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UN CURA AFILADOR

LUIS PERNÍA IBÁÑE

Periódico SUR, Málaga 27/07/08

CARLOS García Batún, el ‘hermano Feliciano’ para los amigos, era un cura, que allá por los años sesenta, se hizo afilador para poder estar cerca del mundo obrero y próximo y disponible a  cualquier persona que necesitara de él. En realidad quería ser cura afilador trashumante para ir de pueblo en pueblo y así, de esta manera, poder acompañar algunos días a los sacerdotes que estaban solos

Se fue a vivir a la Pesebrera, un conglomerado chabolista ubicado junto a la barriada de Dos Hermanas, la mayoría sin agua y sin baño, donde vivían familias venidas del campo en busca de trabajo, o personas que tenían especial dificultad para encontrar trabajo ya que habían «perdido» la guerra y tenían que presentarse puntualmente cada mes en el cuartelillo de la Guardia Civil, y también personas buscavidas en la chatarra o en la «lotería de los domingos», como el caso del conocido El Lute, que tenía una chabola en este lugar.

Lo vecinos del barrio le llamaban Don Carlos y no sólo se acostumbraron a su presencia, sino que se sentían orgullosos de ella. Su trabajo de afilador le posibilitaba estar cerca de muchas personas, como era el caso de Rogelio, Paco, Antoñita,  la María y tantas otras que vivían en la Pesebrera. Al entrar en el n°15 se topaban con él afilando, y Carlos, parando el esmeril y quitándose la gafas protectoras, comentaba lo bien que le estaba quedando el afilado e invitaba al recién llegado a exponer su problema.

Este ambiente con la gente de la Pesebrera está lleno de anécdotas que manifiestan su vocación de proximidad y desprendimiento, como aquella en la que un joven sacerdote dominico, recién incorporado al mundo del trabajo como mecánico electricista de automóviles, expresaba sus preocupaciones y Carlos le contestaba «no te inquietes, yo soy afilador, pero en mis inicios cuando me traían tijeras o algo mas fino le decía a la cliente que viniera al día siguiente; entonces me vestía y me acercaba al Pasaje de Chinitas y mi amigo Manuel Ocón, me lo afilaba. Cuando la cliente regresaba al día siguiente ya lo tenía afilado, y además de presentarle un producto bien terminado, le cobraba menos de lo que a mi me había costado».

El mundo de la Pesebrera, como tantos otros ghettos en Málaga en los años sesenta, era desconocido, a lo sumo visitado por las niñas de un colegio de monjas que venían a repartir algunas cestas de Navidad. Sin embargo, los sacerdotes, religiosos y religiosas, y militantes cristianos entendieron, al calor de Carlos, que evangelizar era encarnarse, vivir las condiciones de pobreza y exclusión de los trabajadores y gente humilde. Su impacto fue grande y personas tan significadas como Don Ramón Buxarais expresaron su deseo de ir a vivir allí.

Pero Pesebrera 15 no sólo era posada y lumbre para la gente del lugar. Los años sesenta conforman una década de reivindicaciones y luchas por una sociedad más democrática y justa, «Habrá un día que todos al levantar la vista veremos una Tierra que ponga Libertad» cantaba Labordeta, que como otros tantos cantautores de la época, reunía todas la sensibilidades sociales que la gente expresaba encendiendo sus mecheros en aquellos especiales lugares, siempre llenos. En este tiempo las palabras libertad, solidaridad o amnistía eran motivo de detención o represalia. El caso es que a este lugar con estas inquietudes. acudían cristianos de la HOAC, religiosos y religiosas de diversas instituciones, sindicalistas y militantes cristianos.

Los miércoles por la tarde muchos de estos cristianos se reunían en esta casa para celebrar la eucaristía. El Evangelio sonaba lleno de sentido en este ambiente de Nazaret y aplicarlo a la vida diaria era fácil. Las explicaciones de Carlos llenas de sencillez y engarzadas en la vida diaria llegaban al corazón y significaban un impulso transformador de la sociedad para aquellos jóvenes. Las sentadas en el suelo o en los escasos banquillos no eran óbice para poner sobre la mesa los problemas del hotel, de la fábrica o de la obra, o para ayudar a familias en dificulta de económicas o alimenticias. La propuesta de Carlos era siempre la de vivir la vida de Nazaret; sentir, gozar y sufrir con la gente humilde y pobre. Las personas se sentían unidas, cercanas y atentas a las preocupaciones de los demás. No sabían si la semana siguiente estarían todas presentes o faltaría alguna debido a las frecuentes detenciones. Para ello tenían una caja de resistencia donde ponían de su sueldo cada cual lo que podía.

Los sindicalistas y militantes obreros también encontraron en la casa de Carlos un lugar de donde reunirse, preparar las acciones reivindicativas, buscar ayudas para las personas encarceladas por la defensa de los derechos democráticos o para ayudar a sus familias. Pesebrera 15 fue durante aquellos años una puerta abierta a las inquietudes políticas y sindicales que cristalizaron en importantes acciones reivindicativas en la calle y lugares de trabajo.

Como en la película ‘Queimada’, Carlos García Batán, el hermano Feliciano, se ha ido, pero su espíritu sigue vivo en este lugar que ya no es la Pesebrera, sino este mundo globalizado donde el vértice económico lo ocupan cada vez menos personas, mientras las mayorías siguen sometidas a los vaivenes de la pobreza, el deterioro ecológico y de las incertidumbres económicas, en un contexto de crisis de valores donde parece valer mas por lo que tienes que por lo que eres.

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