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RECUERDO DE ALBERT PEYRIGUÈRE EN LOS 50 AÑOS DE SU MUERTE EN EL KBAB, EL 26 DE ABRIL DE 1959

Albert Peyriguère nació cerca de Lurdes el año 1883 y murió en el pueblo marroquí de El Kbab en el Atlas central medio el año 1956, donde vivió desde el año 1928. Curó enfermos, luchó contra el hambre y defendió a los habitantes del lugar contra las injusticias de los franceses ocupantes. Fue un "morabit" cristiano, un hombre religioso en medio de una población musulmana, testimonio de la caridad y de una vida de plegaria, que se dio a todos sin esperar ni aceptar nada a cambio, ni tal solo una acción misionera. El P. Michel Lafon continuó viviendo la fraternidad de El Kbab después de la muerte del P. Peyriguère hasta el año 2000, con unas relaciones de amistad, de ayuda mutua y de servicio en la promoción educativa de muchos jóvenes de la zona. Actualmente vive su vejez en Burdeos. Tanto Peyriguère como Lafon siguen el carisma de Carlos de Foucauld.  En el prólogo del libro "Vivir evangélicamente" escrito por el P. Michel Lafon y editado el año 1973, Pere Vilaplana explica la relación de la Comunidad de Jesús con ellos:

"Nuestro conocimiento del P. Michel Lafon es del año 1967 y fue provocada por nuestro deseo de profundización en el espíritu del P. Albert Peyriguère, que, igual que el del P. Carlos de Foucauld, inspira una parte fundamental de nuestra vida de Comunidad. A nuestra primera carta siguió un intercambio de correspondencia que ha ido configurando una viva amistad y una profunda comunión en la vida, el trabajo y la plegaria mutuos. Los contactos personales han acabado de reafirmar este fuerte vínculo espiritual que nos une."

 

Fragmentos de textos de Albert Peyriguère

¡Pobre ermitaño del Kbab! No lo dejan solo ni un instante en todo el santo día, mañana y noche. ¿Y su silencio? Lo podéis ver  aquí: sin interrupción llaman a la puerta y gritan "Marabut". Suerte, sin embargo, que está la noche. ¡Ah! que es agradable de parecerse a nuestro Cristo: durante el día, los pobres y los enfermos; por la noche, encontrarse y conversar con el Padre. La misa la digo a solas, pero solo, no lo estoy nunca... Soy, estando a solas, todo el Cuerpo Místico que ruega y se inmola ...

No hay más que una cosa que sea verdadera y buena: la voluntad del Maestro. La cual consiste en servirlo de la manera que él escoge para hacerse servir por nosotros.

Al cabo de veinticinco años, aquí me tenéis, en esta pequeña ermita, siendo el más feliz de los hombres, sin desear nada, sin esperar nada ... sino sólo el cielo, con el corazón aplastado por el peso de tanta alegría y de tanto honor que el Maestro me ha procurado con esta magnífica vocación. Contemplación y caridad: rezar, inmolarse, hacer gestos de bondad; recomenzar en  medio de estas almas el magnífico gesto de Cristo, cuya obra redentora giró en torno de estas tres palabras: rezar, inmolarse, hacer bien.

Desde el comienzo de mi vocación, me impuse quince años del nisi granum frumenti del Evangelio y diez años de acción silenciosa y solitaria en El Kbab mismo, antes de aceptar emprender ninguna actividad. Las obras del buen Dios tienen que madurar en el silencio y quizás en el aplastamiento de quien las emprende. Están a punto de acabarse los quince años. También los diez años de El Kbab tocan a su término. Que pueda yo querer solo aquello que el buen Dios quiere, y hacer solo eso, ya que su fuerza habrá decidido cooperar con mi debilidad.

En el fondo, no hay sino una verdadera espiritualidad, que es la más rica, la que preserva ilusiones: saber la riqueza incomparable de cada instante que nos es dado, sobre todo cuando este instante nos pone delante del pobre y del desventurado, delante del que sufre; no se tiene que saber de nuestro cristianismo para no saber que, bajo las apariencias del desventurado, está el Cristo que viene a nosotros, que se nos da, que quiere que nosotros le demos de comer y le vistamos, que quiere ser consolado y reconfortado por nosotros. Abandonarse a Cristo... para que él recomience en nosotros su vida, vuelva a decir sus palabras, sienta nuevamente sus sentimientos, realice sus acciones otra vez... en el fondo no ser nosotros... ser el Cristo que vive en nosotros.

¡Ah! ¡cómo salvaba el Cristo de la vida oculta, ah! como es el Cristo de la vida oculta, el Cristo de la eucaristía... Abrid de par en par vuestra alma a toda la nostalgia que siente este Cristo de hacer suyas otras almas. Sabeos el trampolín desde donde él se lanza y queráis serlo... Que vuestra espiritualidad, centrada completamente en la eucaristía, sea una unión con el Cristo salvador.

Mi vocación se me muestra bien clara: perfilar la espiritualidad y la doctrina misionera del padre de Foucauld. Los que querrán hacérsela suya y dedicarle su vida, se buscarán, se encontrarán. Cuando se hayan encontrado, si desean trabajar juntos, tendrán que concretar la fórmula para la organización de su grupo y los cuadros que contengan sus deseos de cooperación.

Fragmentos de textos extraídos del libro "Padre Peyriguère" de Michel Lafon. Publicaciones de la Abadía de Montserrat, 1974

 

HOMILÍA DE Mn. SANTIAGO SORO EN LA EUCARISTÍA RECUERDO DEL P. ALBERT PEYRIGUÈRE EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU MUERTE. LLAR DE BETANIA, 22 DE MAYO DE 2009

Hechos 18, 9-18. Salmo 46. Jn. 16, 20-2

Estos días estamos leyendo en los Hechos de los apóstoles, la historia de todos conocida del apóstol Pablo. Y vemos todas las dificultades. No fue nada fácil la predicación, las persecuciones, la prisión... fueron una cosa continua

Pero fijémonos que uno de los temas que salen es el de como el gobernador romano se desentiende del tema, como si el gobernador romano hubiera escuchado aquello de “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

El evangelio nos habla también de estas dificultades. Jesús está hablando a los apóstoles y ellos le dicen que están tristes porque partirá. Y Él les dice: conviene que marche, porque después os enviaré el Espíritu Santo y vuestra alegría, cuando vuelva, será muy grande. Nuestra esperanza está fundamentada en esto. Sabemos que la vida humana tiene muchos momentos de dificultades, el dolor, la enfermedad y al final de todo, la muerte.

Pero los cristianos vivimos en la esperanza, sabemos que esto es un paso hacia la plenitud y la vida. Nuestro horizonte es el de ser plenamente, de vivir plenamente y ver al Señor cara a cara. Y lo hace con esta imagen tan bonita de la madre dando a luz, la madre que tiene los dolores de parto. Esto lo podríais explicar las que sois madres. Hay un cierto sentimiento de pérdida en el parto. El hijo no ha sido nunca tan vuestro como cuando lo teníais dentro. A partir del momento que sale es como si empezara a separarse de vosotras, va creciendo y se hace independiente, hay un dolor, hay una pérdida. Pero la alegría que da ver el hijo o la hija nacer es inmensa.

Esto es a lo que aspiramos todos los cristianos, a ver al Señor cara a cara, a hacer más grande esta experiencia que habéis hecho vosotras, al ver vuestros hijos cara a cara. Esto es lo que nos espera. Fijaos que los apóstoles habían visto el Señor, pero Pablo no lo había visto, aunque se le había manifestado. La experiencia de Pablo es la nuestra. No lo había visto, pero había creído. El deseo de Pablo es el de ver el Señor frente a frente. Y mientras tanto, da testimonio de su alegría por todo el mundo. Ojala que nosotros podamos experimentar esto.

No querría acabar sin decir unas palabras sobre el P. Peyriguère en la celebración del 50 aniversario de su muerte, extraídas de lo que está escrito en el libro recordatorio de esta celebración de hoy. Fijaos que él quería rezar y no le dejaba la gente. Y se decía, me dedicaré durante el día a la gente y por la noche a rezar. Sabía de la importancia de estas dos dimensiones, que nosotros en la Comunitat también intentamos vivirlas, la parte contemplativa y la parte activa representadas por estos dos palos de la cruz, la vertical y la horizontal. Sin esta relación con Dios, sin dedicar tiempo a Dios, nuestra actividad es vacía. Sin dedicar tiempo a los otros y darse a los otros, la plegaria es estéril. Por lo tanto, las dos cosas son imprescindibles. Esto lo vivió profundamente el P. Peyriguère.

También hay otra cosa en estos escritos que impresiona, cuando dice: me dedico quince años a prepararme. Hoy, en la sociedad de la prisa, se hace difícil pensar que debemos dedicar tiempo, horas, años si hace falta, a prepararnos. Estos días va saliendo esto de las ciudades de slhou, que quiere decir calma, ir poco a poco. Démonos tiempo, no hace falta que corramos o que hagamos cosas importantes, para sabernos dedicar a las otras personas y a nosotros mismos. No son importante las grandes cantidades, sino las pequeñas cantidades vividas en profundidad.

No quiero terminar sin recordar el título del libro del P. Peyriguère, que impresionó profundamente a Pedro y con el cual se identificó. Un libro que leyó y que le inspiró en su acción y en algunas características de nuestra Comunidad. El título de este libro es como un lema: “Dejaos tomar por Cristo”. Dejaos apoderar por Cristo, hacedle lugar, dejadle espacio, que llene vuestro corazón, que se convierta en un amigo con quien habláis y confiáis plenamente.

El cristianismo quizás no es otra cosa que esto. En el regalo del pequeño rincón de plegaria que le hemos hecho a Sara en motivo de su primera comunión, pone una frase que también está en todas nuestras capillas:“Dios es amor”. De Dios, los cristianos sólo nos hace falta saber estas tres palabras. Por lo tanto, si nosotros amamos, conoceremos a Dios. Si no amamos, nos alejaremos de Dios y lo perderemos de vista. Esto es lo que intentó hacer el P. Peyriguère, Pedro y lo que intentamos hacer todos los cristianos: intentar amarnos como Jesús nos amó. Ojala lo podamos hacer y que esta eucaristía nos ayude a ello.

 

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