RECONDO, José María
La relevancia de un espiritual se pone de manifiesto por la contribución realizada, con su
testimonio y su enseñanza, a la vida espiritual de los hombres de su tiempo y del porvenir. La historia de la Iglesia es rica en santos y espirituales que iluminaron la
peregrinación de los miembros del Pueblo de Dios no ya desde la penetración intelectual del misterio cristiano –lo que es propio de los teólogos–, sino por la peculiar experiencia
que de él hicieron.
Éste es el caso del Padre de Foucauld y el de la numerosa familia espiritual por él inspirada, la
cual, según observaba Pablo VI, al estar «particularmente de acuerdo con las necesidades y las aspiraciones del mundo de hoy, parece marcar en la historia de la Iglesia un acto
de la providencia» (Carta a Mons. Mercier, 1-12-66, «Jesus-Caritas» n.145, 1967,114). La experiencia de las Fraternidades de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús estuvo,
indudablemente, en la raíz de la vasta irradiación alcanzada por el mensaje espiritual del Hno. Carlos de Jesús.
Y será el P. René Voillaume quien, participando de esa experiencia de modo singular como fundador de
los Hermanitos de Jesús, habrá de expresarla y, a la vez, iluminarla, con sus escritos y conferencias, en tanto se iba desarrollando. El influjo y la gravitación de su enseñanza
se ven reflejados por la traducción de sus obras a diecinueve lenguas, así como por el hecho de que tantos «hombres y mujeres de los más diversos estados y condiciones»
encontraran «en este mensaje la respuesta a sus más profundas inquietudes» (C. Castro Cubells, Prólogo a la edición española de L/I, XIX-XXVida y corrientes en la espiritualidad contemporánea, en Historia de la espiritualidad,
1, Barcelona 1969, 562).
Al ser la enseñanza del Padre Voillaume reflejo y expresión de una vida contemplativa llevada a cabo
en el corazón de las masas, muchos laicos, sacerdotes y religiosos encontraron en ella un eco adecuado a sus aspiraciones y posibilidades reales de oración. Porque
«en realidad, la contemplación no es algo dado solamente a cartujos, clarisas, carmelitas... Ella es con frecuencia el tesoro de personas ocultas en el mundo
[...]. La gran necesidad de nuestra época, en lo que a la vida espiritual se refiere, es poner la contemplación en los caminos [...]. Nosotros creemos que la vocación de estos
contemplativos arrojados en el mundo y en la miseria del mundo, que son los Hermanitos de Charles de Foucauld, tiene en este aspecto una alta significación, y que se pueden
esperar de ellos luces nuevas, en el dominio de la vida espiritual...» (J. y R. Maritain, Liturgie
et contemplation, Brujas 1959, 76-78).
Estas consideraciones, que pertenecen a Jacques y Raïsa Maritain, están referidas a
«aquellos que, viviendo la vida del buen cristiano en el mundo» con todo lo que de ello se sigue, «están dispuestos a ir más lejos, porque su corazón arde por
ir más lejos, y se encuentran impedidos por muchos temores y obstáculos más o menos ilusorios» (Le paysan de la Garonne, París 1966, 337).
Pues bien, estamos convencidos de que, en este sentido, la experiencia de las Fraternidades,
compartida, iluminada y expresada por René Voillaume, tiene mucho que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Uno de los temas más desarrollados por Voillaume en sus escritos y conferencias ha sido el de la
oración, sin que pretendiera, sin embargo, formular una doctrina sistemática sobre la misma. Su interés estuvo más bien centrado, según veremos, sobre la búsqueda
contemplativa de Dios en las condiciones concretas y complejas en las que debe recorrer este camino el hombre de hoy. Esto lo expuso, por una parte, en las enseñanzas y
directrices que diera a los Hermanitos (y Hermanitas) de Jesús, en relación a la vida contemplativa de las Fraternidades. Y, por otra, en un nutrido conjunto de enseñanzas que
atañen a la vida de oración de todo bautizado, cualquiera fuera su vocación y estado.
La decisión de estudiar las enseñanzas de René Voillaume sobre la oración tuvo que ver con el
influjo que, según vimos, alcanzaron sus publicaciones sobre los hombres y mujeres de nuestro tiempo, como así también con lo esclarecedora y provechosa que había resultado
para mi propia vida de oración la lectura de sus escritos. Por ello en 1980 abordé la investigación de este tema, de la que resultó, en 1983, mi tesina para la Licenciatura en
Teología. Fue muy útil, para una mejor comprensión de su obra, el contacto epistolar que en esos momentos pude establecer con el P. Voillaume.
Pero mayor importancia tuvo aún el hecho de poder encontrarme con él en París, en julio de 1985
–con vistas al trabajo que pensaba iniciar para el doctorado en Teología–, y luego en Toulouse, en marzo del siguiente año. Fue en París donde me sugirió la lectura de El-Abiodh-Sidi-Cheikh,
la obra que él mismo escribiera sobre la historia de las Fraternidades, con claras implicaciones autobiográficas. La lectura, el fichaje y la síntesis de esta obra de diez
libros, contenidos en quince volúmenes, supuso varios meses durante los cuales conviví con los Hermanitos de la fraternidad de Rangueil (Toulouse) –donde, dicho sea de paso,
había vivido Jacques Maritain los últimos trece años de su vida–. El carácter confidencial de esta obra –escrita para el solo uso interno de la Congregación–, y el hecho
de no haber sido editados sino unos pocos ejemplares de la misma, demandaron esta prolongada y provechosa estadía entre los Hermanitos.
El conocimiento de esta obra cambió radicalmente la orientación de mi trabajo, al abrirme un
panorama hasta entonces ignorado. El hecho de conocer la historia personal del padre Voillaume, así como la de los Hermanitos de Jesús, me permitió considerar el pensamiento de
aquél en el marco de una mayor objetividad histórica y de su rica experiencia vital.
No menos providencial para la investigación que iniciaba fue la convivencia y el diálogo, en la
fraternidad de Rangueil, con varios de los hermanitos que habían cumplido un papel singular en la historia de la Congregación: Frère André –quien formaba parte del grupo
fundador–, René Page –sucesor de Voillaume en el gobierno de las Fraternidades–, y Michel Nurdin –el teólogo al que solía consultar–. Esto posibilitó un acceso
distinto al autor investigado y a la historia misma de la Fraternidad, dándome otro tipo de objetivación respecto de lo ya conocido.
Si bien, como acabo de explicar, el origen del presente texto tiene que ver con la investigación
realizada para la obtención del doctorado en Teología, al preparar este libro he procurado despojarlo de todo ropaje erudito, para facilitar de este modo una lectura más clara y
fluída del mismo. Esto supuso, obviamente, entre otras cosas, una sustancial «poda» del aparato técnico que acompañaba la investigación en su origen.
El cuerpo del libro está formado por cuatro capítulos. He querido comenzar con una introducción
histórica, que toma como punto de partida la vocación, el ideal y los proyectos de fundación del Padre de Foucauld, pues éste es el marco a partir del cual el P. Voillaume
desarrollará tanto su vocación contemplativa como su reflexión en torno a la oración. Tras ello, recorriendo las diferentes etapas de la vida de René Voillaume, podremos
apreciar también la progresiva constitución de la actual fisonomía de las Fraternidades. Esto habrá de favorecer una más justa comprensión de la enseñanza de Voillaume, al
poder considerarla en su contexto, y conforme a una historia de la que también es fruto.
El breve capítulo segundo, titulado La enseñanza sobre la oración en René Voillaume, y sus
destinatarios, continúa, en cierto sentido, al primero, aunque abordando más directamente los condicionamientos históricos por los que pasa la obra de Voillaume en
relación al tema estudiado. Esto nos permitirá entender por qué los capítulos tercero y cuarto tratan, respectivamente, sobre la vida contemplativa de las Fraternidades
y sobre la dimensión contemplativa de la vida cristiana. Estos dos últimos capítulos concentran, sucesivamente, la enseñanza sobre la oración dada por Voillaume, por
una parte, a los Hermanitos de Jesús –en el marco específico y peculiar de su vocación contemplativa–, y por otra, a un auditorio más vasto y plural, que participa por
igual del llamado a desarrollar la dimensión contemplativa de la vida cristiana.
Quisiera agradecer particularmente, antes de terminar, a D. José María Iraburu, bajo cuya afectuosa
guía y consejo he llevado adelante esta investigación y a cuya generosidad debo la posibilidad de realizar esta publicación, y a mi amigo Fr. Michel Nurdin, pues a su constante
asistencia e iluminación se deben, también, en gran medida, los frutos que haya podido obtener con mi trabajo.
AUC – Au coeur des masses, Cerf, París 1950.
AUCM – Au coeur des masses, 2 vol., Cerf, París 1969.
CONT – La contemplation dans l’Église d’aujourd’hui, Cerf, París 1979.
ÉLÉ – La contemplation, élément essentiel de toute vie chrétienne, en L’adaptation et la rénovation de la vie religieuse. Décret «Perfectæ Caritatis»,
Cerf, París 1967, 159-168.
ENTRET – Entretiens sur la vie religieuse. Retraite à Béni-Abbès, Cerf, París 1972.
FRA-SEC – Retraite de la Fraternité Séculière (Orsay, 11-18 julio de 1961), texto
policopiado, s.l., s.a., paginación discontinua (por plática).
FPF – Les Fraternités du Père
de Foucauld. Mission et esprit, Cerf, París 1946.
HIST – El-Abiodh-Sidi-Cheikh.
Histoire des origines de la Fraternité des Petits Frères de Jésus, 15 vol., edición
policopiada, Tre Fontane (Roma) 1982.
L/I – Lettres aux Fraternités I, Cerf, París 1960.
L/II – Lettres aux Fraternités II, Cerf, París 1960.
L/III – Lettres aux Fraternités III. Sur les chemins des hommes, Cerf, París 1966.
L/IV – Voyants de Dieu dans la cité. Lettres aux Fraternités IV, Cerf, París 1974.
OVF – Où est votre foi?, Cerf, París 1971.
PV – La prière dans la vie (15-10-51), «Jesus-Caritas» n. 84 (1951) 1-15.
RAPP – Des rapports entre la vie active et la vie contemplative ou entre prière et action, «Seminarium» 21 (1969) 760-774.
RI – Relations interpersonnelles avec Dieu, Conférence Religieuse Canadienne, Ottawa 1977.
RV – Retraite au Vatican avec sa Sain-teté Paul VI, Fayard, París 1969.
R-50 – Règle de vie des Petits Frères de Jésus, edición policopiada, s.l., 1950.
R-62 – Règle de vie des Petits Frères de Jésus, 7 fasc., edición policopiada, s.l., 1962.
La historia personal de un hombre no sólo no es ajena a su experiencia espiritual, sino que influye
decisivamente en su desarrollo. Por ello, no obstante lo que permanece oculto en el misterio de la actuación de Dios sobre las almas, el conocimiento previo de ciertos hechos históricos
que han marcado la vida religiosa del padre Voillaume nos permitirá una mejor comprensión de aquello que, a través de los años, fue formulando en torno a la oración.
Siendo René Voillaume Hermanito de Jesús y, más aún, fundador ante la Iglesia de esta Congregación
que sigue las huellas de Charles de Foucauld, comenzaremos dando una síntesis del ideal y la misión a los cuales el Hno. Carlos de Jesús se sintió llamado durante su vida, y
dejó como legado a su descendencia espiritual. Será éste el marco en referencia al cual René Voillaume habrá de desarrollar tanto su vocación contemplativa como su personal
reflexión en torno a la oración.
1. Charles de Foucauld. Vocación,
ideal y proyectos de fundación
El 1º de diciembre de 1916 moría en Tamanrasset el hermano Carlos de Jesús, después de haber
buscado infructuosamente que alguien se le uniera para continuar «gritando el Evangelio con toda la vida» (Charles de Foucauld, Écrits spirituels, París 1947, 121).
Quedaban, sin embargo, tras él, como semilla fecunda, sus ejemplos y sus escritos.
Vocación, ideal y misión
Nacido en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858, Charles de Foucauld, desde el momento mismo de su
conversión –ocurrida en 1886–, no cesó de buscar el camino por el que realizar su vocación religiosa. Esto no habría de clarificarse, sin embargo, sino progresivamente.
«Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa sino vivir para Él: mi vocación religiosa data de la misma hora que mi fe: ¡Dios
es tan grande! ¡Es tal la diferencia entre Dios y todo aquello que no es Él! [...] Yo deseaba ser religioso, no vivir más que para Dios y hacer aquello que fuera lo más
perfecto, sin importar qué... Mi confesor me hizo esperar tres años; [...] yo mismo no sabía qué orden elegir: el Evangelio me mostró que «el primer mandamiento consiste en
amar a Dios con todo el corazón» y que había que encerrarlo todo en el amor; cada uno sabe que el amor tiene por efecto primero la imitación; quedaba, pues, entrar en la orden
donde yo encontrase la más exacta imitación de Jesús. Yo no me sentía hecho para imitar Su vida pública en la predicación: yo debía, por tanto, imitar la vida oculta del
humilde y pobre obrero de Nazaret. Me pareció que nada me presentaba mejor esta vida que la Trapa» (Id. Lettres à Henry de Castries, París 1938, 96-97).
Este texto resume admirablemente las intuiciones que habrían de acompañarlo, en tanto las
profundizaba, a lo largo de toda su vida; pues a través de los años, no obstante «una marcha de etapas imprevisibles, su vocación espiritual permanece[rá] idéntica a sí
misma» (R. Voillaume, Introduction a G. Gorrée, Charles de Foucauld. Album du centenaire, Lyon 1957, s.p.).
Fue efectivamente en la Trapa (1890-1897) donde hará los primeros intentos por realizar su vocación.
Pasados varios años de vida cisterciense notará, sin embargo, que no encontraba allí toda la desnudez y abyección que perseguía, conforme a su vocación a la «vida de Nazaret».
Es así como en 1893 le escribe al abate Huvelin, su director espiritual, diciéndole que se interroga sobre la posibilidad de formar una pequeña Congregación. No será sino
pocos días antes del tiempo en que le hubiera correspondido pronunciar sus votos perpetuos, cuando recibirá –tras una larga y obediente espera– la dispensa del padre general
para abocarse a la realización del ideal al que se sentía llamado.
Irá, pues, a Tierra Santa, donde permanecerá tres años al servicio de las clarisas de Nazaret
(1897-1899) y de Jerusalén (1899-1900), dividiendo su tiempo entre el trabajo manual, la lectura y la oración. Consagra jornadas enteras a la oración y a la meditación del
evangelio. Este período será para él como un largo retiro, y el noviciado de su vida espiritual futura.
Comienza a considerar la posibilidad de una fundación eremítica sobre el monte de las
Bienaventuranzas, por lo que vuelve a Francia para prepararse a la ordenación sacerdotal, que habrá de recibir el 9 de junio de 1901.
En sus retiros preparatorios al diaconado y al sacerdocio, descubre que aquella vida de Nazaret que
entendía ser su vocación, no debía llevarla a cabo en Tierra Santa sino entre las ovejas más abandonadas. En su juventud había recorrido Argelia y Marruecos; ningún pueblo le
parecía más abandonado que éstos. Se instalará, pues, en Beni-Abbés, al sur de la provincia de Orán. Su vida adquiere aquí una modalidad diferente. Si bien no sale de su
ermita, ésta, sin embargo, está abierta a todos. Su ideal, por entonces, no era
«ni un grande y rico monasterio ni una explotación agrícola, sino una humilde y pobre ermita donde unos pobres monjes pudieran vivir de algunas frutas y de un
poco de cebada recogida con sus propias manos; en estrecha clausura, penitencia y la adoración del Smo. Sacramento, no saliendo del claustro, no predicando, pero dando la
hospitalidad a todo el que venga, bueno o malo, amigo o enemigo, musulmán o cristiano... Es la evangelización no por la palabra, sino por la presencia del Smo. Sacramento, la
ofrenda del divino Sacrificio, la oración, la penitencia, la práctica de las virtudes evangélicas, la caridad; una caridad fraterna y universal» (Ch. de Foucauld, Lettres à
Henry de Castries, 83-84).
Beni-Abbés (1901-1905) representa, pues, una primera realización de su ideal; el Hno. Carlos está
en busca de un equilibrio entre su vida monástica contemplativa y su deseo de irradiar el amor de Cristo entre los indígenas que lo rodean. Pero no será sino en Tamanrasset
(1905-1916) donde encontrará el pleno desarrollo de su vocación. Hace construir su choza no lejos de la aldea, y no sólo no rehuye a los habitantes de la región, sino que va
hacia ellos, busca contactos, hace visitas. Siempre está a disposición de sus vecinos y de sus visitantes. Es el amigo que se puede buscar a toda hora del día y de la noche.
Hizo cuanto estaba a su alcance para insertarse verdaderamente en la región del Hoggar. Veía ya claramente que la suya era una vocación de presencia entre el pueblo, una
presencia que quiere ser testimonio y transparencia del amor de Cristo.
Tenemos, pues, ante nosotros, una auténtica vocación contemplativa nutrida en la meditación evangélica
y centrada en la adoración del misterio eucarístico –verdadero corazón del «pequeño Nazaret»–. Y, a la vez, una caridad apostólica al servicio de la salvación del prójimo,
que no se expresa por la predicación ni por las obras organizadas, sino a partir de una amistad respetuosa, llena de hospitalidad y bondad, como irradiación del amor de Cristo
hacia todos los hombres. Este segundo elemento fue el que más tiempo le llevó madurar; fue en los últimos años de su vida cuando encontró su más adecuada expresión. Así, al
mismo tiempo que procuraba una vida de intimidad contemplativa con el Señor, no se separaba físicamente de los hombres y, en particular, de los pobres. Tal es la vida de Jesús
en Nazaret: vida silenciosa, recogida, pobre, laboriosa, a la vez que abierta y plenamente accesible a todos los de su pueblo y de su aldea.
El Padre de Foucauld, fundador
El Hno. Carlos de Jesús pasó su vida religiosa pensando agrupar en torno suyo algunos hermanos que
compartieran su vida. Pero esta idea, nacida en el tercer año de su período trapense, no la vería nunca realizada, aceptando el fracaso aparente de su deseo como una
consecuencia de su indignidad.
En la carta que escribiera en 1893 al abate Huvelin, esboza por vez primera el ideal religioso que se
sentía llamado a vivir. En junio de 1896 compone una pequeña Regla para los miembros de la Congregación que quería fundar, los «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús».
Ya en Palestina, la abadesa de las clarisas de Jerusalén ayudará con su influencia a reavivar sus
proyectos, y en 1899 redactará la Regla de los «Ermitaños del Sagrado Corazón», donde aparece un elemento nuevo: el acento sobre el sacerdocio y el apostolado, presentándose
desde entonces la «vida de Nazaret», a la vez recogida y abierta, lugar de intimidad con Jesús y lugar de partida en misión. Dos años más tarde, una mejor advertencia de las
exigencias de caridad universal que implica el sacerdocio, lo lleva a volver a la denominación «Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús».
En 1902 redacta la regla de las «Hermanitas del Sagrado Corazón».
En los últimos años de su vida, frente al fracaso de sus primeros proyectos, considera la
posibilidad de una especie de misioneros laicos que pudieran instalarse entre los infieles para atraerlos a la fe por el ejemplo y la bondad, apoyando de este modo la tarea de los
misioneros consagrados. Este proyecto data de 1909, y es con esta finalidad que suscitará una «Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús», para quienes
escribirá su Directorio, y que a su muerte contaba con 49 miembros, constituyendo la única descendencia visible que dejaba en torno a su ideal. En 1924 se convertirá en
la «Asociación Charles de Foucauld», de la cual nacerá, en 1949, la «Fraternidad Charles de Foucauld».
Finalmente, el 13 de mayo de 1911 escribirá una importante carta donde va a delinear por última vez
el ideal de las Fraternidades (cf. Ch. de Foucauld, Lettres à mes frères de la Trappe, París 1969, 273-276)*.
*[Es preciso observar aquí, por otra parte, que si bien el Padre de Foucauld fue el inspirador de la fundación de los Hermanitos de Jesús, no puede, sin embargo,
ser considerado propiamente como fundador, en el sentido que la Iglesia ha dado habitualmente a este término (cf. FPF, 13-14). Porque «en la historia de las fundaciones
religiosas, él es el único que dio origen a sus congregaciones, muriendo» (Id. Aux Petits Frères
de Jésus, en Petits Fréres de Jésus, Chapitre Général 1966, Compte-rendu 6/9/66, 1)].
Esta síntesis de la vida, el ideal y los proyectos de fundación del Padre de Foucauld nos permitirá
seguidamente comprender los términos en que concibieron su vocación religiosa los Hermanitos de Jesús y el camino que, a través de los años, habrían de seguir, en busca de
una mayor fidelidad al carisma recibido.
2. La realización histórica del ideal del Padre de Foucauld en los hermanitos de Jesús
René Voillaume. Manifestación progresiva de su vocación
El Padre Voillaume nace en Versalles el 19 de julio de 1905, en el seno de una familia de cómoda
situación económica, aunque de vida austera. Allí vivirá hasta los nueve años, para luego residir en La Bourboule durante los años de la guerra del 14; aquí hará la primera
comunión y será confirmado.
Introvertido y poco comunicativo, su infancia será solitaria y con marcada vocación a la lectura.
Según él mismo reconoce, sus orígenes alsacianos y loreneses influyen por igual sobre su temperamento: «Eramos (mis hermanos y yo) poco comunicativos, tímidos, más bien retraídos,
como lo son frecuentemente los loreneses, mientras que interiormente éramos sensibles y afectivos, aunque sin dejarlo aparecer. Yo sufriré por ello toda mi vida» (HIST, 1, 24).
Con clara inclinación por el saber científico, y atracción particular por la física y la mecánica,
sus aptitudes para la ingeniería –su «primera vocación»– eran además favorecidas por el ambiente familiar, donde tanto su padre como sus tíos tenían esta profesión. Su
interés por estas ciencias caracterizará los años de su adolescencia y primera juventud, al igual que su religiosidad, alimentada desde niño por una particular devoción a la
Eucaristía.
Su vocación al sacerdocio, de la que hay ya signos durante su infancia, después de haber sido
acallada por su pasión por las ciencias, se verá confirmada por un hecho misterioso del que es objeto cuando tenía 16 años, y que es juzgado por el mismo Voillaume como una
gracia mística. Desde entonces ampliará el tiempo de oración, y su vida de unión con Dios estará especialmente representada por su devoción al Sagrado Corazón y al Smo.
Sacramento.
Junto a este llamado al sacerdocio, nacía en él una vocación misionera. África ejercía sobre él
una particular atracción y en esto no parece ajeno el hecho de que su hermana mayor, Margherite, hubiera entrado en 1921 en las Hermanas Misioneras de Nuestra Señora de África («Soeurs
Blanches»).
Carecía, sin embargo, de claridad, a la hora de decidirse por una Congregación en particular, lo
cual hizo que le aconsejaran entrar en el Gran Seminario de San Sulpicio, de Issy-les-Moulineaux, donde podría recibir una adecuada formación teológica y espiritual, en tanto
maduraba su decisión. Ingresó, pues, en 1923, e hizo allí el bienio de filosofía, tras lo cual entró como novicio de los Padres Blancos en Maison-Carrée (Argel). Estará, sin
embargo, sólo un año con ellos, pues la fragilidad de su salud le impedirá permanecer en África. Volverá, pues, al Seminario de Issy, con la esperanza de poder regresar con
los Padres Blancos al terminar sus estudios, si su salud lo permitía.
A fines de 1927, otro hecho misterioso habría de influir decisivamente sobre su vida. Un arrobamiento
de orden místico, que se repetirá durante varios meses, lo confirmaría en el carácter contemplativo de su vocación.
Tras las huellas de Charles de Foucauld
Parece oportuno retroceder ahora hasta el otoño de 1921, cuando aparece el libro de René Bazin sobre
Charles de Foucauld. Su lectura, cuando contaba 16 años, causa en René Voillaume una profunda conmoción. Encuentra en la vida del Hno. Carlos de Jesús un eco providencial a sus
aspiraciones a la vez misioneras y contemplativas. Pero sabía que la fragilidad de su salud no hacía pensable la imitación de aquella vida; de allí que entrara en Issy,
buscando clarificar su vocación. Al ingresar posteriormente con los Padres Blancos, era consciente de que era el único camino por el que podría desembocar, si Dios lo quería,
en una vida análoga a la de Charles de Foucauld.
Estando en Maison-Carrée, recibió una carta de un seminarista de Issy, confiándole su atracción
por el ideal de Charles de Foucauld. A su vuelta al Seminario, conocerá otros con las mismas inquietudes, por lo que formarán un grupo, del que surgiría, años después, la base
de la fundación en El-Abiodh.
Habiendo conseguido el manuscrito del Padre de Foucauld que contenía la Regla de 1899, comenzaron su
estudio con la intención de elaborar, partiendo de ella, un proyecto de fundación.
René Voillaume, que había sido elegido para encabezar el grupo, es ordenado sacerdote el 29 de junio
de 1929, pasando los dos años siguientes en Roma, donde realizará el doctorado en teología bajo la dirección del padre R. Garrigou-Lagrange.
Después de la preparación lingüística que la empresa requería y de un período donde abundaron
los contactos, consultas y exploraciones, tomarán el hábito en la Basílica de Montmartre (8-9-33) y se instalarán en el pequeño oasis de El-Abiodh-Sidi-Cheikh, situado en el
Sahara sud-oranés. Eran cinco sacerdotes: René Voillaume, Marcel Bouchet, Marc Guerin, Guy Champenois y Georges Gorrée. Todos, ex-alumnos de Issy. A ellos se agregaría alguien
que, habiendo recorrido hasta allí un camino distinto al del resto, compartirá desde entonces la misma vocación, formando parte del grupo fundador. Se trataba de un convertido,
discípulo y amigo de Jacques Maritain, quien no deseando dar a conocer su nombre por razones personales vinculadas a su pasado, será conocido por todos desde entonces como «frère
André» (1904-1986). Más tarde, cuando sus estudios sobre islamología y mística comparada comiencen a publicarse, aparecerán bajo el seudónimo de «Louis Gardet».
La Fraternidad de El-Abiodh-Sidi-Cheikh
Centrados en la Regla de 1899 –aunque en muchos aspectos, adaptada–, los Hermanitos del Sagrado
Corazón de Jesús, como por entonces se llamaban –o los «Hermanos de la Soledad», según eran denominados por los árabes–, comenzarán su aventura religiosa en tierra islámica,
en medio de un cuadro de vida claramente monástico. La influencia del Carmelo y de la Cartuja fue significativa en esta etapa.
La espiritualidad carmelitana había sido conocida por todos con anterioridad a la fundación. En el
Seminario habían sido formados en la oración teniendo a San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús por maestros, así como a Santa Teresa del Niño Jesús. Y una vez en El-Abiodh,
el conocimiento de los «desiertos» carmelitanos no dejaría de tener influencia sobre la decisión de equilibrar la vida comunitaria con períodos de vida eremítica.
Durante la etapa preparatoria a su instalación en el desierto, fueron frecuentes los contactos con la
Cartuja de Montrieux. A esto se sumó que en los años siguientes a la fundación, la relación con los cartujos se hizo más estrecha, hasta convertirse éstos en sus consejeros,
y aceptar ocuparse de la formación del que sería el primer maestro de novicios de los Hermanitos.
Esto no impedirá a la Fraternidad guardar una fisonomía original y desarrollarse en su línea
propia. En este sentido, es muy elocuente lo que Frère André escribía al respecto en 1936, comentando, en nombre de todos los Hermanitos, las Constituciones que en ese año habían
redactado:
«Se puede decir que el contemplativo tiene realmente a su cargo cada alma del universo. Nada es excluido de una oración que debe ser, continuada en nosotros, la
oración misma que el Verbo Encarnado, por su santa Humanidad, no cesa de elevar hacia su Padre.
«Para el Hermanito del Sagrado Corazón, una misión más particular se añade a la universalidad de esta intercesión. No se contenta, en efecto, con rezar por los
infieles que lo rodean; se convierte en uno de ellos. Se solidariza con ellos. En el día de su profesión, pide a Dios que acoja esta substitución, esta naturalización
espiritual, a fin que, delante de El, sea realmente el hermano mayor de los infieles a los cuales es enviado, el cristiano primogénito entre ellos, su garante por derecho
de consanguinidad espiritual. [...] Una tal vocación no se puede comprender sino en la perspectiva de la doctrina del Cuerpo Místico. [...] Los Hermanitos del Sagrado Corazón
tienen el sentimiento profundo de que en ese papel de intercesión reside lo esencial de su vocación.
«Jesús les ofrece, como un inagotable tesoro de gracia, los sufrimientos de su Corazón crucificado, y por esto mismo les pide asumir delante de Dios, los pueblos
a los cuales él los envía. [...] Es así como habrán de ser sus garantes, es decir, en la sangre de Cristo, sus hermanos de raza...» (X.Z. –así fue firmado el artículo–, Les
Frères de la Solitude, «Contemplation et Apostolat», Abbaye St-André, Lophem-les-Bruges, 1, 1936, 256-258).
Entre los rasgos más característicos de la identidad propia de los Hermanitos, estaban su esfuerzo
de adaptación, y el lugar relevante que el misterio eucarístico ocupaba en sus vidas:
«Esta misión silenciosa deberá desarrollarse en una adaptación tal, que sus hermanos infieles y ellos mismos, no hagan realmente sino uno. Ellos se transformarán
en hermanos de raza no solamente por la lengua, la cultura, las costumbres, el arte religioso, sino más profundamente por todo aquello que estos signos exteriores contienen, en la
caridad de Cristo, de verdadera adaptación de alma» (Ib., 258).
«Para el Hermanito del Sagrado Corazón, la Eucaristía es el único medio, el modelo y la razón de ser de su vida... El culto del sacrificio eucarístico se
concreta por el lugar dado, en [la] vida [de los Hermanitos], a la misa y a las horas de adoración del Smo. Sacramento expuesto; y su adoración está en total dependencia del
acto mismo del Sacrificio. [...] Y está allí, para él, la vida que debe llevar a sus hermanos infieles: ser redentor con Jesús Sacerdote y, con él, hostia y víctima. La
Eucaristía es como el testimonio supremo de la gloria divina entre los hombres; en la comunión de los santos y en la dilatación del Cuerpo místico, los Hermanitos deberán
hacerse, como Jesús, alimento de las almas, dejándose, como Jesús, devorar por ellas en el silencio de la oblación, haciéndose «todo a todos», como contemplativos y como
misioneros» (Ib., 258-259).
Estos rasgos característicos de la Fraternidad habrán de explicitarse, durante más de diez años, a
través de una forma de vida auténticamente monástica. Las observancias clásicas de la clausura, el silencio y la oración de día y de noche, constituían lo esencial de su
testimonio exterior, tanto frente a la población musulmana, como para aquellos cristianos con quienes estaban espiritualmente vinculados o que iban a hacer retiro a la
Fraternidad. Las observancias constituían, pues, para ellos, la trama cotidiana de la vida y, sin confundirlas con lo esencial, las consideraban formando el cuerpo en el que lo
esencial se encarnaba.
Este carácter monástico que había asumido la Fraternidad desde su fundación está vinculado a la
concepción que el Padre de Foucauld tenía para su Congregación durante su estancia en Tierra Santa: fue allí donde redactó la llamada Regla de 1899, que los Hermanitos
eligieron desde un comienzo como base de su proyecto fundador.
Los años de guerra y de dispersión: la identidad de la Fraternidad se profundiza
La llegada de la Segunda Guerra Mundial habrá de modificar la vida de la Fraternidad, al ser
movilizados la mayor parte de los hermanitos. Un par de ellos quedará, sin embargo, en El-Abiodh, posibilitando el regreso periódico del resto; pero aun así, la vida de la
comunidad entrará en un paréntesis que habrá de prolongarse hasta el final de la guerra.
René Voillaume había sido destinado a Orán y luego a Touggourt como personal militar no
combatiente. Esto lo mantendrá alejado durante varios años del gobierno físico de la comunidad de El-Abiodh.
Se abre así un período en el que distintas circunstancias y hechos providenciales llevarán a la
Fraternidad a una transformación hasta entonces imprevista.
Cabe comenzar recordando que la Regla de 1899, a partir de la cual se proyectó la fundación, había
sido en muchos aspectos modificada, en razón de haber sido considerada por algunos superiores de San Sulpicio como impracticable y «escrita no para hombres sino para ángeles»
(cf. HIST, 1, 268).
Esto hizo que, exceptuando al grupo fundador, el resto de los hermanitos no tuviera un conocimiento
directo de ella; es más, se evitó expresamente que llegara a manos de los más jóvenes, para preservarlos de engañosas ilusiones.
Así fue como, tras la lectura de dicha regla por parte de los hermanitos que habían permanecido en
El-Abiodh, le plantearan éstos a Voillaume, en mayo de 1943, la exigencia de volver a una más perfecta observancia de la misma, a fin de seguir con mayor fidelidad al Hermano
Carlos de Jesús. Esto suponía, fundamentalmente: una vida de mayor pobreza y austeridad (reaccionando de modo particular contra la importancia material del monasterio que
habitaban), un cumplimiento más estricto de la clausura y del silencio, dar más importancia al trabajo, y alcanzar una mayor simplicidad en el trato.
La irreductibilidad con que se presentó inicialmente el planteamiento fue superada en virtud del espíritu
abierto y paciente del P. Voillaume, así como por la intervención del Prefecto Apostólico del Sahara, Mons. Mercier.
De este modo, las observancias señaladas encontrarán eco y sintonía en René Voillaume y, mientras
la vida en El-Abiodh iba evolucionando en tal sentido, él se retirará en junio de 1944 a la ermita de Djebel-Aïssa, comenzando un trabajo de investigación, a fin de
compenetrarse mejor con el espíritu del Hno. Carlos de Jesús. Esto, que habrá de llevarle un año entero, supuso la lectura de los escritos del P. de Foucauld –incluso los inéditos,
a los que tenía acceso por vía de la postulación de la causa de beatificación–, intercambio de opiniones con los hermanitos, y tiempo de reflexión en la oración.
«Experimentamos, ante todo, la necesidad de ponernos en contacto con el espíritu del padre de Foucauld y el conjunto de su vida, lo que habíamos omitido hacer
desde el momento en que elegimos, como base de nuestra fundación, las constituciones y el reglamento escritos por el Hno. Carlos en 1899. Nosotros queríamos, a la luz de la
espiritualidad del padre y de su concepción de la vida de Jesús en Nazaret, releer no solamente la Regla de 1899 –que conservábamos siempre, en tanto definía netamente una
vocación contemplativa misionera–sino también repensar la manera concreta en que habíamos realizado este ideal. Es en esta línea, y liberados de toda tendencia a una
interpretación literal, como yo me puse a trabajar» (HIST, 8, 126).
Expresa así Voillaume, en pocas líneas, la base sobre la cual evolucionará, en adelante, la
Fraternidad, y el principio que posibilitará la futura dilatación de su misión: Ya no se busca definir la vocación y misión de los Hermanitos por referencia a la sola Regla de
1899 (que no representaba el pensamiento del Hno. Carlos sino parcialmente y, en más de un aspecto, de modo germinal), sino a partir del conjunto de la vida y de los escritos del
padre de Foucauld, lo cual aseguraba una mayor fidelidad a la integridad de su mensaje.
Como fruto de aquel período de investigación y reflexión, Voillaume
escribirá unas 200 páginas que titulará La mission providentielle du Père Charles de Foucauld et la réalisation de ses projets de fondation; subtitulado: Etude sur
l’esprit et le règlement des Fraternités.
Parece oportuno destacar el decisivo papel que jugara uno de los hermanitos que permaneció en El-Abiodh
durante la guerra, quien, contagiado del radicalismo evangélico del padre de Foucauld, impulsará la transformación de la Fraternidad en dirección a una mayor pureza de ideal: Frère
Noël, posteriormente conocido por Milad. Nombrado poco después maestro de novicios, él será el formador de los hermanitos durante los años de mayor afluencia de
vocaciones. Es preciso, pues, destacar su figura, tanto por la importancia de su participación en el período que acabamos de narrar –verdaderamente determinante para la futura
orientación de la Fraternidad–, como por lo que significó como formador en la Congregación*.
*[Onésime Retailleau ingresó en la Fraternidad en 1935. Teniendo una hermana religiosa, intercambiarán sus nombres, llamándose ella en religión Soeur Onésime,
en tanto él sería llamado Frère Noël. Este nombre, arabizado, se convertirá en «Milad Aïssa», que significa «el nacimiento [de] Jesús». A él corresponde el libro que
firmará como Un petit frère de Jésus, Ce que croyait Charles de Foucauld, Tours 1971].
Se cierra así la crisis desencadenada en 1943, de la que la Fraternidad, profundizando su ideal, sale
más firmemente enraizada en el espíritu del Padre de Foucauld. Lo que había faltado, según Voillaume, era «una presencia suficiente del alma y del espíritu del Padre de
Foucauld –un cierto sentido de la pobreza y del trabajo–, una profundización mayor del misterio de la vida oculta de Nazaret» (La mission providentielle du Père Charles
de Foucauld et les règlements des Fraternités, «Les Petits Frères de Jesús» 24, 1983, nn. 95-96, 21).
Del Islam al mundo obrero: la misión de la Fraternidad se dilata
Si los años de guerra resultaron una ocasión providencial para que la Fraternidad se afirmara en su
espíritu propio, el tiempo inmediatamente posterior no habrá de ser menos importante en orden a revelar su futura orientación.
Poco después de acabada la guerra, el P. Voillaume emprenderá un viaje a Francia (1945), al que
seguirá, entre abril y julio de 1946, otro a Roma y Francia, resultando ambos decisivos para el futuro de la Fraternidad.
Parece conveniente aclarar aquí que Fr. André había permanecido durante la guerra, por razones de
salud, con los Padres Blancos, en Maison-Carrée.
Antes de ir a Francia en 1945, Voillaume encuentra, pues, a Fr. André; por él conocerá en Argel a
militantes obreros cristianos con quienes éste se había relacionado en esos años. Como consecuencia de ese encuentro, comienzan a entrever la posibilidad de estar presentes en
el mundo obrero. El posterior viaje a Francia y los contactos que allí tendrá, confirmarán a Voillaume en esta idea, que anuncia a los hermanitos a su vuelta a El-Abiodh, en
diciembre de ese mismo año.
De este modo, las nuevas Constituciones, redactadas por entonces y aprobadas en 1947, considerarán
como destinatarios de la misión de la Fraternidad no sólo el Islam sino toda tierra de misión –siendo en esto fieles al pensamiento del padre de Foucauld–, en la que incluían
al mundo obrero, en razón de su descristianización. También se subraya la importancia del trabajo, aunque no se contemplara aún la posibilidad del trabajo asalariado en el
exterior: también la fraternidad obrera se la concebía por entonces como monástica, aunque inserta en el medio obrero y en intercambio de relaciones y adaptación al mismo.
Cambian, además, su nombre; al existir ya una Congregación con la misma denominación que utilizaban, serán desde entonces los «Hermanitos de Jesús».
Entre las personas que Voillaume encontró en Francia y que habrían de confirmarlo en el proyecto de
las fraternidades obreras, es preciso destacar a Soeur Magdeleine de Jésus, fundadora de las Hermanitas de Jesús, con quien ya por entonces tenía una importante relación, y que
orientaba en tal sentido la misión de su Congregación (cf. ibid., 9, 6)*.
Se habían encontrado por vez primera en El-Golea, peregrinando ambos, en 1939, a la tumba del padre
de Foucauld. Hubo siempre entre ellos una profunda comunión en la manera de concebir el ideal de las Fraternidades, y no es fácil delimitar las respectivas influencias, que
fueron recíprocas.
*[ Elisabeth Hutin, en religión Petite Soeur Magdeleine de Jésus, deseosa de seguir el camino trazado por el Hermano Carlos de Jesús, parte con una compañera (Anne
Cadoret) para África del Norte en 1936, permaneciendo en Boghari hasta 1938; allí harán una experiencia de asistencia indígena. Marcharán posteriormente hacia el Sahara, después
de hacer un año de noviciado con las Hermanas Blancas en Birmandreis (Argelia), a petición expresa del Prefecto Apostólico, Mons. Nouet. En 1939 fundan en Touggourt la primera
fraternidad. En 1946, unos meses antes que lo hicieran los Hermanitos de Jesús, fundan la primera fraternidad obrera en Aix-en-Provence. Con el paso de los años alcanzarán un rápido
crecimiento, a la vez que se iban esparciendo por todo el mundo. En 1980 la Congregación contaba con 230 fraternidades, 880 religiosas de votos perpetuos, 186 de votos temporales
y 80 novicias (cf. G. Rocca, Piccole Sorelle di Gesù (Fraternità delle), en Dizionario degli Istituti di perfezione, 6, Roma 1973 ss., 1620-1622)].
Sostiene Voillaume, por otra parte, que «el período que se extiende de marzo a octubre de 1946 será,
para las Fraternidades, extraordinariamente fecundo y rico en acontecimientos o decisiones que contribuirán a dar, tanto a los hermanitos como a las hermanitas de Jesús, su
fisonomía definitiva» (HIST, 9, 21).
Lo más relevante dentro de este período fue, sin duda, el viaje que el P. Voillaume hizo con Fr.
André entre abril y junio de ese año. El principal cometido del mismo era organizar una fraternidad de estudios en Roma. Frère André acompañaba al P. Voillaume para
aconsejarlo en esto y para reencontrarse en Roma con su amigo Jacques Maritain –por entonces embajador de su país ante la Santa Sede–, a quien no veía desde hacía trece años.
Milad quedaba, mientras tanto, como responsable en El-Abiodh.
El primer hecho destacable es el encuentro que tienen en Argel, antes de cruzar hacia Europa, con
dirigentes de la J.O.C. De lo conversado con ellos surge la posibilidad de una fraternidad obrera con trabajo en el exterior, pues los jocistas objetan el proyecto de un trabajo
artesanal independiente, en orden a evitar el riesgo capitalista de otras órdenes o congregaciones religiosas.
Así nace, pues, unido al deseo de una pobreza real y efectiva, la idea del trabajo asalariado en el
exterior de la fraternidad. Pero es necesario tener en cuenta aquí que en ningún momento había sido puesta en duda la naturaleza contemplativa de la vocación de las
Fraternidades.
Esto no será siempre comprendido por todos los que compartían con ellos en Francia la preocupación
por evangelizar el mundo obrero; tal el caso de los sacerdotes de la «Misión de París». Encontraron, por el contrario, una profunda comprensión en Jacques Loew y su equipo, en
el abate Guerin, y en Margherite Tarride*. Estos fueron, por otra parte, algunos de los múltiples contactos que tuvieron durante ese viaje.
*[Margherite Tarride, habiendo cedido todos sus bienes, llevaba a cabo una vida contemplativa en medio de una gran pobreza, trabajando como obrera y habitando en un
barrio gitano de los suburbios de Toulouse. Era dirigida espiritualmente por el padre Marie-Joseph Nicolas, del convento de los dominicos, en donde ella había recibido, también,
formación teológica y espiritual (cf. HIST, 9, 300, nota 163)].
En Roma fueron numerosos los encuentros de Fr. André con los Maritain. También Voillaume tendrá
oportunidad de estar con ellos. Pero ahora quisiéramos detenernos un momento sobre el particular vínculo que existió entre Jacques y Raïssa Maritain y la Fraternidad.
El total acuerdo que hubo entre ellos respecto de la posibilidad y la importancia de una vida
contemplativa en el mundo –la «contemplation sur les chemins», para tomar la conocida expresión de Raïssa–, parece indicar que los Maritain no habrían sido ajenos,
aun sin proponérselo, al modo de vida que desde 1947 adoptarían las Fraternidades. Hay que tener en cuenta, por lo demás, que ellos habían reflexionado en torno a aquel tema,
mucho antes de que los Hermanitos dejasen la clausura de El-Abiodh.
Creemos que Voillaume no aceptaría sino parcialmente –de acuerdo a lo conversado con él– estas
afirmaciones que acabamos de realizar*.
*[Voillaume, si bien acepta que Maritain les dio «el testimonio personal de una vida de oración vivida en el mundo», afirma, sin embargo, que «eso no cambió
nada», pues la influencia de Maritain se dio más bien en el plano de la expresión, y en él encontraron bien expresado «aquello que ya vivían» (cf. J.M. Recondo, La
oración en René Voillaume, Burgos 1989, 303)].
Sin embargo, en el prefacio al Journal de Raïssa, al comentar un texto escrito por ella en
1919, él mismo expresa lo siguiente:
«He dicho más arriba que Raïssa tenía total consciencia de su vocación de contemplación en pleno mundo. "Es un error –escribe ella– aislarse de los
hombres porque uno posea una visión más clara de la verdad. Si Dios no llama a la soledad, es preciso vivir con Dios en la multitud; hacerlo conocer allí y hacerlo amar"
(10-3-1919)» (R. Voillaume, Prefacio a Journal de Raïssa, publicado por J. Maritain, París 1963, XVI).
Es de particular elocuencia, por otro lado, la carta que frère André recibe en 1928 de Jacques
Maritain, cuando buscaba una forma de vida totalmente consagrada a Dios, pero dentro del mundo:
«¿Una vida contemplativa en el mundo? ¿Y que incluso no implicara el cuidado directo del apostolado, de la vida mixta dominicana? Aun eso. Sin embargo, aquélla
no se justificaría en el mundo sino por el deseo de servir a las almas y de estar por tanto, de una manera o de otra, entregados a ellas, y de soportar animosamente por ellas todo
el tráfago, las amarguras, y las idas y venidas inútiles que son inseparables del trato con los hombres, no siendo esto sino para dar testimonio, en medio de ellos, de la
contemplación misma y del amor eucarístico de Nuestro Señor.
«Si usted debe permanecer en el mundo, yo creo que es por la voluntad de dejarse devorar por los otros, no preservando sino la parte (muy grande) de soledad
necesaria para que Dios haga de usted algo útilmente devorable...
«¿Qué queda después de esto? Esa impresión, esa idea, esa esperanza de que el Espíritu Santo prepara algo en el mundo, una obra de amor y de contemplación que
querrá almas totalmente entregadas e inmoladas en medio mismo del mundo...» (Del folleto editado por los Hermanitos de Jesús en memoria de Maritain, tras su muerte, bajo el único
título de Jacques Maritain, s.l., s.a., pero Marsella 1973, 10).
Como se puede fácilmente apreciar, este texto, escrito veinte años antes de la fundación de la
primera fraternidad obrera, expresa admirablemente la espiritualidad en la que habrían de iniciarse las Fraternidades.
Sobre el conocimiento de esta carta por parte del padre Voillaume durante el período de El-Abiodh no
cabe duda, si tenemos en cuenta que en su primer libro, llevado a imprenta a fines de 1946 –es decir, cuando la Fraternidad preparaba su salida de la clausura–, aparece,
entrecomillada, la expresión «útilmente devorable» que Maritain utilizara en su carta (cf. FPF, 105).
Cabe señalar, además, que en El-Abiodh, todos los hermanitos habían leído los textos espirituales
de Maritain, habiendo sido Fr. André, desde 1936, el responsable de su formación doctrinal.
Aun prescindiendo de lo escrito por Maritain sobre la contemplación en varias de sus obras –De
la vie d’oraison (1922), Les degrés du savoir (1932), Action et contemplation, en Questions de conscience (1938)–, es preciso destacar lo que escribió
sobre «la contemplación por los caminos» en Le paysan de la Garonne (1966) y, antes, con Raïssa, en Liturgie et contemplation (1959) (cf. J. Maritain, Le
paysan de la Garonne, París 1966, 283-370; J. y R. Maritain, Liturgie et contemplation, Brujas 1959, 76-78). El mismo Voillaume, tras la lectura de éste último,
escribe así a los hermanitos:
«Confieso que no pude dejar de escribirle, en nombre de todos nosotros, a Jacques Maritain, para comunicarle mi alegría y darle las gracias porque supo expresar
con tanta exactitud lo esencial de la vocación de los Hermanitos en el capítulo La contemplación por los caminos. Es exactamente eso» (L/III, 20-21).
Por último, es importante recordar que tras la muerte de Raïssa, en 1960, Maritain se instalará en
la fraternidad de los Hermanitos de Toulouse, donde vivirá hasta 1970, año en que pide ser admitido en la Congregación, para morir, formando parte de ella, en 1973. Poco después
de su instalación en Toulouse, Voillaume se referirá a
«ese parentesco espiritual que existía ya desde hace mucho tiempo con nuestra forma de vida religiosa, que lo ha conducido a venir a vivir entre nosotros, como un
hermano mayor del que tenemos mucho que esperar. [...] Estoy contento de que tengáis la posibilidad, un día u otro, de encontrar a quien ha estado asociado más de lo que tal vez
pensáis, a la fundación espiritual de la Fraternidad» (L/III, 74-75).*
*[Frère André, en este mismo sentido, hablará de la unidad entre la vida y la obra de J. Maritain y de la «profunda consonancia de ambas con la vocación
de los religiosos que lo habían acogido» –el subrayado es nuestro– (L. Gardet, Temoignage, «Cahiers Jacques Maritain» 10, 1984,31). Ver también la carta que el P.
Voillaume escribió desde Kolbsheim tras la muerte de Maritain: L/IV (En souvenir de Jacques Maritain), 162-165].
Resumiendo, consideramos que sería superficial reducir a una sola causa lo que en la acción
providente de Dios –según lo que antes hemos podido ver– tuvo un curso manifiestamente más complejo. No podríamos prescindir, por ejemplo, en este análisis, del contexto
histórico-pastoral de la Iglesia en Francia durante aquellos años: la preocupación misionera por evangelizar el mundo obrero como tema dominante. Eran los años de Francia,
país de misión, según el título del célebre libro del abbé Godin. Todo esto no puede haber sido ajeno a la transformación que por entonces sufría la Fraternidad. Pero
no queríamos dejar inadvertido el peculiar papel que tocó a los Maritain, fundamentalmente a través de Fr. André, en esta nueva dimensión que se abría para la vida
contemplativa de las Fraternidades.
Finalmente, cabe señalar que a comienzos de 1947 aparecerá el primer libro del padre Voillaume: Les
Fraternités du Père de Foucauld. Mission et esprit. Sintetizaba allí el estudio que realizó, entre 1944 y 1945, en torno a la misión del P. de
Foucauld y sus Fraternidades. Esta obra refleja, por otra parte, la concepción que en el momento de su publicación tenía Voillaume, sobre la vocación de los Hermanitos.
La hora de la expansión
El amor y la imitación de Jesús de Nazaret inspiraron y animaron siempre el andar del padre de
Foucauld en la realización de su vocación. Fue esto lo que lo condujo a la Trapa, y esto mismo lo que lo hizo salir de ella para avanzar solo, por caminos singulares, no por
deseo de singularidad sino por fidelidad a un llamado que, de hecho, le obligaría a innovar. Guardando todas las proporciones, ocurrirá otro tanto con la Fraternidad cuando,
después de haber hecho de un modo monástico sus primeros pasos en la vida de Nazaret, comenzará la fundación de fraternidades con un cuadro de vida diverso al que hasta
entonces le había sido característico.
En mayo de 1946 se funda en Aix-en-Provence la primera fraternidad obrera. Voillaume formará parte
del grupo, trabajando de pintor, y si bien las responsabilidades del priorato no le permitirán permanecer demasiado tiempo en ello, deseaba participar personalmente en la nueva
experiencia que comenzaban a vivir los hermanitos.
A partir de aquí se abre un período particularmente fecundo para la Fraternidad. En tanto se iba
consolidando y confirmando en su nueva orientación, la abundancia de vocaciones y la consecuente multiplicación y dispersión de las fraternidades caracterizarán los años
siguientes.
El conocimiento de algunas cifras puede ser significativo en este sentido: A fines de 1946, doce
hermanitos habían hecho la profesión perpetua, otros tantos entraron al noviciado, y cinco pronunciaban sus primeros votos. A comienzos de 1951, el número de profesos se había
triplicado y estaban distribuidos en dieciséis fraternidades.
Es durante esos mismos años cuando el P. Voillaume escribirá las cartas y conferencias que en 1949
serán policopiadas y al año siguiente publicadas bajo el título En el corazón de las masas. En estos escritos del prior de los Hermanitos de Jesús, se hallará la base
de la espiritualidad futura de las Fraternidades. El libro conocerá más de una docena de traducciones y numerosas reediciones, manifestando así que su interés superaba
ampliamente los límites de las Fraternidades.
Por aquella misma época aparecen las nuevas Constituciones de los Hermanitos de Jesús (1951), donde
se expresa en su nueva fisonomía la identidad de las Fraternidades:
«Los Hermanitos de Jesús imitan, ante todo, la vida laboriosa de Jesús obrero en Nazaret, llevando a cabo en la pobreza una vida de trabajo, en contacto íntimo
con los hombres, mezclados con ellos como la levadura en la masa, a fin de contribuir por el testimonio de sus vidas más que por sus palabras, a hacer conocer y amar a Jesús,
Hijo de Dios, y a establecer entre los hombres, por encima de todas las divisiones de clases, razas y naciones, la unidad fraternal del amor del Salvador» (art. 3).
La década del 50 confirmará el crecimiento y el afianzamiento de la Fraternidad. Merced a la
afluencia de vocaciones, el número de fraternidades prácticamente se triplicará durante este período: en mayo de 1959 ya serán cincuenta. Igualmente significativo resulta el
hecho de su implantación en medios muy variados, no obstante verificarse siempre elementos comunes en aquellos entre los cuales fundaban, tanto en el plano religioso –la
ignorancia de Cristo o el alejamiento de la Iglesia–, como en el sociológico –«aquellos que no tienen nombre ni influencia en el mundo»–. Este rasgo de universalidad, en
el que el P. Voillaume insistirá por influencia de Soeur Magdeleine, habrá de caracterizar, desde entonces, la vida misma de la Fraternidad (cf. HIST, 9, 287-292)*.
*[Algo más adelante Voillaume afirma: «Yo razonaba, era sensible a las objeciones y más previsor, mientras que ella veía a lo lejos, e iba hacia adelante»
(p.293)].
Ante este hecho de la multiplicación de las fraternidades, y, sea para visitarlas o para preparar
nuevas fundaciones, el padre Voillaume se verá obligado a viajar constantemente y por todos los continentes, utilizando con frecuencia la vía epistolar para seguir en contacto
con los hermanitos. Como fruto de este período aparecerán sus Cartas a las Fraternidades. El primer volumen –Testigos silenciosos de la amistad divina– recogerá
escritos dados a luz entre 1954 y 1959. El segundo –A causa de Jesús y del Evangelio–, abarca otros, surgidos entre 1949 y 1960. El tercero –Por los caminos del
mundo–, recopila cartas escritas entre 1959 y 1964. Si bien durante estos años serán publicados numerosos artículos suyos en medios diversos, lo contenido en estas cartas
viene a continuar y a completar, desde el contacto con la experiencia de las fraternidades, lo que Voillaume expusiera en En el corazón de las masas. De aquí que
constituyan la expresión medular de su pensamiento en estos años.
Surgirán también, en aquel tiempo, la Fraternidad «Jesus-Caritas» (Instituto Secular
Femenino) y la Fraternidad Sacerdotal «Jesus-Caritas», desarrollándose, asimismo, la Fraternidad Secular Charles de Foucauld. La palabra del P. Voillaume será
requerida por unos y otros, así como por las Hermanitas de Jesús. Esto hizo que la transmisión del mensaje del Padre de Foucauld por parte de René Voillaume, fuera
trascendiendo progresivamente las fronteras de su Congregación.
Por otra parte, en 1956, permaneciendo Voillaume como prior de los Hermanitos de Jesús, fundará los
Hermanitos del Evangelio. Estos, en el mismo espíritu de contemplación, pobreza y humilde caridad fraterna propio de Ch. de Foucauld, tendrán por misión la evangelización de
los ambientes pobres y más alejados de Dios, a través de un apostolado directo.
La inserción y presencia de los Hermanitos y Hermanitas de Jesús en lugares diversos, fue generando,
con el paso del tiempo, la necesidad de ofrecer una evangelización directa y explícita. Como complemento y continuación de los Hermanitos de Jesús, surgían, pues, los del
Evangelio. Razones análogas llevarán a Voillaume a fundar, en 1963, las Hermanitas del Evangelio.
En 1965 el padre Voillaume dimitirá como prior de los Hermanitos de Jesús –cargo que ejercía
desde la fundación, en 1933–, para poder dedicarse con mayor libertad a las Congregaciones más jóvenes. Será elegido René Page para sucederlo (1966), quien, reelegido en
1972, será prior de la Fraternidad hasta 1978. Lo seguirán Michel Sainte-Beuve (1978-1990), Carlo Fries (1990-1996), y el actual prior, Marc Hayet.
La Fraternidad de los Hermanitos de Jesús fue elevada, en 1968, a Congregación de derecho
pontificio. En 1983, cincuenta años después de su fundación en El-Abiodh, contaba con 253 profesos –de los cuales, algo más de un cuarto son sacerdotes–, distribuidos en más
de 90 fraternidades establecidas en 45 países.
Los Hermanitos del Evangelio, en 1979, contaban con 90 religiosos, en tanto las Hermanitas del
Evangelio eran, en 1980, 60 religiosas distribuidas en 17 fraternidades.
Este recorrido a través de la vida del padre Voillaume, en el que hemos podido también apreciar la
progresiva constitución de la actual fisonomía de las Fraternidades, nos permitirá, en adelante, adentrarnos con mayor rigor en su pensamiento. Consideramos que sin el presente
estudio histórico, hubiéramos carecido del marco existencial en referencia al cual la reflexión del padre Voillaume en torno a la oración fue dándose y formulándose. En el
caso de un espiritual, en quien su enseñanza se caracteriza por partir no sólo de los datos objetivos de la fe sino también de su experiencia cristiana personal –en tanto
fuente genuina de la teología espiritual–, esto parece particularmente necesario.
Capítulo II. La enseñanza sobre la oración en René Voillaume, y sus destinatarios
Cuando en la Navidad de 1965 el P. Voillaume escribía su dimisión como prior de los Hermanitos de
Jesús, comenzaba a cristalizarse una nueva etapa dentro de su vida personal, que habría de afectar, asimismo, el curso de su reflexión y de sus escritos*.
*[Algo de esto expresaba el mismo Voillaume cuando, una vez dejado el priorato, escribía, tras una semana de retiro, desde Beni-Abbés, a las Fraternidades: «Este
retiro ha sido como un alto en el camino, largo tiempo deseado, entre dos períodos de mi vida: el primero, que concluyó en agosto pasado en el capítulo general de los Hermanitos
de Jesús, y durante el cual, a lo largo de treinta años, no he cesado de llevar la responsabilidad de la fundación, y el segundo, que se inicia ahora con la aceptación del
gobierno de las Fraternidades del Evangelio» (L/IV, 30)].
Esto, sin embargo, no era sino la desembocadura de un proceso que había comenzado varios años antes.
La apertura a múltiples requerimientos
A partir de los años 50, una multiforme actividad comienza a tener lugar en la vida del P. Voillaume.
En ello tuvo mucho que ver la resonancia que por entonces tenía, entre laicos y sacerdotes, el mensaje espiritual del Padre de Foucauld.
Voillaume es solicitado por entonces para predicar diversos retiros, de los que saldrán los gérmenes
de la «Unión Sacerdotal» y de la Fraternidad Secular Charles de Foucauld. El Instituto Secular femenino «Jesus-Caritas» comenzaba, por su parte, a prepararse. Al asesoramiento
espiritual que Voillaume hacía de estos grupos, hay que sumar, en 1956, la fundación de los Hermanitos del Evangelio, mientras proyectaba, a su vez, con el P. Lebret, la creación
de la F.A.M.E.I. (Fraternité d’Amitié et d’Entraide Internationale) (cf. HIST, 10, 95-101).
El mismo Voillaume, recordando la multiplicación de responsabilidades y de quehaceres que caracterizó
su vida en aquellos años, confiesa: «En lo que concernía a mi vida personal en este período, estoy realmente sorprendido, al releer mis diarios, del número de reuniones y
retiros de los que participaba, y que se seguían, por así decirlo, sin interrupción, en el intervalo de mis viajes» (HIST,
10, 100).
Si añadimos, a todo esto, la fundación de las Hermanitas del Evangelio en 1963, podemos comprender
que, inevitablemente, las tensiones aparejadas por esta situación, le harían cada vez más difícil llevar adelante el priorato de los Hermanitos de Jesús. De este modo, y
considerando que la Congregación había alcanzado ya la suficiente consolidación y madurez, a fines de 1965, Voillaume presenta, de manera indeclinable, su renuncia como prior (cf.
Id., Lettre aux Petits Frères de Jésus. Noël 1965, «Jesus-Caritas» n. 142, 1966, 101-108). Si bien esta decisión no lo desvinculaba de sus Hermanitos, de los que seguía
siendo fundador y padre, quería, sin embargo, dedicarse, con mayor solicitud, a las más recientes fundaciones de los Hermanitos y Hermanitas del Evangelio*.
*[Recordemos, por lo demás, que Voillaume nunca dejó de ser Hermanito de Jesús. Necesitó de un indulto personal de Pablo VI para poder asumir el gobierno de las
Fraternidades del Evangelio, sin dejar de ser Hermanito de Jesús].
La verificación de una nueva etapa
No obstante su deseo de seguir participando de cerca de la vida de los Hermanitos de Jesús, vemos,
sin embargo, que, con el andar del tiempo, el distanciamiento de Voillaume respecto de la Fraternidad –que había comenzado a verificarse aun antes de que dejase el priorato–,
no haría sino acentuarse. Varios elementos ayudan a poner en evidencia este hecho, sobre el cual Voillaume no hace, sin embargo, en sus escritos, una referencia explícita:
a) No parece casual que en El-Abiodh-Sidi-Cheikh, su estudio histórico sobre los Hermanitos de
Jesús, Voillaume relate detallada y minuciosamente la vida de la Congregación hasta los años 50 –habiendo dedicado para ello nueve de los diez libros que forman esta obra–,
para luego, cambiando totalmente la metodología, hacer una exposición más genérica e imprecisa del período siguiente.
Es de notar, en este sentido, que para el primer período contara con abundante documentación, que
confrontaba constantemente con sus diarios, cartas y diferentes escritos de la época, mientras que a partir de los años 60, predomina ampliamente el recurso a lo expuesto y
discutido en los Capítulos Generales de la Congregación. El mismo Voillaume reconoce, por lo demás, que esta última parte de la obra está menos lograda, y que generó algunas
contestaciones dentro de la Fraternidad (cf. J. M. Recondo, La oración en René Voillaume, Burgos 1989, 302).
b) Es notable cómo, al referirse Voillaume, en El-Abiodh-Sidi-Cheikh, a «las grandes fechas
de la historia de la Fraternidad», dedica varias páginas a la década del 50, en las que él aparece, además, constantemente como protagonista. Mientras que los hechos más
relevantes que tuvieron lugar del 60 al 80, aparecen mencionados en menos de una página, no figurando casi ninguna alusión a su persona (cf. HIST, 10, 4-10).
c) Recorriendo rápidamente su bibliografía, se percibe que ha habido un desplazamiento durante los años
60 y 70: Si hasta entonces sus escritos se dirigían fundamentalmente a las Fraternidades –o a los diversos grupos de la familia espiritual del P. de Foucauld–, se advierte, en
adelante, una creciente heterogeneidad en su auditorio. Se observa, asimismo, que sus escritos concernientes a la vida de los Hermanitos de Jesús son ya menos frecuentes. Y cuando
–como en el caso de sus retiros anuales a las Hermanitas de Jesús en Tre Fontane (Roma)– retoma este discurso, podemos verificar que poco hay que no estuviera ya contenido, de
alguna manera, en lo dicho por él en los años 50 y 60.
Los dos órdenes de destinatarios de las enseñanzas sobre la oración de René Voillaume
Si hemos puesto de relieve el distanciamiento progresivo del P. Voillaume en relación a la evolución
de la vida de los Hermanitos de Jesús, es porque consideramos que este hecho no ha dejado de tener consecuencias sobre su reflexión y sus escritos:
1º) Porque lo que él delineó en los años 50 y 60 con respecto a la vida espiritual de las
Fraternidades –particularmente en En el corazón de las masas y en sus Cartas a las Fraternidades–, ya no tendría, en lo sucesivo, la debida continuación,
conforme a la evolución que había seguido posteriormente la vida de los Hermanitos. El no haber participado Voillaume sino indirectamente en esta etapa de la vida de la
Congregación, estuvo –creemos– en el origen de esta carencia.
2º) Decíamos, más arriba, que la irradiación del mensaje del Padre de Foucauld y de la experiencia
espiritual de las Fraternidades alcanzó a laicos y sacerdotes, para los cuales Voillaume también habló, ya desde la década del 50. Pero hemos de notar que a partir de los años
60, la palabra de Voillaume interesa auditorios que trascienden a menudo la familia espiritual del P. de Foucauld.
Recuerda Voillaume, por lo demás, lo que Soeur Magdeleine –fundadora de las Hermanitas de Jesús–
le decía, en este sentido:
«Yo creo que [la] aportación principal [de Soeur Magdeleine] fue el obligarme a ver más allá de la Fraternidad de los Hermanitos. Ella me asegurará en repetidas
ocasiones [...], y cuando las fraternidades obreras no existían aún, que mi misión se extendería a las Hermanitas, a los sacerdotes y a los laicos, a través del mundo» (HIST,
9, 296).
Todo esto nos permite distinguir, a grandes rasgos, dos tipos de auditorios a los que Voillaume habría
de dirigirse, a lo largo del tiempo, para hablar de la oración:
–Por una parte, está su enseñanza en torno a la vida contemplativa de las Fraternidades,
concentrada, particularmente, en sus escritos a los Hermanitos de Jesús, de los años 50 y 60.
– Por otra parte, tenemos sus escritos y conferencias relativos a la dimensión contemplativa de
la vida cristiana. Aquí es necesario integrar todo lo que Voillaume formuló para los laicos, sacerdotes y religiosos diversos, en torno a la oración, con buena parte de las
enseñanzas que, al respecto, fueron dichas por él a los Hermanitos o Hermanitas, y que pueden, sin embargo, extenderse a todo bautizado, al no estar sujetas necesariamente a la
vocación específica de las Fraternidades.
Inevitablemente, los esquemas pecan siempre de cierta arbitrariedad. Frente a la desnuda claridad que
los caracteriza, la realidad acostumbra a ser más rica, compleja e inasible. Con todo, no podemos sino reconocer la necesidad que de ellos tenemos, en orden a alcanzar una mejor
comprensión de la realidad en su conjunto.
Por eso, en el tercero y cuarto capítulos habremos de sistematizar, respectivamente, lo enseñado por
Voillaume sobre la oración a las Fraternidades, y a quienes, por el solo hecho de ser bautizados, están llamados a desarrollar la dimensión contemplativa de su vida cristiana.
Capítulo III. La vida contemplativa de las Fraternidades
Si bien Charles de Foucauld fue el principal inspirador de la vida religiosa de las Fraternidades, no habría de dejar una doctrina espiritual sistemáticamente formulada, ya que la mayoría de sus escritos los componían anotaciones personales que no estaban destinadas a la publicación.
Quien habrá de elaborar y exponer las principales líneas que configuran la espiritualidad de las Fraternidades será, pues, René Voillaume. Esto explica la importancia que tendrán sus escritos para la vida de los Hermanitos de Jesús y también, a su manera, para las Hermanitas de Jesús.
Según hemos visto ya, después de una primera etapa en la que los Hermanitos fueron precisando su identidad propia, Voillaume se hará vocero de esta experiencia, buscando una conceptualización más precisa para el ideal definitivo de las Fraternidades. Esto tendrá lugar durante los años 50 y 60 en los escritos contenidos en En el corazón de las masas y en sus Cartas a las Fraternidades, así como en la Regla de vida de los Hermanitos de Jesús, redactada por Voillaume en 1950, y reformulada en 1962. Será, pues, principalmente en estas fuentes, donde encontraremos expresado su pensamiento sobre la vida contemplativa de las Fraternidades.
Consideramos conveniente partir de un perfil sintético, para proceder luego de manera analítica. Para ello nos serviremos del texto por el cual la Iglesia elevaba la Fraternidad, en 1968, a Congregación de derecho pontificio. Desde este marco, veremos cómo fundamenta y explicita Voillaume, particularmente en los escritos mencionados, los elementos que conforman la vida contemplativa de las Fraternidades.
El texto del decreto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares (Roma, 13-6-68), decía así:
«El fin de este Instituto, a ejemplo de Nazaret humilde y escondido, consiste principalmente y se consuma en una peculiar vida contemplativa, en la adoración de Cristo en el sacramento de la Eucaristía, en el ejercicio de la pobreza evangélica, en el trabajo manual y en la real participación de la condición social de aquellos que se encuentran despojados de todo.»1. «Una vida contemplativa peculiar»
«El Padre de Foucauld se consideró siempre como un monje y un contemplativo. Los Hermanitos de Jesús también son contemplativos, pero no como los otros» (AUC, 177).
Para entender esta afirmación, con la que René Voillaume comienza su carta sobre la vida contemplativa de las Fraternidades, será preciso mostrar aquello en lo cual los Hermanitos se distinguen de la vida contemplativa tradicional; pero antes, aquello en lo que conservan una fundamental continuidad respecto de ella.
La vida contemplativa
Por vida contemplativa no hemos de entender aquí la vida personal de un cristiano cuya oración es contemplativa –o tiende a ello–, sino la vida que lleva a cabo una familia religiosa que la Iglesia ha reconocido como «ordenada a la contemplación» en el seno del Pueblo de Dios (cf. «Perfectæ Caritatis», 7). Es en este sentido como Santo Tomás de Aquino afirma que «son llamados contemplativos, no aquellos que contemplan, sino aquellos que consagran toda su vida a la contemplación» (2-2. q. 81, a. 1, ad 5).
—La contemplación
La vida contemplativa no se entiende, sin embargo, sino por referencia a la contemplación, a la cual se ordena. Hay que partir entonces precisando lo que entendemos por ella. Voillaume la define como «un conocimiento experimental y sobrenatural de Dios, percibido por connaturalidad de amor, bajo el influjo de los dones del Espíritu Santo»
(AUC, 178).La contemplación sobrenatural, en sí misma, está fuera del alcance directo del alma, y responde a una gracia que sólo Dios puede otorgar. Pero existe, no obstante, todo un conjunto de actos de que somos capaces, que nos preparan y encaminan hacia ella, en cuanto que, normalmente, son necesarios para llegar a la contemplación. Y si bien la donación de esta gracia jamás estará exigida por la preparación, ella suele ser, sin embargo, su prolongación, y la continuación normal, aunque misteriosamente gratuita, de nuestro encaminamiento hacia Dios. Lo cierto es que, con frecuencia, muchas almas quedan privadas de la gracia de la contemplación, al carecer de la debida preparación para acoger este don. Afirmado lo cual, Voillaume concluye que la contemplación supondrá, por ello, habitualmente, una preparación, la cual posee sus exigencias propias (cf. ibid.).
—Contemplación y «vida contemplativa»
Al analizar estas exigencias, Voillaume considera importante distinguir entre aquellas que pertenecen a la preparación misma del alma, y aquellas que tocan a las condiciones exteriores de vida.
En el primer caso, Voillaume sitúa la disposición última del alma para recibir la gracia de la contemplación, en la muerte a todo lo que no es Dios. Lo cual supone un desasimiento profundo de todo lo creado y, particularmente, de sí mismo. No significa esto que tal muerte esté totalmente en nuestro poder, porque las mismas gracias de contemplación habrán de consumarla en nosotros, al hacer penetrar el fuego acrisolador del amor en aquellas profundidades del alma en las que nada podemos por nosotros mismos. Con todo, ese desasimiento radical, aun cuando no podamos realizarlo actualmente sino de un modo imperfecto, ha de ser, al menos, intencionalmente querido y deseado, a la espera de que sea consumado por la acción de Dios en nuestras almas
(cf. AUC, 179-180).Por otra parte, esta muerte por la que el alma va alcanzando la debida disposición, no ha de entenderse en un sentido sólo ni primariamente negativo. El movimiento de desprendimiento viene como fruto de nuestra adhesión a Dios por el amor. Es, pues, «en el orden de la caridad donde se sitúa la predisposición esencial a la gracia de la contemplación»
(AUC, 180).El hecho de que la disposición última del alma se sitúe en el plano del amor explica que la donación de esta gracia esté abierta a cristianos de toda condición y estado: Precisamente porque la preparación que el hombre puede ofrecer está más vinculada a la disposición interior del alma, que a las condiciones exteriores de vida.
No obstante lo cual, sigue siendo cierto que hay todo un conjunto de medios exteriores particularmente aptos para preparar a las almas a la contemplación. Estos, en el cristianismo, han alcanzado históricamente su más alta expresión en las Ordenes reconocidas por la Iglesia como contemplativas. Su experiencia secular en esta materia hace que estas prácticas puedan ser consideradas como privilegiadas. Entre ellas, Voillaume destaca especialmente la clausura y el silencio.
Reconoce Voillaume que las observancias monásticas de la clausura y el silencio exterior crean unas condiciones de vida particularmente favorables para la realización de esa muerte a todo lo creado que hace posible la perfecta unión con Dios. Pero no ha de pensarse, añadirá, que el solo hecho de abrazar exteriormente un tal género de vida, dispone el alma de un modo inmediato a la contemplación
*.*[Es aquí, por otra parte –agrega Voillaume–, donde se separa la concepción monástica cristiana de la mayor parte de los ensayos realizados fuera de la Iglesia en orden a alcanzar la comunión con la divinidad (cf. AUC, 183). En esto parece hacerse eco de lo que afirmara en su momento Maritain: «La contemplación cristiana responde, ante todo, a ese espíritu que sopla donde quiere, y hace oír su voz sin que nadie sepa de dónde viene ni adónde va (Jn 3, 8)... Esto implica que la contemplación cristiana es todo lo contrario de un asunto de técnica... La espiritualidad natural, como la de la India, por ejemplo, tiene técnicas bien determinadas. «Este aparato de técnicas es lo primero que impresiona a quien comienza a estudiar la mística comparada. Pues bien, una de las diferencias más obvias entre la mística cristiana y las otras místicas es su libertad en lo que respecta a la técnica y a todas las recetas y fórmulas... » (J. y R. Maritain, Liturgie et contemplation, Brujas 1959, 64-65)].
La clausura y el silencio no son para el monje cristiano sino instrumentos al servicio del amor, y conservan toda su eficacia sólo en la medida en que conducen al desarrollo de la caridad. Pues es precisamente por relación a la caridad, por lo que pueden disponer a la contemplación. Así se explica que, de hecho, estas prácticas puedan ser ineficaces: sea por falta de generosidad en el sujeto, sea porque resultan inadecuadas para un determinado tipo de temperamento
*.*[Cuando falta la generosidad, las observancias, que debían favorecer el desapego del corazón para su dilatación en el amor, pueden pasar a ser refugio de una actitud mezquina para con Dios y para con el prójimo (cf. AUC, 183-186)].
Esto nos lleva, según Voillaume, a la necesidad de distinguir las disposiciones interiores que estas prácticas están destinadas a producir en el alma, de las prácticas u observancias consideradas en sí mismas. Y a preguntarnos en qué medida las observancias de la clausura y el silencio, tal como son practicadas en las órdenes contemplativas tradicionales, tienen un valor absoluto como medio, en orden a la vida contemplativa.
Por aquí arribamos entonces a la posibilidad –y a la validez– de esa vida contemplativa peculiar que representan en la Iglesia las Fraternidades. Lo cual supuso cierta continuidad y, a la vez, cierta ruptura respecto de la experiencia monástica precedente.
Para entender mejor esto, parece oportuno recordar aquello que se considera imprescindible para la realización de la vida contemplativa, cualquiera sea su forma. El P. Voillaume dirá que ella implica, necesariamente, un doble elemento:
«La Iglesia confiere al religioso contemplativo una misión en el Cuerpo místico de Cristo, misión invisible pero que se expresa concretamente por una separación visible de las otras actividades humanas» (AUC, 188).
La vida contemplativa propia de las Fraternidades
Para mostrar el carácter contemplativo de la vida de las Fraternidades habrá, pues, que precisar cuál es la misión espiritual que los Hermanitos de Jesús reciben de la Iglesia, y cuál la forma concreta de separación por la que aquélla adquiere una expresión visible. Comenzaremos, pues, por esto último.
—Separación y presencia
Ni el Padre de Foucauld ni los Hermanitos de Jesús dudaron nunca del sentido contemplativo de su vocación. Ello implicaba, por tanto, una separación. Sólo que ésta no habría de consistir en la tradicional clausura material, sino en la renuncia a todo un conjunto de actividades, entre las que se contaban, tanto el ministerio de la predicación, como cualquier obra de apostolado explícito o de caridad organizada. La separación tendrá lugar, entonces, en el orden de las actividades, pero no en el de la presencia en medio de los hombres.
«El aspecto propio de la vocación contemplativa del Padre de Foucauld que lo distingue radicalmente de las otras órdenes contemplativas es que ella debe ser vivida en contacto con los hombres, en medio de ellos» (AUC, 190).
El deseo ardiente de imitar a Jesús de Nazaret, lleva al Padre de Foucauld a buscar configurarse a él, tanto interiormente, en la actitud de una vida vuelta hacia el seno del Padre (cf. Jn 1,18), como exteriormente, abrazando «la existencia humilde y oscura del Dios obrero de Nazaret» (Ch. de Foucauld, Oeuvres Spirituelles, 32).
Es el misterio de Nazaret el que puede entonces determinar esta forma original de vida religiosa, que dispone al servicio contemplativo de Dios, en medio de una presencia efectiva entre los hombres. Allí se resuelve esa aparente contradicción entre la separación y la presencia que, respecto de los hombres, exige esta vocación. Será, pues, en el corazón de las masas donde se realice este apartamiento. Porque es allí donde los Hermanitos están llamados a vivir esa «prioridad totalitaria» (AUC, 190), esa «preocupación primordial» por la búsqueda de Dios, que es propia de toda vocación contemplativa*.
*[La vocación a la vida contemplativa se expresa en una preocupación primordial por la búsqueda de Dios, la cual, si bien es común a toda vida religiosa, aquí adquiere una radicalidad e inmediatez tales, que determinará la orientación de todo lo demás «como un fuerte viento dominante que inclina en su sentido toda la vegetación de un paisaje» (P.-R. Regamey, L’exigence de Dieu, París 1969, 114)].
Vemos entonces que no es a pesar de, sino en esa situación, en el corazón de las masas, donde los Hermanitos habrán de llevar a cabo su vida contemplativa
(cf. FPF, 124-126)*.*[Advierte, con todo, Voillaume, que «sólo un alma que presente un mínimo de formación interior en el camino de la unión con Dios podrá encontrar, en los contactos con los hombres, no un obstáculo sino, por el contrario, un alimento para su contemplación. El noviciado y los años de formación y de estudio que le siguen están, pues, consagrados a educar en este sentido la vida interior del religioso: este tiempo estará sobre todo reservado a la formación de una sólida vida de oración eucarística» (Ib., 124)].
Esta peculiaridad de la vida de las Fraternidades no deja de desconcertar, sin embargo, a muchos que miran su vocación desde fuera. Así lo comprueba René Page, sucesor de Voillaume como prior de las Fraternidades: «Bien puede reprochársenos haber buscado la dificultad y haber querido realizar la cuadratura del círculo, hablando de vida contemplativa en medio del ruido, sin clausura ni silencio, y queriendo incluso encontrar un lugar propio, distinto de las tareas pastorales y las responsabilidades temporales» (R. Page, Petits Frères de Jésus dans le monde d’aujourd’hui, «Les Petits Frères de Jésus» 13, 1972, nn. 51-52,10).
Así, habrá para quien será oscuro el sentido de la presencia del Hermanito en medio de los hombres, y la posibilidad de una vida contemplativa en esas condiciones. Para otros, en cambio, será difícil de comprender su separación: por qué, si están en el mundo, no dicen ni hacen todo lo que apostólicamente podrían.
A esto habría que añadir que, para los mismos Hermanitos esta forma peculiar de separación se hará a veces problemática: «La tentación de realizarse a sí mismo dentro de una acción exterior inmediata o utilizando medios activamente eficaces, se hará algunos días más apremiante. Renunciar a ella es lo que constituye nuestra clausura, nuestro desposeimiento más profundo»
(L/I, 293).Será preciso, pues, entender adecuadamente el sentido de esta separación:
«Este rechazo [del Padre de Foucauld] no es timidez espiritual ni temor a las responsabilidades, ni existe tampoco únicamente en orden a conservar la vida de intimidad con Dios. No se presenta tampoco como un empobrecimiento de su personalidad espiritual ni como una disminución de la acción real y profunda sobre el mundo de las almas. Lejos de ello, la separación establece al Padre de Foucauld y, tras él, a sus Hermanitos, en un verdadero estado de vida contemplativa, del cual ella es signo, la expresión directa, al mismo tiempo que condición evidente de su realización» (AUC, 190).—La misión de las Fraternidades
La separación, como elemento constitutivo de la vida contemplativa no es, en última instancia, sino el revés de una misión. Esta, en el caso de las Fraternidades, está compuesta por un doble elemento: Los Hermanitos de Jesús «deben dar testimonio, gritar el Evangelio con su vida, y realizar en plenitud la contemplación del misterio del Sagrado Corazón de Jesús»
(AUC, 191).–El apostolado silencioso
Cuando a fines de 1985, el Papa Juan Pablo II visitaba la Fraternidad General de las Hermanitas de Jesús en Tre Fontane, Roma, se refirió a este peculiar aspecto de la vocación de las Fraternidades, que consiste en estar presentes en medio de los hombres como «testigos silenciosos de la amistad divina» –así titula Voillaume una de sus cartas al respecto–
(cf. L/I, 335-346):«Yo he pensado muchas veces sobre este problema de vuestra identidad, de vuestro apostolado. Muchas veces me preguntaba, incluso, ¿por qué siempre callan?, ¿por qué no hablan? Pero yo comprendo cada vez más que es algo acertado, que hace falta –en esta gran riqueza, en esta gran diversidad de vocaciones que hay en la Iglesia– tener también esta vocación totalmente excepcional, esta vocación de la presencia, el apostolado de la presencia, para dar testimonio de la verdad, de la realidad de Dios, de Dios que no puede ser expresado con ninguna palabra humana. Hay una sola Palabra, el Verbo, el Hijo, que es siempre para nuestras palabras humanas una realidad absolutamente trascendente. Es entonces un buen camino el expresarlo sin palabras, el expresarlo callando, en silencio, contemplando, adorando, amando.
«Yo quiero con estas palabras confirmar, como lo ha querido vuestra superiora, confirmar vuestra vocación en la Iglesia, y deciros que es una vocación auténtica, actual, necesaria» (Juan Pablo II, Alocución a las Hermanitas de Jesús; Tre Fontane, 22-12-85; Tre Fontane, 22-12-85, «Nouvelles des Fraternités» 12, 1986,7)*.
*[ Parece legítimo preguntarse si no estarían en el pensamiento de Juan Pablo II estas reflexiones, cuando escribía, muy poco tiempo después (16-3-86), su Carta a los sacerdotes, del Jueves Santo de 1986. En ella decía: «Si bien el objetivo es ciertamente agrupar al Pueblo de Dios en torno al misterio eucarístico con la catequesis y la penitencia, son también necesarias otras actividades apostólicas, según las circunstancias: a veces, durante años, hay una simple presencia, con un testimonio silencioso de la fe en ambientes no cristianos; o bien una cercanía a las personas, a las familias y sus preocupaciones; tiene lugar un primer anuncio que trata de despertar a la fe a los incrédulos y tibios; se da un testimonio de caridad y de justicia compartida con los seglares cristianos, que hace más creíble la fe y la pone en práctica» («Ecclesia» 46 (1986) 432)].
En la línea de lo expresado por el Papa, Voillaume había afirmado en 1962 que el apostolado que los cristianos realizan mediante la predicación de la palabra y el ministerio de los sacramentos, no agota todos los medios que Jesús posee en su Iglesia para manifestarse. Porque hay verdades divinas, en particular ciertos aspectos del amor misericordioso con que Dios rodea al hombre pecador, que no pueden expresarse plenamente mediante palabras, sino sólo a través de una cierta manera de vivir. Jesús mismo, Palabra de Dios encarnada, no se contentó con instruirnos con enseñanzas orales. El juzgó necesario manifestarnos los sentimientos de su corazón y ciertas actitudes del amor misericordioso de Dios, a través de su propia manera de ser y de vivir.
«Hay en ello un aspecto fundamental de la revelación que Dios realiza por la Encarnación, y una serie de cualidades del amor de Jesús como Buen Pastor, tales como el respeto, la humildad, la paciencia y la misericordia por los pecadores, que ninguna enseñanza por medio de la palabra podría expresar ni transmitir plenamente. Ahora bien, si Jesús ha querido continuar enseñando y transmitiendo, por los sacramentos, la vida divina a través de la Iglesia, ¿cómo podría dejar de comunicarnos aquello que sólo su manera de vivir podría hacernos comprender?«Aquí hallamos entonces la vocación del Hermanito de Jesús, quien, según la célebre expresión del Padre de Foucauld, debe "gritar con su vida el Evangelio", expresión con la que quiso definir la misión exterior de las Fraternidades y justificar así su forma de vida religiosa» (R-62, 24)*.
*[Aclara Voillaume que «siempre ha habido en la Iglesia, mediante la vida de los santos y el testimonio de los religiosos, una tal enseñanza a través de la vida. La diferencia radica en que los Hermanitos de Jesús tienen una forma de vida religiosa más completamente orientada a esta sola enseñanza de valores evangélicos a través de la vida» (Ib., nota 1)].
Subrayando la virtualidad apostólica de esta presencia silenciosa, dirá Voillaume que los Hermanitos parecen haber sido llamados a manifestar, por su manera de amar, ese respeto misterioso por la libertad de la inteligencia y del corazón que hallamos en Dios: esa paciencia incansable de la misericordia divina, que está humildemente sentada a la puerta del pecador o del incrédulo, y allí espera. Y «manifestar a alguien una amistad enteramente desinteresada, amándole por sí mismo, sin intentar convencerle o traerle a la fe, aunque, desde luego, sin ocultarle nuestra fe, puede ser a menudo la única manera de revelarle la plenitud del amor que reside en Dios»
(L/I, 337).Siguiendo al Padre de Foucauld, los Hermanitos deben dar testimonio, en medio del mundo, de una vida de intimidad con Jesús, sin que ello, sin embargo, sea procurado por sí mismo:
«Nuestra vida de unión con Jesús no es querida por esto, pues ella no es un medio sino un fin en sí misma. Nosotros debemos simplemente estar presentes» (AUC, 191).«Y para que una tal actitud no sea un [mero] método de aproximación, es preciso que sea vivida por los Hermanitos como una imitación del Corazón de Jesús, imitación que sólo puede ser fruto de la vida contemplativa» (L/I, 339).
Asoma aquí el otro elemento que va a delinear la misión de las Fraternidades. Porque si bien la presencia del Hermanito en el mundo se hace necesaria para poder irradiar el Evangelio por medio de su vida, este aspecto de su misión es, con todo, algo derivado:
«Aquello que debemos desear, primariamente y ante todo, es la total comunión con la vida del Sagrado Corazón, que es el fin mismo de nuestra vida y que exige, igualmente, los contactos con los hombres, para ser vivida en plenitud» (AUC, 192).–Redentores con Jesús: el Sagrado Corazón de Jesús y la vida contemplativa de las Fraternidades
Recorriendo a grandes trazos la historia de la vida religiosa contemplativa, el Padre Voillaume señala que a partir de los tiempos modernos, ella tiende a salir del claustro y a penetrar la vida cotidiana de los hombres para asumir, tanto sus necesidades y sus penas, como la expiación de sus pecados. Esto, afirma, parece corresponder a un desarrollo de la espiritualidad cristiana que busca cada vez más su fuente y su camino en la contemplación del misterio del Corazón de Jesús. Las revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María van a abrir una nueva etapa en la oración de las almas contemplativas.
El fin de la contemplación ya no será únicamente la búsqueda sólo de Dios, sino la tendencia a identificarse y asimilarse a la vida del Corazón de Jesús, Redentor del mundo. Esto supone, además, un acento cristocéntrico sobre la vida contemplativa, en la que Jesús comunicará sus inquietudes y sufrimientos, asociándola a su trabajo redentor.
«Es en esta línea donde se insertará la espiritualidad del Padre de Foucauld y sus Fraternidades, centrada totalmente sobre el misterio del Sagrado Corazón de Jesús Redentor. Ya hemos hecho notar esta particularidad de la espiritualidad del Padre, quien desde un comienzo asoció a la vida de Nazaret la intensa actividad redentora del Sagrado Corazón [...], ese impaciente deseo de salvar, por la inmolación de sí mismo, del cual el alma del oscuro obrero de Nazaret debía desbordar, en el silencio de sus relaciones con el Padre» (AUC, 195).También los Hermanitos deberán centrarse en el Corazón de Jesús, si buscan penetrar en el misterio de Nazaret:
«La vida de Nazaret es Jesús permaneciendo treinta años sin actividades exteriores definidas: un Hermanito no puede vivir en Nazaret si su vida entera no está en conformidad con la vida y con la actividad íntima de Jesús, con la de su Sagrado Corazón» (L/I, 289).Si bien son muy pocos los textos en los que Charles de Foucauld se refiere a la devoción al Sagrado Corazón considerándola en sí misma, advertimos, sin embargo, con facilidad, que la vida del Corazón de Jesús se encuentra para él subyacente a todo, y emerge a cada instante como algo tan natural, que pareciera hacerle innecesaria una referencia más explícita. El culto al Sagrado Corazón es, en el Hermano Carlos, inseparable del de la persona misma de Jesús. Y la necesidad imperiosa de asemejarse al Señor que él experimenta desde un comienzo, lo lleva a querer conformarse con los sentimientos de su Corazón. Esta búsqueda de conformidad hace nacer en él un deseo de inmolación, que se expresará primeramente en el anhelo del martirio. Pero habrá luego en él una actitud de constante inmolación interior, traducida particularmente en su voluntad de parti