensiones intelectuales, le llama el 50%: abrir a los otros la propia intimidad, aceptar de los otros su intimidad, juntos construir la “colla”. Respetarse y respetar en la corrección fraterna. Así se edificaba la amistad en el Amigo con mayúsculas como él llamaba muchas veces a Jesús.

Pedro insiste, no sólo en la formación espiritual, sino también en la formación humana. Consciente de lo que cada uno puede dar, anima a los jóvenes para que logren el máximo nivel de estudios posibles y para que, si pueden, compaginen estudios y trabajo. Reuniéndose las “colles” cada semana en casa de uno de sus miembros, conoce las familias y las familias lo conocen.

Él promovió que estos jóvenes, chicos y chicas, vivieran en su vida personal y de pareja, en su noviazgo, el espíritu de la Comunidad, de amistad con Cristo, de plegaria compartida, de testimonio silencioso, de generosidad en el trabajo y el mantenimiento de la Comunidad, entendiendo el matrimonio como un sacramento que lejos de cerrarlos en su amor de pareja, o en su estatus matrimonial y de padres de familia, los tenía que mantener abiertos a la participación en la vida de la Comunidad y sus objetivos.

¿Cómo tenía que ser esta Comunidad? Una comunidad de laicos

La intención de Pedro era fundar una comunidad de laicos unida en el espíritu pero diversa en las vocaciones: hombres y mujeres, célibes y matrimonios, que en las actitudes y compromisos en la vida de cada día fueran testimonios del mensaje evangélico, de una manera silenciosa pero muy conscientes de la importancia de este testimonio silencioso.

Una comunidad de laicos fijándola firmemente en una idea de comunidad activa–contemplativa que no tenía que tener un compromiso centrado en una acción u obra determinada, salvo el de hacer presente el mensaje de Jesús de una forma silenciosa en cada uno de los ambientes en los cuales se desarrollara la vida de los miembros de la Comunidad.

Esto sí, será necesario no identificar ninguna acción como el objetivo de fondo de la Comunidad, que es: vivir a Cristo y hacerlo presente en el mundo. La carencia de una gran estructura y de una dedicación específica conforman una comunidad muy abierta, con el peligro de la indefinición, pero con la ventaja de poder dar cabida a personas y carismas muy diferentes: una comunidad laica, en el sentido de “popular “, no elitista ni limitada a determinadas vocaciones.

Una Comunidad fundamentada en la amistad

Para Pedro la amistad no tiene que quedar nunca recluida en un tú a tú estéril entre dos personas: Cristo es el Amigo que empuja a  los amigos a extender y hacer participar de su tesoro a los otros que hay a su alrededor. La Comunidad nace entonces como una red de amigos centrada en Cristo y con vocación de apertura: “nuestra amistad es una cuerda atada por un nudo, Cristo. Si nosotros no queremos romperlo, ¿quién nos podrá separar del amor del Cristo?”

Como os decía el P. Estanislau: “Pensad: si el amor destruye el egoísmo, anula de la misma manera la noción de prójimo. Por el amor, el otro deja de ser “el otro”; él y yo, yo en él, somos Cristo, el único Cristo, el único Hijo.

Buscamos conocerlo y vivirlo para que sea para nosotros aquello que en realidad es: un CRISTO hecho amor, un amor que nos llena totalmente, y que hace transformar la amistad que vamos descubriendo en “la colla”, muy humana, en una amistad más espiritual, una amistad con Cristo. A través de esta amistad sentimos el deseo de vivir más plenamente en “las collas”, de darnos totalmente a los otros en el pleno sentido que la donación debe  tener: una donación basada en “el cincuenta por ciento”.

¿Como vivir esta amistad? La amistad con Cristo es mucho más que todo esto. Es una constante identificación con la donación que Cristo hace en la Cruz por nosotros. Es la continuación de la obra salvadora que Cristo empezó con su muerte. Cristo nos habla, nos pide nuestra respuesta diaria. Nosotros podemos contestarle con nuestras obras, podemos establecer conversación con Él por la oración. En la oración Cristo nos escucha y hace suya nuestra plegaria y en ella se da, porque en Él realizamos nuestras obras de cada día.

Al principio, a través de una amistad humana descubristeis que había algo más. Sentisteis la necesidad de vivir para siempre jamás esta amistad. En esta vida sincera y abierta, descubristeis “la luz”. Después profundizando esta luz, descubristeis la necesidad de intimar con Jesús, de vivir en Jesús, para poder dar al mundo el mensaje del Evangelio donde Dios se revela a los hombres y nos pide nuestra colaboración. Es necesario tener fe y saber esperar que Cristo esté presente en nuestros actos, si intimamos y hablamos con Él, si le pedimos y si le ofrecemos nuestra vida a su servicio.

Una comunidad activa-contemplativa

La contemplación, tras el Concilio Vaticano II, es para todo cristiano. No es otra cosa que una profunda unión con Cristo; es el sentimiento profundo y dichoso de sentirse amado y poseído por Él. Es imprescindible, por lo tanto, que todo miembro de la Comunidad, tenga una plegaria profunda, hecha de esfuerzo, de introducción en el silencio, de conocimiento profundo de Cristo y del Evangelio, de diálogo profundo con el Señor, de la Eucaristía, de la comunión que hermana en las celebraciones comunitarias. Y todo esto, no esporádicamente, como por desgracia estamos tan acostumbrados, conduciéndonos solamente a las puertas de la contemplación, sin poderlas atravesar, sino, con un ejercicio constante y ordenado, convertido en hábito de nuestra vida y en parte esencial de ella.

Vida profunda con Jesús por la vía de la contemplación. Esto es lo que vale. La última etapa del camino: La contemplación es nuestra acción. ¡Cuántas veces pueden más cinco minutos de plegaria auténtica, viva, de silencio, que todas las palabras que puedes decir a una persona!

Él decía que en una perfecta organización no puede haber vida. Y si no hay vida no puede haber nada bueno. Porque la oración viene de la vivencia profunda de Cristo. Tenemos que buscar la simplicidad; la mínima estructura para profundizar al máximo en la vida de Dios, en la palabra de Dios, que está entre nosotros. Creo que es bueno recordar lo que decía Sor Maria:

“Muchos de sus puntos dejan abierto un camino para el heroísmo. La vida entregada es siempre un sacrificio que llega al holocausto. Cristo ya le ha dejado probar la amargura de un noviciado práctico. No se deje perder ni una migaja de la ciencia que incluye todo aquello que el buen Dios ha permitido que entrara en su vida. Me decía una vez un monje muy santo que hace falta sufrir con inteligencia. Yo añadiría que hace falta sufrir con amor. El valor y la fecundidad del dolor sólo se llega a comprender cuando lo vivimos con amor. Esta es la primera piedra del futuro edificio de la obra soñada. El cimiento del primer hogar renovador cristiano. Si esta piedra se asienta sobre un terreno bien humilde de obediencia a aquellos que Cristo ha dejado en su lugar y la cubrimos constantemente con una vida interior y de oración, si sabemos consentir a la voluntad de Dios sobre nosotros, de forma que nuestra acción no sea nuestra, sino de Cristo en nosotros, sin dudar, veremos  florecer nuestro ideal. Y quizás incluso gustemos de la dulzura del fruto. Esto es lo que deseo para ustedes...”

Pedro os decía:

“Desde el momento en que vives el espíritu, eres comunidad. Pero desde el momento que haces el compromiso te haces plenamente responsable de ella. CRISTO, POBREZA, AMOR, UNIDAD, PAZ. En ellas está contenido todo nuestro programa, tanto en extensión como en profundidad.”

Cristo

Cristo, centro de nuestra vida, que descubrimos por la vía del Evangelio en “las collas” y que consideramos y amamos como hermano. Cuando una persona deja que Cristo lo tome, esta persona escucha, calla, está pendiente, sufre por el otro. Hay un cambio, y esto es el que yo creo necesario si de verdad vivís vuestro compromiso.

Pobreza

La pobreza, que sentimos verdaderamente por primera vez cuando en la revisión de vida entregamos todas nuestras intimidades a los compañeros de “la colla”. No es una parte de  nuestra pobreza la que entregamos, cómo podrían ser el dinero o nuestro trabajo, sino algo más que para mucha gente no tiene importancia. La revisión de vida nos ha llevado a la vivencia del hermano y  la exigencia que el hermano lleva,  nos hace profundizar en esta donación que queremos que sea total.

Este compromiso que tenemos que vivir todos ya lo conocéis, es este abandono total, incluso de lo mejor que puedo tener, para ser instrumentos de Dios, renunciando al yo personal. Y ser pobres nos hace disponibles a los hermanos, a la Comunidad y dóciles a quienes pasan delante nuestro. Nos hace creer de verdad en la Divina Providencia que vela por cada uno de nosotros.

Amor

La Comunidad de Jesús. Toda la estructura que tiene es la ley del amor, y la ley del amor es saber perdonar y para saber perdonar has tenido que sentir la pecado del otro. Y esto no es fácil. El amor da confianza en el otro, el amor hace creer en el otro. Aun cuando a veces, el amor tiene que hacer cumplir por el bien del otro.

El verdadero amor: es esta agua que tiene que brotar de la fuente de la oración. Pero si no rezamos no nos podemos amar. Tenemos que ser hombres de plegaria, de oración, vivir a Jesús interiormente, vivir a Jesús en el otro. Y, entonces, si encontramos este amor y lo vivimos, es cuando de verdad tenemos que sentir la unidad: formar un solo corazón. Por lo tanto nos tenemos que decir las cosas en común.

Si no se es pobre no se puede encontrar amor. Si encontramos el amor, encontraremos la unidad, esta unidad que nos hará vivir en paz interior, y entonces vivir en comunidad. No se puede encontrar la paz interior, si no hay pobreza, amor y unidad, que traen a la paz.

Unidad

Viviendo un mismo espíritu sois una sola cosa. Esta unidad que habéis ido construyendo poco a poco, sencilla y profunda. Esta unidad que os ha hecho aceptar el pluralismo y vivir el ecumenismo, que os ha sustentado en los ataques y las incomprensiones y en las persecuciones. Porque toda obra de Dios, si es de Dios tiene que ser incomprendida, tiene que ser perseguida. Y que ha demostrado a los demás que no sólo hablabais de comunión sino que vivíais en comunión.

Esto es la vida de Comunidad: formar un solo corazón, un solo espíritu y una sola alma, fruto de una confianza mutua con Dios y con el hermano. La unidad da luz, sentido y  calor a la vida en común. Si de verdad buscamos esta unidad, entonces tenemos que sentir esta Paz interior.

El amor tiene que ser universal. No he de buscar personas con las cuales sería muy fácil  vivir. Porque podríamos ir escogiendo las personas que a mí me parecieran mejores. La vida de comunión me lleva a una vida de amor con todos.

Sólo se puede llegar a ser universal con el Evangelio en la mano y con nada más. En una palabra, con el Evangelio en la mano amareis a todo el mundo. Por el contrario, si usáis el Evangelio, quizás sin daros cuenta, para imponer vuestras ideas, para lo que vosotros creéis que puede ir mejor, en vez de comprender al hermano, impondréis lo que os parece mejor para la Comunidad y automáticamente, dejáis de hacer el Evangelio y Cristo deja de estar con nosotros. El Evangelio todo lo soporta, todo lo espera, todo lo ama.

 Comunidad quiere decir diversidad. No quiere decir ir cada uno por su lado. Comunidad quiere decir unidad, pero no de una única manera de pensar, unidad dentro de la diversidad.  ¡Este vivir en comunión no quiere decir no exigirnos, decirse “pobre, pobre”! Vivir en comunión va mucho más allá. Y nos exige mucho más.

Tened los mismos sentimientos. No dice pensad del mismo modo. No dice: trabajad  todos del mismo modo. No dice poneros dentro de un molde y este molde es el único sistema que se puede vivir. No dice buscad un cristianismo de estructuras. No dice buscad un cristianismo de estatutos. Compasión es, en primer lugar, pensar que de la manera que se puede encontrar el otro, tú puedes encontrarte así otro día.

La paz

Finalmente la PAZ, esta paz interior fruto de todas estas cosas que sentimos, de todas las responsabilidades que aceptamos, en fin, del abandono a la voluntad de Dios. Paz que se exterioriza en la alegría y la serenidad, testimonio de la vivencia profunda de Cristo.

 

 

 

 

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