A FONDO

Homilía de Mn. Armand Puig. Eucaristía en Joan Blanques  de inicio de curso y de acción de gracias p0r los 25 años de matrimonio de Gabriel y Miriam. Barcelona, 6 de octubre de 2007

 

Habacuc 1,2-3; 2,2-4

2 Timoteo 1,6-8.13-14

Lucas 17,5-10

Queridos hermanos y hermanas,

Sabemos por los Hechos de los Apóstoles que la comunidad de Jerusalén empezó encontrándose en casas (Ac 2). Aquella comunidad iba al templo y hacía la oración oficial judía, pero como comunidad cristiana se encontraba “en casa” y allí escuchaban la enseñanza de los apóstoles, vivían la comunión fraterna y partían el pan, es decir, celebraban la Eucaristía. Al entrar en vuestra casa me ha venido a la memoria esta imagen, porque la historia de Pedro en este contexto urbano, en el barrio de Gracia, es una historia que recuerda a la comunidad de los primeros cristianos. De hecho, todo inicio de una comunidad se hace de manera simple pero bajo la guía del gran Espíritu de Dios. No olvidemos que el Señor se manifiesta en unas realidades, que humanamente hablando, son pequeñas y frágiles, y todos hacemos a menudo experiencia de la propia fragilidad.

Pero es precisamente porque estamos seguros que el Espíritu del Señor sopla en nuestra humanidad, por lo que de vez en cuando, hay alguien que recibe de Dios el encargo de hacer vibrar este Espíritu de forma concreta en un momento determinado de la historia humana. Y esto es lo que pasó en esta casa. Ahora no tenemos la presencia física de la persona que recibió la llamada de Dios, porque su muerte prematura lo impidió. Pero dice el Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis”. Y el fruto de Pedro es la “Comunidad de Jesús”, un fruto que sigue madurando.

El Espíritu de Dios suscita el fruto. No es la persona humana la que se propone hacer esto o aquello. Los que empiezan, los carismáticos, los fundadores, no saben dónde los conducirá el Espíritu del Señor. Podríamos citar muchos: mencionemos, a título de ejemplo, vuestro querido beato Carlos de Foucauld que difícilmente habría podido pensar que el Señor lo conduciría al corazón del desierto, dónde entraría en comunión con el mundo entero mediante la plegaria. Todo empieza con una fidelidad sostenida.

Y esta es la palabra que hace falta subrayar. Dice el profeta Habacuc que “el justo vivirá por su fidelidad”. El apóstol Pablo, cuando cita este texto en la Carta a los romanos, dice: “el justo vivirá por la fe”. Fe y fidelidad son la misma cosa. La fidelidad se encuentra en la base de la experiencia cristiana. Y en toda la Biblia, “fiel” y “sincero” son dos palabras casi sinónimas. Por esto hablamos del amor fiel y sincero de Dios, de su amor sólido y indefectible. Por otra parte, todos sabemos que Pedro repetía a menudo una frase, “la sinceridad de la amistad”, inscrita incluso en uno de las vidrieras de esta casa. Ahora bien, la sinceridad de la amistad es la fidelidad. El justo vive por la fe pero vive fielmente esta fe. Porque la fe no es una chispa, la fe es un estado, es decir, se es cristiano y se vive permanentemente como tal, no se vive  puntualmente como cristiano.

Uno es cristiano porque lleva dentro del corazón un gran don que es el don de la fe, y lo vive fielmente. Por esto, nosotros, mayores o jóvenes, estamos de acuerdo que cuando el Señor llama a nuestra puerta le debemos responder. Quizás alguien podrá decir que, últimamente, le llama poco a la puerta. Entonces será necesario ver si estamos atentos cuando él llama. ¿Es que a veces no conviene que la llamada sea suave, precisamente para que comprendamos que nuestra atención debe ser más clara? Un llamada suave es una llamada de amigo, una llamada fuerte es una llamada de inquisidor. Y aquí se trata de una llamada de amigo que llega a nuestro corazón.

Cuando Pedro empezó aquí dónde estamos ahora, recibió una llamada, llamaron a su puerta. Y no era una llamada fuerte, porque si hubiera sido fuerte habría ido rápido a un monasterio, a un lugar definido y firme... Pero él continuó haciendo lo que hacía: catequesis en la parroquia, trabajo en un laboratorio, vida de familia con sus padres. Aparentemente, nada había cambiado. Pero de hecho todo había cambiado: había la llamada de Jesús y él había respondido fielmente.

¿Cómo se puede entender sino que jóvenes, hombres y mujeres, vinieran ininterrumpidamente a esta casa? ¿Qué les daba esta persona? Antes de nada, les daba la amistad, les daba una palabra de Evangelio. Y por esto venían aquí. Y por esto esta llamada suave después ha ido creciendo y muchos la habéis experimentado de muchas maneras. Jesús dice que somos sirvientes inútiles, es decir, sin ningún mérito, que no merecen recompensa. Ser sirvientes quiere decir que no podemos vanagloriarnos de nada. Somos sirvientes sin nada que nos añada ningún mérito. Somos sirvientes, sólo somos esto delante de Dios. Pero Jesús nos llama en la última cena “sirvientes y amigos”: “Ya no os digo sirvientes sino amigos”. Por lo tanto, el cristiano, el discípulo, no es un sirviente, es como un sirviente. Somos como unos sirvientes que hemos recibido la gracia de la amistad con el Señor.

Es verdad que la fidelidad es la base de la respuesta a Dios. Y también es cierto que podemos constatar que tenemos poca fidelidad, que somos personas inconstantes, algo desgarradas, inestables, que tambaleamos, que nuestra fe a menudo es invisible. Pero Jesús, que conoce el corazón de los discípulos, nos dice: “Sólo hace falta que vuestra fe sea pequeña como un grano de mostaza”. Es suficiente que sea como una semilla de las más pequeñas para que podamos decir a un árbol grande como una morera: “Plántate en medio del mar.” Y continúa: “Nada no os será imposible”, ni siquiera que un árbol inmenso arraigue en medio del mar. Por lo tanto, tampoco nos será imposible vivir a fondo el Evangelio, vivir a fondo el amor de los unos por los otros, vivir a fondo la generosidad, vivir a fondo el amor por los pobres, vivir a fondo, teniendo una mirada grande hacia un mundo que cada vez es más de todos.

Es por esto, amigos y amigas, en ocasión de este inicio de curso, en este lugar que guarda la memoria, personal, directa y viva de Pedro Vilaplana, acompañando a los amigos Gabriel y Míriam en sus 25 años, por lo que nos sentimos profundamente unidos, porque la unidad es la base de la Comunidad. Y esta es una Comunidad llamada a vivir el Evangelio de este domingo de manera particular. Somos unos sirvientes llamados a la fidelidad, sin orgullo, sin vanagloria, sin entelequias de ninguna clase, pero con la fuerza que da el Evangelio.

Por ello la santa liturgia que ahora celebramos, la santa Eucaristía que ahora recibiremos, son prenda de algo que llevamos dentro del corazón, que no queremos perder, que Pedro empezó e injertó dentro de muchos de quienes ahora estáis  aquí. Y precisamente, gracias a este carisma, este don, la Comunidad de Jesús avanza, y no sólo avanza sino que está llamada a crecer. En efecto, avanzar significa crecer, avanzar quiere decir que muchas personas se sienten invitadas a participar de una vida que es bonita y fraterna, una vida arraigada en el Evangelio. Trabajemos para que esta Comunidad crezca, y que el Señor bendiga a todos los que la forman. Y ahora, con estos sentimientos, acerquémonos a recibir el cuerpo y la sangre del Señor.

 

¿Quiénes somos?   -   Contacte con nosotros   -   Mapa del sitio   -    Aviso legal 

Logotipo de la Familia Carlos de Foucauld