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« Pan, libertad, dignidad humana » 

de Girgis: El Cairo (Egipto)

Os escribo estas líneas en un momento en el que atravesamos, nosotros, el pueblo egipcio, circunstancias difíciles. Os escribo, con el corazón sangrante sobre este hermoso país: parece que debían ocurrirle estas cosas para que se despertase de su sueño…

La revolución del 25 de enero no nació por azar o de una idea casual sino como el resultado de una herida que desgarra al pueblo y le afecta cada día más profundamente.

La idea empezó con un grupo de jóvenes que se hacían llamar “Todos somos Khaled Said”. Se trata de un joven que murió tras ser torturado por la policía, lo que condujo a un grupo de jóvenes a crear en Internet (Facebook) un movimiento con ese nombre que significaba que cada uno de ellos se consideraba expuesto al mismo maltrato que Kaled Said. También sirvió de motor de todo lo ocurrido, un movimiento llamado “Jóvenes del 6 de abril”. El 6 de abril de 2008 los obreros de las hilaturas de Mahalla- al-Kobra se declararon en huelga para reclamar un aumento de salario. Eran alrededor de 20.000 y fueron severamente reprimidos por la policía. Ese fue el origen de la revuelta.

El 25 de enero, como cualquier joven egipcio, decidí ir a participar en la manifestación. Fui junto con mi amigo Martín a la plaza Tahrir donde solamente encontramos a los agentes de la seguridad policial. Luego nos dirigimos hacia la calle Choubra donde nos encontramos, al comienzo de la manifestación, unos sesenta jóvenes de ambos sexos.

Empezamos a pedir el fin de Moubarak y su régimen; repetíamos: “Paz, libertad, dignidad humana” y “El pueblo quiere la caída del régimen”. Poco a poco pasamos a ser unos 2.000 manifestantes. Llegaron más policías. Entonces nos dirigimos hacia la plaza Ramsés. La población se iba uniendo y cuando llegamos a la plaza Ramsés éramos ya cerca de 10.000.

Al llegar a la Plaza Tahrir encontramos a otros manifestantes a los que nos unimos. Realmente es una gracia de Dios lo que viví allí.

Por primera vez saboreé el himno nacional de mi país, este himno que, a lo largo de mis nueve años de enseñanza básica había repetido a diario sin el menor sentimiento. Cuando lo entoné no pude contener mis lágrimas; lo entonaba, lo cantábamos juntos con entusiasmo y fuerza. Todos éramos jóvenes, sin identificación con ningún partido. La única cosa que nos motivaba era el amor por nuestro país. Allí no había ni hombres, ni mujeres, todos éramos hermanos. Aquel que tenía comida la repartía con el que no tenía, lo mismo sucedía con el agua. Era como si Egipto naciese de nuevo. La policía intentaba dispersarnos, estimando que infringíamos la ley, que sembrábamos el desorden y la anarquía. Hacíamos frente a las fuerzas de la policía cogidos de la mano, chicos y chicas, y cuando empezaron a lanzarnos piedras, nos sujetábamos por la mano para protegernos unos a otros y eso aumentaba nuestra determinación frente a la dictadura.

De este modo nos quedamos allí hasta las dos y media del día siguiente. A esa hora nos regaron con bombas lacrimógenas. Fue un gran sufrimiento.

Antes de dispersarnos habíamos llegado a ser unas 40.000 personas en la plaza Tahrir. Entonces volvimos a Choubra y allí nuevamente la policía empezó a perseguirnos e hicieron algunos arrestos. Detuvieron a mi amigo Martín mientras que yo conseguí escapar.

Al día siguiente intenté sacar a Martín de la cárcel. De hecho fue liberado, junto con otros jóvenes, el miércoles 26 de enero por la tarde. El 30 de enero volví a la Plaza Tahrir en la que me quedé tres días seguidos. Junto con un grupo limpiábamos las calles, nos abastecíamos de agua y distribuíamos alimentos a los manifestantes. Un cierto número de intelectuales se nos unieron, escritores y artistas célebres; eso nos animó.

En un primer momento después de que el presidente Hosni Moubarak anunciase su decisión de retirarse, yo no daba crédito a lo que oía. Nunca imaginé que nosotros, este buen pueblo egipcio, tuviésemos la última palabra y que tuviéramos la osadía de cambiar el sistema en el poder. La alegría en la plaza Tahrir era extraordinaria.

Toda la gente salía a las calles con alegría... Estábamos juntos, cantando, bailando, gritando… Fiesta extraordinaria en un impulso del corazón. Nos mirábamos unos a otros con orgullo como si recobrásemos la palabra después de haber estado mudos a lo largo de 49 años desde la instauración de la República en Egipto, sorprendidos de tener una palabra con la que trazamos el camino de nuestro país hacia la libertad y el desarrollo.

El 11 de febrero 2011 es la fecha del nacimiento de una nueva generación y de una nueva Era para Egipto. Esta revolución probó que la violencia no es el camino para acceder a la justicia, la paz y la libertad. Los estropicios provocados fueron mínimos desde todos los puntos de vista, ya fueran destrozos materiales o de vidas humanas.

El régimen ha cambiado gracias a la paz y a la no violencia: es una nueva cultura para nuestros pueblos árabes. Esto representa para nosotros, los egipcios, un salto en la orientación de nuestras ideas, salto que tendrá considerables consecuencias en el futuro.

Queridos hermanos me excuso por haberme extendido, pero lo que yo quería deciros es que he vivido una gracia particular junto con mi pueblo y respecto a mi patria. Me acerqué a sus sufrimientos que también son los míos. Metí el dedo en las llagas del hambre, de la pobreza, de la degradación, de la represión, por el hecho de que todo eso es impuesto. Escuché el grito de mi pueblo y grité con él. Comprendí la autenticidad de mi pueblo, su amor por mí como cristiano y mi amor por ellos como musulmanes…

Me sentí como un hombre en el campo de batalla de la justicia y de la conciencia. Me sentí hombre y mujer, joven y viejo, todos resueltos frente a las fuerzas del mal y de la injusticia. Me sentí como un niño llorando sobre su patria que se hunde, como un joven sólidamente pertrechado para volver a levantar esta patria amada y devolverle el rango que le corresponde por su patrimonio cultural y su civilización secular. Me sentí hermano llevando todo esto, mi mano no osaba tocar una piedra para golpear al otro y eliminarle. Esta es una gracia que Dios me ha dado, la posibilidad de vivir estos acontecimientos históricos. La fraternidad me ha ayudado mucho a la hora de tener esta experiencia desde lo que siento en el corazón respecto a mi patria y mi pueblo, este pueblo que también me ha ayudado a hablar de mi rebeldía frente a todo lo que se opone al desarrollo de este bello y buen país. Quiero transmitiros también mi alegría y mi felicidad por este país que camina hacia un horizonte de libertad y de dignidad para toda persona que viva en él.

Girgis
 

« Los músculos de los hombres políticos se han vuelto más poderosos que sus corazones »

(Yūssof MURĀD 1902)

 

« Las soluciones reales a los problemas de un pueblo no pueden calcarse de las experiencias de los otros pueblos »

(Gamal Abdel NASSER (1918-1979)

 

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