LLAMADOS A LA CASA DEL PADRE

Homilia del P. Josep M. Soler, abad de Montserrat en el funeral del P. Cassià M. Just, abad emérito de Montserrat.14 de marzo, 2008

Is 25, 6-9; Ps 138; Rm 8, 31-39; Ju 15, 10-17

 

Sr. Cardenal, Sres. Obispos, Padres Abades, Madres Abadesas,

M. H. Sr. Presidente de la Generalitat de Catalunya, Autoridades,

Hermanos y hermanas monjes; presbíteros y diáconos.

Queridos todos, hermanos y hermanas en el Señor:

 

Habéis penetrado en mis secretos y me conocéis. Estas palabras del salmista que hemos cantado con música del P. Abad Cassià M. y que él mismo quiso que se cantaran en sus exequias, nos ayudan a vivir estos momentos de la separación; porque la existencia humana queda iluminada a la luz de Dios. El salmo nos enseña que todos los momentos de la vida, con sus altibajos, con sus luces y sombras, son abarcados por la sabiduría amorosa de Dios, desde lo más íntimo que llevamos en el fondo del corazón hasta las actividades más externas: vos que veis cuando me siento o cuando me levanto, descubrís de lejos mis propósitos, sabéis muy bien si camino o si reposo, os son conocidos todos mis movimientos. La mirada de Dios lo penetra todo con su amor, aunque el ser humano intente huir. Dios siempre es el amigo indefectible que da su apoyo y sus manos siempre están abiertas para acoger.

 

Los cristianos lo sabemos sobre todo a partir de la palabra de Jesús que hemos escuchado en el evangelio: a vosotros os llamo amigos porque os transmito todo aquello que he oído a mi Padre. Y aun más porqué el amor más grande es dar la vida por sus amigos, por la humanidad entera.

 

Habéis penetrado en mis secretos y me conocéis. Estas palabras nos invitan a la fe. Dios es amigo, nos conoce, nos acepta, nos comprende, nos perdona. Estas palabras del salmo nos invitan, también, a la confianza. Porque como decía san Pablo, tenemos Dios a nuestro favor y nada nos puede alejar nunca de Cristo que tanto nos ama. Ni la muerte. Porque sabemos que Dios hecho hombre ha querido experimentar nuestros altibajos, nuestras fragilidades a excepción del pecado y nuestros esfuerzos no siempre exitosos para ser fieles y coherentes. En Jesucristo, Dios ha querido experimentar hasta la posición más radical de la existencia humana: la vida y la muerte. Efectivamente, la pascua de Jesús es un momento supremo de la sabiduría de Dios, que venciendo la muerte nos guía por caminos eternos.

 

Habéis penetrado en mis secretos y me conocéis. El P. Abad Cassià, Joan de nombre de bautismo, lo creía profundamente ya desde pequeño porque había nacido en el seno de una familia cristiana. Vio la luz en Barcelona el 1926, pero los padres pronto se trasladaron a Igualada, de forma que él se sentía plenamente igualadíno. Comentando el clima familiar de su niñez, decía que estaba agradecido a Dios “por el ambiente sereno, lleno de amor y de diálogo” que vivió en su casa. Su padre, que era músico y que había sido “escolà” de Montserrat, lo encaminó hacia nuestra Escolanía, que se estaba formando nuevamente tras la guerra civil. En la Escolanía, descubrió, según decía él mismo, “un Dios próximo, padre y amigo” y sintió la llamada a la vida monástica. Consciente, pues, que el Señor que lo había tejido en las entrañas de la madre y que había penetrado sus secretos –como dice el salmista– lo llamaba, entró en el monasterio el año 1942, a los 16 años. Tras hacer la profesión y de recibir la ordenación presbiteral, fue enviado a hacer estudios musicales a Roma y a París; esta estancia en Francia fue para él una experiencia decisiva. De vuelta a Montserrat, dónde ya había sido dos años subprefecto de la Escolanía, fue, entre otras tareas, organista, consiliario de los trabajadores del Santuario, Maestro de novicios y más adelante Prior del Monasterio. Sin dejar de cultivar la música. En el año 1966, en unos momentos nada fáciles en el contexto comunitario, eclesial y social, fue elegido abad coadjutor de nuestro monasterio en sustitución del P. Abad Gabriel M. Brasó nuevo Presidente de la Congregación benedictina de Subiaco. Poco después, con la renuncia del P. Abad Aureli M. Escarré, pasó a ser el Abad de Montserrat. Siguiendo su lema “propter fratres meos” (por mis hermanos), el P. Abad Cassià sirvió a la comunidad monástica durante veintidós largos años y procuró que Montserrat fuera un monasterio que tuviera “una presencia significativa –son palabras suyas- en el corazón de nuestro pueblo y de la Iglesia de Cataluña. Presencia de una comunidad que cree tenazmente en la esperanza, experta en reconciliación, defensora de los derechos humanos y de los derechos de nuestro pueblo, acogedora de creyentes y no creyentes, dispuesta al diálogo con todas las culturas y religiones. Animadora –todavía es él quien habla– de una piedad popular que se expresa en las celebraciones litúrgicas y populares del Santuario de acuerdo con las orientaciones del Concilio Vaticano II”. Esta línea de recibir a todos, cosa difícil en el contexto del régimen político de la época, fue avalada en el año 1971 por el Papa Pablo VI. En aquellos años participó, en el ámbito internacional, en las aplicaciones conciliares en el mundo benedictino. En el año 1989 renunció libremente a la dirección del monasterio.

Fue también Abad Visitador de la Provincia Hispánica de la Congregación benedictina de Subiaco, Asistente de las benedictinas de la Federación Catalana-Balear y presidente o patrón de varias fundaciones de tipo social, una de las cuales lleva su nombre. Procuraba hacerlo siempre desde su condición de monje y para poner en práctica el mandato nuevo del amor. Como Abad emérito continuó sirviendo a la comunidad en varias tareas, siendo siempre punto de unión alrededor de los dos abades que le hemos sucedido. Además de mantener algunas de las responsabilidades que ya tenía fuera del monasterio y de pasar un largo año en la Abadía de Samos para ayudar a aquella comunidad gallega hermana, ha sido consiliario de los Antiguos Escolans de Montserrat, ha servido con su arte de organista: ¡Con que ilusión hablaba del nuevo órgano! Y se ha significado sobre todo por su labor de acompañamiento espiritual y de consejo.

 

Habéis penetrado en mis secretos y me conocéis. Sabía que esto era verdad para cada persona. Por ello, con espíritu de fe, escuchaba a todo el mundo con la mente y con el corazón abiertos, intentando comprender al otro y decirle una palabra de ánimo, de consuelo, de esperanza, de paz. Muchas de estas conversaciones y actuaciones sólo las saben quienes hayan sido beneficiarios, y son una muestra cristiana de aquello de que la mano derecha no debe saber lo que hace la mano izquierda. Con esto quería ser fiel al Evangelio y al estilo sencillo y acogedor de Jesús, y deseaba que la Iglesia en su servicio a la humanidad fuera portadora de liberación y de alegría en el Espíritu. Creyó y sostuvo los derechos humanos; y sirvió, también, a nuestro pueblo defendiendo la personalidad y los derechos de Cataluña, con una mentalidad abierta también a los otros pueblos y culturas. En este sentido, tuvo, también, un papel importante en la transición democrática del Estado español. Todo esto lo hacía, como él mismo había dicho, “bajo la mirada de Dios, como un arriesgado servicio a la Iglesia y a nuestro pueblo”. También trabajó a favor de muchas mejoras sociales, particularmente para resolver los problemas del paro, de la pobreza, de la marginación, de quienes tenían algún tipo de incapacidad.

 

Quienes lo hemos conocido sabemos como procuró amar y hacer que la gente se amara. Es una gran prueba de ello la presencia hoy en esta basílica para despedirlo de sus hermanos monjes, de los “escolans”, de sus hermanas y familiares, y de tantas personas, de varias mentalidades, opciones, responsabilidades y condición social, la mayoría anónima como hemos tenido ocasión de comprobar estos días en la capilla ardiente. El amor hacia él, que era hombre de diálogo y de comunión, nos hace sentir unidos en la diversidad; y nos invita al acuerdo dialogante y respetuoso. El P. Abad Cassià procuraba amar a todo el mundo porque creía en la palabra del evangelio que hemos escuchado: “este es mi mandamiento: que os améis  los unos a los otros como yo os he amado”. Él, como ha dejado escrito en una carta de despedida que redactó estos últimos días, dirigida a sus hermanos monjes, se ha sentido muy amado por Jesucristo y por esto ha querido hacer conocer este amor a todo el mundo.

 

Creía firmemente, como hemos oído del apóstol san Pablo, que nada nos puede separar del amor de Cristo, ni los percances, ni la muerte. En una entrevista televisiva, en  el año 1978, decía que le daba miedo la muerte, pero que lo serenaba pensar en Jesús en  el huerto de Getsemaní porque Jesús, enfrentándose a la muerte pese a la angustia que le producía, le había sacado el veneno. Ahora, en cambio, en estos últimos tiempos que sabía que la duración de su vida podía ser corta, y ya con 81 años, se miraba la muerte con serenidad y vivía en paz, confiando en Dios; agradecía que Dios le hubiera llamado a la existencia, que le hubiera hecho el don de la filiación divina y de la vocación monástica y sacerdotal. Él mismo escogió los textos bíblicos de esta celebración que son portadores de esperanza y, a la vez, son expresión de su fe en la vida más allá de la muerte. Pese a la voluntad de ser fiel al Evangelio, siempre hay errores y negligencias –por usar todavía palabras del P. Abad Cassià– y cada día debemos ponernos con confianza ante Dios, que conoce los secretos de nuestro corazón y los penetra con su mirada de amor para borrar nuestras debilidades. Por esto ahora unimos nuestra oración a la gran intercesión de Jesucristo que es la Eucaristía, para que guíe a nuestro P. Abad Cassià por caminos eternos. Lo hacemos contemplando, en el último tramo de la cuaresma, los designios sorprendentes de Dios que se manifiestan en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

 

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