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ACTUALIDAD DEL CARISMA DE PEDRO VILAPLANA, FUNDADOR DE LA COMUNIDAD DE JESÚS

Mn. Armand Puig y Tàrrech.

Monasterio de San Matías (Barcelona), 16 de abril de 2005.

1. Introducción

Hace unos cuántos meses me fueron entregados unos cuántos textos de Pedro Vilaplana, con su biografía, la personalidad, los fundamentos y la vida espiritual. Los he ido leyendo, he ido haciendo anotaciones. Hoy querría explicarlas. Esta es la primera cuestión. La segunda, es que vosotros estáis viviendo, habéis vivido y tenéis ganas de vivir un carisma de Iglesia. Y, por lo tanto, sólo puedo entrar con mucho respeto. Pertenezco en la Comunidad de San Egidio, y me acercaré a vuestra realidad comunitaria desde este punto de vista, el punto de vista de una persona que participa de un espíritu comunitario concreto, de una Comunidad nacida también en el año 1968.

Quiero empezar manifestando que algunas de las cosas que he encontrado en los textos de Pedro me han resultado familiares. De hecho, las anotaciones que he extraído son un intento de hacer justicia al carisma que Pedro Vilaplana tenía y que vosotros compartís. Me propongo plantear la pregunta por el futuro de vuestra Comunidad. En efecto, la Comunidad de Jesús, que trae un rodaje de casi cuarenta años, tiene una buena base y propone un itinerario espiritual que cada cual vive personalmente como un itinerario real de conversión. Hace falta, pues, una reflexión eclesial, no profesoral. Es una reflexión de alguien que cree profundamente en la primavera del Espíritu que el papa Juan Pablo II anunció en el año 1998 a la plaza de Santo Pedro, refiriéndose al florecimiento de grupos y comunidades que en el Post-Concilio han sembrado y siembran la vida de la Iglesia. La Comunidad de Jesús es una de estas flores, surgida en nuestro país.

Me he fijado sobre todo en tres textos: el Testamento Espiritual, el Directorio o Reglamento con «Nuestros principios» (autora: Sor Maria Montserrat Capsir), y el Perfil Espiritual (autor: Mn. Jordi Vila).

2. El Testamento Espiritual (1971)

Un carisma es siempre una cuestión difícil de definir. En la Primera carta a los Corintios (c.12) se habla sobre los carismas y se los denomina dones del Espíritu. De hecho, los apóstoles, los primeros discípulos de Jesús, fueron todos ellos personas con conciencia de ser llevados por el Espíritu. Así lo testimonia el texto de Pentecostés (Ac 2). En la comunidad primitiva había conciencia de vivir dentro de una corriente espiritual y de acceder a la voluntad de Dios como respuesta a unos impulsos provenientes del Espíritu. Los apóstoles eran doce y afirmaron su identidad, no al margen, sino al interior de la identidad que los daba Jesús. De forma que incluso algunos aceptaron que él mismo los cambiara el nombre. En el fondo, es el maestro quien da la identidad al discípulo.

El Maestro de todos es uno sólo: Jesucristo (Mt 23,8). Pero, quien inicia el camino concreto de la Comunidad es Pedro Vilaplana, y este hecho, el iniciador del carisma, siempre se tiene que tener en cuenta; de lo contrario, se puede producir un aguamiento. En este sentido el Testamento Espiritual tiene algunos elementos que tienen que ser retomados y puestos en movimiento. Hago notar que el Testamento es del año 1971, cuando Pedro tenía 38 años. No es, por lo tanto, un testamento hecho al final sino en mitad de la vida, y esto lo hace quizás más valioso.

2.1. Vivir intensamente la Comunidad

Pedro escribe: «Vivís intensamente la Comunidad». Y la Iglesia apostólica se caracteriza por la intensidad. En el libro de los Hechos leemos que «eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, a vivir en comunión fraterna, a partir el pan y a asistir a las plegarias» (He 2,42). Hablar de intensidad es hablar de constancia, insistir en el compromiso sostenido. Ahora bien, en esta vieja Europa del 2005 mantener los compromisos cuesta mucho. Cuesta tanto que hay muchos proyectos que se hunden o se quedan a medias. En consecuencia, en mi opinión, vivir intensamente la Comunidad quiere decir ser constantes y perseverantes, vivir de forma que la vida comunitaria no decaiga ni se marchite. El primero enemigo de una fraternidad es, evidentemente, la tibieza. Cuando la tibieza se instala en un lugar, todo aparentemente funciona, pero, en realidad, no funciona nada. Vamos tirando porque nos vamos encontrando, telefoneando, viendo y saludando, pero al final resulta que ha habido una bajada de intensidad, y reconocer esta realidad es difícil: cuesta decirlo y decirlo con sinceridad, sin acusar nadie.

Mas abajo Pedro cita He 2,44, donde se dice que «todo lo tenían en común» o bien «al servicio de todos». La traducción mejor parece la segunda. En cualquier caso, siguiendo la interpretación que da Pedro, la frase «tenerlo todo en común» no significa el comunismo de bienes, sino que todos lo tenían todo al servicio de los otros. En efecto, escribe Pedro: «su vida (de los primeros cristianos) era caracterizada porque lo tenían todo en común, al servicio de todos». Y da las razones, insistiendo en el 50 %, es decir, en la propuesta de compartir la mitad de los bienes con el resto de la Comunidad. Más allá del porcentaje o de la modalidad, aquello que se quiere decir es que cada cual tiene que pedir a si mismo un elemento de verificación a nivel práctico. La Comunidad pasa también por la capacidad de desprenderse de los propios bienes en bien de todos.

Otro ejemplo. Cuando hay una convocatoria comunitaria, hace falta dejarlo todo e ir. La primera cosa que se tiene que poner en común es el propio tiempo, es decir, la propia disponibilidad. Ya sabemos que todo el mundo tendrá sus razones por excusarse, y razones de peso. Pero hay una primera fidelidad que es muy sencilla: ponerse junto a los otros cuando conviene hacerlo así. Una asamblea, un encuentro, una reunión, un receso... Estamos en un mundo donde todo el mundo se excusa. En el tiempo de las excusas la Comunidad se tiene que construir sin excusas. Hace falta ser fiel en esto, que no es una cosa pequeña, y optar por hacer prioritario el encuentro con los hermanos y las hermanas.

2.2. Acción y contemplación

Pedro escribe que la Comunidad tiene que ser «activa-contemplativa». Se trata del famoso binomio de los años setenta lucha-plegaria, formulado de manera más rigurosa. Pedro subraya que «no son dos palabras que se puedan separar, sino que forman una unidad». Aun así, el problema radica en la articulación de la acción y de la contemplación. La respuesta que Pedro da es «la relación profunda con Cristo». Esta es una de las ideas matrices, esenciales, de su carisma: la relación personal y profunda con Jesús. La identidad, la manera de respirar de la Comunidad no puede pasar por otro lugar que no sean Jesucristo y su Evangelio. De lo contrario, el mundo nos engulle. Insisto en esto porque una comunidad activa y contemplativa significa una comunidad arraigada en Jesús, que late y comparte la relación con Jesús. La relación personal con Cristo es fundamental.

¿Cuáles son los medios para llegar? Pedro menciona cuatro: la lectura del evangelio, la meditación, el silencio y la Eucaristía. ¿Nos podríamos preguntar: estos medios, para qué sirven? ¿Para ser activos o contemplativos? Estos cuatro medios tipifican una manera de ser y de hacer: señalan un camino concreto, el camino de la Comunidad de Jesús. Y es que cada Comunidad, dentro de la Iglesia, tiene su propuesta. Naturalmente, no me refiero a horarios o reglamentaciones en el sentido monástico del término. Aquí se habla de unos medios que fomentan e impulsan una relación viva y habitual con Cristo, que se sitúa en los cuatro ámbitos mencionados: en el evangelio leído, en el evangelio meditado, en el evangelio interiorizado y en el evangelio celebrado. Ya lo decía el padre Charles de Foucauld y lo repite la espiritualidad de las diversas familias que derivan: ¡hace falta no olvidar los medios! Cada hogar de la Comunidad ofrece estos medios y hace falta aprovecharlos. De lo contrario, uno, si va a solas, se puede perder. Es muy importante ser fiel al propio carisma y a las propias líneas de fuerza. Porque el día es corto y el tiempo se acorta. Y es muy fuerte la aceleración de la vida. En una palabra, hace falta saber vivir esta actitud activa-contemplativa que pasa por unos medios claros, a nivel personal y a nivel comunitario.

2.3. El compromiso

 Pedro escribe: «A nosotros no nos interesa un instituto dedicado a una actividad apostólica. Nos interesa una comunidad con un compromiso comunitario fuerte que después cada cual expresará en los momentos o espacios de la vida que él viva». Es decir, cada cual lo expresará en el ámbito o ámbitos dónde se mueve: el trabajo, la universidad... Pedro insiste en decir que la Comunidad no es una tarea apostólica. Y afirma explícitamente que no se tiene que buscar el abrir servicios, sean los que sean, sino que cada cual buscará un compromiso comunitario fuerte. Y, a partir de aquí, intentará que la vida en Cristo sea una vida fecunda.

Aun así, el compromiso comunitario existe y hace falta preguntarse a dónde lleva la Comunidad. Pienso que es suficiente decir que cada cual irá encontrando su opción. Sé que en este punto voy más allá del que Pedro iba. Pero Pedro escribía esto en un tiempo histórico que ya ha pasado (la cristiandad) y en pleno Post-Concilio. La diferencia fundamental entre el año 1983, cuando Pedro murió, y ahora, es que en aquel momento aun vivíamos dentro de un régimen, ni que fuera en el chasis, de cristiandad. Este régimen se balanceaba pero aun se mantenía. Pero se ha producido un cambio muy fuerte. Por lo tanto, aquello que en un régimen de cristiandad, época de militancias, podía ser más dejado a la libre decisión de cada cual; ahora, en un tiempo de post-modernidad, de gran dualidad, pasada la cristiandad, no es bueno que cada cual haga la acción apostólica que crea más conveniente y de manera aislada, casi como decisión individual. Mi pregunta -quizás hablo condicionado por mi pertenencia a San Egidio- se orienta, pues, hacia el compromiso comunitario. ¿Dónde os tiene que traer, la pregunta sobre este compromiso? En mi opinión, es una pregunta que haría falta responder a la luz del lema fundamentador: Pobreza, Amor, Unidad, Pau.

2.4. Laicos y abiertos

Es sabido que Pedro tenía vocación al ministerio presbiteral y que en varias ocasiones intentó de realizarla. Pero, por otra parte, Pedro fundó una comunidad de laicos, hombres y mujeres, y seguramente esto, que de hecho no encajaba con sus inquietudes iniciales, es lo que ha quedado como identificación de la Comunidad: los presbíteros son dos, y bien recientes. Los otros miembros de la Comunidad son laicos y laicas, célibes, solteros o casados. Por lo tanto, es importante señalar la expresión que se lee en el Testamento: «espíritu de laicado y apertura». A Pedro no le fue concedido poder desarrollar su proyecto de ordenación presbiteral. ¿No será que él tenía que vivir en propia carne esta «frustración» de un proyecto personal tan mimado y querido como era este? ¿Por qué no llegó a realizarse este proyecto? Me parece que la respuesta no tiene que buscarse sólo en términos coyunturales o incluso psicológicos. El tema es más profundo. Hace falta decir que el carisma de Pedro es un carisma de laicos y que, en un momento determinado, dentro de él gana la fidelidad al propio carisma. El carisma de la Comunidad de Jesús es un carisma para laicos. Y, Pedro, ante este carisma que ha sentido en su interior y que ha comunicado hacia fuera, le da prioridad. Y es así como queda en un segundo plano su llamamiento personal, quizás para mantener este espíritu de laicado y apertura, y que conforma la intuición inicial.

Por otro lado, se lee en el Testamento: «Cada una de las vocaciones que se encuentran en la comunidad, fraternidades de vida consagrada, en el celibato o en el matrimonio,... o de otras que puedan salir...». ¿Qué quiere decir con esto? Aunque el proyecto inicial de Pedro eran unas fraternidades de tipo prácticamente monástico, después lo va a reformular, atendidas las personas que en aquel momento tenía alrededor, entre las cuales había matrimonios. Además, no se contenta con hablar de estas dos formas de vida (célibes y casados) que la Comunidad ha desarrollado. Dice: «o de otras que puedan salir...». Por lo tanto, entiendo que una persona de la Comunidad que se haga monje o monja o que sea ordenado presbítero, está dentro de este espíritu. No creo que en esto se falle al carisma. Una comunidad de laicos no tiene por qué excluir que alguno de sus miembros (¡naturalmente, no todos!) tome una opción eclesial definida, en la vida monástica o en el ministerio presbiteral. Me parece que esto no perjudica el carácter laical de la comunidad.

2.5. Una Comunidad grande o pequeña, pero sin miedo

El Testamento Espiritual viene a ser el documento de base a la hora de reflexionar sobre el presente y el futuro de la Comunidad. Se encuentran muchos elementos que ayudan a perfilar la vida comunitaria. Cito dos. El primero se refiere al número. El número relativamente pequeño de personas que pertenecen en la Comunidad, ¿es un elemento decisivo? ¿Hace falta pensar que las dificultades de entrada de nuevos miembros indican que la Comunidad ya ha cumplido su papel? Pedro, con la clarividencia de quien ha recibido un don del Espíritu, escribe: «El número [de miembros] de la Comunidad no nos ha de angustiar». No se puede pensar que el número sea una cuestión decisiva. El problema no es si sois muchos o pocos, sino si sois personas robustas y fieles espiritualmente. Es decir, con palabras de Pedro: «Exigíos amorosamente una vida entre todos vosotros». Si hay autenticidad en la vida comunitaria, poco importa el número. El segundo tema se refiere a no tener miedo. El miedo atenaza y no es nunca un fruto del Espíritu. Jesús resucitado descarga las mujeres discípulas cuando los dice: «No tengáis miedo» (Mt 28,10). Pedro escribe de manera parecida: «Las dificultades no nos tienen que dar miedo». Por esto, en la Comunidad los primeros bienes son la paz y el gozo

3. El Directorio o Reglamento

3.1. La amistad

Entre los diversos subrayados que se encuentran en el Directorio, muchos de los cuales coinciden con el Testamento, sobresale esta idea: la primera cosa es la amistad. Una comunidad sin amistad es un desierto, no es nada. En el Testamento, de hecho, hay una frase feliz que lo expresa: «La amistad es la sinceridad del amor». Es una frase algo conceptual, un poco abstracta. La entiendo referida al amor sincero. Como si dijera, la amistad es el amor sincero. Pedro tenía una gran confianza en las posibilidades de la amistad. Tenía tanta confianza, que, seguramente, ponía mucho pathos (pasión) en sus relaciones con los otros. Y este pathos ha marcado, evidentemente, la vida de la Comunidad. Cuando a una persona se le ha vertido mucho afecto, entonces el impacto es muy grande. Pedro entiende la amistad muy activamente, mucho en esta relación de tú a tú. Después, vienen la exigencia y otros compromisos... Pero, fundamentalmente, es verdad que la amistad es la capacidad de amar al otro. Es amigo quien ama al otro. Y amar quiere decirlo todo. Quiere decir acoger, quiere decir corregir, quiere decir sugerir, quiere decir guiar, quiere decir acompañar, quiere decir consolar, quiere decir frenar, quiere decir acelerar. Lo quiere decir todo. Es decir: el amor sincero. La amistad sincera, vivida así, es la base de toda la vida.

Pedro empezó precisamente así: creando pequeños grupos de personas, denominadas «collas», en las cuales había mucha confianza, mucho esfuerzo compartido. En estas collas todo el mundo se esforzaba para que no hubiera secretos, para que todo se compartiera. Alguien lo considerará algo ingenuo, incluso algo inocente. Pero Jesús dice: «Sed astutos como las serpientes e inocentes como los palomos» (Mt 10,16). Por lo tanto, la inocencia de la amistad es buena, junto a la astucia que nos tiene que hacer hijos del Reino, lejos de toda malicia. La amistad es el gran don de la Comunidad, es su manera de vivir.

La amistad se manifiesta en cosas muy pequeñas. Antes me refería a la fidelidad a la convocatoria de una reunión comunitaria. Ser es un signo inconfundible de amistad. Un segundo ejemplo es la capacidad de integrar los defectos del otro. De hecho, mientras el otro está em su lugar, no hay problemas. Pero cuando no lo está, empiezas a padecer, y tienes que hacer lo posible para que la situación no se te coma. Hace falta que el otro sea realmente ayudado, según sus necesidades. La amistad no es la confluencia  de emociones, sentimientos, obligaciones, deserciones... una clase de inestabilidad permanente. La amistad se entiende con la confianza a la mano, pero con la claridad de sentimientos y emociones. Las emociones y los sentimientos tienen que ser puestos en un terreno bonito, no pegagoso, sino que crezca sin tensiones. Esta transpiración de la amistad es importante. De lo contrario, sin simpatía y delicadeza, la Comunidad se convierte en una olla a presión. Esto se aplica tanto a las personas de la Comunidad que viven en fraternidad como las otras.

3.2. Comunicar el Evangelio

Un elemento central del Testamento y del Directorio es «saturar el mundo de Evangelio». Se lee que la misión de las Llars es saturar el mundo con el Evangelio, es decir, que el mundo rebose de Evangelio. Seguramente, esta es una de las respuestas a la pregunta sobre el compromiso comunitario y su futuro, planteada anteriormente. Pero, en esta misma línea, hace falta subrayar lo siguiente: «No queremos limitarnos al trabajo negativo de purificación, hace falta construir». Es verdad que los miembros de la Comunidad hace tiempo que os conocéis y que los lazos personales empezaron hace años. Por eso, en este momento el pensamiento de Pedro aun tiene más valor: «Hace falta construir». La cuestión fundamental de una comunidad es construir. Es evidente que nos tenemos que comunicar las carencias, las debilidades, el pecado, todo aquello que tiene que ser purificado. Pero lo esencial es construir. Construir es vivir la pasión por el Evangelio. Construir es pensar en el otro en términos de futuro, en términos de esperanza, en términos de simpatía, no mirando al pasado. ¿Qué nos importa el pasado? ¿Qué ganaremos removiéndolo?

Hace falta enfocar la construcción de la comunidad. A la Iglesia apostólica la preocupación no era sacar los trapos sucios al sol, sino construir la comunidad. Y de aquí viene la imagen de las columnas referidas a Jaime, Cefas y Juan (Ga 2,9). O bien el que se llama en Ef 2,20: «Formáis un edificio construido sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, que tiene el mismo Jesucristo por piedra angular». O aun en la frase dirigida a Pedro en Mt 16,18: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». En una palabra, ¡hace falta construir!

Más abajo hay otra frase que también subrayo: «Cada uno de nosotros somos como un quinto Evangelio». De hecho, el Evangelio nunca se acaba de escribir. Cada cristiano es un evangelista, que rescribe con la propia vida  el Evangelio del Señor. Por esto no somos un pueblo sin nombre. Cada miembro de la Comunidad tiene que saber que Cristo está escribiendo el quinto evangelio en su vida. Porque la escritura del Evangelio depende de Jesús y de su Espíritu que nos traen por un camino de verdad y de vida. Diciéndolo de otra manera, ¡no queremos cerrar ninguna puerta al Espíritu Santo! Siempre adelantamos. No podemos pensar que los carismas de la iglesia están todos definidos. Los carismas se adaptan en función de las necesidades que hay. Y por esto, como en un quinto Evangelio, Cristo escribe constantemente en nuestros corazones un texto. Y nosotros le damos una respuesta fiel.

3.3. El activismo estéril

Para finalizar esta sección, una frase suficientemente lúcida: «La amistad nos libera de un activismo incontrolado». La articulación acción-contemplación se completa con un toque de alerta ante un activismo estéril. El activismo es uno de los males del siglo. Quizás por esto Pedro alertaba del activismo y se mostraba refractario a las obras apostólicas. Ciertamente, una acción de la comunidad puede caer en un activismo incontrolado. Y cuando se cae en el activismo, se pierde, ciertamente, el valor de la amistad. La amistad, que es la base de la Comunidad, de la fraternidad, choca frontalmente con el activismo. Los activismos, o la inhibición –que es el activismo cambiado de signo- no ayudan a construir la comunidad. Uno, formalmente, forma parte de un grupo de personas, pero de corazón no está, preocupado por el trabajo a hacer, o distante de los proyectos comunes. El activismo y la inhibición son enemigos de la amistad, que es la base de la Comunidad.

4. Perfil Espiritual

4.1. La palabra de Dios

Pedro afirma que «es impensable una colla sin Evangelio». Es decir, la Comunidad no se construye sin la palabra de Dios. Por eso Pedro elaboró un puñado de comentarios evangélicos que, en mi opinión, tienen que figurar entre los documentos básicos de la Comunidad. En estos comentarios, Pedro enseña una manera de leer el texto bíblico. Los textos bíblicos son plurales, son multi-focales, tienen varios registros. Todo el mundo se acerca con unos criterios interpretativos, que obran una lectura espiritual de la Escritura. Este es uno de los puntos fundamentales de la maestría de Pedro, una persona que poseía un don para leer la Escritura como pozo de donde brotaba el propio carisma y lugar dónde este se verificaba. Igualmente, la Comunidad crece con la lectura diaria de la Escritura, en expresión de san Gregorio el Grande. La comunidad se forja con la palabra de Dios. La lectura personal y comunitaria de los textos bíblicos os ha de acompañar siempre. Sirve la Comunidad quien comenta el texto de la Escritura y edifica así los hermanos. Cada día la lectura de la Palabra tiene que resonar en el propio corazón.

4.2. La plegaria

Hay una frase que hace falta remarcar particularmente: «La plegaria como principal actividad de la comunidad», como su principal testigo. Esta frase también la escribió Soloviev, y Andrea Riccardi la retoma con frecuencia. Pedro ha descubierto el valor de la plegaria desde la experiencia propia, sin encontrarla en los libros. Por lo tanto, es una frase que responde a un descubrimiento personal que Pedro hace –cosa no extraña en la Iglesia de Dios-, es una intuición coincidente y profunda. Hace falta recordar las largas horas de plegaria personal de Pedro en el silencio de la capilla. Por esto afirma que la plegaria es la principal actividad de la comunidad. Pedro saca la fuerza espiritual de una plegaria muy consistente. Y esta es su trabajo principal. Él dice: «la principal actividad de la Comunidad». Andrea Riccardi subraya «la fuerza débil de la plegaria». Y es que nuestro primer trabajo es rogar. Quien ruega no está ocioso; al contrario, trabaja más que nadie. Y la Comunidad, cuando ora, no es que se distienda. Al contrario, la plegaria es un momento de máxima atención. Sería un error pensar que la plegaria es un momento de distensión y no de atención. ¡Por esto es una actividad, y la primera! Evidentemente, no hablo de una atención desasosegadora o nerviosa. Me refiero a una atención espiritual.

5. Conclusión

Más allá de la vida de Pedro, de su figura, de su carácter, de su manera de hacer, hay su carisma, que se refleja en sus escritos, y en concreto en los escritos fundacionales y en sus comentarios a los textos bíblicos. Hubiera sido muy diferente si ahora, en el año 2005, Pedro, a sus 73 años, estuviera aquí con nosotros. Todo sería diverso. Nos podemos preguntar por qué el designio de Dios ha pasado por la ausencia de Pedro. Cuando él muero –ahora hace 22 años-, la Comunidad está en edad temprana, se está haciendo. Pero su carisma se mantiene, porque sois vosotros, la mayoría de los cuales lo recibisteis de sus manos.

Pedro fue un maestro, y su vida tiene que ser leída como una unidad, no parcialmente, y con el respeto y la amistad con qué él inició la Comunidad. Los recuerdos personales contribuyen aun más a valorar una persona que traía un carisma de Iglesia y que lo llevó a término con mucho esfuerzo, dando la vida por su sueño.

Su carisma es actual y válido, es un carisma plenamente eclesial, que la Iglesia ha reconocido. El cambio cultural y religioso de los últimos años pide un replanteamiento, que tiene que pasar por una profundización. Las intuiciones de Pedro tienen que ser releídas y aplicadas. Pedro era una persona muy fiel al Concilio Vaticano II, y, por lo tanto, a la Iglesia dónde ahora vivimos, la Iglesia del Post-Concilio. Claro está que intercede por nosotros y por todos.

 

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