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LLAMADOS A LA CASA DEL PADRE

Homilía en la misa exequial de Francesc Rodríguez Verdú

Iglesia de St. Pere Apóstol del Serrallo. Tarragona, 27-2-2008

Sa 3,1-9; Sl 22; Jn 6,37-40.

Los cristianos, ante la muerte, nos movemos entre el dolor y la esperanza: el dolor por la pérdida de una persona querida y la esperanza de la resurrección, de la vida y del reencuentro. La primera lectura que hemos escuchado resume muy bien estos sentimientos que experimentamos: “su pertinencia era tenida como un mal, su traspaso, aparentemente, era un desastre. Pero ellos han encontrado la paz. Los hombres veían sólo las penas que sufrían, y ellos, en cambio, tenían la esperanza segura de la inmortalidad”. La muerte de Francesc, de Paquito, -como lo llamábais cariñosamente sus familiares y amigos de la infancia- deja en nosotros una herida que con el tiempo y, sobre todo, con el amor, se curará, pero la cicatriz será testigo de su ausencia.

Pero él ha encontrado la paz, aquella paz que da el haber llegado a la meta de la vida. Una vida que ha sido marcada por la búsqueda de Dios. Algunos de nosotros hemos conocido su largo peregrinaje, desde la incredulidad a la fe profunda y confiada. Un peregrinaje que ha hecho especialmente en la Comunitat de Jesús y en la fraternidad de celibato. El suyo ha sido un camino largo y difícil, y en este camino no le han faltado las dudas ni los rodeos ni tampoco el dolor ni el sufrimiento; podríamos decir, con el libro de la Sabiduría, que ha sido probado, que ha sido depurado como el oro en el crisol, que ha sido purificado.

En el evangelio hemos escuchado: “No he bajado del cielo para hacer mi voluntad, sino la de quien me ha enviado. Y la voluntad de quien me ha enviado es que yo no pierda nada de aquello que él me ha dado, sino que lo resucite el último día”. Aceptar la voluntad de Dios, como lo hacía Jesús, fue para Francesc, que era un espíritu indómito, una prueba realmente dura, pero el camino del cristiano es un camino de conversión; esto, que muchas veces estamos tentados de pensar que es un cambio de personalidad, en realidad es un girarse hacia Dios y un confiar plenamente en el Señor: vivir de Dios, vivir en Dios. Francesc lo entendió y lo vivió.

El libro de la Sabiduría también nos ha hablado de felicidad: “Dios les dio una felicidad inmensa”. Recuerdo con emoción las palabras que nos decía en Francesc el día 11 de febrero, festividad de la Virgen María de Lourdes, de la que era muy devoto: “Soy muy feliz”. ¿Puede un hombre, en medio del dolor y enfrentado con la muerte decir esto? Sólo es posible si se siente profundamente querido y el así se sentía: querido por las personas que estaban a su lado (y por otras que en aquel momento no estaban) y, sobre todo, querido por Dios, su Padre y por Jesucristo, su Amigo, hermano y Señor, y arropado por la fuerza del Espíritu.

Los cristianos creemos en la resurrección y la vida; creemos que nuestros hermanos difuntos no están muertos sino que viven en el Señor; creemos que Dios nos tiene reservado un lugar en su casa, creemos en la plenitud de la vida, que para mí es el regalo mejor que nos puede hacer Dios: ser definitivamente y plenamente aquel que estamos llamados a ser, llegar a desarrollarnos totalmente, vivir realmente nuestras potencialidades. Y esto es un don de Dios, que nos es permitido en parte vivir en este mundo, pero que no vivimos plenamente hasta que no llegue nuestro paso definitivo: aquel momento en el “que seremos como Dios porque lo veremos frente a frente”.

La presencia viva de nuestros difuntos, en nuestro caso de Francesc, de Paquito, lo experimentamos, sin duda, por la vía del recuerdo amoroso, porque el amor es más fuerte que la muerte, y mientras queremos una persona, su ausencia, ni que sea la muerte que es la gran ausencia, no nos impide la vivencia amorosa.

Pero los cristianos también creemos otra cosa: la comunión de los santos; no hablo, como ya sabéis, únicamente de los santos reconocidos por la Iglesia -que también- sino de todos aquellos que viven en la presencia del Señor. Hay una comunidad viva en el cielo como hay una comunidad peregrina a la tierra. Esta comunión, fundamentada también en el amor, pero en este caso en el amor de Dios, nos ayuda en nuestro peregrinaje que tiene el mismo final: la muerte sí, pero como puerta de entrada a la resurrección, a la vida llena y por siempre jamás y al reencuentro con las personas queridas, con Francesc, y, sobre todo, con la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es nuestra fe, esta es nuestra esperanza. Que la vivamos en el amor.

Mn. Santiago Soro

 

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