El PAPEL DE LAS INSTITUCIONES INTERNACIONALES EN LA CONSTRUCCIÓN DE UN ORDEN GLOBAL JUSTO Y DEMOCRÁTICO 

Toni Comín

Profesor de Filosofia Social a ESADE. Miembro de Cristianismo y Justicia, Barcelona. Ha publicado algunos libros sobre fe y política y sobre la globalización.

 

1. Globalización vs. Estado del bienestar nacional

Sé que habéis escuchado a Arcadi Oliveres, mi amigo y maestro, un maestro en todos los sentidos, no sólo porque fue profesor mío en la universidad, sino porque muchos de los jóvenes  implicados en movimientos sociales lo consideramos un maestro en el sentido más global de la palabra. Intentaré entonces no repetir lo que puedo imaginar que Arcadi ya os ha explicado, aunque es necesario, para el tema de esta tarde: “Cuál es el papel de las instituciones internacionales” y “Cuál es el papel de la Unión Europea”,  hacer un poco de repaso del contexto en el que nos encontramos ahora. En este sentido empiezo la charla de hoy refiriéndome, como lo ha hecho Arcadi, a la evolución de la economía internacional en las últimas décadas.

Antes de entrar en materia, quiero decir que creo que el estado de ánimo con el que nosotros, la sociedad civil, los ciudadanos, estamos pensando sobre las cuestiones del mundo actual, es un estado de ánimo de preocupación: tenemos  la sensación de que hemos retrocedido en relación a la justicia social. Tenemos la sensación de que la sociedad era más justa en los años 60 y principios de los 70, y que en los últimos 20 o 30 años hemos retrocedido en lo que a la justicia social se refiere. Trataría  de explicar primero si esta percepción es correcta o no es correcta.  En segundo lugar, en el caso de que se trate de una percepción correcta, de ver las causas que nos han llevado a esta preocupación.

Situémonos, por un momento, en los años 60 en Europa. Vivíamos el momento de máxima madurez de lo que llamamos estado del bienestar.  El estado de bienestar era un pacto entre las fuerzas del capital y las fuerzas del trabajo, un pacto entre los empresarios y los sindicatos; y un pacto entre los partidos liberales burgueses, democristianos, y los partidos socialistas comunistas. Siempre contando con esta doble presencia. Y el pacto consistía en lo siguiente: la base de la sociedad era un sistema económico capitalista. Un mercado capitalista, con competencia, con libertad de empresa, con propiedad privada ¿Cuál había sido la experiencia histórica de Occidente estos últimos 200 años? El capitalismo genera desigualdad, explotación, injusticia social, inestabilidad - me refiero a una inestabilidad económica. El capitalismo completamente libre no es sólo un sistema injusto, sino que en cierto sentido ni siquiera es un sistema eficiente, porque no es estable.

¿Qué efectos tenía el pacto del bienestar? El pacto entre las fuerzas socialistas y las fuerzas liberales de las sociedades de Europa consistía en aceptar que la base de la sociedad es un sistema económico capitalista, un mercado. Pero al lado de este gran juego con unas reglas concretas que es el mercado, teníamos otro juego con otras reglas distintas, que es el Estado, un Estado en una democracia, el Estado democrático. Este Estado con la función de, justamente, corregir las disfunciones, los problemas, las injusticias del sistema económico. Estamos hablando entonces  de un estado intervencionista: un estado que interviene en la economía capitalista, un estado que redistribuye.  Estamos hablando de una segunda distribución, porque alguien  ha hecho una primera distribución de la riqueza social: este alguien ha sido el mercado capitalista. Pero como el mercado capitalista distribuye mal, se hace necesario que el estado intervenga  repartiendo de otra manera, en una segunda distribución, con un resultado un tanto más igualitario. Las diferencias entre tener un estado de bienestar y no tenerlo son muy importantes. Estadísticas actuales lo confirman. Vamos a verlo.

En los países europeos en los que hay un Estado de bienestar más fuerte, que son los  escandinavos, hay un 5% de población en situación de pobreza. Los países occidentales en  los que hay menos Estado de bienestar, donde el Estado es más débil, es decir, los países anglosajones, Estados Unidos, Inglaterra, Nueva Zelanda, la pobreza supera el 15%, es decir, 3 veces más. No es para tomarlo a broma.

Pero volvamos a los años 60. Teníamos un sistema social relativamente estable, en el que el mercado capitalista tenía una capacidad muy grande para generar riqueza. El capitalismo es eficiente, genera prosperidad, pero no sabe distribuirla. El estado democrático, basado en la democracia de los partidos políticos, en las elecciones, intenta redistribuir un poco esta riqueza que el mercado sabe crear, pero no sabe distribuir. Esto era el Estado de bienestar, un sistema social que no era el colmo de la justicia porque seguía habiendo muchos problemas de justicia, pero en él había una cierta tranquilidad social.

Tengamos en cuenta que el criterio de funcionamiento para el mercado es la eficiencia. En  nombre de la eficiencia, el mercado, las empresas, hacen barbaridades desde el punto de vista humano. Pero el criterio de funcionamiento del estado de bienestar eran los derechos sociales. En el nombre de los derechos sociales el estado protegía a los ciudadanos. Y todavía lo hace. Hay una especie de tira y afloja entre la dinámica del estado y la dinámica del mercado, que va en la dirección opuesta. Era un equilibrio de fuerzas porque, decíamos, en nombre de la eficiencia, lo que le pide el cuerpo a la empresa -sin convertir a la empresa en el malo de la película, sino como problema estructural- es “maltratar” a la gente: minimizar costos, abaratar el despido, abaratar el subsidio de paro, etc. Barbaridades sociales en nombre de los derechos del capital. Lo que le pide el cuerpo al Estado, en cambio, es lo contrario: proteger a la gente, garantizar los derechos sociales. Se trata de un equilibrio entre estas dos fuerzas, la que nos crea riqueza y la que nos garantiza los derechos de las personas. ¿Cómo había sido posible esto, por qué se había dado este pacto en Europa en los años 60, por qué los fuertes, que eran las fuerzas del capital, habían cedido y habían permitido que se instituyera un Estado que interviene y que redistribuye? Por muchos motivos.

Uno de los motivos era que existía el coco. Había un personaje al lado de Europa Occidental que daba mucho miedo. Era la Unión Soviética. Las fuerzas del trabajo occidentales estaban dispuestas a renunciar a la vía soviética si a cambio se imponía el Estado de bienestar. Pero hay que darse cuenta de que fue necesario que hubiera un coco infundiendo miedo, para que el estado de bienestar se pudiera desarrollar en Europa. Dando mucho miedo a las fuerzas del capital, al mundo capitalista, a los poderes de las sociedades liberales hasta aquel momento.

 

2. La globalización económica y sus causas

¿Qué es lo que ha sucedido en los últimos 30 años? Había un equilibrio de fuerzas, el mercado tira para un lado y el estado para otro. Y, si las dos fuerzas son similares, permanecemos en el mismo punto. Pero es como si por algún motivo el Estado hubiera perdido fuerza y el mercado la hubiera ganado. Éste es el punto en el que estamos hoy. Y a esto nos referimos, al menos en parte, cuando hablamos de globalización. La globalización es un proceso que hace que el mercado gana fuerza -ya explicaremos por qué-  y que el Estado la pierde, con lo cual las bases de este pacto social-liberal en que se fundamenta el Estado del bienestar se debilitan.

¿Qué ha pasado? En los últimos 30 años, un par de elementos han modificado el escenario. El primero: se acabó la guerra fría, desapareció el coco, con lo cual las fuerzas de la propiedad privada, los señores de la economía, ya tienen menos motivos para ceder. Han ganado la guerra. El segundo,  que es tan o más importante que éste: aparecen las nuevas tecnologías de la comunicación y la información ( Internet, los ordenadores, la informática ). Gracias a estas nuevas tecnologías y gracias a que la Unión Soviética pierde la guerra fría, se produce un hecho importante, y es que el espacio en el que las empresas operaban hasta aquel momento, que era más o menos el espacio de su país, pasa a ser el espacio del mundo entero.

Esto sería la globalización. Hablamos de globalización porque el espacio del mercado pasa a ser el mundo global. El mercado es un lugar en el que los empresarios alquilan trabajo, contratan trabajadores, alquilan capital, van a los mercados financieros a conseguir dinero. Luego producen y luego venden sus productos. Todo esto es el mercado. En los años 60 en una empresa francesa, trabajan básicamente trabajadores franceses, su fábrica está en Francia, su dinero procede de un banco francés y, si producía zapatos, los vendía en Francia. Gracias a las nuevas tecnologías, gracias a que los precios del transporte (barco,  avión...), han ido bajando, gracias a que se acabó la guerra fría, gracias en fin a una serie de factores, ahora un empresario francés puede instalar su fábrica en Marruecos, de manera que los trabajadores ya no son franceses, sino marroquíes; puede pedir el dinero a un banco norteamericano y vender los zapatos en Indonesia y en Moscú. Eso quiere decir que, para este empresario, el mercado deja de ser Francia: para este empresario el mercado ha pasado a ser ahora el mundo entero.

La globalización es la ampliación de la libertad de movimientos de los factores productivos, que técnicamente son el capital, el trabajo, los bienes y los servicios. Hasta los años 70, en el mapa de la economía mundial, teníamos el mercado inglés, el mercado francés, el mercado alemán... Es decir, que los espacios económicos se correspondían más o menos con los distintos países. A medida que desaparecen las barreras comerciales, se incorporan nuevas tecnologías y deja de existir el bloque soviético, es como si estos distintos mercados se hubieran fundido en un único mercado global. En resumen, la globalización es la integración (la palabra clave es integración) de las distintas economías nacionales en una única economía mundial.

Y aquí tenemos un primer problema: el pacto del estado de bienestar funcionaba cuando la escala del Estado se correspondía con la escala del mercado, es decir, el Estado francés podía regular la economía francesa. El ministro de economía francés podía llamar a los empresarios y decir: “Voy a  aumentar los impuestos, y ustedes obedecerán, porque aquí mando yo, porque esto es una democracia y a mi me han elegido los ciudadanos”. Pero a partir del momento en el que todas las economías se funden en una única economía global, nos encontramos con un único mercado mundial, y en cambio la democracia continúa siendo compartida entre los distintos estados. Esta es una de las causas que explican que se haya roto el pacto social-liberal, que el Estado, en aquella tensión de la que hablábamos antes, haya perdido fuerza y que el mercado haya ganado fuerza.

¿Qué país puede regular los mercados mundiales, quién va a regular el mercado mundial? Nadie. ¿Cómo va a  poder, el ministro de economía de Italia regular el mercado mundial, o el de Alemania...? Eso es completamente imposible.  Pero hay la excepción,  aquella que dicen que confirma la regla, sí  hay un país con capacidad para regular la economía mundial, un único país: los Estados Unidos. Lo regula en función de sus intereses. Si el estado francés regulaba la economía francesa en función de los intereses de Francia, Estados Unidos regula la economía de todo el mundo, no en función de todo el mundo, sino en función de los Estados Unidos. Ésta es la globalización. Esto es lo que tenemos hoy.

Recordemos  el cuento del cascabel y el gato. El capitalismo del siglo XIX era como el gato que se comía a los ratones, creaba crisis sociales y devastaba la sociedad. Las ratitas, que son la sociedad, se inventaron un collar con un cascabel, y se lo pusieron al gato. Este collar era el estado de bienestar: gracias al cascabel, el gato ya no se comía a la gente. Pero con la globalización, todos los gatos del vecindario, que son los diferentes mercados, se han fundido y se han convertido en un tigre. Y ahora nos enfrentamos a un tigre, y en cambio continuamos con collarines medida de gato: cada estado es un collar a medida de gato, pero todavía no sabemos cómo construir un collar para la talla de un tigre Y éste es el reto.

 

3. La necesidad de una regulación democrática global

Volviendo a los conceptos y dejando las metáforas: ¿cómo podemos construir estructuras políticas mundiales que permitan regular los mercados mundiales? ¿Cómo construir estructuras de democracia global, mundial, que sirvan para regular el mercado mundial? De la misma manera que construíamos democracias nacionales en los años 60, en este momento, o se construyen a escala global, o estamos abocados al fracaso. Hay que inventar, y pongamos todas las comillas que sean necesarias, un “estado mundial”.

Éste sería el horizonte final, un “estado mundial” para que la economía mundial no esté regulada por los Estados Unidos en función de sus intereses, para que la economía global esté  regulada por este “Estado mundial” en función de los intereses de todo el mundo. Se trata de construir un “Estado mundial” democrático: éste ha de ser el objetivo. Hay  una distancia  muy larga hasta llegar a este “Estado mundial”, como idea utópica. La historia nunca se ha hecho subiendo de tres en tres los escalones de una escalera; apenas somos capaces de subir uno a uno, escalón por escalón, y no podemos saltar tres escalones de golpe ¿Cuáles son los pasos que hay que dar para avanzar hacia este estado mundial?¿Qué es lo que hay que hacer? Intentemos proceder con orden: ¿Quién tiene que hacer las cosas, quién puede hacerlas?          Y ¿cuáles son, entre éstas, las cosas más importantes a corto plazo?

Me referiré en primer lugar al “quien”: ¿Con qué instituciones podemos avanzar hacia el estado mundial? Y ¿cuáles son las primeras reformas que podemos esperar de estas instituciones? Hay tres grupos de elementos actuantes ( instituciones,  grupos sociales, grupos políticos) en el panorama mundial. Tres grupos de elementos que pueden empujar favorablemente en la dirección de este “Estado mundial”.

Antes que nada, y obviamente,  las  Naciones Unidas, porque las Naciones Unidas son, de hecho, un embrión, aunque no desarrollado, de “Estado mundial”. Es la única estructura política pública mundial. En las Naciones Unidas hay dos tipos de organismos, los que ya tienen poder de verdad y los que no lo tienen. En los que sí tienen poder de verdad mandan los Estados Unidos y, apurando mucho, Europa, siempre subordinada a EEUU.  En cambio los organismos de la ONU democráticos  carecen de poder.

Las instituciones dotadas de poder son el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Banco Mundial (BM). Y tienen poder porque tienen dinero o porque regulan la economía mundial. Pero quien manda sobre ellas son los Estados Unidos. Prestan dinero a los países pobres para que intenten desarrollarse. De manera que el dinero lo ponen los países ricos, pero luego cada país vota en función del dinero que ha aportado. Estados Unidos ha puesto un 17% del capital, y casualmente los Estados Unidos impusieron después de la II Guerra Mundial que la minoría de bloqueo para aprobar una decisión en el FMI y el BM fuera del 17% de los votos. Esto quiere decir que no se puede aprobar ninguna decisión en estas instituciones sin el visto bueno de los Estados Unidos. Es decir, son ellos quienes mandan.

Estas instituciones son, en principio, beneficiosas para el Tercer Mundo: dejan dinero a los países del tercer mundo para  desarrollo: esta es una finalidad contemplada  en los estatutos, pero  la realidad es que estas instituciones prestan  dinero a los países del tercer mundo a condición de que organicen su economía de la manera más favorable para Estados Unidos, para Europa, para Occidente. Dejan dinero a los países de África o de América Latina a condición de que reformen sus sistemas económicos de acuerdo con los intereses de Occidente. Como que estos países están muy, muy necesitados de dinero, habitualmente, década tras década, llevan 50 años cayendo en la trampa. Piden dinero a estas instituciones, que les imponen sus condiciones; han de aceptar las condiciones, y quien hace el gran negocio es Occidente. Estos países, en vez de avanzar, retroceden: no todos de la misma manera, pero ninguno de ellos funciona como debería, aunque hay diferencias entre ellos. Estas instituciones tienen mucho poder: son como un Ministerio de Economía mundial, gobernado por los Estados Unidos. En el FMI, en el BM mandan los Estados Unidos. En  la OMC el poder está más repartido entre los Estados Unidos y Europa. También tiene bastante poder la OMC: no deja dinero, pero hace otra cosa muy importante, y  es regular el comercio internacional.

Estas tres instituciones están regulando la economía mundial en función de los intereses de Occidente. El Consejo de Seguridad es la otra gran institución de las  Naciones Unidas dotada de poder. Lo tiene  porque deciden, no sobre la riqueza y pobreza de las naciones, sino nada menos que sobre la paz y la guerra. En el Consejo de Seguridad hasta ahora mandaban Estados Unidos y Europa, la Unión Soviética bastante y, un poco, China. Sabemos que hay  cinco miembros permanentes, y éstos  son los que tienen derecho a veto. Mientras Estados Unidos y Europa han ido de la mano durante toda la guerra fría, hacían que el poder militar de los Estados Unidos fuera de la mano del poder político del Consejo de Seguridad.

Ahora, en cambio, en el caso de la guerra de Irak, y por primera vez en 50 años, se ha roto la coalición entre Estados Unidos y Europa, de manera que  el poder político del Consejo ha ido por un lado pero, como lo que cuenta es el poder militar, los Estados Unidos han prescindido del Consejo de Seguridad y han decidido hacer la guerra. Es decir, a partir de la guerra de Irak es discutible que el Consejo de Seguridad sea un organismo realmente dotado de poder. El Consejo vetó esta guerra, pero la guerra se hizo. Pero hasta ahora el Consejo de Seguridad era poderoso y, de la misma manera que hemos visto que el poder de las instituciones financieras (Fondo, Banco, OMC) no era democrático, lo importante del Consejo de Seguridad - más allá de si ha entrado en crisis o no, más allá de si tiene poder o no tiene tanto poder - lo que nos importa es darnos cuenta de que tampoco el Consejo de Seguridad era democrático. Y no lo era porque había en él cinco países con derecho a veto,  los cinco países ganadores de la Segunda Guerra Mundial. Los demás eran simples espectadores.

Este es el primer grupo de instituciones de las Naciones Unidas. El primer objetivo sería democratizarlas. El Consejo de Seguridad en primer lugar ¿Cuántos bloques políticos-económicos hay en el mundo? Está  Estados Unidos, América Latina, Europa, Rusia, el Mundo Árabe y África Negra. Son bloques que responden a criterios que responden a realidades políticas, culturales y económicas. Después, tenemos tres bloques más: China, India y el Sureste Asiático. Tenemos, pues, el mundo organizado en regiones, no en continentes ¿Cómo tendría que ser un Consejo de Seguridad democrático, es decir, una ONU democrática con un Consejo de Seguridad democrático? Los miembros permanentes con derecho de veto deberían ser al menos uno por bloque, ya que el derecho de veto significa poder real en el Consejo: uno por Europa; uno por Estados Unidos; un país de África Negra que represente los intereses del conjunto, Sudáfrica o Nigeria, por ejemplo; un país de América Latina, etc. Observemos qué está haciendo el presidente de Brasil, Lula, en estos últimos meses.  Cada vez que viene a Europa, agradece las felicitaciones y las palmaditas en la espalda, pero su reivindicación es un puesto de miembro permanente del Consejo de Seguridad.

Es decir,  el primer objetivo es  reformar el consejo de seguridad para que sea más democrático; que esté presente China es importante,  pero también tiene que estar ahí  la India, que tiene una población de 1.000.000.000 de personas, lo cual significa casi un 20% del mundo. Reformular las instituciones nacionales hoy significa democratizarlas para que, siendo democráticas, puedan regular esa sociedad mundial de una manera más justa. Así, en el Fondo Monetario Internacional, la distribución de voto no puede ser en función del dinero que se aporta, sino que debería ser, en nuestra opinión, en función de la población representada. En cualquier caso, un primer objetivo es democratizar todas las instituciones internacionales dotadas de poder de acción.

Pero también existen en la ONU instituciones que no tienen poder, las instituciones con competencias sociales: la OMS, que se dedica a las cuestiones de salud; la OIT, que se dedica a las cuestiones relativas al derecho de los trabajadores; la UNESCO, a la educación y cultura; el PNUMA, al  medio ambiente; el PNUD, que actúa específicamente en la cuestión de la pobreza; la UNICEF, etc. Estas instituciones en principio tendrían que servir para construir el “Estado de bienestar mundial”,   pero de hecho son sólo una cáscara vacía, sin ningún poder de regulación de la sociedad mundial efectivo. Por ejemplo la OMS debería garantizar el derecho a la salud de la humanidad en su conjunto, pero no puede hacerlo sin poder, sin dinero, sin medios. La OIT tampoco puede hacer lo que se propone porque no tiene competencias.

Si la OIT, que debería garantizar los derechos de los trabajadores de todo el mundo,  se trasladara al norte de Méjico y quisiera  reivindicar derechos laborales para los trabajadores de aquella zona donde hoy ponen sus fábricas las multinacionales de los EEUU, los EE UU, después de haber invadido Irak, invadirían la OIT. Porque los Estados Unidos están haciendo un gran negocio en el norte de Méjico, donde las fábricas que antes quedaban al norte  de las frontera de EEUU con Méjico, ahora se han trasladado al sur. Méjico ha aceptado esta situación porque así puede ofrecer algo de trabajo a la gente. Pero los que han hecho de verdad el gran negocio son las empresas norteamericanas, que ahora pagan una tercera parte de impuestos y de salarios, porque en Méjico no hay derechos laborales como en cambio sí los hay en Estados Unidos.

El segundo objetivo, por lo tanto, sería reforzar las instituciones internacionales que pertenecen a las Naciones Unidas,  una especie de gran universo institucional que en conjunto forma las Naciones Unidas. Habría que dotar a este grupo de instituciones sociales de más poder, de más recursos financieros, de más capacidad legislativa, de todo aquello de lo que ahora carecen. Observemos que hay unas instituciones que tienen poder sin legitimidad, y hay otras que tienen legitimidad sin poder. Es necesario dar legitimidad a las que no la tienen y  poder a las que les falta el poder. 

Tenemos un caso reciente, que puede funcionar como ejemplo de lo que quiere significa tener poder y legitimidad a la vez. Es un buen ejemplo de la realidad histórica reciente: se trata del Tratado de Kyoto. Impulsado por Europa y ayudado por América Latina, es un acuerdo en el que todos los países deciden tomarse en serio el tema del medio ambiente  y deciden que el mercado, las empresas,  no tienen derecho a destrozar el equilibrio ecológico del mundo. Esta es una lógica propia del Estado de bienestar global, es una intervención política a escala global para poner un freno a las empresas y al mercado, una intervención política que en este caso no tiene como objetivo los derechos sociales de las personas, sino otro derecho que es el derecho de la supervivencia del planeta. Éste es un buen ejemplo de un acuerdo político global dotado al mismo tiempo de  poder y de legitimidad.

El segundo ejemplo similar sería el del Tribunal Penal Interncional (TPI). Creado hace dos años, puede ser la primera piedra de este estado mundial democrático. Es una auténtica novedad. Veamos: todas las instituciones que hemos visto hasta ahora tienen por encima de ellas al Estado. Cuando se crea una institución internacional, ¿quién tiene que tener más poder, jurídicamente hablando, quien queda por encima, los Estados que la crean o la institución? Los Estados. Ellos han creado la UNESCO, el FMI, etc., y ellos quedan por encima de estas instituciones. Nunca un Estado se pone por debajo – le reconoce un poder superior – a una institución internacional. Por esto las llamamos instituciones inter-nacionales, y no supra-nacionales (por encima de los Estados).

Pero el TPI es el primer ejemplo de todo lo contrario. En un ejercicio milagroso, los estados han creado una institución y la han puesto por encima de ellos, como si se hicieran el haraquiri: al crear un TPI, todos los firmantes  del tratado del TPI quedan sometidos a este tribunal. ¿Cómo ha sido posible esto? Lo ha sido porque el tribunal apunta a cuestiones fundamentales de la humanidad, a lo más elemental: los genocidios, los asesinatos masivos, los crímenes contra la humanidad. Precisamente la prueba de que el TPI tiene legitimidad y tienen poder es que Estados Unidos no quiere participar en él. Estados Unidos no tiene ningún problema con el FMI, porque ahí manda; Estados Unidos no está preocupado por estar o no estar en la OIT porque la OIT no tiene ningún poder. No quiere estar en el TPI porque allí sí hay legitimidad y poder.  Lo mismo sucede con China, que es una candidata, en el futuro, a gran potencia: tampoco quiere estar en el TPI. Ésta es la prueba de que el TPI tiene la vocación de sumar el poder y la legitimidad.

 

4. Las otras columnas del “Estado” democrático global

Imaginemos ahora que tuviéramos unas instituciones internacionales dotadas, todas ellas, de  poder y de legitimidad; imaginemos que las instituciones económicas fueran democráticas y que las instituciones sociales tuvieran poder. Este sería un paso adelante muy importante para conseguir el “Estado del bienestar mundial”. Podemos imaginar estas instituciones democráticas como una utopía, para dentro de 50 años, pero ya estamos avanzando en esta dirección aunque no nos lo parezca.

Hay un filósofo, Walzer, que propone lo siguiente. El orden político mundial, dice, necesita dos columnas, es decir, esta ONU más democrática y más legítima que hemos imaginado, para ser sólida, necesitaría dos piernas, como si se tratara de un cuerpo y necesitara dos piernas para apoyarse. Una primera pierna serían la regionalización: un mundo más democrático requiere estar organizado en uniones regionales. No es posible tener una ONU democrática si se apoya en un mundo dividido en doscientos Estados: algunos de ellos inmensos y poderosísimos, bien  porque tienen muchas empresas, o porque tienen muchas armas, o porque tienen mucha población; algunos Estados con poquito poder; y otros que no tienen nada de poder. Actualmente, hay  una desigualdad muy grande en la distribución de poder político. Este mundo de 200 estados es un “desorden” político. Organizar el mundo en “federaciones regionales” supondría una manera equilibrada de ordenar el mundo. En un mapamundi regionalizado tendríamos “unidades políticas” que seguirán estando en una situación asimétrica, ya que habría algunas federaciones regionales más poderosas y otras menos poderosas. Pero sería más equilibrado.

Un ejemplo: es muy distinto que Senegal negocie con Estados Unidos a que la Unión Africana, si de verdad existiera y funcionara bien, negocie con Estados Unidos. ¿Qué hemos hecho en Europa? Hemos sido los primeros en darnos cuenta de que, para mantener un cierto peso en la política mundial,  había que agrupar a todos los Estados europeos y crear una “federación regional”, que es la Unión Europea. Otro tema es que no quieran llamarle “federación”, para que los británicos no se pongan nerviosos: ellos quieren un mercado y no quieren un estado. En el continente, en cambio, muchos queremos un “estado europeo” democrático, que es lo más justo. Otro asunto es que este “estado europeo” democrático tendría que respetar la diversidad cultural, tendría que ser un estado plurinacional. No es posible hacer una “federación europea” sólo alemana, o sólo francesa, o sólo italiana. Esta federación europea que ya estamos construyendo tiene que ser un estado democrático europeo, de todos.

Los latinoamericanos también han sido capaces de hacer su federación regional, que ya está dando pasos: es el Mercosur, un acuerdo entre Argentina, Brasil, Uruguay, y Paraguay. Es un paso hacia la “Unión Latinoamericana”. En África se ha creado ya la Unión Africana. Y en el  sureste asiático lo están también intentando. Y si China no lo hace es porque ya es, en sí misma, una federación regional. Y tampoco la India. Fuera de la India, la China, Estados Unidos y Rusia, los cuatro monstruos políticos, los demás deberían agruparse y reordenarse.  

Miremos lo que ha hecho Lula al llegar al gobierno. Lo primero que hizo Lula al ganar las elecciones fue cancelar el gasto de aviones para el ejército y dedicarlo completamente a partidas sociales. Después dio título de propiedad a todos los habitantes de las favelas diciendo: “El trocito de tierra donde has puesto las latas que hacen de muro de tu casa, ese trocito es tuyo”. Éstos eran los gestos para explicar cuáles son las prioridades de su política. Pero aparte de los gestos, su primera gran operación fue irse a ver a los argentinos, chilenos, uruguayos, paraguayos, para intentar acelerar al máximo la creación de una federación regional. Como país grande de América Latina, Brasil la quiere liderar, en beneficio de todos. Y establecer una moneda única latinoamericana. Y un Parlamento Latinoamericano. Lula tiene claro que para que la ONU sea democrática es importante avanzar en la dirección de las federaciones regionales. Y que si Brasil quiere tener un puesto en el Consejo de Seguridad tiene que hacerlo como representante de América Latina: es la única manera de conseguirlo. En síntesis, esta regionalización del mundo, sería una de las patas de este estado democrático mundial más o menos utópico.

Pero hay todavía una última pata. Tenemos los estados agrupados en “federaciones regionales”, tenemos la ONU democratizada en sus sistemas de voto. Falta un tercer elemento, la otra pata, que es el alma del proceso: los movimientos sociales, la sociedad civil mundial. La sociedad civil mundial la forman los  millones de personas que se manifestaron en todo el mundo el pasado mes de febrero en contra de la guerra, por poner un ejemplo. Esto es la sociedad civil mundial: el Forum de Porto Alegre, los del Paseo de Gracia, los miembros de las ONG globales y locales, etc., todo este magma de gente que está reivindicando un mundo más justo. Este asociacionismo ha existido desde hace muchas décadas, pero ahora también se está globalizando. De la misma manera  que se globaliza la economía, se globaliza la sociedad civil. De hecho, en nuestro mundo de hoy parece que se globaliza todo menos los estados: los mercados, las empresas, la sociedad civil, los medios de comunicación... El movimiento a favor de una globalización justa es un movimiento global. La sociedad civil siempre es el alma de los procesos de avance democrático, porque es quien pone los principios, los valores, la ética, el reto. Es el alma.

Teníamos el cuerpo de este estado democrático mundial: las Naciones Unidas democráticas y las “federaciones regionales”, y ahora tenemos el alma, que es la “sociedad civil global”. Esto no vale sólo para el mundo, sino para cualquier democracia en cualquier momento de su historia. Esto lo conocemos en España y en Europa. Si dejamos la democracia sólo en manos de las instituciones, del Parlamento, de la Administración pública, de los partidos, si la gente no se siente protagonista de esta democracia, la democracia se irá empobreciendo. Es así que se llega a la apatía política, e incluso a la corrupción, y las instituciones pierden fuerza. Los movimientos sociales sirven para estimular constantemente el “cuerpo” político –las instituciones- y mantenerlo vivo.  Concluyendo este punto:

a)      hay que democratizar las instituciones que ahora tienen poder, como es el caso del FMI, y hay que dar dinero y más cosas a las instituciones que ahora tienen legitimidad pero no tienen dinero, como por ejemplo la OMS o la OIT.

b)      además, hay que avanzar hacia un mapa mundial ordenado en federaciones regionales: la Unión Europea es hoy el espejo en el que se miran los africanos, los latinoamericanos a la hora de mirar su unión regional. Fijémonos que en el tema de las federaciones regionales, quienes están en una situación más problemática son los países el mundo árabe. Nos llevaría mucho tiempo hablar de este tema. Paradójicamente el mundo árabe es la civilización que tiene más conciencia de unidad, porque los Estados, para los árabes, son una realidad artificial. Los árabes sienten que pertenecen a la gran comunidad islámica, la gran comunidad árabe, más que a su Estado particular. (Identificamos por un momento mundo islámico y mundo árabe, aunque sabemos que son nociones diversas). Occidente lleva 200 años encargándose de que los árabes estén lo más divididos posible entre ellos, para que no establezcan una unión regional, que parece que nos generaría muchísimo miedo. Pero otra unión regional posible es, en cualquier caso, la del mundo árabe.

c)      y además ya tenemos la sociedad civil mundial -y aquí podemos imaginarnos a Greenpace, Anmistía Internacional, Oxfam-Intermón, a Médicos sin fronteras, el Forum Social Mundial de Porto Alegre, las redes informales, el Fóro Mundial de las Alternativas- que es lo que hemos llamado “el alma” de toda esta democracia global.

Seguramente, me preguntaréis si con estos tres actores sociales o políticos hemos conseguido un “estado democrático mundial” parecido a la democracia  actual. Y la respuesta sería negativa, pero en cualquier caso habríamos dado un paso muy importante. El horizonte final quizás consiste en un verdadera (y genérico) “Estado Mundial Democrático”. Su realización, en el futuro, no tiene por qué ser imposible. Pero, en cualquier caso, lo que más nos interesa a nosotros es hacer un uso contrafáctico de este ideal: se trata no sólo de avanzar en esta dirección, sino de situar y calificar las cosas que pasan en función de este horizonte, para saber si son positivas o negativas. Tenemos que favorecer, de entre todo lo que sucede, aquellos procesos políticos que se correspondan con este horizonte. Y todo lo que no se corresponda nos tiene que preocupar. La construcción de esta “comunidad” o “estado” democrático global es un proceso lento, pero existe. La historia esta viva y lo que tenemos que hacer es saber identificar qué cosas juegan a favor nuestro y qué cosas en contra.

 

5. ¿Qué retos, qué reformas para hacer una globalización justa?

Para acabar, contemplemos algunos de los objetivos que tiene la humanidad delante de sí como retos fundamentales.  He hablado de la globalización como de la integración de todas las economías del mundo en una única economía global, necesitada por este motivo de un “estado global” que nos serviría para construir a escala global un “estado del bienestar”. Pues bien, este mercado global que hemos ido creando en los últimos 30 años y cuya construcción ha sido liderada por Occidente, o más bien, por los bancos occidentales, las grandes empresas multinacionales norte-americanas, europeas y japonesas, es un mercado muy poco libre. Los occidentales cantamos las excelencias  del libre mercado, y creemos que gracias al libre mercado los países pobres podrán salir adelante. Pero si observamos con atención, resulta que sólo es libre el mercado que nos proporciona ventajas de nuestra parte. En cambio, no dejamos libres aquellos mercados en los que, si realmente hubiera libertad de mercado, las ventajas estarían de parte de los países pobres.

El mercado de capitales es un mercado donde los ricos del mundo ofrecen el dinero y los pobres del mundo piden el dinero para invertir y crear empresas, para que   las empresas, a su vez,  creen riqueza y den trabajo. En nuestro actual modelo de globalización, los mercados de capitales son completamente libres, es decir, están completamente desregulados. Si los mercados de capitales están muy regulados es posible equilibrar la fuerza de los que prestan el dinero –los bancos occidentales- y los que lo reciben –los países en desarrollo-. Es decir, si se regularan los mercados financieros no toda la fuerza estaría de parte de quien tiene el dinero. En el caso de los mercados de capitales, los mercados financieros, sería necesario imponer normas, porque en caso contrario es la ley de la selva: mandan los que tienen el dinero y los países del Tercer Mundo, que son quienes piden este dinero, carecen completamente de poder.

Los países del sureste asiático, como Corea e Indonesia, funcionan como ejemplo de ésto: durante los años 70-80 les fue de maravilla. Pero el mercado de capitales no estaba desregulado, no estaba liberalizado, con lo cual  el capital occidental no podía entrar allí. Hubo mucho crecimiento económico, se crearon muchas empresas, pero el dinero para crearlas procedía de estos mismos países, que eran países muy ahorradores: la gente ahorró mucho, se invirtió mucho, y se crearon muchas empresas, se creó más trabajo, se creó más ahorro porque se seguía ahorrando, se crearon más empresas, en una especie de espiral positiva. Y los señores del Fondo Monetario Internacional empezaron a recibir llamadas de los banqueros de Wall Street. Permitidme que lo cuente como si se tratara de una historieta: “Hay un pastel muy suculento –dijeron los banqueros de Wall Street- que es el pastel del sureste asiático, y está creciendo mucho. Pero para tener derecho a un trozo del pastel, tienes que haber sido inversor. Invirtiendo, genero crecimiento y me llevo un trocito del pastel. Amigo FMI, tienes que abrir los mercados de capitales del Sureste asiático para que podamos invertir allí i quedarnos nosotros un trozo del pastel”.

 A los países del sureste asiático no les había hecho falta la inversión occidental y habían crecido solos. Pero los banqueros de Wall Street son como aquellos señores medievales que tenían derecho de pernada con  todas las vírgenes la primera noche de boda. Continúan teniendo derecho de pernada: allá en  donde haya un pastel que crezca, una parte tiene que ser para Occidente. Pero los países del sureste asiático no querían liberalizar –abrir, desregular- el mercado de capitales porque no se sentían lo suficientemente fuertes como para empezar a recibir capital occidental. El señor Fondo Monetario Internacional impuso la liberalización del mercado de capitales del sureste asiático. Y, a continuación, y como consecuencia, en el sureste asiático hubo la crisis económica más grande que ha habido desde el crack del 1929.

A consecuencia de esta crisis, en Indonesia, el paro se multiplicó, en pocos meses, por tres. Y como que allí no hay subsidio de paro porque todavía no son lo bastante ricos para instaurarlo, la gente comía mal, y como que no hay hospitales públicos porque no son lo suficientemente ricos, si la gente comía mal y se ponían enfermos, no había quien los curara. De tal modo que la esperanza de vida en Indonesia ha caído varios años porque se ha disparado la mortalidad, a consecuencia de la crisis financiera. Es decir: una crisis financiera se traduce en  vidas humanas.

 ¿Sabéis qué significa todo esto? En estos momentos hemos organizado el mercado de capitales mundial de una manera desregulada, liberalizada. Es decir, hay libertad de movimiento de capitales: los que tienen dinero pueden invertir cuando quieran y donde quieran. Hasta aquí correcto. Pero de la misma manera que pueden entrar en un país, se pueden ir de él. Y esto es lo que ha pasado en Indonesia. Llegaron los capitales occidentales en un país que hasta entonces estaba cerradito y tranquilo, creciendo tranquilamente. Llegaron los capitales occidentales, porque querían quedarse un trozo del pastel, y en el momento de enfrentarse al primer problema se fueron en estampida, de golpe,  de la misma manera que habían llegado. Cuando eres un país en desarrollo y el crecimiento depende de ti, no pasa nada. Pero si tu crecimiento económico empieza a depender de los capitales occidentales, al marcharse estos capitales, te dejan hundido.

En consecuencia, la primera parte del programa de reformas es: hay que construir un FMI democrático, encargado de regular los mercados de capitales mundiales. Tendría la misión de regular los mercados de capitales para que no pasen ciertas cosas: para que no haya crisis financieras. O para que, en el caso de que la hubiera, los costes de esta crisis no caiga completamente sobre los países del Tercer Mundo. Es decir, cuando hubo la crisis en Indonesia, el FMI podría haber hecho las cosas de manera que la “factura” de la crisis, el coste de la crisis, hubiera sido “pagada” al cincuenta por ciento entre Indonesia y Wall Street. Pero no se hizo así. Se hicieron las cosas de manera que los señores de Wall Street se fueron de Indonesia sin ganar un durito, pero tampoco sin perderlo. Y allí estaba habiendo una crisis y cuando hay una crisis alguien tiene que perder. Y toda la crisis cayó sobre las espaldas de la sociedad indonesa, de la sociedad coreana, de la sociedad malasia, etc.

Los países que menos caso hicieron del FMI son los países que sufrieron menos crisis. Hay un país en el mundo que está eliminando la pobreza de manera masiva en los últimos años: China. El ritmo de eliminación de la pobreza de China en los últimos años –cada años decenas de millones de chinos dejan de ser pobres- es un caso único en la historia de la humanidad. Pues bien, China,  como es un país tan grande no presta oídos al Fondo Monetario Internacional. Ellos hacen su política y no tienen un mercado de capitales liberalizado; tienen un mercado de capitales regulado.

Este tema es importante, el asunto de los mercados de capitales, porque de ellos depende el crecimiento económico de los países. Es decir, ahí es donde nos estamos jugando la vida y la muerte de la gente. Occidente dijo: el mercado global tiene que ser libre, desregulado. Y hemos empezado liberalizando los mercados de capitales, aún sabiendo que iba a perjudicar a los indonesios y a los asiáticos del sur en general, a los argentinos y a los latinoamericanos en general, a los africanos, etc. En este punto Occidente sí que está a favor de la liberalización, es decir, de la libre circulación o del libre movimiento de capitales. 

Pero vayamos ahora al segundo gran mercado que forma la economía mundial. Es el mercado de comercio de productos. El primer gran mercado de la economía mundial es el que hemos visto: el mercado de capitales. Ahí se vende y se compra el dinero para invertir, para crear empresas. Y el segundo gran mercado es lo que los que no son economistas entienden normalmente con la palabra “mercado”. Ahí se venden productos y servicios: ropa, naranjas y manzanas, coches, petróleo, etc. Todas las cosas que no son dinero.

Los occidentales nos pasamos el santo día proclamando el libre mercado, el libre comercio: “¡Viva el libre comercio!”. Y de libre comercio, nada de nada de nada. Porque en el sistema comercial mundial, que supuestamente se regula desde la Organización Mundial del Comercio (OMC), sólo hay libre comercio de los países del Norte hacia los del Sur. Y no hay libertad de comercio desde los del Sur hasta los del Norte. Es decir: hemos obligado a los países del Tercer Mundo a eliminar todas sus barreras comerciales para que los empresarios y los productores occidentales puedan vender sus productos en estos países. Y los países del Primer Mundo nos hemos cerrado a cal y canto, e impedimos que aquello que fabrican los países del Sur se pueda vender en nuestros mercados.

Vamos al ejemplo más flagrante. Lo que producen los países pobres, en un porcentaje muy alto, es agricultura. Estos países para vivir, para tirar adelante, necesitarían vender lo que producen. Como cualquiera. Pero los países del Norte, Estados Unidos, Japón, la Unión Europea -especialmente la Unión Europea- tienen cerrados herméticamente los mercados de sus países a la producción agricola de los países del Sur. Es decir, no permitimos que los países del Sur puedan vender aquí su producción agrícola. Con lo cual el libre comercio no existe,  porque hay libre comercio de arriba para abajo, pero no hay libre comercio de abajo para arriba. Estamos ante lo que podríamos llamar una globalización comercial asimétrica.

¿Qué dice Lula cuando viene a vernos? A parte de reclamar el ingreso en el Consejo de Seguridad, recuerda que una de las injusticias mayores que hay en el mundo son las barreras comerciales de los países ricos. “Señores de los países ricos, quiten sus barreras comerciales, porque esto mata a mucha gente”. Hay muchas vidas que podrían salvarse, y no se salvan porque no hay riqueza. Y no hay riqueza porque no pueden vender. Y no pueden vender porque nosotros no queremos, porque no nos da la gana. Esto sería el segundo punto del programa global. Primer punto: regular el mercado de capitales; segundo punto, lo contrario, pero con el comercio: liberalizarlo, pero hacerlo de verdad.

El tercer punto es muy fácil de entender. Las cifras del mundo son muy elocuentes y ponen los pelos de punta.  Las desigualdades han aumentado en los últimos 30 años. En el año 1960 entre el 20% más rico del mundo y entre el 20% más pobre – entre los más ricos de Europa y de EEUU y de Japón (Occidente) y los más pobres del África, de la India, etc.- había una diferencia de 30 a 1. La riqueza media de Europa era treinta veces mayor que la riqueza media de África y la India. Al cabo de 30 años, a principio de los años 90, esta diferencia pasaba de ser ¡de  60 a 1! En el año 60, Occidente era treinta veces más rico, y en el año 2000 Occidente es sesenta veces más rico. Esto es una barbaridad. Las desigualdades han aumentado: por esto podemos decir que aunque el mundo es más ricos, estamos retrocediendo. Esta globalización es asimétrica, y siempre son los que se quedan con los beneficios de los nuevos mercados globales.

Podemos explicar estas desigualdades a través de cuatro comparaciones. Harían falta 10.000.000.000 dólares al año para solucionar en el mundo el problema del hambre o de la  subalimentación. Hay 800.000.000 personas en el mundo que pasan hambre o que están infraalimentadas. Eliminar esta subalimentación, eliminar el hambre, costaría 10.000.000.000 de dólares al año. Puede parecer mucho o puede parecer poco. De hecho, es el equivalente a la cantidad que Estados Unidos gasta al  año en comida para perros. Es decir, las desigualdades mundiales han aumentado tanto que ahora, con sólo una mínima cantidad  de la riqueza de los ricos, seríamos capaces de pagar las necesidades más básicas de los pobres. Precisamente porque la desigualdad es tan desmedida, cubrir  las necesidades de los pobres, sería baratísimo.

Tres comparaciones más: El analfabetismo. Hay un 25% de niños en el mundo que no llegan a quinto grado de primaria. Escolarizar a estos niños que están en continentes distintos (América Latina, África y Asia) costaría 12.000.000.000 de dólares al año: esto es lo que se gasta la sociedad de Estados Unidos en colonia cada año.

La salud materno-infantil. Es una de las principales causas de la mortalidad de los niños ¿Cuánto costaría resolver los problemas de salud materno-infantil? 12.000.000.000 de dólares al año:  lo que se gasta en Estados Unidos y Europa, juntas, cada año en productos de cosmética. El gasto de los cosméticos de los países ricos es igual al coste de la salud materno-infantil en el tercer mundo. Vivimos en un mundo al revés, un mundo de locos, un mundo absurdo.

El acceso al agua potable. Esto muy importante, porque las enfermedades que matan más actualmente tienen mucho que ver con el agua potable. La diarrea, aunque hablemos mucho del SIDA, que es ciertamente una enfermedad muy importante, la diarrea es para el tercer mundo un auténtico exterminio, y las malarias. Y estas enfermedades tienen mucho que ver con el hecho de que hay millones de personas en el mundo que no pueden llegar con facilidad a un grifo con agua potable. ¿Cuánto costaría potabilizar  el agua para la población que todavía no está potabilizada? Estamos hablando de una tercera parte del mundo. Hay una tercera parte del mundo sin potabilizar, y hacerlo  costaría sobre el orden de los 10.000.000.000 de dólares al año. Pues bien, en Europa nos gastamos, en helados, 10.000.000.000 de dólares anuales.

Ésta es la desigualdad en la distribución de la riqueza. Y es una desigualdad que procede de este mercado mundial, en el que se crea mucha riqueza gracias a los intercambios entre países, entre empresarios, clientes y consumidores de un lado y del otro. Pero la distribución de esta riqueza es un auténtico desastre.

Si tomamos el caso de una empresa multinacional significativa, como por ejemplo la Walt Disney, y buscamos cuál es el salario más alto de esta empresa, veremos que es el de su director general, que está en su oficina de Estados Unidos. Mientras, el salario más bajo de esta empresa es el de una trabajadora de una pequeña fábrica del tercer mundo, concretamente en Haití, que está trabajando en una zona franca de su país, libre de impuestos, donde hay fábricas de la Walt Disney, o donde hay empresas haitianas que están subcontratadas por la Walt Disney. Os estoy explicando un caso real. Estas grandes multinacionales que van subcontratando su producción, son  las que crean la riqueza del mundo. Esta trabajadora, por cierto, trabaja en una fábrica sin condiciones laborales dignas, sin derechos laborales, sin nada.

Pues bien, para que nos demos cuenta de qué manera distribuye la riqueza nuestros mercados capitalistas globales, es necesario que sepamos cómo distribuyen la riqueza estas empresas, internamente, entre sus trabajadores. Para esto nos haremos una pregunta: ¿cuánto tiempo tardaría esta muchacha a ganar con su salario lo mismo que gana el director general de Walt disney en una hora? Tardaría nada menos que 110 años. Sí: una hora contra 110 años, lo habéis oido bien. Si tenemos unas empresas multinacionales que distribuyen la riqueza de esta manera, si tenemos unos mercados que crean riqueza, pero la distribuyen así, es imposible no vivir con la desigualdad con la que nos encontramos hoy a nivel mundial.

Por esto, el último punto del programa es que hay que ser capaces de crear un sistema fiscal mundial. Para entendernos, unas instituciones globales en las que el dinero lo pongan los países ricos para financiar las necesidades de los países pobres. Si sumamos los 10.000.000.000 de dólares de salud materno-infantil, más la escolarización, más la alimentación, más el agua potable, y todo lo multiplicamos por 2, nos saldrán 100.000.000.000 de dólares, es decir,  más o menos un 1% de toda la riqueza del mundo. Hemos llegado a tal punto que, si pudiéramos repartir un 1% o 2% de la riqueza de todo el mundo, estaríamos salvando la vida de la gente que se muere de forma injusta, por falta de hospitales, de comida, o de agua potable.

Es necesario un sistema fiscal mundial. En Europa tenemos los Fondos de Cohesión, que significa que los países ricos nos pagan las infraestructuras a los países pobres. En España los alemanes ponen un billón cada año para hacer autopistas, etc, etc. Hay que empezar a aplicar esta misma lógica a nivel mundial. Tenemos el 0,7% (que, por cierto, nunca se cumple) que es una versión ínfima, insuficiente, embrionaria, ineficaz, de lo que estamos pidiendo: un sistema fiscal mundial. Lo que hay que hacer es aumentar el 0’7 % a un 2 % del PIB de los países ricos, hay que hacer que se gestione desde un Fondo de Naciones Unidas, y sobre todo, hay que hacer que sean donaciones, transferencias, y no créditos (por muy buenas condiciones que tengan) como sucede ahora.

Estas reformas que estamos pidiendo son “el programa de Lula” para reformar la globalización. Lula, cuando vino a Europa, pidió: un mercado de capital regulado; libre comercio de verdad para los países pobres y el fin de los subsidios agrícolas; y la creación de Fondo mundial contra la Miseria y el hambre. Que es una manera bonita de referirse a un Sistema Fiscal Mundial. Con redistribuir un 1% del producto mundial, de la riqueza que se produce cada año en el mundo, estaríamos eliminando pobreza y salvando vidas. Y son los países ricos, dice Lula, quienes  van a tener que poner el dinero en el fondo mundial, porque son ellos quienes lo tienen.

¿Cuál es el papel de Europa en todo esto? El papel de Europa en el mundo es hacer avanzar el mundo en esta dirección. Una Europa que quiera impulsar un mundo democrático es una Europa que intente construir esta estructura política para hacer lo que hemos intentado hoy aquí explicar. En Europa, con nuestra típica visión eurocéntrica, creíamos que sí, que otra globalización era posible, pero que la íbamos a liderar nosotros. Pero ahora ha aparecido Lula, que parece que es quien tiene la voluntad -¡y la legitimidad!- de liderar este proceso. No sé si tiene la fuerza, pero sí la voluntad. Y es que el liderazgo de la alternativa lo va a tener que ejercer alguien que represente a y hable en nombre de los de abajo. Europa tendría que dejar espacio a Lula, dejar que sea él quien haga de locomotora y ayudar con todas sus fuerzas a avanzar en esta dirección. Europa lo que tiene que hacer es sumarse al carro, ponerse al lado de los líderes progresistas de los países pobres que reclaman todas estas reformas.

 

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