HOMILÍA DEL P. ABAD DE MONTSERRAT  JOSEP M. SOLER

EUCARISTÍA DEL 30º APLEC DE LA SANTA CRUZ DE TARRÉS

Las lecturas que acabamos de escuchar, queridos hermanos y hermanas, nos han hablado de dos movimientos contrastados: San Pablo en la segunda lectura nos ha hablado del descenso  de Jesús y en cambio el Evangelio y la primera lectura nos han hablado del ensalzamiento de la serpiente” y de alguna manera, indirectamente, de ensalzar a Jesús en la Cruz. Y esto que parece una contradicción, en el fondo son dos aspectos de una misma realidad. Porque el descenso del cual hablaba San Pablo es el mismo ensalzamiento del cual habla San Juan en el Evangelio. No querría “hacer un nudo”, de este nudo que he hecho de descenso y ensalzamiento... sino que querría simplemente remarcar la doble perspectiva en la qué San Pablo y San Juan miran el misterio de Jesús y el misterio de la Cruz, para entender más profundamente la celebración de hoy de la exaltación, del ensalzamiento , por lo tanto, de la Santa Cruz.

En la segunda lectura, de la carta a los Filipenses, se nos hablaba del gran descendimiento del Hijo de Dios y nos iba remarcando los escalones de este descendimiento, de estar con Dios en el cielo, el Hijo viene a la tierra, convive con nosotros pero después, aún siendo de condición divina, baja otro escalón que es el de la muerte. Pero no una muerte cualquiera, decía el apóstol, sino una muerte en Cruz, que en la sociedad del tiempo de Jesús, en Palestina, en el imperio romano, era la muerte más vil, más ignominiosa. Por lo tanto, podríamos decir, todavía baja otro escalón. Es todo el descenso que todavía tendrá otro final que es el bajar al sepulcro. Es todo el descendimiento, desde el cielo, de la igualdad con el Padre hasta la tierra y la muerte, pero una muerte en Cruz y el sepulcro. Pero después, y lo diremos dentro de un momento en el Credo, vuelve a rehacer este camino para volver a la derecha del Padre. Y aquí es dónde encuentra su sentido la exaltación de la Cruz. La Cruz tanto como es descendimiento, es glorificación de Jesús.

Pero antes, preguntémonos, ¿porque el Hijo de Dios ha vivido este descenso desde estar a la derecha de Dios hasta la muerte en la Cruz y el sepulcro? Lo ha hecho por solidaridad con nosotros, para compartir nuestra vida, para compartir nuestras dificultades, para compartir, podríamos decir, el pan que es vivir como hombre, como mujer, en este mundo. Por solidaridad, por comunión profunda con cada uno de los hombres y mujeres del mundo y para salvarnos, para abrirnos las puertas a una realidad nueva, para abrirnos las puertas a la esperanza, a la vida sin fin, a la vida eterna.

Y esta solidaridad, esta salvación, decía San Pablo, se expresa sobre todo a través de la Cruz. Y el Apóstol nos presentaba la Cruz como un misterio de obediencia, misterio de obediencia a la voluntad del Padre, un misterio de amor, un misterio de vida. Y aquí podríamos pensar que esta obediencia de Jesús a la voluntad del Padre, no es que en cada momento el Padre le vaya diciendo qué debe hacer. Sino que esta obediencia al Padre ha ido concretando el plan de salvación, de solidaridad con cada hombre y con cada mujer. Está escrito en la Sagrada Escritura, está escrito en el Antiguo Testamento pero Jesús lo va viviendo en la obediencia a las circunstancias que le tocan vivir. Primero en la obediencia a su padre San José y a su madre, la Virgen María. Después en la obediencia a las circunstancias y a lo largo de la pasión, será también obediencia a las cosas que se encuentra que ha de ir afrontando. Digo esto porque nosotros como cristianos debemos seguir el camino de Jesús y debemos ser obedientes también a la voluntad de Dios sobre nosotros. Pero esta voluntad de Dios la vamos descubriendo cada día a través de las cosas que nos toca  vivir, las cosas buenas o no tan buenas, es decir buenas o más difíciles que nos toca  afrontar. Y así vamos llevando a cabo el plan, que siempre es un plan de amor, que Dios tiene sobre cada uno de nosotros.

En el Evangelio se nos hablaba del mismo misterio de la Cruz, pero como he dicho, con la figura del ensalzamiento. Para el Evangelio de San Juan, la Cruz no es tanto un suplicio como un trono de gloria. Evidentemente que hay la muerte y el dar la vida y el sufrimiento... pero San Juan se la mira a la luz de la Pascua y ve la Cruz como el trono de Jesucristo, como el lugar desde donde Él reina y, por lo tanto, como su trono de gloria. Y esto, en el episodio del Evangelio que hemos leído, Jesús lo quería hacer entender a Nicodemo. Le quería, además, hacer entender  otra cosa: que Jesús es el único que nos puede mostrar, que nos puede revelar al Padre, es decir al Dios verdadero, el único Dios que existe. Los hombres y mujeres nos podemos acercar de muchas maneras, a través de la intuición y de el anhelo del corazón. Pero para conocerlo en plenitud hemos de ir a través de Jesús. Y todavía más, Jesús le decía a Nicodemo que para conocer al Padre, para conocer a Dios hace falta recurrir al lugar donde Él se revela de una manera más grandiosa y, es difícil de entender a través de nuestra razón, en la Cruz.

¿Dónde se revela Dios más plenamente? En la Cruz. La Cruz es la revelación del Padre, es la revelación del Hijo y es la revelación del Espíritu. Dicho de otro modo, si la Cruz es la máxima solidaridad de Jesús y por lo tanto de Dios con el sufrimiento humano, en la lucha que las personas tenemos cada día para avanzar, la Cruz es el lugar de la máxima revelación del amor de Dios. Y el Dios que es amor porque es comunión de tres personas, este Dios se revela sobre todo en la Cruz. Se nos revela como un Dios que se da hasta la última gota de sangre, como un Dios que ama infinitamente, hasta el límite como dice el Evangelio de Juan. Un Dios que es fuente de vida, fuente de plenitud que no se agota nunca. El Padre, el Hijo, el Espíritu, la Trinidad se nos revela sobre todo a través de la Cruz de Jesús. Y se nos revela como un Dios que es y que quiere ser buen samaritano de la humanidad, que quiere ser solidario, salvador, acompañante de cada hombre y cada mujer del mundo.

San Pablo hablaba de arrodillarse al oír el nombre de Jesús, para adorar con el corazón y con los labios este designio amoroso de Dios a favor de la humanidad. Acogemos este don de amor que Dios nos ofrece a través de la Cruz y que se hace presente en la Eucaristía. Y después, hagámonos testimonios en nuestro mundo y, en concreto, delante de las personas con quienes nos encontramos, de como Dios ama, de como Dios es solidario en todas las situaciones y de como todo, se puede vivir desde esta perspectiva de correspondencia al plan amoroso de Dios sobre cada una de las personas. Y la Cruz nos dice que incluso el sufrimiento, incluso la muerte, que pueden parecer tan absurdos a la razón humana, son un lugar, una llamada a vivir el amor y una llamada a transformarlos, por la vivencia del amor y por la gracia de Dios, en fuente de vida.

Vuestra Comunidad de Jesús es una comunidad nacida de la Santa Cruz. Nacida de la Santa Cruz como hemos nacido todos, fruto de este amor de Dios que se manifiesta en la Cruz de Jesús, por lo tanto nacida por el don amoroso de Dios. Por otra parte, el inicio de vuestra comunidad está en el compromiso de Pere Vilaplana en la ermita de la Santa Cruz de Montserrat. Diría que habéis nacidos doblemente de la Cruz. Y después aquí en Tarrés, habéis querido traer también este mensaje de la Cruz. De la Cruz como trono glorioso, como fuente de vida pero también como lugar dónde se solidariza el Señor y cada uno de nosotros con el sufrimiento de toda la humanidad.

Acoged  este don que es la Cruz para vosotros pero también perseverad en vuestro carisma, para profundizar en la realidad de la Cruz. Un carisma, que es activo y contemplativo a la vez y que exige tener una relación profunda con este Dios que se revela en la Cruz y por lo tanto en Jesucristo. Una relación profunda a través de un mayor conocimiento de la persona de Jesús a través de la Escritura, a través de la celebración de la liturgia, a través del encuentro con cada uno de los hermanos, con cada una de las personas.

Pero vuestro carisma  no se reduce sólo a una relación personal de cada uno con Jesucristo, sino que pide también la fraternidad, la amistad, el compartir. Y es en la vivencia del amor fraterno, junto con la actitud de cada uno frente a la vida, que podemos dar testimonio del Evangelio, que podemos proclamar la vida que viene de la Cruz. Continúa siendo de una gran actualidad aquella maravilla que los paganos encontraban en los cristianos, cuando en los primeros siglos decían “mirad como se aman”, como están dispuestos a dar la vida los unos por los otros.

Que vuestra comunidad y, de alguna manera, los amigos de la comunidad, que la misma gente de Tarrés participen de esta vocación. Procuremos ofrecer en nuestra sociedad  este testimonio de amor fraterno, de ayuda fraterna, de solidaridad de los unos con los otros para testimoniar el Evangelio, para testimoniar el amor a la Cruz. El amor de Dios que se revela en la Cruz como he dicho, es revelación de comunión, revelación de amor, revelación de humildad de cada una de las personas de nuestro Dios Trinitario frente al otro y de humildad de alguna manera, de humildad de nuestro Dios  frente de la realidad humana, delante de cada uno de nosotros, una humildad que se manifiesta en el lavatorio  de pies del Jueves Santo.

Ahora, con la fuerza que nos viene de la Eucaristía, dejémonos renovar. Por un lado, adoramos este misterio de la Cruz, pero dejémonos renovar por la fuerza del Espíritu, por la presencia de Cristo en nuestro interior, para ser portadores del misterio de la Cruz que es un misterio de amor y de vida, para ser portadores del misterio del Espíritu que es un misterio de vida, de paz y de alegria.

 

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