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Palpar las cosas tal como Dios las ha hecho

(Florencia, desde España)

 

Desde hace poco más de un año, me he propuesto vivir en una aldea donde todo el vecindario asciende a diez personas y algunas otras que llegan los fines de semana. Ya hacía mucho tiempo que tenía este deseo y por fin, lo he podido realizar al jubilarme de mi trabajo como maestra, profesora de educación especial; nos cuenta Florencia recreando para nosotras su opción.

 

¿Por qué esta llamada o empeño persistente?, ¿por qué esta atracción hacia un pequeño lugar inmerso en la naturaleza?

De pequeña he pasado largas horas de soledad envuelta en los más bellos paisajes. Rodeada por la naturaleza, jugaba, pensaba y colaboraba en los trabajos agrícolas y ganaderos. He sido testigo de una forma de vida en que todo procedía directamente de la tierra y del esfuerzo humano. Cada pequeño ser que encontraba, cada pura sensación de sus cualidades, han quedado grabados en mi mente y me parecen bellísimos, inigualables, dignos por sí mismos de cariño y respeto.

Al hacerme mayor, allá por los años 60, oí hablar por primera vez de las nefastas consecuencias que algunas actividades humanas tenían sobre la naturaleza. También aprendí la palabra ecología. Tales noticias me impresionaron y desde entonces estuve con el oído atento a cuanto trataba sobre el tema. Mucho se ha hablado y escrito pero es muchísimo más lo que, en todas las latitudes, se ha seguido deteriorando.

En el entorno donde he vivido tantos años he sido testigo muy directo de la masacre despiadada de nuestra flora y fauna, del envenenamiento de la tierra, el aire y el agua. Lo he visto, lo he comprobado y me ha dolido mucho, también he protestado contra esto.

Y, mientras tanto, cualquier manifestación de la naturaleza me fascinaba y era objeto de mi admiración. Más que con admiración, yo percibía a la naturaleza habitada por el misterio, tras el que se escondía la sonrisa, el cuidado y el capricho de Dios. En todo estaba lo que Él había querido, la expresión de su ser hacia mí y hacia todos.

Cuando, día tras día, veía tantas actividades negativas, destructoras, me dolía con aquel animal o aquella planta, con aquel río. Me dolía con la persona que con este mal se empobrecía y arruinaba. Oraba haciendo mío los sentimientos de todos los seres, tanto de angustia como de alegría, al ver brotar las múltiples formas de vida.

Estar a solas con aquel a quien amo y que sé que me ama

Pero ahora, ¿cuáles son mis planes?, ¿qué deseo hacer con el tiempo que se me vaya regalando? Lo resumiría en una frase: vamos a un lugar tranquilo a orar. Y he buscado un lugar donde se puede contemplar las estrellas y donde acuden los pájaros a hacer sus nidos. Aquí quiero dedicarme fundamentalmente a orar. Deseo estar a solas con aquel a quien amo y que sé que me ama. Deseo tener cerca la creación, dentro de la que me considero una criatura más, y mimada. Deseo orar con mis hermanas las demás criaturas y también por ellas.

La vida de Nazaret podría ser mi estilo de vida: trabajar, orar y tratar sencillamente con algunos vecinos. El trabajo consistiría en cultivar un poco de tierra, hacer viveros y plantar arbolitos. Cuando remuevo la tierra o riego una planta quiero hacerlo con amor y agradecimiento, sintiendo el valor que como criatura de Dios tiene cada ser. Deseo cuidar la obra de la creación y estudiar y comprender a la naturaleza, también desde un punto de vista científico. Para ello estudio un poco de biología. Con esto, y otras lecturas, podré estar abierta a otras formas de ver y tratar el problema ecológico, de las que también participo.

Mi forma de vida ha de ser sencilla, con poco gasto de cosas materiales. Cuando compro evito los embalajes, lo que ha sido muy transportado o muy elaborado. Procuro hacer yo las cosas y las comidas, a partir de productos primarios. Aprovecho también los desechos como abono.

Me gusta ver y palpar las cosas tal como Dios las ha hecho, con sus colores, olores y sabores primigenios. Al captar la originalidad y la pureza que encierran le puedo decir a Dios: “sí, qué bonito es, qué bueno, qué bien formado”. Y percibo en el trabajo, en los paseos por el campo, en la oración ese susurro que dice: aquí estoy creándolo todo, dándole sus multiformes gracias y su belleza, míralo, ¿te agrada?

Una forma de vivir el ideal de nuestra Fraternidad

En esta época, en que la mayoría vive en las ciudades rodeada de cosas o de una naturaleza domesticada, me parece que tengo la misión de acoger y amar la creación palpándola, saboreándola, orando con ella; ponerme en contacto con la vida en sus variadísimas formas, acompasar mis horas al ritmo de las estaciones, del día y de la noche, del calor y del frío.
En estos pueblos abandonados, semiderruidos y en estos campos, talados y maltratados últimamente, quiero estar. Entre estas piedras, por estos caminos. Los antepasados son también algo importante, sus vidas, sus trabajos, sus sufrimientos, sus esperanzas, el vigor de que fueron dotados, su fe. Digo a Dios a veces: “A ti acudían nuestros padres y les ponías a salvo”. Incluyo aquí a toda la humanidad, a los cristianos y los profetas de todos los tiempos. Somos parte de ellos, no los podemos olvidar.

Con todo esto y alguna cosa más pretendo vivir el ideal de nuestra Fraternidad. No debo olvidar a mis hermanos contemporáneos ni a los que vendrán, a los que tengo cerca, a los pobres y los pecadores. Quiero que sean mis preferidos. Que ponga siempre mi confianza en el Señor para que me lo conceda.
 

 

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