Homilía del P. Antoni Andrés en la eucaristía de 6 de mayo de 2006 en Joan Blanques. Asamblea ordinaria de la Comunitat de Jesús

Hay en las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar, amados hermanos y hermanas, tres ideas muy concretas y definidas: el amor de Dios, la bondad de Dios y la salvación que Dios quiere para todos. Las tres tejen, en estas lecturas, un tejido del cual no podemos tirar de un hilo sin arrastrar los otros. Dios es amor y es bondad y es salvación, pero lo es en Cristo.

Repasemos algunos de estos textos y reparemos en esto que os decía:

            * Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia (Sal 117,1.29).

            * Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1Jn 3,1).

            * Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas. Yo soy el buen pastor, que conozco a mis ovejas y las mías me conocen, (…) y doy mi vida por las ovejas (Jn 10,11.14.15).

Dios nos ama y nos salva por Jesucristo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, (…) y habrá un solo rebaño, un solo pastor (Jn 10,16). Que nuestra salvación Dios la ha confiado a Jesús, nos lo ha dicho más claramente san Pedro: Ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre [Jesucristo]  que pueda salvarnos (Hch 4,12).

Tal y como lo entiende la Biblia, el nombre significa la persona misma, su ser y su destino; entre el nombre y la persona había una relación esencial. El nombre de Jesús, efectivamente, quiere decir Yahvé salva. San Pedro afirma con toda claridad que la exclusividad y la universalidad de la salvación de Dios están estrechamente ligadas a la persona de Jesús de Nazaret. La salvación obtenida mediante la invocación del Nombre divino, se realiza mediante la fe y la proclamación del Nombre de Jesús, a quien Dios le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre» (Fl 2,9).

Pero Jesús es salvación no solamente porque nos ha reunido en su redil, sino porque, además, es la piedra «angular del edificio» (cf. Hch 4,11). El edificio-iglesia, i el edificio-personal que cada uno ha de construir en sí mismo por la fe en Cristo, el amor y la fidelidad a la llamada del «pastor». Es decir, por la vocación personal y, añadiría yo, comunitaria.

San Pedro escribía en su primera carta: Vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado (1P 2,5). I Pere, en el retiro de marzo de 1971, decía comentando posiblemente esta afirmación de san Pedro: «Hemos de ser piedras vivas (…), para la edificación de esta casa espiritual. Cada uno de nosotros seamos una piedra viva, que sepamos dar este testimonio: construir esta casa espiritual, para prepararos a un sacerdocio real en una familia, o a un sacerdocio real en una vida consagrada».

Sois, por tanto, piedras para la construcción. El libro del Apocalipsis -al describir a la Iglesia- la compara a una ciudad (la Jerusalén celestial) cuya muralla se levanta sobre doce cimientos, o piedras,  que son los apóstoles (cf. Ap 21,14). También vosotros sois piedras. Piedras de construcción que tenéis que encajar en el lugar adecuado para que el edificio permanezca seguro y habitable. Es cierto que la mayoría de los edificios materiales sufren, a lo largo de los años, retoques, reformas, cambios interiores…; pero la estructura básica se mantiene intocable. También en la comunidad pueden producirse cambios, retoques modificaciones. Pero aquello que es estructura fundamental, básica, ha de permanecer, no puede ser modificada, porque, de lo contrario, la Comunidad vendría a ser otra cosa diferente, otra construcción diferente.

¿Cuál es la estructura básica y fundamental de la Comunidad? Yo creo que es el hecho de ser una comunidad con un estilo laico. Y no es que lo diga yo gratuitamente, o sin fundamento. «Es importante ser fiel a este estilo laico», recomendaba Michel Lafon a Pere, quien lo ha dejado como testamento: «Es necesario que conservéis entre vosotros el espíritu de laicado». Y volvía a recomendarle Michel Lafon: «Es necesario que vuestro movimiento sea auténticamente un movimiento de laicos con su libertad. Tenéis que salvaguardar el carácter laico de vuestra comunidad».

Este estilo laico reposa en unas columnas de idéntico valor e importancia. Lo decía Pere en enero de 1977: «Todos somos hermanos. No hay distinción ni de casados ni de solteros; ni de celibato ni de matrimonio. Todos sentimos la llamada ante Dios, y nos entregamos a ella». No hay distinción; una realidad que también ha recomendado Michel Lafon: «Es característico que los hermanos y hermanas casados sean tan hermanos y hermanas como aquellos que han consagrado su castidad, y que la fórmula de la consagración sea la misma con un adjetivo de más o de menos» (Michel Lafon. Testimonio sobre Pere; septiembre de 1983).

Y todas las columnas tienen la misma responsabilidad: la de «vivir sobre todo su vocación», a pesar de que Pere -por las circunstancias puntuales de aquel momento- pusiera el acento en los célibes y en los matrimonios. Es en la vivencia de la propia vocación que se construye «de verdad comunidad».

La vocación personal o llamada ha de afianzarse con la práctica de «la oración, el silencio, el desierto», con una «vida material sencilla, pobre, desnuda, para dejar paso libre a la vida del Espíritu, de Jesús». Una vida en la que florezca «la bondad, la ternura, el afecto fraterno, el ejemplo de la virtud, la humildad, la amabilidad»…

Aunque he sido demasiado prolijo -y tendréis que perdonármelo-, no puedo dejar de citar lo que Georges Mercier dijo a la Comunidad el 25 de mayo de 1978: «La Comunidad de Jesús responde al último y gran proyecto del Padre Foucauld. Él había expresado el deseo que laicos célibes y casados se uniesen estrechamente a los sacerdotes en el anuncio de Jesús y de su Evangelio. Y tengo el sentimiento de que la Comunidad de Jesús, de Barcelona, responde a ese deseo misionero del P. Foucauld».

No he pretendido dar lecciones. No soy quien para hacerlo ni tengo autoridad para ello. Solamente he pretendido aprovechar la cita de los Hechos de los Apóstoles, sobre la piedra angular del edificio, para aportar mi granito de arena como persona que vive la Comunidad desde fuera y desde dentro a la vez. Sobre todo como una persona que ama profundamente la Comunidad y de la cual ha recibido mucho.

Pongo ya punto final. Y permitidme que lo haga con algunas de las recomendaciones que el P. Cassià M. Just hacía a la Comunidad en julio de 2002: «Procurad que las “llars” y las personas encuentren medios que les ayuden a madurar humanamente y cristianamente. Velad para que todos los miembros se sientan acogidos, valorados y amados. Y, consecuentemente, implicados de tal manera en la vida de la Comunidad que lleguen a considerarse miembros activos y responsables, y lo sean realmente. Es importante que veléis por el dinamismo de los diálogos comunitarios. Que no queden secuestrados por unas cuantas personas, sino que se fomente tanto como sea posible la participación de todos».

Amados hermanos y hermanas: que todos los que han amado a la Comunidad y han sido piedras vivas y reposan ya en la Casa del Padre, velen des de allá por el bien y la vitalidad de la Comunidad.

 

 

¿Quiénes somos?   -   Contacte con nosotros   -   Mapa del sitio   -    Aviso legal 

Logotipo de la Familia Carlos de Foucauld