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DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y VALORES HUMANOS

Joan Botam

Capuchino, presidente del Centro Ecuménico de Cataluña. Uno de los pioneros en Cataluña del diálogo interconfesional e interreligioso. Es miembro de la Comisión asesora del IV Parlamento de las Religiones del Mundo.

 

Bon dia, buenos días, buon giorno, bon jour. Si no estamos en un ambiente intercristiano o interreligioso, sí al menos nos encontramos juntos gente de distintas lenguas. Aunque todas estas lenguas que acabamos de mencionar – catalán, castellano, italiano y francés –, hijas todas del latín. Representan solamente una pequeña muestra del mosaico de nuestro planeta, nos ofrecen, sin embargo, la imagen de lo que es la totalidad del universo: uno y plural a la vez.

Lo intercultural o interreligioso no es un invento es una realidad. En nuestros países,  Italia, España, Francia y Europa, en general, somos todos protagonistas de un proceso de signo intercultural e interreligioso. Otra es o era la situación en Estados Unidos. Estados Unidos es un país que ha nacido intercultural, interlingüístico e interreligioso. Por consiguiente, para los americanos, la búsqueda de un espacio común para construir el país, a través del diálogo, es algo natural, les viene de nacimiento. En nuestros países tradicionalmente católicos, la presencia de otras tradiciones religiosas es una novedad. Una novedad que, aunque nos sorprenda, debemos agradecer. Entrar en la comprensión, en la conciencia responsable de la realidad que se vive, es condición indispensable para realizarnos cuanto más mejor. A nosotros, los cristianos, nos interpela siempre la utopía del Reino, que no es una utopía imposible. Si no la alcanzamos del todo, tenerla presente al menos nos ayuda a progresar cada día en su dirección. 

Para vivir la utopía del Reino hay que conocer, comprender, el Reino. Pero el Reino no es solamente el más allá; el Reino es también nuestra historia presente. Conocer y vivir nuestra historia presente es conditio sine qua non para identificarnos, ser plenamente cristianos de acuerdo con la vocación que hemos recibido, de encarnación. Se vive nuestra realidad encarnados, inculturados, con una visión del presente que entra de nosotros y de nosotros sale, que construimos nosotros y que por lo tanto es un punto de referencia muy importante a tener en cuenta. De ahí que entrar en la conciencia de la interculturalidad y de la interreligiosidad y actuar en consecuencia. para nosotros es un don. ¿Qué podemos hacer para profundizar en este don? El camino no es otro que la apertura del diálogo. El diálogo es ya metodológicamente un don que nos predispone, ya como camino, ya como recurso;  un don que nos invita a la comprensión, a la captación y a la sintonía con otras sensibilidades. Me refiero al diálogo interreligioso, entre religiones distintas, al diálogo interconfesional, entre tradiciones cristianas, al diálogo intercultural, entre culturas. Captar esta realidad y entrar a fondo en ella no nos puede dejar indiferentes.

Estos días leía en la revista francesa Politis, un artículo de Tariq Ramadan, musulmán inculturado en Europa, en diálogo con sus conciudadanos de tradición cristiana europea. Viene a recordarnos algo muy interesante: a propósito de la globalización, el fenómeno de alguna manera inevitable de nuestros días, dice, se ha dado como reacción el fenómeno antiglobalización”. Porque la globalización se supone al servicio de un pensamiento único en lo económico y prácticamente en todo. Pero añade este autor: Me encuentro con personas progresistas, abiertas, con ganas de ser coherentes con su propia fe y con sus compromisos, que son personas antiglobalización en lo económico, pero que en cambio, cuando se trata de la antiglobalización en lo cultural, son víctimas de sus prejuicios y  estereotipos, especialmente por lo que respecta al mundo islámico. Él es musulmán y, por consiguiente, habla desde la conciencia islámica, pero podrían afirmar lo mismo los representantes de las grandes tradiciones religiosas y espirituales de Oriente. No nos damos cuenta, pero lo cultural, lo propio del lenguaje, de la comunicación, es ya, en su misma esencia, algo religioso. Cuando nosotros los occidentales hablamos de cultura o, más exactamente, cuando los latinos hablamos de “cultura”, y los anglosajones de “civilización”, que son matices del mismo concepto, no incluimos en este concepto la experiencia religiosa propia de nuestra fe. Religión y cultura, cultura y religión, para las tradiciones religiosas y espirituales de Oriente, son  prácticamente nociones coincidentes.

Así que, para concretar, como resultado de la tensión dialéctica positiva que presupone la globalización, que nos arrolla en todos los sentidos, habría que prestar atención hacia qué es lo cultural. Debemos orientarnos al respecto per encima de nuestro eurocentrismo. Desde connotaciones a menudo muy paternalista, de “buena hermandad”, somos sólo en apariencia comprensivos con las otras culturas. Debemos plantear el problema de lo intercultural de tú a tú, de igual a igual, porque no se dan culturas, como tampoco lenguas,  “superiores”. Todas las lenguas y todas las culturas, por el hecho mismo de ser patrimonio de la humanidad merecen igual respeto; y esto no se puede medir de manera cuantitativa. No es que el chino, o el inglés, sean  lenguas importantes porque las hablan muchos millones de personas. Una lengua de la inmensa región amazónica, hablada por una tribu de quince personas, es tan importante, cualitativamente hablando, como pueda serlo otra lengua de gran difusión.

Éste es el problema: necesitamos apertura, diálogo, comprensión. Debemos estar abiertos a todo lo divino y lo humano, porque es a partir de esta comprensión integradora que seremos capaces de elaborar una filosofía apta para comprender y amar sin discriminación todos los valores; adecuada, por consiguiente, a lo que nosotros pretendemos.

Hablemos de globalización, hagamos un análisis y planteémonos posibles alternativas. Que vivimos, o somos huéspedes o ciudadanos de una aldea global, en lo económico, en lo social o en lo político, es, actualmente, obvio. En no pocos aspectos estamos metidos a fondo en el llamado fenómeno de la globalización, o “mundialización”, como prefieren los franceses, con riesgo de perder la propia identidad. Enraizados en nuestras tradiciones, hemos vivido en tensión por la unidad. Pero. se ha vivido también con la misma tensión la diversidad? Pues, no, porque la diversidad ha inspirado siempre temor: Lo diferente es problemático, es negativo, plantea dificultades. En especial, si lo miramos desde perspectivas que van de arriba abajo, desde perspectivas políticas, que procuran  configurar estados-nación perfectamente organizados, estructurados, siempre bajo el signo de la unidad.

Esta simple descripción del estado actual de las cosas es ya indicativa del enfoque que conviene dar al diálogo. Orientado con criterios abiertos debe tener en cuenta toda suerte de valores humanos.  Por ello, antes de hablar de valores religiosos o valores de una determinada tradición religiosa y espiritual, creo que lo fundamental y definitivo es que hablemos de los valores humanos sin más.  ¿En qué pensamos cuando nos referimos a valores humanos? Valores humanos son aquellos que nos impelen a ser y actuar como seres humanos, algo inserto en la profundidad de nuestro ser que, desde todos los puntos de vista, es imprescindible para desarrollarnos, para crecer como seres relacionales, como hombre y mujer, como personas, seres dotados de capacidad de comunicación, de intercambio y de crecimiento. Éstas son las notas específicas del ser humano respecto a otros seres de la Creación: somos relacionales, nos abrimos los unos a los otros, nos comunicamos, y es a partir de esta comunicación, de esta interrelación, que tenemos la posibilidad de crecer. Este crecimiento supone  un sujeto amplio, el de la familia humana. No es posible el crecimiento de una sola persona independientemente de la otra, o el crecimiento de un grupo en detrimento de otros grupos.

Decía un amigo musulmán que lo que no es bueno para el otro, tampoco es bueno para mí, y lo que es bueno para mí y no lo es para el otro, para los demás, tampoco lo es para mí. Este intercambio, esta necesidad, de iguales oportunidades para el desarrollo del ser humano, es algo de lo cual no se puede prescindir, es vital para crecer. Ahora bien, puesto que necesitamos este intercambio recíproco,  no basta el monólogo, no basta proyectarse, producirse de manera unidimensional desde el propio yo, independientemente de los demás. Para que haya comunicación, y, por consiguiente, comunión, es decir una tensión positiva de crecimiento de la humanidad como familia, tiene que haber un intercambio recíproco. Mi interlocutor es igual a mí y yo igual a él, de manera que el diálogo de intercambio se debe realizar siempre de persona a persona, de tú a tú, de igual a igual, y, si ello es posible, con complicidad. Abrirse con confianza al otro, sobre todo en el interior de la misma familia, del mismo movimiento o de la misma congregación, sobre la base de espacios más o menos homologados, presupone ritmo, estilo y vocación. Y esto para llegar a una comunicación real, una comunicación que toque lo más específico de nuestro ser, que no es solamente la inteligencia, sino el corazón; la comunicación propia del llamado lenguaje simbólico. Habría que insistir mucho sobre este punto, puesto que nosotros, a fuer de occidentales, somos hijos de una tradición cultural muy conceptual, que prima a menudo la idea y prescinde, o casi, de lo que concierne a la vida afectiva, la emoción, el  sentimiento, el corazón.

A mí me gusta citar, y más ante representantes de la tradición cultural italiana, aquella expresión de Dante Alighieri: la intelligenza d’amore o l’amore d’intelligenza para mejor comprender que el amor comporta también inteligencia, ya  sea de tipo intuitivo, ya sea racional; y, por lo tanto,  una inteligencia que conlleva al mismo tiempo comprensión afectiva, respetuosa, una sintonía de persona a persona, comprendidas todas nuestras posibilidades, porque ni somos solamente mente, ni tampoco solamente corazón. Por consiguiente, necesitamos intelletto e amore, en nuestros intercambios pensando en la comunicación y  en el crecimiento. Es a través de esta suerte de experiencia humana que llegamos al descubrimiento de los valores. Ya los antiguos recomendaban: conócete a ti mismo, nosce te ipsum. Es en nosotros mismos que descubrimos aquellas disposiciones constantes que tienen categoría de valor. Y esto lo logramos a través de la experiencia de cada uno, porque la experiencia es personal y lo que definitivamente cuenta es propio de la experiencia o procede de la experiencia.

Me han presentado como capuchino, es decir, religioso reformado de la tradición franciscana. La orden de los hermanos menores capuchinos nació en Italia en el siglo XVI. Nosotros, los capuchinos, nos sentimos muy identificados con el pueblo italiano, especialmente a partir del siglo XVII, con Alessandro Manzoni. Nuestra tradición espiritual se remonta a las fuentes del movimiento franciscano del cual citaré, porque viene a cuento, este aforismo: Tantum scit homo quantum operatur, es decir, se sabe aquello que se experimenta y sólo en la medida que lo experimentamos. No cuentan solamente las teorías, la retórica, las palabras o el pensamiento; esto es a veces en detrimento de la vida. A partir de nuestras experiencias personales, podemos deducir con facilidad, en función de los valores que permanecen, en primer lugar la conciencia de la alteridad: el otro es tan importante como yo. Yo no sería yo sin el otro, sobre todo cuando este Otro está escrito con mayúsculas, para  significar que el Otro es  la presencia, el referente de una presencia del absoluto que es Dios. Se trata del reconocimiento del Otro, del reconocimiento agradecido, respetuoso y amable que pide transparencia y  nitidez. Para llegar a este reconocimiento del Otro, hemos de ser limpios de corazón, hemos de “avanzar con el corazón en la mano”, una expresión catalana muy feliz para indicar que debemos ser ingenuos y, a la vez, inteligentes. Hay, en efecto, una ingenuidad “tonta”,  sentimentaloide. No, no se trata de esto; se trata de la ingenuidad inteligente de la persona que sabe cuando conviene  “perder” para que ganemos todos.

Otros valores que podemos de alguna manera deducir del intercambio mutuo son la reciprocidad a la que antes me he referido, y la magnanimidad generosa. A mayor grandeza de ánimo,  más comunicación, más intercambio. Podemos por este camino hasta descubrir el valor de la complicidad. Ser cómplices, con amable sintonía de condescendencia, nos lleva a la aceptación fraterna, libre y alegre. Una cierta complicidad nos ahorra de vivir siempre tensos y como preocupados. Es bueno y saludable poder vivir en la confianza que somos también comprendidos a pesar de nuestras flaquezas, libres o liberados de nuestros complejos. Salvador Espriu, uno de los poetas más notables de nuestros tiempos escribe: Escucha Sefarad, si no hay libertad, no es posible vivir humanamente. Nada impuesto es bueno y perdurable.

Aceptada la exigencia de crecimiento en todos los sentidos, creo que necesitamos también   cierta “sostenibilidad” personal, cierto equilibrio ecológico, es decir, para mantener e incrementar nuestra salud física, psíquica y espiritual; con dosis de buen temple para vibrar y entusiasmarnos.

Todos estos elementos fundamentales están en la base de nuestra exigencia de comunicación. Somos seres humanos, formamos todos juntos la familia humana, y es desde esta constatación que estamos llamados a crecer, a comunicarnos y a enriquecernos. Esto es algo sustantivo para nuestras vidas. En cambio, son menos importantes las etiquetas o adjetivos con los cuales a veces nos distanciamos. Al respecto, he recogido una apreciación de nuestro ambiente cultural: uno es creyente o no creyente;  ateo, agnóstico, hijo de una determinada tradición, católica o protestante, pero todos estamos embarcados en la misma nave, todos hemos sido llamados a construir la ciudad. 

He tenido últimamente experiencias de intercambio con ciudadanos que se profesan ateos. Diríamos que esta es una forma muy contundente de negar la existencia de Dios. También he tenido contactos con personas creyentes de distintos matices. De hecho, si esto fuera un problema, diría que tiene fácil solución. Somos creyentes, pero en no pocas zonas de nuestra vida a veces en nada se hacen notar nuestras creencias. Igual ocurre con los ateos: en muchos aspectos de sus vidas en nada se significa la negación de Dios. A su modo, también ellos se mueven guiados conscientemente o no por creencias.. En este sentido, a propósito del diálogo que nos ocupa, se deben tener en cuenta las verdades seguras, absolutas, aquellas a propósito de las cuales los humanos podemos hablar con cierta garantía de seguridad. Pero, después de años y años de luchas entre la ciencia y la fe, entre la cultura y la religiosidad, llegan ahora los científicos, los de la física cuántica, y se declaran incapaces de afirmar verdades absolutas. Verdades absolutamente seguras, no las hay, dicen, trabajamos siempre sobre hipótesis. Trabajar sobre hipótesis es trabajar sobre algo intuitivo, algo probable. Como pueden observar, las clasificaciones son muy relativas e incluso, a veces, perjudiciales. No es bueno, por consiguiente dogmatizar, afirmar que estamos en posesión de la verdad absoluta y desde nuestro castillo mirar con arrogancia a los demás, a los que andan supuestamente equivocados.

Hablemos del agnosticismo.  Un amigo agnóstico me dice: Mañana, si Dios quiere, nos veremos. Y luego continua: Bueno, yo soy agnóstico; me sale esta expresión  porque es propia de nuestro lenguaje culturalmente cristiano, si Dios quiere. Yo le respondo: Bien, tú eres agnóstico y en parte creyente, y yo, creyente, y quizás en parte también agnóstico; por consiguiente, en muchos campos fácilmente nos podemos encontrar. Y nos encontramos en el hecho de ser humanos,  ciudadanos de la misma aldea; somos todos, de alguna manera, constructores de una misma sociedad, miembros de la misma familia humana, esta familia humana que, desde la perspectiva cristiana, es  Reino de Dios. El Reino de Dios no es la Iglesia o las Iglesias. Cuando Jesús manda a predicar a sus discípulos les dice solamente esto: El Reino de Dios está cerca, está dentro de vosotros, está entre vosotros. Predicad: el Reino de Dios está cerca. El objetivo  es el Reino de Dios, el Universo entero bajo la mirada del Creador y de su designio de bondad, de belleza, de harmonía, de perfección. Este es el objetivo del Evangelio, del Reino de Dios y, por ende, del creyente.

A este respecto, siempre me ha parecido interesante deducir valores de las bienaventuranzas, la   carta magna de nuestra experiencia cristiana. Una carta magna, que no es sólo una carta, una proclamación, un manifiesto, algo que viene de arriba abajo, sino una forma de ver, de descubrir, de deducir, desde la realidad de lo que somos, unos valores. Tenerlos en cuenta puede ser de gran importancia para construir el Reino. En primer lugar, para tener conciencia del Reino. 

Dice Jesús: Dichosos los que se saben pobres, porque de ellos es el Reino. Esta pobreza, la pobreza humana, la pobreza del ser humano ante el Creador, es la desposesión total de uno mismo, no solamente de su patrimonio, sino de sí mismo, en el sentido que toda la seguridad, todo lo que somos, todo lo que podemos, es obra del Creador, es gracia del Creador. Y por consiguiente, al entrar en esta experiencia de desposesión, entramos al mismo tiempo en una experiencia de posesión, la posesión del Reino definitivo. Suyo es el Reino, de los pobres.

Los afligidos serán consolados: El gesto de abrirse al otro comprendiendo su sufrimiento o aflicción, revierte hacia uno mismo, tarde o temprano. Jesús está hablando, en primer lugar, en presente, pero después viene el futuro, serán consolados. Aquello que con su mano brinda a los demás  revertirá en beneficio propio, mejor dicho, revierte ya en beneficio propio.

Los no violentos heredarán la tierra: los no violentos, los que se hacen violencia desde la dinámica del amor, de la verdad, de la justicia, porque estas son las violencias que tienen un valor; no las violencias del poder, la violencia mortífera, la violencia del corazón. Éstos serán los herederos, los que heredarán la tierra.

Los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados. Lo que yo hago en beneficio de los  afligidos, revierte en mi propio bien. 

Los misericordiosos alcanzarán misericordia; Los sinceros de corazón, estos, verán a Dios. Ver a Dios significa ver aquello que es realmente definitivo para nuestra experiencia de vida y felicidad. Los que trabajan por la paz, serán llamados hijos de Dios, porque la paz no es algo estático, sino algo en movimiento, es coordinación, es comunión, es sintonía de corazones, es el designio de Dios sobre la humanidad. Y finalmente tenemos los perseguidos por ser fieles, y  también de ellos es el Reino. La fidelidad y la pobreza, la primera y la última de las bienaventuranzas, coinciden en ser valores para entrar a formar parte del Reino de Dios. Y es justamente en función del Reino de Dios que debemos discernir cuáles son nuestros valores. Estos valores, si no son para siempre, no lo son de verdad. Los valores fugaces pueden llegar a ser estorbo para que se den los valores definitivos, aquellos que no pasan. Hay que entrar en la comprensión, en la estima y en la experiencia de estos valores, desde la experiencia personal.

 Viene ahora a cuento una imagen, de Ramon Llull, la del Árbol de la vida. La humanidad es como un árbol que va creciendo, que va llegando a su plenitud. Este árbol conserva en sus raíces solidez, memoria, fidelidad a las fuentes, valores que nos llevan a nuestros orígenes, a nuestra memoria.  De alguna manera, nos constituyen: son la memoria que viene de miles y miles de años, los mismos que tiene la historia de la humanidad. Esta memoria, de la cual  San Pablo dice a los romanos: No somos nosotros quienes la llevamos, es la memoria la que nos lleva a nosotros. La humanidad, como un árbol, tiene raíces, y también tronco, el tronco de la unidad, todos en uno: la comunión, la comunicación de energía que pasa por el tronco. Hasta llegar a las ramas, que son la diversidad,  la  verdad, la belleza, los frutos,... Un poco como el cuerpo humano, uno en la diversidad de sus miembros. En el mismo árbol de la vida se reúnen con su diversidad todos los frutos. Esta atención a los valores de la familia humana, como árbol, comporta, evidentemente,  exigencias éticas, de trabajo y de coherencia. En función de la totalidad  (el árbol, con sus raíces, el tronco, las ramas y los frutos), se impone una creatividad integradora de la diversidad. Una creatividad que es como visión prospectiva del ser humano y de la familia humana, una visión que mira hacia adelante teniendo en cuenta  sus diversidades.

No se trata de buscar respuestas de ayer a las preguntas de hoy. Esto tiene su aplicación en todos los aspectos de nuestra experiencia humana: en lo religioso, por lo pronto, pero también en lo social, en lo cultural y en lo político. Cuando uno oye, por ejemplo, afirmaciones contundentes, casi dogmáticas, por ejemplo, respecto a la Constitución de un determinado país, como algo sagrado, intocable, es señal de que se pone al hombre en función de la ley, en lugar de la ley en función del hombre.

Por consiguiente, si lo  que se pretende es crecer, y hacerlo de manera colectiva, hay que asumir esta tensión integradora de la diversidad humana. Con respuestas de hoy y, si puede ser, con respuestas que miren hacia el futuro. Alguien se pregunta si efectivamente hay respuestas, porque a veces se dan momentos históricos en la vida de la familia humana durante los cuales todo es oscuro.   Pero nosotros partimos de una concepción de la vida que es optimista. Partimos de un Universo que es expresión, manifestación, signo, del absoluto de Dios, de Dios creador, de Dios presente.  

Esta manera de contemplar la Creación y la propia experiencia humana nos lleva al optimismo. Al optimismo puedo llegar reflexionando sobre la imagen que nos ofrece la conciencia, la presencia masiva de todas estas grandes manifestaciones en contra de la guerra en Irak, en las que todas las generaciones, desde todos los puntos de vista,  han gritado unánimes: Queremos la paz  y No a la guerra. Un grito tan unánime que, desde la perspectiva de la pluralidad étnica, cultural y religiosa,  creemos que no puede desvanecerse y sí, en cambio, motivar la esperanza. Algunos pensaban que entre estos manifestantes se daban actitudes y puntos de vista y sensibilidades con intereses secretos,  pero la manifestación estaba allí y era como una nube del no a la guerra.  No a la guerra  porque la guerra no es solución y esto lo sabemos después de años, de siglos, de vivir en una cultura de guerra.

Unos amigos cristianos muy radicales, los cristianos de Diáspora, decían recientemente: No han muerto definitivamente los santos que invocamos; no ha muerto Jesucristo, no ha muerto Gandhi, no ha muerto Luther King, no ha muerto San Francisco, Estos mensajes testimoniales, son como referentes en la memoria, están presentes en ella  y  tarde o temprano  acaban imponiéndose. 

La esperanza va más allá de lo que es inmediato. Hemos inaugurado la experiencia del profetismo laico, del profetismo del pueblo de Dios, el profetismo de toda la humanidad. Cuando se grita: no a la guerra, sí a la paz, éste es un grito profético que responde a lo que es la profecía, que es la manifestación de un pensamiento, de un designio que viene de Dios y nos lleva hacia Dios. Sufrimos los efectos de una crisis de época, una crisis de nuestro tiempo. Para salir de esta crisis, ha escrito el cardenal Martini, no tenemos otro recurso que el diálogo. En el momento en que toda la humanidad, desde afirmaciones unánimemente compartidas, como por ejemplo la del  No a la guerra, se pone a dialogar, decide escucharse, se puede tener la esperanza desde esta sabiduría de la escucha que van a emerger respuestas y orientaciones en vistas a horizontes nuevos y mejores. Un diálogo que esperamos se sitúe al margen de academicismos; hijo de relaciones interpersonales abiertas, fiables y sin miedo. Lo dialogante comporta intercambio personal que se resuelve en múltiples aspectos de nuestra vida, desde el gesto, la sensibilidad y también la comunicación articulada. El diálogo es una aventura necesaria para crecer como personas conjuntamente, y algo cultural, naturalmente, un diálogo confesional, un diálogo interreligioso, un diálogo interhumano, una comunicación entre seres humanos para, escuchándonos, configurar el proyecto que debe presidir nuestra vida personal y nuestra vida social. Al dialogar de tú a tú entra en juego, con sus secretas posibilidades, toda la persona. Hay diálogos de pocas palabras, hay diálogos sin palabras, hay diálogos de gesto, de la mirada, de la presencia, de la ausencia; un entramado de diálogo que es constructivo, que nos hace a nosotros  al mismo tiempo que nosotros lo hacemos a él.

Esto es lo que entendía como cultura André Malraux cuando decía que la cultura la hacemos los humanos y la cultura hace a los humanos, porque viene de nosotros y hacia nosotros vuelve para ayudarnos a seguir adelante en nuestro camino. Con el diálogo entendido en estos términos todo es posible, pero sin él, encerrados en nuestras posesiones, tercos con nuestros esquemas, no sólo no progresaremos, sino que retrocedemos. Nos sentimos inseguros, levantamos la voz, gritamos, queremos pensar que nos asiste toda la razón. Una comunidad, si dialoga, nunca se equivoca. Podrá equivocarse quizá en verdades teóricas, en verdades conceptuales, pero a propósito de aquello que es verdad de vida, verdad en función de la vida, si esta verdad viene de toda la comunidad y para la comunidad, esta verdad es siempre digna de ser tenida en cuenta. Porque, en definitiva, el diálogo forma parte de la vida y trabaja para la vida. No tenemos un conocimiento total de nosotros mismos, de Dios, porque a Dios nadie lo ha visto, aunque bien es verdad que lo sentimos y lo encontramos en la medida en que nos escuchamos y deducimos, de nuestras experiencias, aquello que es de alguna manera signo de su presencia. Lo que nos lleva a las verdades que son auténticamente verdades, no a las verdades arbitrarias, no a las verdades fantasmagóricas, no a las verdades retóricas.

El Nobel Elías Wiessel dice al respecto algunas cosas realmente impresionantes. Las preguntas de verdad son aquellas que si de una parte, realmente impactan, de la otra, llevan misteriosamente dentro la respuesta. Recordemos aquella trilogía tan interesante a propósito del holocausto: la noche, la aurora, el día. Tres aspectos, tres tiempos, de una misma realidad, de una misma verdad. A partir de esta verdad que, de momento, es oscura,  el anuncio de la luz que apunta al nacer del día, la aurora y, finalmente al día. No nos es posible reflexionar del mismo modo en Europa y en el mundo después de catástrofes tan tremendamente humillantes como la del holocausto; así lo cree J.B. Metz. Desde la constatación dura de esta realidad, en actitud expectante, es cuando comprendemos que realmente debemos escucharnos, dialogar, cambiar de chip, a propósito de nuestras ideas y nuestros estereotipos. Ante retos como la paz, la justicia y la sostenibilidad, no hay escapatoria posible: la paz nos convoca, no la inventamos, no la vamos a buscar, nos viene a buscar ella, ella nos convoca, nos interpela, nos exige. Lo mismo que la justicia: no podemos contemplar las injusticias sin darnos cuenta de que hay una efectiva y necesaria exigencia de equidad, de igualdad de oportunidades. La sostenibilidad, lo que llaman los ingleses  integridad de la creación, es cuestión de ser o no ser. No podemos ser indiferentes ante los desastres ecológicos, porque nos concierne, es cuestión de vida o muerte. Por tanto, felices aquellos que están atentos, en actitud de escucha, porque estos tendrán la sabiduría de la escucha. Aquella escucha que inspira, que, junto con el temor, crea nuevas perspectivas para seguir adelante de manera más coherente. Respondemos dinámicamente a los signos de los tiempos de este modo, así que la opción del diálogo libremente asumido nos hace más libres, sujetos más activos y receptivos de la Creación, del Reino de Dios. Todo esto, en función de una actitud dialogante, de diálogo abierto a lo divino y a lo humano, diálogo abierto al Creador y a su enviado, Jesucristo. Un diálogo en función de nuestra experiencia de vida, de nuestras posibilidades de experiencia de vida y de servicio para construir un mundo mejor. Los caminos de la paz, con la sabiduría de quien escucha, nos brindan el gozo del compromiso: este es el tema del IV Parlamento de las Religiones del Mundo que se celebrará en esta ciudad el año próximo. Una oportunidad para ser y actuar desde lo local en lo universal. Por nuestra circunstancia histórica, lo interconfesional e interreligioso, don del espíritu, deben tomarse como base de nuestra espiritualidad.  

Y esto, al fin y al cabo, es en resumen, el objetivo de mi intervención: poner de relieve la importancia de una experiencia personal que debe tener en cuenta tres aspectos. Primero: una actitud abierta; segundo: memoria; tercero: interpretación y, si se quiere, interpretación entendida como algo práctico, que se toca y se ve. Cuando hablamos de actitud nos referimos a aquellas disposiciones interiores que exhalan de la profundidad de nuestro ser y que, desde la honestidad y desde la voluntad y la rectitud del corazón, nos predisponen positivamente a todo lo bueno y a la vez nos ponen en contacto con todo lo negativo. La actitud no es lo anecdótico, no es un episodio de nuestra vida. Es algo que define la persona.. Una persona se sabe agradable a Dios, como reza un antiguo aforismo, cuando, a su vez, Dios les es agradable. Dios es atractivo, nos seduce. Si permanecemos constantemente en actitud abierta hacia Dios, podemos estar ciertos de seguir adelante por el recto camino. Sobre todo, si nos mantenemos fieles a nuestra memoria entendida no como capacidad de retención, como si se tratara de una cinta magnetofónica, sino como memoria de  nuestra familia humana y, más todavía, de nuestra familia espiritual, la Iglesia.

Hablábamos del diálogo interconfesional: Uno es católico, protestante, ortodoxo… y todos, porque somos bautizados, confesamos a Jesucristo como único mediador ante el Padre. Todos por igual nos salvamos por Él, en Él y con Él, a la escucha, por la fe, de su palabra. Constituimos la Iglesia Única de Jesucristo, la Una Sancta, a pesar de nuestras divisiones, nuestro pecado.

Un tercer elemento es la interpretación. Cuando hablamos de interpretación queremos significar que cada ser humano está dotado de características propias, de experiencia personal,  de dones y cualidades. No deberíamos sorprendernos por ello, antes todo lo contrario, manifestarnos contentos y agradecidos. Eso sí, debemos buscar la manera de que estas diferencias encuentren su clima de comprensión y, en definitiva, de comunión. Recuerdo que la primera vez que abracé, desde esta perspectiva, a un protestante bautista, me dijo con mucha franqueza: Parece que tú, respecto a los protestantes, no tienes visiones negativas; nos ves como hermanos. Le contesté: No solamente os considero hermanos, doy gracias a Dios por ser como sois, ojalá que buenos protestantes. Ante un pasado de tanta incomprensión mutua, este es el camino que se abre ante nuestros ojos. Que sepamos seguirlo para afirmar así el Reino de Dios.

 

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