SITUACIÓN Y PAPEL DE LAS MUJERES EN UN MUNDO GLOBALIZADO

 

Neus  Forcano

Filologa. Trabaja desde hace diez años en Enseñanza Secundaria y de Bachillerato. Participó en el equipo de responsables del movimiento educativo para niños y jóvenes " Minyons Escoltes i Guies Sant Jordi de Catalunya". Forma parte del grupo de estudios  de "Cristianisme i Justícia".Es miembro del Collectiu de Dones en l’Església.

Hace cerca de un año que me llegó un e-mail del grupo de Barcelona de la Fraternidad Charles de Foucauld, justamente cuando estaba visitando las comunidades indígenas de Sao Félix do Araguaia, en un estado brasileño del interior cerca del Amazonas, donde precisamente hace ya unos cincuenta años, unas hermanas de Foucauld hicieron la opción radical de vivir en algunas de las aldeas indígenas de tapirapés y karajás del río Araguaia. Porque tuve la oportunidad de ver cómo las hermanas se habían integrado y qué tipo de convivencia habían establecido con los indígenas, no dudé en aceptar la invitación de compartir parte de la reflexión que podamos hacer conjuntamente. Quiero agradeceros, pues, esta oportunidad de compartir algo de lo que he vivido y que me ha hecho reflexionar. Gracias por poder formar parte de este encuentro, lugar y signo de la esperanza de solidaridad que no nos cansamos de buscar.

Me gustaría empezar la charla con la lectura de un poema de Nomi Nimrod y E. M. Broker extraído de la obra de Elisabeth Scüssler Fiorenza, teóloga feminista de origen alemán,  instalada hace ya tiempo en Harvard, que imparte clases en la Facultad de Teología de esta ciudad. En “Pero ella dijo” (Ed. Trotta, 1996) se cita este poema:

             “Madre -pregunta la hija inteligente-, ¿quiénes son tus madres?,

            ¿quiénes son tus “ancestras”?, ¿cuál es nuestra historia?

            Dános un nombre. Nombra nuestra genealogía”.

            “Madre -pregunta la hija temerosa-,

            si aprendo mi historia, ¿no me enfadaré?,

            ¿no me amargaré como Miriam, que fue privada de su profecía?”

            “Madre -pregunta la hija simple-,

            si Miriam yace enterrada en la arena,

            ¿por qué tenemos que desenterrar sus huesos?,

¿por qué tenemos que apartarla del sol y de la piedra a la que pertenece?

            La que no sabe cómo preguntar

            no tiene pasado, no tiene presente.

            No puede tener ningún futuro

            sin conocer a sus madres,

            sin conocer sus iras,

            sin conocer sus preguntas.

Querría, pues, invitaros a hacernos preguntas desde nuestra experiencia como mujeres, desde nuestra sensibilidad y punto de vista. Quedaré satisfecha si, con la pequeña reflexión que os ofrezco, podemos formularnos preguntas que nos impulsen a analizar nuevos aspectos de la realidad, a descubrir signos de esperanza o de cambio o a plantearnos nuevos retos a asumir.

Me gustaría exponer algunas consecuencias de este fenómeno llamado globalización y especialmente, ver cómo afecta a las mujeres. La intención no es repasar diferentes aspectos que muestren las violencias y las injusticias en las que estamos inmersas y sometidas las mujeres de todo el mundo. Ahora bien, poder nombrar lo que vivimos, dejarse impactar por lo que viven otras, ser sensible y compasiva respecto a realidades que existen, nos permite cuestionar, nos permite hacernos conscientes. Éste es el ejercicio  del que habla el poema.

Al mismo tiempo, creo que es necesario ser lúcidas y valientes y aprender a leer los signos de lucha y de algo diferente que existen a nuestro alrededor, muy a menudo, justamente en contextos y circunstancias donde no creeríamos nunca que hubiera la energía necesaria para intentar nuevos mundos, nuevas relaciones, ensayar nuevas sensibilidades y alimentar la utopía de la justicia: o,  como diríamos desde la mística cristiana, la utopía del reino.

La experiencia de viajar y conocer otros países y culturas, la experiencia de participar en grupos de mujeres de mi país y también la participación en el Fórum Social Mundial de Porto Alegre en el año 2002 me han ofrecido la oportunidad de captar y de participar en algunas de estas señales de lucha, signos de esperanza.Por eso me gustaría empezar transportándoos por un momento al interior del Brasil. 

El sol se pone sobre las aguas del río Araguaia, un subafluente del Amazonas. Después de una dura jornada de pesca bajo un calor de 40 grados, uno de los indios adultos de la etnia tapirapé entra en la takana del poblado y deja el remo de su canoa en el suelo, en el centro del círculo que forman sus compañeros de tribu.La takana es la cabaña donde se toman las decisiones comunitarias. Se edifica en el centro de las cabañas del poblado, que están dispuestas en círculo. Cada día, una vez terminada la jornada, cuando se ha pescado y se ha recolectado fruta, cuando ya se han restituido las hojas de palmera de los techos de las cabañas y los porches para resguardarse del calor, los hombres adultos de las familias del poblado comentan en la takana los incidentes y planifican el trabajo para el día siguiente. Sólo a los hombres les es permitido entrar en la takana. No entran sólo los cabezas de familia, también se invita a los jóvenes y a los adultos que ya tienen edad de conseguir alimento para todas las familias del poblado.

Una tarde, pues, uno de los indios adultos entra en la takana y deja, con gesto cansado, el remo de la canoa en el suelo, ante sus compañeros. Les explica que sólo tres adultos han salido a pescar para toda la comunidad. Los jóvenes en edad de acompañarlos se han quedado cerca del poblado, vagueando o jugando a fútbol y, a  la hora de la takana, están en la única cabaña donde hay un monitor de televisión conectada a la batería del vehículo comunitario y que uno de ellos consiguió en  Sao Felix, el pueblo brasileño que hay al otro lado del río. 

El indio mira preocupado al jefe del poblado y le pregunta: “tu que te preocupas ya hace mucho tiempo para que el poblado no pierda las costumbres de nuestros antepasados, dime, ¿cómo podemos convencer a nuestros jóvenes para que participen de la takana? ¿Qué podemos decirles para que se responsabilicen de la alimentación de las familias? ¿Qué podemos hacer para que conozcan y amen los valores de los tapirapè?”.

De la misma forma que los tapirapè, también nuestra sociedad se pregunta:

·         cómo motivar a las y los jóvenes por los intereses comunes,

·         qué hacer para recuperar el sentido de la palabra democracia, para recuperar las instituciones políticas, las nacionales y las internacionales,

·         cómo ampliar el ejercicio de la toma de decisiones a las mujeres, a los jóvenes, a las minorías, a los y las inmigrantes…

·         cómo educar, qué valores son los que tienen que prevalecer…

¿Es la globalización la causante de la incertidumbre y la crisis de valores en sociedades y culturas tan distintas como la indígena y la europea, por ejemplo?

  

La globalización y algunos de sus efectos

Cuando a menudo se habla de globalización, se está haciendo referencia a los efectos de homogeneizar costumbres y hábitos en nombre del interés económico o ideológico de las potencias del norte, de las multinacionales, de los lobbies de poder; su objetivo es convertir al máximo número de personas que habitan en el planeta en perfectos consumidores y consumidoras de los productos del mercado y en perfectos usuarios de sus reglas del juego, que son obtener el máximo beneficio, defender la llamada libertad y competitividad del mercado y convencer que el capitalismo extremo es el mejor sistema para producir riqueza y bienestar. Así, el término globalización se usa para hablar del empuje capitalista de las últimas décadas del siglo XX que da a lugar a un neoliberalismo económico que impone a toda costa la ley del mercado a nivel internacional.

Para ello domina y controla los medios de comunicación, poderoso instrumento para crear necesidades a todos por un igual, y para hacer propaganda y convencer que el sistema económico que se defiende es “el menos malo” hasta ahora demostrado en la historia. Es verdad que el “boom” de las nuevas tecnologías que han revolucionado la comunicación, el transporte y el comercio a nivel planetario han contribuido a hacer de este neoliberalismo un neoliberalismo globalizado, en el sentido que abarca todos los países y rincones del planeta. Pero, ¿no es verdad que el problema no está en la tecnología misma, que de hecho, es un instrumento, sino en saber quién controla, dirige y usa esta tecnología para sus propios intereses?

Estando en el Brasil pude percibir directamente la presencia de los grupos de afrobrasileños, con unas raíces culturales fuertes, transmitidas desde la resistencia de los africanos esclavizados durante siglos. Han tenido que luchar y resistir de manera fuerte y aún hoy tienen que hacerlo, para restituir su identidad machacada, negada. Aquel comercio de africanos fue también en los siglos XVI, XVII y XVIII, un acto justificado por el liberalismo económico. Se tardó en promulgar leyes internacionales que restringieran aquel comercio. Pasaron siglos hasta que las presiones de grupos de intelectuales, políticos y algunas potencias europeas –éstas, no sólo por motivos humanitarios o morales, sino también por intereses geopolíticos- antes que se cuestionara abiertamente aquel comercio y las formas de llevarlo a cabo. ¿No había ya una “globalización económica” desde el momento en que estaban implicadas diferentes naciones, potencias, metrópolis y colonias, diferentes culturas en contacto, unas dominadoras de las otras, subyugadas y arrasadas?

¿Qué diferencia hay, pues, entre el liberalismo económico practicado por los europeos desde el siglo XVI y el neoliberalismo actual? ¿Qué es lo que distingue el fenómeno de la globalización a finales del siglo XX y el siglo XXI?

Uno de los elementos clave es, desde luego, los efectos y el alcance de las nuevas tecnologías de la comunicación. El contexto ha cambiado. La forma de relacionarnos con países más allá de las fronteras nacionales o continentales es diferente. Ahora existe más posibilidad de conocer directamente la realidad de otro lugar del planeta porque fácilmente podemos viajar allí. Podemos también comunicarnos con diferentes sistemas y con una rapidez extraordinaria. ¿Pero tiene ese tipo de comunicación la posibilidad de reestablecer esas relaciones internacionales que históricamente están dañadas y que hoy siguen constatando que son injustas para la mayoría de los países del llamado sur?

La visión positiva de lo que puede aportar este aspecto de la globalización entendida en sentido amplio como una posibilidad de comunicación entre los diferentes puntos del planeta, y no reducida al sentido económico, es la que defienden algunos de los agentes del llamado movimiento antiglobalización. El nombre fue dado por los medios de comunicación, para referirse a muy diversos tipos de movimientos, ONGs, asociaciones, sindicatos o partidos políticos que mostraban un rechazo férreo a las políticas neoliberales. En la reunión de la OMC en Seattle, ya se vió como una buena organización y comunicación entre movimientos alternativos de base ponía en entredicho la celebración de las grandes potencias sobre temas de comercio. Gracias a las nuevas tecnologías, la información llega a la población y sirve también para convocarse y preparar acciones de protesta y manifestaciones con gran poder de convocatoria. Después del éxito de las protestas de Seattle, las tres ediciones del Fórum Social Mundial en Porto Alegre ha sido el punto de reunión para fortalecer redes de intercambio, discusión y acción de estos movimientos.

El apodo de “antiglobalización”,  no acaba de gustar al propio movimiento  porque es ambiguo. Algunas ONG, movimientos, activistas, sindicalistas y políticos, han reclamado las ventajas y las posibilidades que una globalización bien entendida puede aportarnos como humanidad. Susan George, una teórica del movimiento crítico en contra del neoliberalismo y las relaciones injustas entre el norte y el sur, señalaba en un artículo el año 2001, en la revista Dissent:

“yo rechazo el término antiglobalización que los medios de comunicación nos ponen. Este combate tiene lugar, en realidad, entre los que queremos una globalización inclusiva, basada en la cooperación y la seguridad, y aquellos que quieren que el mercado tome todas las decisiones.”

La globalización, puede ser una oportunidad para construir y dibujar unas relaciones internacionales y un planeta más habitable y más humano. No dejemos pues, que los neoliberales se apropien del término para intentar dejar fuera de la realidad, para marginar, a los grupos y movimientos que están trabajando con otros valores y perspectivas que las de los intereses económicos del norte. Se trata de luchar contra una forma concreta de esta globalización, la que pretende aprovecharse de ella para dominar, violar, ejercer un poder sobre otro u otra:

·         en aras de la superioridad de la cultura blanca occidental,

·         en aras de la superioridad y efectividad de un sistema económico concreto,

·         en aras de un modelo patriarcal masculino que no deja emerger ni acepta construir relaciones de igualdad.

Tal vez, el término globalización lo podamos llenar de sentido constructivo: ¿qué planeta imaginamos? ¿qué relaciones entre etnias, culturas, pueblos, religiones, entre varones y mujeres, deseamos construir?

 

Efectos de la globalización sobre las mujeres

Es evidente que los efectos negativos de una globalización dirigida desde el poder blanco, occidental, masculino, recaerán directamente sobre los sujetos que se sitúan al margen, subyugados o sometidos a este poder. Las mujeres son las principales víctimas de este sistema, tanto en el norte del planeta como en el sur, aunque haya que destacar que el grado de marginación se multiplica o triplica en función de si hablamos de una mujer de algún país del sur, sometido ya al dominio del norte, o si hablamos de una mujer en algún país del norte.

Pero no podemos generalizar porque existen varios factores por los cuales las personas viven en un margen respecto a un centro de poder, y por lo tanto, podemos encontrar diferentes tipos de pobreza, diferentes tipos de vulneración de derechos políticos, de derechos sociales y laborales, de situaciones de sumisión y falta de identidad, tanto en países del norte como del sur. En cada situación y contexto, a pesar de la uniformización aparente del sistema económico y las relaciones comerciales e internacionales que existen, es preciso descubrir las marginaciones particulares y locales que se dan. Y especialmente cuando hablamos de la situación de las mujeres, porque el patriarcado es un eje transversal sobre el que se estructuran las relaciones y los valores en la mayoría de nuestro planeta. En este caso, las fronteras de “norte” y “sur” se nos desdibujan un poco.

Como dice Mercedes Navarro, teóloga feminista española, hay que ir con cuidado con la creación de metáforas, porque el sistema las utiliza para hacernos ver la realidad desde “su” punto de vista (metáforas: sur es abajo, malo, peor, subdesarrollado; norte es arriba, bueno, mejor, desarrollado). Hay que traspasar las fronteras o límites que tradicionalmente se nos transmiten para observar más de cerca la realidad y renombrarla, buscar algún nuevo nombre para ella.

Me gustaría recabar la atención en dos aspectos de las sociedades europeas donde creo que se dibujan grandes retos y en donde las mujeres occidentales debemos actuar e imaginar posibilidades de cambio. Estos son:

·         por un lado, la situación socioeconómica (especialmente de los servicios sociales como pensiones, ayudas para la conciliación familiar y laboral de las mujeres, inversión en educación y formación…) de las mujeres de los países llamados desarrollados; me fijaré especialmente en el “sur” de este “norte” más global que es Europa;

·         por otra parte, la búsqueda de la identidad y de una cultura de paz que disminuya la violencia física, moral y psíquica de las mujeres.

En lo referente a los aspectos sociales, no podemos generalizar y hablar de la situación de las mujeres occidentales, europeas o incluso si habláramos de las españolas. La pluralidad de factores históricos, sociales, políticos, económicos y culturales atraviesan la vida de las mujeres de tal forma que es difícil hablar de todas como un colectivo único.  

De un artículo de Vicenç Navarro y Águeda Quiroga, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona publicado en la revista El Ciervo (noviembre del 2002) se extraen datos contundentes sobre las políticas públicas que se implementan para el bienestar de las familias en España. ¿Qué políticas sigue nuestro gobierno actual para facilitar que las mujeres concilien el trabajo y el cuidado a la familia? ¿Qué ayudas, qué servicios sociales se dan a la población? ¿Quién carga con la responsabilidad de los hijos pequeños y de los abuelos enfermos, las mujeres, el estado, con qué tipo de ayudas?

En dicho artículo se exponen claramente las diferencias que hay entre los países nórdicos y los países del sur de Europa. España, Grecia y Portugal, países de tradición conservadora y con una historia marcada por períodos de dictadura. Estos países han dedicado y siguen dedicando mucha menos ayuda a las familias que los países europeos con más tradición socialdemócrata.

España gastó en el año 2001 en servicios sociales, un 20% del PIB, mientras que la mediana europea está por encima del 30% del PIB. Lo peor es que desde el año 93, hemos bajado de dedicar el 24% a dedicar en el 2001, un 20%. En España, menos de un 5% de la población adulta trabaja en sanidad, educación, servicios sociales, mientras que la mediana de la Unión Europea está sobre el 10%. ¿Quién se ocupa de las necesidades, sociales y familiares? Si observamos la cantidad que se destina a pensiones, España dedica un 10,7% del PIB, mientras que en Europa se dedica una mediana de un 15% del PIB.

En España, trabajan en el mercado laboral un 38% de mujeres, en Catalunya, la mediana sube un poco más, un 42%, pero en Europa, la mediana está cerca del 60% de la población trabajadora.

Estos datos nos confirman la imagen que tenemos de unas mujeres sobrecargadas de trabajo familiar y responsabilidad de cuidado de mayores y pequeños, a la vez, con muchas dificultades de acceder a un mercado de trabajo que no es nada flexible y no ofrece buenas condiciones laborales. Igualmente, el nivel de vida y la dignidad, sobretodo de las mujeres viudas, solas, o mayores, disminuye notablemente, aunque hayan estado toda la vida trabajando.

A menudo se cae en la trampa de relacionar progreso económico con mejora de nivel de vida. Viendo las últimas tendencias de la política de los gobiernos del sur de Europa, no se está corrigiendo la tendencia hacia la línea socialdemócrata del norte de Europa, es decir: a) flexibilizar el mercado laboral y ofrecer contratos de tiempo parcial a las mujeres para que puedan incorporarse o combinarlo con la vida familiar, b) ofrecer ayudas a las familias con necesidades especiales de atención a pequeños y mayores, y c) organizar unas campañas muy fuertes de educación sobre los servicios sociales y la importancia de dedicar impuestos a estos servicios comunes.

Todo ello, programas que no se han diseñado ni aplicado, y que están lejos de promoverse, porque se tiende a disminuir el presupuesto general para los servicios sociales.

En lo referente a la búsqueda de la identidad y de una cultura para la paz, se está empezando a hablar más abiertamente de la violencia contra las mujeres en las sociedades del norte. Según las estadísticas, la mayoría de maltratos o incluso homicidios son perpetrados por familiares o compañeros de las mujeres víctimas. Es necesario tomar muy en serio cómo educar y qué programas de sensibilización y concienciación llevar a cabo para paliar estas relaciones de poder y de violencia que acechan nuestras sociedades.

Se dice, a veces, que el siglo XIX fue el siglo de la revolución de los y las trabajadoras, y que en el siglo XX, aparecieron las corrientes feministas y de reivindicación de los derechos de las mujeres como señal de cambio de las relaciones patriarcales que las subyugan. Estamos ya entrando en el siglo XXI y aún nos queda mucho camino por recorrer en este sentido.

Las relaciones entre las personas, así como las relaciones entre las personas y la naturaleza, deben cambiar. De unas relaciones jerárquicas y piramidales, que promueven la sumisión de unas bajo el poder de los otros, dificultan la práctica de una relación de iguales, equitativa, respetuosa, más justa. Estamos llamadas a iniciar la práctica de una nueva cultura de paz. Tanto a nivel familiar y local, como a nivel internacional. Estamos llamadas a buscar nuestra identidad, a no dejarnos llevar por la cultura imperante de la violencia que nos mantiene invisibles.

¿Qué mecanismos, de qué manera podemos promover esta cultura de la paz desde nuestra experiencia de mujeres, desde nuestra identidad formulada, encontrada, explicitada públicamente a los demás?

En la búsqueda de la identidad quiero hacer especial interés, ya que estamos en un círculo de mujeres creyentes, que también dentro de nuestras iglesias y comunidades debemos hacernos “visibles”. La concepción de la iglesia sobre la función de la mujer en el matrimonio, en la familia, como madre y como laica fiel, no nos ha permitido buscar nuestra propia identidad, porque la hemos tenido formulada y se nos ha transmitido por tradición, por las costumbres, por la presión social y por la concepción religiosa de lo que tiene que ser “ser mujer”. Es preciso hacer un ejercicio de volver a las fuentes del Evangelio y la Buena noticia para que el mensaje liberador de Jesús nos devuelva la palabra. Es preciso dedicar tiempo a la formación teológica, a escuchar las nuevas voces de las teólogas feministas.

Por mi experiencia con grupos de mujeres de las iglesia en la Europa de hoy, he percibido que las mujeres que se confiesan creyentes y enamoradas del proyecto de Jesús y del Dios-Espíritu creador, amoroso y padre-madre, tienen un potencial espiritual y místico muy consistente. Otra de las características que veo es una gran facilidad de crear comunidad, trabajar conjuntamente, crear redes de solidaridad, tanto dentro de las iglesias como en las comunidades, y trabajar comprometidamente por la paz, por la justicia social. Todo ello debe conocerse, debe impulsarnos a continuar por ahí.

 

Signos de esperanza de una globalización diferente

Me gustaría ahora, después de hablar de los retos de las mujeres en el norte, aproximarnos a algún rincón de algún país del sur. Supuestamente, como decíamos antes, las mujeres en el sur sufren más sobrecarga de discriminación, porque a la subyugación económica y política de las potencias y multinacionales del norte que las mantiene en situaciones muy duras de pobreza e indefensión,  se les suma las discriminaciones por razón de género de sus propias culturas y comunidades.

Incluso así, en estas condiciones, por lo poco que he podido percibir, las mujeres se organizan y actúan para paliar las necesidades de su comunidad. Son los agentes más activos del desarrollo de las pequeñas comunidades, tanto rurales como en los suburbios y barrios de grandes capitales del sur. Las mujeres están practicando una espiritualidad de la resistencia, tal como se dijo en la VII asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias en Zimbabwe, en el 1997. Esta espiritualidad, lejos de ser una espiritualidad pasiva, conformista, de aceptación y sumisión, es una espiritualidad activa, esperanzada, que les atribuye una autoridad y una fuerza imparable en el momento de pasar a la acción para rebatir y desafiar las injusticias y violencias a las que están sometidas. Seguramente vosotras estáis ya pensando en algunas mujeres de vuestras localidades que la practican y la muestran. O grupos de mujeres, sean de alguna parroquia, ONG, asociación o comunidad.

En un reportaje en televisión vi, hace unas tres semanas, la organización de unas mujeres en Ghana, que a parte de dirigir el taller de formación profesional para las madres solteras y chicas huérfanas de una zona, estaban recuperando su papel tradicional de líderes políticas que su cultura tenía desde hacía mucho, pero que los problemas económicos y la colonización habían debilitado. El papel de las mujeres estaba siendo crucial porque fortalecía las redes de comunicación y organización social y económica, las dirigía y lideraba con valores auténticamente democráticos (basándose en el diálogo y un espacio de comunicación de la comunidad) y fortalecían los valores y la identidad de las personas y del grupo.

Creo que ejemplos como éste hay muchos, y que duele no conocerlos tan rápidamente como las “malas y desastrosas” noticias que los medios de comunicación intentan sólo presentar para que tengamos, por ejemplo de África, una imagen dañada, tergiversada, porque muestran sólo los problemas sanitarios y las guerras que se están produciendo. Evidentemente no estoy diciendo que no sean verdad el sufrimiento de guerras, devastaciones, luchas entre etnias o las epidemias de la malaria y el sida, pero cuánto más nos creamos esta imagen parcial de África sin conocer nada más de las culturas y las poblaciones que la habitan, más estaremos haciendo el juego a las potencias internacionales que bajo un papel de “salvadores” de una situación extrema buscan algún provecho económico y el dominio colonial de una región esencial para el mercado. 

Me gustaría hablarles de otro ejemplo de resistencia y de búsqueda de identidad que he conocido directamente: el lideraje de las mujeres de las comunidades afrobrasileñas de Bahia.

Bahia y Maranhao son los dos estados brasileños con más población de ascendencia africana. Es también dónde se puede captar más claramente la lucha que han llevado a cabo para resistir y reconstruir la identidad negra y la cultura y la religión afrobrasileña que estuvo prohibida de practicarse mientras la esclavitud no se derogó. Prácticamente, no es hasta el siglo XX que se promulga libertad de culto para estas comunidades, que de hecho, han venido practicando en la clandestinidad su religón.La religión afrobrasileña, que se formó a partir de las tradiciones animistas de los pueblos nagô,  keto, angoleño y otros. La mujer tiene un papel central e importantísimo, ya que es la encargada de dirigir los rituales y bailes del candomblè. Las mujeres que tienen una facilidad especial de comunicación con los orixás (con los dioses y diosas que representan diferentes atributos humanos como la belleza, la fuerza, la paz, la danza, el amor, la lucha…)y que se formaron ya desde pequeñas como “filha de santo”, al lado de las llamadas “mae de santo”. Son líderes espirituales, pero también consejeras, formadoras de filhas i filhos de santo para las expresiones y fiestas religiosas, son curadoras porque conocen la medicina natural y tradicional transmitida por generaciones de esta rica tradición cultural afrobrasileña. La recuperación de la identidad y el refuerzo de los lazos comunitarios que ha supuesto la libertad de culto de los afrobrasileños los ha ayudado a reconciliarse con ellos mismos, a poderse autonombrar, aunque el camino de la concienciación es lento y duro para los que lo tienen que recorrer.

Actualmente, las mujeres afrobrasileñas son las líderes indiscutibles de las comunidades negras de los barrios y las comunidades de Bahia y del Maranhao. Incluso el gobierno, para implementar el programa de vacunación ha recurrido a las “mae de santo”, porque con el conocimiento de medicina tradicional y natural, junto con su papel de consejeras de la comunidad, pueden ejercer perfectamente el papel de agentes sanitarios. No es pues, necesario, crear una doble red de enfermeras y agentes sanitarios que no van a dar confianza a la población.

Según Casaldáliga, obispo de Sao Félix do Araguaia, al preguntarle sobre cómo se podían afrontar los retos que nos depara la situación económica y de relaciones internacionales decía “hay más conciencia: los indígenas, las mujeres, los pueblos de África y América latina que han luchado y se dan cuenta de cómo están, de lo que les falta, de lo que tienen y lo que pueden aportar como cultura y como individuos, han hecho un camino extraordinario de concienciación. Hay que partir hacia otra mundialización o globalización de la cual ya hay gestos, proyectos en marcha, comercio alternativo, experiencias concretas en muchos lugares del mundo”.

Estas experiencias y esta lucha se hacen visibles de vez en cuando en los encuentros internacionales, en las marchas o los programas de promoción de algún aspecto concreto,  como por ejemplo el Fórum Social Mundial, la Marcha Internacional de las Mujeres, los Sínodos Europeos de Mujeres, los encuentros del Consejo Mundial de las Iglesias…

Recuerdo perfectamente la llamada telefónica desde una emisora de radio, que me hicieron al inicio del Fórum Social Mundial. Me preguntaron, yo creo que con una buena percepción del periodista del sentir mayoritario de personas del primer mundo o de Occidente, si el Fórum Social Mundial de Porto Alegre sería capaz de mostrar alternativas prácticas, reales para solucionar los problemas de pobreza, ecología y desigualdad que sufre el planeta.

No me sorprendió la pregunta, tan práctica y en busca de resultados materiales y palpables a los que estamos acostumbrados en Occidente. Lo único que pude responder fue que las alternativas ya existían, y que en Porto Alegre se podían conocer algunas: el movimiento internacional de Via Campesina que promueve la agricultura ecológica y comunitaria, y que lucha por no someterse al control de las patentes y las semillas que el primer mundo tiene sobre el sur, el de las mujeres, con una presencia no sólo como grupos feministas o activistas por los derechos de libertad, de opción sexual, de liberación, de lucha por la igualdad y en contra de la violencia de género, sino que también estaban presentes en las conferencias sobre trabajo, sindicalismo, familia, defensa de las causas indígenas, como representantes de minorías étnicas o de países en conflicto bélico…o sea, una muestra de intensa e impactante resistencia, lucha y combate activo por la defensa de derechos y por cambiar situaciones injustas.

La presencia desde el primer Fórum Social Mundial del Movimiento Internacional, de la Marcha Mundial de las Mujeres, nos invita también a nosotras a formar parte de esta marcha, de este “ponernos en camino”. La Marcha Mundial nació como iniciativa en Canadá. Se propuso organizar un día mundial en que las mujeres de todos los países que quisieran hacerlo, organizaran una manifestación, un recorrido concreto, y fueran pasando por barrios o ciudades de su país como símbolo de dar visibilidad a su reivindicación, a sus demandas, para exponer la voluntad de construir unas relaciones sociales justas, igualitarias, sin violencia. La Marcha no pretendía proponer nada nuevo, simplemente unir los esfuerzos y el trabajo que las mujeres ya están haciendo desde hace mucho tiempo y reivindicarlo juntas.

La iniciativa de hacer marchas, de caminar, de pasar por los lugares, bebe de una antigua tradición de la que tanto Oriente como Occidente pueden enorgullecerse. El marchar, el ponerse en camino ayuda a pasar a la acción, es una experiencia, y ayuda a tomar una actitud de peregrinaje. Las peregrinas tienen una sensibilidad especial y una espiritualidad abierta a percibir los datos, las señales del entorno para ver cómo actuar en consecuencia.

Me gustaría citar ante esta audiencia, el encuentro del II Sínodo Europeo de Mujeres que se va a realizar del 5 al 10 de agosto en Bellaterra (Barcelona), dónde grupos de mujeres y movimientos de mujeres, algunas de ellas vinculadas a las iglesias protestante o católica, reflexionarán sobre los retos sociales, políticos, económicos y espirituales que tenemos en Europa. Me gustaría unir este próximo encuentro al vuestro, para que el espíritu, la Ruah creadora nos anime a encontrar las fuentes de la resistencia y a encontrar las formas comunitarias de actuar a favor de nuestros sueños. Os deseo un fructífero trabajo.

 

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