Foucauld redescubierto

Bernabé Dalmau

Artículo publicado en la revista SERRA D’OR. Marzo 2006

 

Había quedado en la penumbra, pese a que podría ser considerado el san Francisco del paso del siglo XIX al XX. Charles de Foucauld no era un modelo ruidoso, estos últimos años que del cristianismo ha sido valorado sobre todo el testimonio activo. Parecía como si los nuevos afanes evangelizadores pidieran una encarnación palpable más que la presencia silenciosa que su figura sugiere. Ni siquiera la vitalidad de las once congregaciones religiosas y las ocho asociaciones que se inspiran en su espiritualidad no contrapesaba una cierta indiferencia para proponer el apóstol de los tuaregs por referente elocuente del cristianismo. Con una honrosa excepción: justamente en el emblemático 1968 Pedro Vilaplana fundaba en Montserrat una de estas asociaciones, la “Comunidad de Jesús”. Pero, en tiempos de la liquidación de las administraciones coloniales, más bien resultaba ambigua una muerte como la de Foucauld en manos de senusitas del desierto durante el levantamiento contra los franceses.

Si Foucauld puede ser comparado con el pobrecito de Asís no es solo por su condición de pájaro silvestre. Era también un convertido, y esto representaba un inconveniente estos últimos años: el radicalismo de los convertidos suele ser considerado por la sociedad cristiana un fundamentalismo, porque descubre y presenta con nuevo impulso aquello de qué muchos ya están de vuelta. Una Iglesia postconciliar, que centraba la Eucaristía en la dimensión de celebración y veía el sacerdocio como un ministerio al servicio de la comunidad, difícilmente podía entender que un ermitaño asesinado junto a una custodia hubiera pedido el presbiterato para identificarse mejor con Cristo sacerdote.

Pero Charles de Foucauld era un místico, y un día u otro debía ser reconocido a gran escala. La beatificación, hecha cuando todo el mundo ya ha sido beatificado y canonizado, y celebrada en el tono menor que el papa Ratzinguer ha restablecido para este rito, tuvo lugar el pasado 13 de noviembre. Y, quieras que no, quienes un día habían aprendido algo de su vida o leído alguna de sus páginas espirituales refrescaron aquella página de entrega al Padre que es sin duda la mejor glosa de todos los tiempos al Padrenuestro

Esta rehabilitación ha tenido lugar cuando se cumplían cien años de la llegada de Foucauld a Tamanrasset, al desierto argelino. Pero esta etapa fue la meta definitiva. Antes había un largo itinerario, geográfico y espiritual, en el estrasburgués nacido en cuna aristocrática el 1858 y huérfano a los seis años. El itinerario empezó con la vida militar y la exploración a Marruecos hasta el punto de ganar la medalla de oro de la Sociedad geográfica francesa y de tener intenciones de fundar un hogar con la hija de un comandante especialista en geografía. Pero pesó más la conversión ocurrida en San Agustín de París el octubre del año 1886 de manos del padre Huvelin, que será su guía espiritual. A partir de una peregrinación a Tierra Santa descubrió su vocación de seguir a Jesús en la vida en Nazaret. Pasó siete años en una Trapa de Siria, pero la dejó por vivir cuatro años como criado de las Clarisas de Nazaret. El 1901, recibido el sacerdocio en Francia, marchó hacia el Sáhara, primero a Beni-Abbés y después ya a Tamanrasset. La muerte le llegó violentamente el 1 de diciembre de 1916 .

Solitario pero solidario, nunca rehuyó el servicio “a los más olvidados y abandonados”, a los más alejados. es la prueba el hecho que aprendió el idioma de los tuaregs para traducir los Evangelios y redactar un diccionario ilustrado y selecciones de poesías y otras obras. Los nómadas lo conocían y se beneficiaban de su caridad. De hecho, él quiso que cada uno que lo visitaba lo considerase hermano, “el hermano universal”, como le gustaba denominarse: “Quiero habituar todos los habitantes, cristianos, musulmanes, judíos..., a mirarme como su hermano, el hermano universal; ya empiezan a denominar “la Fraternité” la casa, y esto me es dulce.”

El ideal de fraternidad empapó toda su vida. Soñó compartir con otros la vocación, y escribió varias reglas religiosas, pero de hecho vivió solo. Continuando el paralelismo con san Francisco, podríamos decir que tuvo quien “salvó” la perpetuidad de su carisma en la persona de René Voillaume, muerto apenas ahora hace tres años: ¿Quién no ha leído o oído hablar de los best-sellers "En el corazón de las masas" o las "Cartas a las fraternidades"?

El hecho es que “el hermano Carlos” tuvo carisma, y que su vida cristiana está marcada por varias características. La imitación de la vida de Jesús, en primer lugar. Pero, más que el profeta itinerante, le seduce Jesús artesano en Nazaret (este nombre nos evoca, por una cierta contemporaneidad cronológica, la espiritualidad del padre Mañanet y la obra de Gaudí). Se trata de vivir de una manera humilde, adoptando, como Jesús, un estilo de vida pobre, ganándose el pan con el trabajo de las manos, en medio de la gente.

Es un verdadero apostolado, pero no activo. Foucauld –y aquí encontramos otro rasgo de su ideal– rehúsa una predicación del Evangelio que sólo muy superficialmente se interesaría por las Escrituras. La fraternidad la proclama con las obras, haciendo el bien sin esperar recompensa. No cree en un proselitismo clásico, de predicación impuesta, que, junto con la civilización europea, pretendía hacer pasar la evangelización de los pueblos. Quería ser “grano de trigo enterrado” para ofrecer la vida en “el silencioso seguimiento de Aquel que amó a todos hasta el fin”.

Este ideal es comprensible que atraiga gente en el desierto del mundo moderno: misión por simple presencia cristiana, orando a Dios y haciendo amistad con los hombres. Sobre todo en nuestra sociedad descristianizada, cuando a muchos les da la impresión de predicar a orejas sordas. Al mismo tiempo es un ideal que ayuda a superar la manera de entender la misión como el resultado de estrategias sofisticadas. El testimonio de Foucauld, fuerte y brioso, pero sobre todo humilde, es un apostolado de ejemplo y de confianza en Dios. Y de plena identificación con los pobres.

En una época de tantos desafíos para los cristianos pero también de mucho desencanto, no cuesta  adivinar por qué el mensaje de Charles de Foucauld vuelve a tener actualidad.

 

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