En
los primeros años del siglo XX, a un francés amante de la literatura y
de la vida aventurosa, famoso explorador, le aconteció vivir una de
las aventuras cristianas más sugestivas del siglo pasado. Charles de
Foucauld, el monje que sin ayuda construía tabernáculos en el desierto
argelino para «transportar» a Jesús a los que no lo conocían ni lo
buscaban, que murió a manos de los mismos tuáregs con los que había
decidido vivir, en el silencio y en la oración, sin haber conseguido
que ni uno de ellos se hiciera cristiano, será proclamado beato de la
Iglesia este año.
En las filas cada vez más nutridas de los canonizados, De Foucauld
parece a simple vista pertenecer a la categoría de los santos
extremos, los que vigilan las tierras de frontera de la aventura
cristiana en el mundo. Y, sin embargo, precisamente su historia
irrepetible constituye un don de aliento y consuelo.
30Días ha hablado de esto
con el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo pontificio para
la promoción de la unidad de los cristianos, que es además un viejo
amigo de Charles de Foucauld.
Este año Charles de Foucauld será proclamado beato. En 1905, hace
justo cien años, llegaba a Tamanrasset, su meta definitiva, en el
desierto argelino. Sé que siente usted predilección por la figura de
De Foucauld y que ocupa un puesto especial en su vida de cristiano y
de sacerdote. ¿Cómo lo conoció?
WALTER KASPER: En mis años de profesor de Teología en la Universidad
de Tubinga me veía a menudo con un grupo de sacerdotes miembros y
amigos de la comunidad “Jesus Caritas”, sacerdotes que seguían la
espiritualidad de Charles de Foucauld. Participaba regularmente en sus
reuniones mensuales que comprendían varios momentos: révisión de
vie, lectura y meditación de la Sagrada Escritura, celebración y
adoración eucarística y, por último, una cena fraternal. Fascinado por
la figura de Charles de Foucauld fui a Argelia, a la montaña de Hoggar,
donde había vivido él, y allí, en una cabaña en medio a la soledad de
la montaña, hice mis ejercicios espirituales. Me acuerdo de que todas
las tardes un ratoncito de ojos vivaces me visitaba para comer un poco
de mi pan. En Tamanrasset, aunque también en otras partes, por ejemplo
en Nazaret o aquí en Roma, me ha llamado siempre la atención la vida
de las Pequeñas hermanas de Charles de Foucauld, su vida en la pobreza
evangélica entre los pobres y su vida de adoración eucarística. Para
comprender mejor la espiritualidad de Charles de Foucauld me han
ayudado mucho los escritos de René Voillaume; algunos aspectos de esta
espiritualidad han entrado también en mi libro Jesús, el Cristo.
En aquellos años, en los que participaba usted en las reuniones de
los grupos “Jesus Caritas”, ¿qué es lo que más le impresionaba de
Charles de Foucauld? ¿Por que consideraba interesante y actual su
vida?
KASPER: Me veía con ese grupo de sacerdotes en una casa de monjas
franciscanas que estaba en las afueras de Tubinga, en una zona muy
bonita. Me conmovió la auténtica espiritualidad evangélica,
espiritualidad de Nazaret, espiritualidad del silencio, de la escucha
de la Palabra de Dios, de la adoración eucarística, de la sencillez de
la vida y del abrazo fraternal. Más tarde comprendí la actualidad y la
ejemplaridad del testimonio de Charles de Foucauld para los cristianos
y el cristianismo en el mundo de hoy. Charles de Foucauld me parecía
interesante como modelo para realizar la misión del cristiano y de la
Iglesia no sólo en el desierto de Tamanrasset, sino también en el
desierto del mundo moderno: la misión mediante la simple presencia
cristiana, en la oración con Dios y en la amistad con los hombres.
Si lo juzgamos por los resultados inmediatos, De Foucauld parece un
perdedor. Durante su vida en el desierto no hubo conversiones al
cristianismo entre los tuáregs. ¿Qué sugiere proponer su historia
ahora?
KASPER: El filósofo y teólogo judío Martin Buber ha dicho que el
éxito no es uno de los nombres de Dios. Tampoco Jesucristo en su vida
terrenal tuvo éxito; al final murió en la cruz, y sus discípulos,
menos Juan y su madre María, se alejaron y lo abandonaron. Humanamente
hablando, el Viernes santo fue un fracaso. La experiencia del Viernes
santo forma parte de la vida de todos los santos y de todos los
cristianos. Esto puede ser de consuelo para muchos sacerdotes que
sufren por la falta de resultado inmediato, porque en nuestro mundo
occidental, pese a todos los esfuerzos pastorales realizados, las
iglesias están cada vez más vacías los domingos y la sociedad más
descristianizada. Muchos tienen la impresión de predicar a oídos
sordos. En esta difícil situación, el ejemplo de Charles de Foucauld
puede ser de gran ayuda para muchos sacerdotes.
¿De
qué manera se expresa esta ayuda?
KASPER: Podemos aprender que no se trata de nuestra misión o, por
así decirlo, de nuestra empresa misionera, de una hegemonía cultural o
de la ampliación de un imperio eclesial con estrategias sofisticadas y
perfeccionadas de pedagogía, psicología, organización o cualquier otro
método. Debemos hacer, por supuesto, lo que podamos, y podemos usar
incluso métodos modernos, pero al final se trata de la misión de Dios
mediante Jesucristo en el Espíritu Santo. Nosotros somos sólo el
recipiente y el instrumento mediante el cual Dios quiere estar
presente; al final es Él quien debe tocar el corazón del otro; sólo Él
puede convertir el corazón y abrir los ojos y los oídos. Así, en la
presencia, en la oración, en la vida sencilla, en el servicio y en la
amistad humana, como la que vivió Charles de Foucauld con los tuáregs,
el Señor mismo está presente y actúa. Hemos de confiar en Él y dejarle
la decisión de cómo, cuándo y dónde quiere convencer a los demás y
reunir a su pueblo.
Esto era lo que De Foucauld vio que había sucedido en su historia
personal.
KASPER: Escribe en una meditación de noviembre de 1897: «Todo esto
era obra tuya, Señor, y solamente tuya… Tú, Jesús mío, mi salvador, tú
lo hacías todo, dentro de mí y fuera de mí. Tú me has atraído a la
virtud con la belleza de un alma en la que la virtud me pareció tan
bella que cautivó irremediablemente mi corazón… Me has atraído a la
verdad con la belleza de esa misma alma». No podemos desde luego
considerar a Charles de Foucauld el único modelo de misión para todas
las situaciones, hay también otros santos ejemplares, como por ejemplo
Francisco Javier, Daniel Comboni y muchos más, que representan otro
tipo y otro carisma misionero. Las situaciones misioneras son diversas
al igual que los retos y las respuestas. De todos modos, creo que
Charles de Foucauld no es sólo un modelo para la misión en el desierto
entre los musulmanes, sino también en el desierto moderno. Es
emblemático que Teresa de Lisieux haya sido proclamada patrona de las
misiones, ella, una joven monja carmelita, que no salió del Carmelo y
no estuvo nunca en un país de misión; y, sin embargo, prometió dejar
caer una lluvia de rosas desde el cielo después de su muerte.
No son raros los llamamientos a la misión, pero a menudo parecen
abstractos y a veces incluso agotadores.
KASPER: También los cristianos somos hijos de nuestro tiempo;
queremos planificar, hacer, organizar, controlar los resultados…
Charles de Foucauld nos sugiere otra manera: imitar y vivir la vida de
Jesús en Nazaret. Podríamos preguntarnos: Jesús, treinta años de vida
oculta en Nazaret de los 33 que vivió, ¿fue acaso un tiempo perdido?
Precisamente la realidad cotidiana, la realidad ordinaria es el
verdadero espacio donde se manifiesta el don de la vida cristiana. Al
respecto podemos recordar un pasaje importante de la constitución
dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium, en el párrafo 31,
donde el Concilio habla de la misión de los laicos y dice que los
laicos son fieles que viven en el siglo, es decir, en las condiciones
ordinarias como el trabajo y las otras actividades diarias. «Allí, en
las condiciones ordinarias de su vida manifiestan a Cristo por la
irradiación de la fe, la esperanza y la caridad». A veces tenemos la
idea equivocada de que para ser una laico comprometido en la misión se
ha de ser un empleado eclesiástico, que en lo que le es posible
participa en las tareas del sacerdote, se muestra activo en la
liturgia, etcétera. Pero lo más importante es vivir el Evangelio en la
vida diaria, en la oración, en la caridad, en la paciencia, en el
sufrimiento, ser hermano de todos y estar convencido –como dice san
Pablo– de que la misma Palabra de Dios, si es recibida y vivida por
nosotros, corre y convence.
Muchos reconocen que los cristianos son hoy minoría. Y dicen que por
ello hay que moverse, ser creativos, reavivar nuestra acción. ¿Le
convence este planteamiento?
KASPER: Me convence sí y no. Sí, si los cristianos se despiertan, son
conscientes de su situación, de los nuevos retos y de su misión. No
podemos contentarnos del status quo y seguir como si no pasara
nada. Esto vale sobre todo para la Europa occidental, que vive una
profunda crisis de identidad, mientras que antaño estaba marcada
claramente por el cristianismo. Europa debe despertarse de su
indiferencia, que es una falsa tolerancia. Pero, por otro lado, existe
el peligro de comportarse como los propagandistas de un lobby
minoritario, o sea, sectario. En este sentido, no al fanatismo
militante como lo vemos en muchas viejas y nuevas sectas, que hoy son
un nuevo reto en todo el mundo. Sobre todo a partir del Concilio
Vaticano II hace falta una estilo dialogante, es decir, una actitud de
respeto también con aquellos que son definidos lejanos, que tal vez
mantienen un vínculo tenue, pero resistente, con la Iglesia, y una
actitud de respeto hacia la cultura moderna, cuya legítima autonomía
reconoce el mismo Concilio. No queremos y no podemos imponer la fe,
que por su naturaleza no puede ser impuesta; queremos –como dice el
Concilio Vaticano II en el párrafo 1 de la constitución pastoral
Gaudium et spes– compartir los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo
de los pobres y de cuantos sufren, y, mediante esta vida de
participación, dar testimonio de nuestra fe.
¿Y De Foucauld tiene que ver con esto?
KASPER: Esta actitud era típica de Charles de Foucauld. Recordemos su
amistad con los tuáregs y sobre todo con su jefe Musa ag Amastan. Él
no hacía nada para convencer y conseguir prosélitos. Como máximo podía
llevar a Cristo cerca de ellos, llevando el tabernáculo al desierto.
Pero luego no ideaba estrategias elaboradas. Vivía simplemente su vida
de oración y de trabajo. Sólo después de su muerte encontró
discípulos, discípulos que hoy viven en medio de los más pobres
compartiendo con ellos las experiencias diarias.
Recientemente, en los debates sobre las raíces cristianas de Europa,
algunos pensadores laicos le han reprochado a la Iglesia su timidez a
la hora de defender y proponer verdades y valores. ¿Qué piensa de
estas acusaciones? ¿Qué diría De Foucauld?
KASPER: La acusación dirigida a menudo contra la Iglesia en su
conjunto carece de fundamento; el Papa y muchos episcopados europeos
se han expresado claramente y con fuerza en favor de la identidad
cristiana en Europa. Pero al mismo tiempo es verdad que en algunos
ámbitos y círculos dentro de la Iglesia existe cierta timidez y
debilidad a la hora de defender y proponer la verdad y los valores
cristianos. Esta actitud nace a menudo de una fe frágil que ha perdido
sus certidumbres, su determinación, que confunde la tolerancia con la
indiferencia. Charles de Foucauld no gritó grandes consignas: su
conducta nace de una convicción totalmente distinta. Parte de una fe
sólida y vivida, que en sí misma, incluso sin grandes palabras, era un
testimonio fuerte y valiente, pero también humilde, del mensaje
cristiano y de sus valores. Sin pretensiones de posesión, sin
actitudes de desafío. Escribe a finales de 1910: «Jesús es suficiente.
Allí donde está, no falta nada. Quien se apoya en él es fuerte gracias
a su fuerza invencible». Un testimonio de este tipo puede llevar a los
demás a reflexionar, a hacerse preguntas, puede suscitar admiración y,
si Dios concede la gracia, también el deseo de compartir esta vida
según los valores cristianos. De hecho, nuestra defensa de la
identidad cristiana de Europa será convincente sólo si vivimos los
valores que defendemos. No son las palabras, es la vida lo que
convence. Como reconocía De Foucauld en un escrito de julio de 1899,
«se hace el bien con lo que uno es, más que con lo que uno dice… Se
hace el bien cuando se es de Dios, se pertenece a Él». Y cuando esto
sucede, no hay que inventarse nada. Basta «quedarse donde uno está,
dejar penetrar, crecer y consolidar en el alma la gracia de Dios,
defenderse de la agitación».
También
las peticiones de perdón por los pecados pasados han sido consideradas
por algunos como una manifestación de debilidad. ¿Qué piensa usted de
estas afirmaciones a la luz de la figura de De Foucauld?
KASPER: Charles de Foucauld tenía razón cuando pedía perdón por su
vida derrochada antes de su conversión. Nos muestra que un nuevo
inicio siempre es posible, por gracia divina. También nosotros en cada
celebración eucarística comenzamos con un acto penitencial; esto sería
algo impensable en una reunión de partido, de una empresa o de
cualquier asociación. Haciendo esto, expresamos nuestra debilidad, lo
cual es un acto de sinceridad, pero al mismo tiempo manifestamos la
fuerza del mensaje cristiano de la misericordia y del perdón, es
decir, de la posibilidad que Dios pueda realizar un cambio y dar un
nuevo inicio también a una historia humana sin salida y sin esperanza.
Escribe De Foucauld en una meditación: «No hay pecado tan grande, ni
criminal tan empedernido, al que tú no ofrezcas en voz alta el
paraíso, como le dijiste al buen ladrón, al precio de un instante de
buena voluntad». Pedir perdón no es por tanto una debilidad sino una
fuerza; es expresión de una esperanza que no olvida, no reniega o
retrata el pasado y que al mismo tiempo no se siente encadenada al
pasado y puede mirar al futuro. Pedir perdón es expresión de la
libertad cristiana, libertad que nosotros conocemos en Cristo. Pedir
perdón no es una acción politically correct, sino que tiene que
ver con la naturaleza de la Iglesia y con su mensaje.
¿Qué tienen en común los tuáregs de África con nosotros, hombres de
las realidades urbanas?
KASPER: De Foucauld lleva a Jesucristo hasta «aquellos que no lo
buscan». Podemos decir que, en ciertos aspectos, la situación de los
tuáregs de Argelia es semejante a la de nuestros contemporáneos en la
realidad urbana, es decir, a nuestra misma situación, si bien
exteriormente la diferencia es manifiesta; allí se trata de pobreza
material, aquí de pobreza espiritual. El desierto es, por supuesto,
distinto, pero el punto común reside en el hecho de que ni ellos ni
nosotros estamos de verdad “en casa” en ningún lugar; estamos en
camino, somos nómadas. Además, tenemos en común cierta letargia. A
menudo vagamos sin una meta concreta ni una sólida esperanza. Somos,
pues, un pueblo en el que la predicación del Evangelio y la conversión
son difíciles. En esta situación, Charles de Foucauld nos da una
respuesta profética pero también exigente, en el fondo la única
respuesta posible: una vida evangélica que manifiesta la alternativa
profética del Evangelio, haciendo que sea de nuevo interesante y
atractivo. De este modo Charles de Foucauld es una figura luminosa, y
puede ser también un válido remedio frente al peligro de un
aburguesamiento y de un tediosa banalización de la Iglesia.
Para De Foucauld los pobres son los destinatarios predilectos de la
promesa de Cristo. ¿No le parece que esta percepción de la
predilección de los pobres se ha ofuscado?
KASPER: Los pobres y los pequeños son según Jesús los predilectos de
Dios y los destinatarios de su evangelización. También san Pablo nos
dice que en las comunidades primitivas había pocos ricos, pocos
sabios, pocos poderosos y pocos nobles. El Concilio Vaticano II
descubrió de nuevo y reafirmó este aspecto; después del Concilio se ha
hablado mucho de la opción preferencial por los pobres. La teología de
la liberación se ha inspirado en este mensaje, pero a veces lo ha
hecho con fines ideológicos; al hacer esto, se ha vuelto ambigua. Esto
no significa, sin embargo, que el mensaje haya dejado de ser válido y
actual. Todo lo contrario. La gran mayoría de la humanidad vive
actualmente por debajo del umbral de pobreza, y esto es verdad sobre
todo en África, donde Charles de Foucauld vivió, entre los pobres.
Espero que su beatificación replantee con un significado de ningún
modo ideológico, la urgencia de hacer frente al desafío de la pobreza,
tanto material como espiritual, y nos muestre la respuesta evangélica,
vivida por él de modo ejemplar, que el mundo actual debe
dar.