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CULTURA LOCAL Y GLOBALIZACIÓN

Marisa Restello

Miembro de la fraternidad Carlos de Foucauld de Italia. 

 

Deseo dar a esta intervención el valor de testimonio. Junto a nuestros contemporáneos, también nosotras estamos desconcertadas por el fenómeno de la globalización. He buscado en esta intervención ver los efectos y provocaciones que trae a la vida de las personas y de los grupos que se refieren de un  modo vital al Evangelio y al mensaje del Hermano Carlos (...).

Inmersas en la masa para transparentar el rostro de Dios

El hecho de ser vitalmente parte del Pueblo de Dios, inmersas en la masa, nos confiere la responsabilidad de hacer transparentar el rostro de Dios que los hombres y mujeres de nuestro tiempo buscan con tanto empeño a través de negaciones, distorsiones y manifestaciones de indiferencia. Hablando de “rostro”,  me parece interesante citarles un comentario  de Leonardo Boff sobre los cincuenta años de presencia de las Hermanitas en un pueblo indio del Brasil: “El pueblo tapirapé estaba desapareciendo.  Su jefe decía: ‘Vale la tierra, vale la caza, valen los peces.  Sólo el indio no vale nada”. Estaban convencidos de estar destinados a desaparecer.  Las Hermanitas vinieron a compartir su agonía, les solicitaron hospitalidad y comenzaron a vivir con ellos el evangelio de la fraternidad en el trabajo de los campos, en la lucha por obtener la mandioca de cada día, en el aprendizaje de la lengua y en el descubrimiento y valorización de todo lo que les era propio, incluso la religión. Y resurgió la autoestima entre los indios. Inicialmente los tapirapé eran 47; en la actualidad llegan a 520. Las Hermanitas no convirtieron ni a un solo miembro de la tribu, pero hicieron mucho más: se convirtieron en las parteras de un pueblo a la luz de aquel que vio su misión en “traer la vida y en abundancia”. Mirando el rostro envejecido de una de ellas pienso que, si tiñera sus cabellos de blanco con el tucum, sería una perfecta mujer tapirapé.”

Vean cómo el amor, el sumergirse en un pueblo, lleva a una identidad nueva que no tiene nada de exclusión, de defensa, de  distancia, sino que manifiesta relaciones de fraternidad, de comunión, de tierra nueva y cielo nuevo, donde no tiene importancia ser hebreo o griego y donde las vírgenes, las estériles, florecen de hijos.

 

Hermano, hermana, amigos

Uno de los aspectos sorprendentes que los oficiales franceses notaban en el Hermano Carlos en el período de Tamanrasset, era que se había hecho verdaderos amigos entre los tuaregs, como lo hacemos entre nosotros. Saboreo con alegría los términos “como nosotros”.  No se trata de un término grandilocuente, es hacerse del pueblo, hacerse pueblo con ellos, con el que se vive, independientemente de la procedencia cultural y geográfica.

Quizá en la primera aproximación al mensaje de Carlos de Foucauld hemos dado al término “hermano universal” un valor ideológico, mientras que en las palabras de la cita y en el testimonio de las Hermanitas, hacerse hermano y hermana, hacerse amigo y amiga tienen el significado profundo de comunión entre las criaturas. Es en el reconocimiento de nuestra creación, que somos hermanos y hermanas, hijos de un único Padre cualquiera que sea el nombre con que lo hayamos designado, miembros de toda la humanidad, en virtud de nuestra pertenencia a un pueblo concreto.

Me parece que ésta es la gran conversión que se nos pide para poder vivir una globalización que no imponga la nivelación ni el predominio de alguna cultura con detrimento de las otras.  Por ello, podemos decir con certeza que en el tiempo de Tamanrasset, Carlos de Foucauld no convirtió a nadie y que ningún tapirapé se ha convertido en los cincuenta años de presencia de las Hermanitas. Y, no obstante, se ha realizado una conversión auténtica, íntima, fecunda hacia aquella humanidad que el Hijo de Dios vino a asumir y a salvar. 

 

Gratuidad y pobreza

Uno de los obstáculos hacia el ecumenismo y el diálogo entre las religiones es el miedo al proselitismo. También éste es un fenómeno de globalización que lleva a cabo el que es potente en medios técnicos y tiene fuerza para persuadir. En cambio, la gracia de nuestras fraternidades es la llamada a la pureza de las intenciones,  a la gratuidad de la amistad, cada vez más auténtica y que no busca nada a cambio porque la ofrecemos teniendo como modelo a Aquél que se ha entregado y ha dicho: “nadie me quita la vida, soy yo quien la da para que todos tengan vida y la tengan en abundancia”, sin ni siquiera tener la preocupación de “defender nuestra verdad, sino difundirla con nuestra vida” como decía una monja budista durante un congreso por la paz. Nosotras hemos aprendido a decir: “Gritar el Evangelio con la vida”. Este es el compromiso que muchas personas viven individualmente y el testimonio dado por las iglesias cristianas en el Magreb, una presencia de fraternidad y de paz que - de la experiencia de las Hermanitas - ha sido definida con el término “sacramento del encuentro”. “Y además no es sólo una simple presencia, dice el obispo de Argelia, porque el cristiano lleva consigo su propia identidad. Revela qué quiere decir ser cristiano; presentes en medio de los musulmanes, anunciamos que el cristianismo está siempre vivo y anima la vida de los creyentes que no son musulmanes”.[1] El Obispo de Trípoli dice que en ausencia de estructuras eclesiales “es precioso el testimonio de fieles que hablan de fraternidad y de paz con su vida en el trabajo, en los barrios, en las escuelas[2]

Sobre este último punto creo que la fraternidad ha acumulado un patrimonio precioso y  que no se expresa totalmente. Cuando nos abrimos de manera más íntima los unos con los otros, con los vecinos, con los compañeros de trabajo, con los últimos que no encuentran a nadie que les escuche, con los más débiles de la familia; con los marginados que esta globalización hace aumentar cada vez más, con quien ha perdido la confianza en sí mismo, con quien se encuentra perdido en la destrucción del tejido social, con quien se siente extranjero ¡Qué gran riqueza de vida nos intercambiamos!

Dicen los estudiosos de economía en un congreso reciente que, en las sociedades ricas, a la potenciación de los “bienes posicionales”  (es decir, aquellos que demuestran el logro de un estado social elevado) corresponde la destrucción de los «bienes líbres», es decir aquellos que están ligados a las relaciones y al ambiente, indispensables para la vida de la humanidad.  Y demuestran, con cifras y tablas, que con el crecimiento de la riqueza económica disminuye cada vez más la posibilidad de ser felices. 

En estos años resulta cada vez más difícil hablar de pobreza: es una palabra desaparecida incluso de nuestros documentos.  Porque los pobres son siempre los otros y cuando nos acordamos de ellos, es para condecorarlos con una pequeña limosna, como lo han hecho los ocho países más ricos e industrializados en sus últimas reuniones. Pero, hablar del valor de la relación nos lleva a la exigencia de una simplicidad de vida plasmada en las bienaventuranzas, ser felices juntos, sobre la valoración del tiempo por los bienes que pueden ser compartidos, sobre el compromiso para construir una comunidad que dé espacio y dignidad de vida a todos los seres humanos, especialmente a los más pequeños y débiles, que reconocemos como hermanos y hermanas amadísimos e irrenunciables.

 

Entonces, cómo vivir en la globalización?

 

Está de moda últimamente, en el debate sobre la carta constitucional europea, discutir sobre qué lugar debería ocupar la mención de sus raíces cristianas. El cardenal Martíni tiene un punto de observación distinto y muy positivo:  “¿Qué Europa realizarán los hombres y las mujeres que en estos últimos decenios, después del Concilio, se han alimentado cada vez  más intensamente de la Palabra de Dios?”  Una vez más no es en términos de ideología, de exclusión o de sospecha que se puede defender nuestra herencia cristiana, sino en términos de vida, de apertura y de confrontación, a la par con las otras tradiciones culturales y religiosas.

Permítanme concluir con un testimonio que es al mismo tiempo personal, comunitario y de fraternidad.  Confieso, con una gratitud cada vez más fuerte, que las promesas de Dios se cumplen en el curso de nuestra vida, verdaderamente como dicen los salmos.  En estos años de la vejez, reconozco como una bendición cada vez más íntima, la amistad y la comunidad de toda una vida con Olivo[3] y con la fraternidad.  Esta intensa comunión ha creado vínculos profundos en la zona donde vivimos, así como en el círculo de tantos amigos de cualquier procedencia. 

A través de esta apertura a la vida que se traduce en la acogida y en el compartir, siento que nos ha sido concedido el hecho de ejercitar un ministerio de consolación y de reconciliación tan necesario en nuestros días.  Veo también toda la fecundidad de mi presencia de mujer en el ministerio sacerdotal de Olivo.  No es que este tipo de presencia no comporte una dificultad ni que pueda ser institucionalizada.  Es algo que nace de un esfuerzo vital y que madura lentamente en las historias personales como respuesta a una llamada particular. En la Fraternidad he encontrado no sólo un cuestionamiento en este compromiso, sino una implicación en el mismo camino de comunión profunda que también tiene sus signos visibles en el trabajo común para el ecumenismo y en el diálogo entre las religiones y en la costumbre fraterna de acoger.

Pienso que esta experiencia de comunión es tan real, que me da plena confianza en la posibilidad de resistir la masificación que un cierto tipo de globalización conlleva. Simone Weil dice que “algo de misterioso en el mundo es cómplice de aquellos que desean el bien”. Cada uno puede dar un nombre diferente a este “algo de misterioso”, pero queda la realidad del contagio del Bien en que ponemos nuestra confianza.

Se trata igualmente, siempre, de hacer de la salvación ajena como de la nuestra, la obra de toda la vida. Amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado es hacer de la salvación de todos la obra de nuestra existencia, dando también la sangre, en caso de necesidad, como hizo Jesús.[4]  Y ésta es la globalización que nosotras buscamos.

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[1] Carta del domingo de la Misión Universal, octubre 2002

[2] Encuentro en Treviso, mayo 2003

[3] Entendemos que habla de su lugar de residencia y donde está situada su comunidad.

[4] Carlos de Foucauld, 8 de junio 1916

 

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