A Fondo

Homilía de Mn. Santi Soro.

Retiro en el monasterio del Bellesguard. Barcelona,

21-1-2006

Acabamos de escuchar las lecturas de la fiesta de San Fructuoso, obispo de Tarragona y de sus diáconos Augurio y Eulogio, todos ellos mártires. Estas lecturas nos hablan de dos cosas: de la unidad y de la perseverancia en la fe, en medio de las dificultades, de las tribulaciones, de las persecuciones, del chasco, del cansancio. Creo que pueden ser luz para nuestra reflexión comunitaria. ¿Qué debemos hacer por conservar la unidad, en primer lugar en cada cual de nosotros mismos, después dentro de la propia familia, de la comunidad, de la Iglesia católica, todo aspirante a la unidad de los cristianos hasta llegar a la armonía de la humanidad entera?. En primer lugar hace falta el respeto, a uno mismo y a los otros, después la aceptación en la diversidad, finalmente el amor. Porque nos hace falta la conversión. Los Evangelios que proclamaremos mañana nos hablan precisamente de esto: de la conversión. El primer llamamiento que hace Jesús es precisamente este: "Convertíos y creed en la Buena Nueva". Y convertirse quiere decir girarse, cambiar de rumbo.

Todos, en un momento dado, nos hemos girado a mirar un chico o una chica; quizás, incluso lo hemos seguido y esto nos ha cambiado la vida. ¿Qué ha sido la razón de seguir aquella persona? Es que nos ha cautivado. Cuando nosotros empezamos como Comunidad de Jesús hicimos una cosa parecida: nos giramos" porque alguien nos cautivó, y lo seguimos. Quizás alguien se sintió cautivado por la persona de Pedro; de hecho él por quien se sentía cautivado era por Jesucristo, hacia él se había girado, a él seguía y, como Juan Bautista, a él señalaba. La razón de ser de nuestra comunidad es el seguimiento de Jesucristo, y esto nos ha cambiado la vida. ¿Habéis pensado cómo sería nuestra vida si, en un momento dado, no nos hubiéramos girado hacia Jesús y le hubiéramos seguido?.

Nuestra historia con Jesús, o es una historia de amor, o no es nada, no se aguanta. Él también nos ha gritado, como lo hizo con los apóstoles, como va hacerlo con los santos Fructuoso, Augurio y Eulogio, también a nosotros nos ha dicho: "Venid conmigo", y nosotros le hemos seguido, porque sus palabras calientan nuestro corazón, porque sentimos que Dios nos ama, porque es nuestro Padre, porque Jesús, nuestro hermano grande, está dispuesto a todo por nosotros, porque nos quiere salvados, nos quiere felices. Por esto nuestra historia comunitaria –y la historia de todos los cristianos- o es una historia de amor o no es nada. 

Ahora bien, las historias de amor tienen diferentes fases. No es lo mismo una historia de amor adolescente y en los primeros momentos de la descubierta del otro, que una historia de amor adulto y después de unos cuántos años de vida en común; pero esto no quiere decir que no continúe siendo una historia de amor. De unas cenizas grises, si todavía están calientes, si las hurgamos todavía pueden surgir brasas capaces de encender un gran fuego.

Lo mismo se puede decir de nuestra comunidad y de nosotros. Nuestra vida de comunidad ya no es -no puede ser- como hace unos años, pero debe continuar siendo una vida de hermandad, de amor mutuo, de calor. Tenemos que avivar el fuego comunitario que ilumine nuestro camino, que caliente nuestro corazón y que nos empuje a andar en el seguimiento de Jesucristo. Joan Torrents hace un rato nos invitaba a reflexionar sobre la vida comunitaria a tres niveles: el del pensamiento comunitario, el del calor de la amistad y el de la acción comprometida. Está en nuestras manos cambiar la realidad que vivimos, con la ayuda de Dios. Avivémosla y renovémosla, tanto a nivel personal como nivel familiar, comunitario y eclesial, para que nos sea luz, calor y fuerza para trabajar por nuestro bien y el de los otros.

Esta renovación pide unas actitudes y unos pasos. Pienso que, según el espíritu comunitario, haría falta –sin pretender que estas propuestas sean exclusivas:
Pedir perdón a Dios de nuestros pecados por poder perdonar nuestros hermanos. El perdón es un don de Dios. Él siempre nos espera y nos perdona, porque nos ama. Únicamente quien ama sabe perdonar.
Instruirnos en el Evangelio, palabra de vida eterna, que es luz y nos enseña cómo debemos vivir.
Buscar la intimidad con Dios en la oración y en la íntima unión de la eucaristía.
Dios es nuestro amigo, Dios es nuestra fuerza, Dios es nuestra salvación, Dios es nuestra felicidad.
Si nos acercamos a Él tendremos vida, y vida por siempre jamás.

 

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