El mundo al revés

de un amigo: Quinson (Francia)

La fraternidad en este pueblo rural del sur de Francia tiene cuatro hermanos. El verano pasado, uno de sus amigos escribió, en un periódico local, un artículo sobre su vida. He aquí pues un “diario” de Quinson escrito por uno de sus amigos.

Todos los días, tanto en verano como en invierno, temprano por la mañana, todos los días del año cuatro hombres se reúnen en una pequeña construcción al final del pueblo, al borde de la carretera nacional. Era un establo cuando ellos llegaron a Quinson hace unas décadas, y lo arreglaron como capilla. Hoy día cuatro hombres de edad se reúnen allí cada día para rezar, cantar y participar en la eucaristía y por las tardes para rezar una vez más. En sus oraciones, no omiten nunca la aldea y sus habitantes, particularmente a aquellos que sufren.

Cada día, después de rezar, van al trabajo, aunque ya no lo hacen por cuenta de otros porque son muy mayores. Sin embargo trabajan en el mantenimiento de la casa, cultivan buena parte de su alimentación en el huerto, ayudan a los otros y prestan los servicios que pueden. Cada uno se ocupa de una tarea casera dentro de la fraternidad. André se ocupa de la colada. El otro André, llamado Dédé, hace las compras y la cocina. Téo trabaja en el huerto, está disponible para todos, visita a los enfermos. Todo el mundo conoce a Téo. También tapiza muchas sillas y sillones en el pueblo. Finalmente, el último que ha llegado, Dino, se ocupa de ayudar a los otros en sus tareas. Los cuatro son nuestros hermanitos de Quinson. Ellos están apegados a ese diminutivo de “hermanitos”.

Los Hermanitos de Foucauld son religiosos, como los Benedictinos, los Dominicos o los Franciscanos. Tienen una regla de vida y han pronunciado sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Pero son religiosos particulares que no llevan signos distintivos, no visten ropas de monjes, ignoran los ornamentos sacerdotales, no se dividen entre Padres y Hermanos. Ellos son ‘Hermanitos’. No tienen una celda en un convento. A decir verdad, no poseen nada, ni individualmente ni como colectivo. Ellos lo comparten todo, no tienen otros ingresos que los propios de su trabajo y lo que reciben que “siempre es demasiado” dice Téo, para quien la pobreza ya es abundancia. Su vocación es igualmente particular puesto que no se aíslan como los Cartujos o los Trapenses, sino que viven en el mundo... Se definen en primer lugar por la absoluta renuncia a toda forma de poder, sea cual sea la forma en que este se presente. Han renunciado al poder religioso, al poder intelectual, al poder de sacerdote, al poder que da toda forma de autoridad, y sobre todo al poder del tener. Quieren ser pobres entre los pobres, siguiendo el ejemplo del Hermano Carlos que fundó su orden. Nuestros cuatro hermanitos de Quinson han sido obreros: marino, enfermero, albañil en diversos lugares del mundo antes de llegar a nuestro pueblo.

Pero no son ellos quienes eligieron nuestra aldea, ha sido la casualidad o las necesidades de trabajo. Los dos primeros instalados en Quinson, hace ya casi cuarenta años, Teo y Patrice, fueron contratados para trabajar en un criadero de pollos. El trabajo, que les ocupa varias horas por día, lo viven también en un espíritu de contemplación y de oración, parecidos en esto a Teresita de Lisieux quien encontraba a Dios, decía ella, en las pequeñas cosas. Sin separar la oración del trabajo y la contemplación de la vida activa, los Hermanitos, no separan tampoco la vida religiosa de la cercanía con los laicos, hermanos en el trabajo. Esta es toda la originalidad revolucionaria de su vocación viviendo su fe en la vida diaria de la gente corriente, en la rutina de todos los días, como Jesús en Nazaret que no pertenecía a la clase sacerdotal de su tiempo, ni a la familia de Leví, y que no tenía parte en ningún cargo, ninguna función oficial, no siendo sacerdote, sino carpintero.

Este tipo de compromiso religioso a veces ha sido considerado por la jerarquía religiosa con una cierta aprensión por no decir desconfianza. De igual manera que también lo fue el movimiento de los sacerdotes obreros, sus contemporáneos impregnados por el mismo deseo de regreso a las fuentes del cristianismo en su ternura por los pobres, los humildes, los olvidados. Sin embargo la Iglesia reconocerá la obra de Carlos de Foucauld, que fue beatificado en el 2005.

Hoy día todo el mundo está de acuerdo en decir que esto viene de arriba o de abajo, de delante o de atrás, de la derecha o de la izquierda, de los ricos o de los pobres, todo el mundo está de acuerdo en afirmar que hay que producir más para consumir más, para aprovechar la vida. Siempre más. Hasta el punto de que la salud de un país, una sociedad, un individuo se mide por las cifras de su producción y porcentaje de crecimiento económico.

Cada uno de los hermanitos fue deslumbrado, un día, por la evidencia de que el mundo camina al revés. Cada hermanito, al menos cuando acepta hablar de él mismo, cosa que nunca hacen muy voluntariamente, dice que se ha sentido llamado, atraído a otro camino, el de la Verdad y la Vida. En este camino, se reconoce lo más fundamental de nuestros deseos, lo más urgente de nuestras necesidades y lo más humano, lo más preciado, lo más querido para nuestro corazón: amar y ser amado. Amar y saberse amado, ellos lo cantan en coro en el transcurso de la misa celebrada en la pequeña capilla-establo:

Encontrar en mi vida tu presencia,

mantener mi lámpara encendida,

elegir el vivir con confianza,

¡Amar y saberse amado!

Los hermanos, como todos los religiosos y todos los creyentes, conocen estas palabras de Mateo: Allí donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón (6, 21). Lo cual es una evidencia. Lo que elegimos amar y considerar como lo más importante, es lo que define nuestras vidas. Los Hermanos han elegido a Cristo en un regreso radical a su mensaje. El Jesús que les inspira, el que Christian Robin llama el más Pequeño, Dios hecho hombre, que vino a este mundo para quitar el pecado de los hombres y liberarlos de la muerte ofreciendo su vida por ellos.

Él vino no para juzgarnos, ni para dominar, sino para servir y liberar a los perdidos, los pobres, los débiles, los humillados. El Dios esperado, no es un rey de gloria, sino un errante que no tiene un lugar en el que apoyar su cabeza. Su gloria entera no está en el poder sino en el amor, el perdón, el servicio. “Sabéis que los jefes de las naciones tiranizan a sus pueblos y que los grandes les esclavizan. No ocurrirá lo mismo entre vosotros. Quienquiera que desee ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y quienquiera que desee ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Así es como vino el Hijo del Hombre, no para ser servido, sino para servir y entregar su vida como rescate de muchos” (Mateo, 20,25 ss.)

Los Hermanos eligieron vivir el servicio siguiendo la humildad y la pobreza como estilo de vida. Ellos no están a gusto en un catolicismo triunfante y seguro de sí mismo, ni en una Iglesia cuya humildad y pobreza no siempre han estado a la altura de los discursos que tenía. Es cierto que las Iglesias, católica, ortodoxa o protestante han debido institucionalizarse para construirse y resistir a los poderes establecidos que rechazaban el mensaje cristiano porque les amenazaba. Pero las Iglesias, como todas las instituciones que triunfan, siempre están en peligro de olvidar el contenido del mensaje para darle prioridad a las condiciones de su difusión, es decir, al establecimiento de su poder. Esto lo hace aún más la Iglesia católica por ser la más numerosa, la más antigua, la más rica. Pero siempre se encuentra alguien que recuerda el verdadero camino que siempre es y será el mismo: volver a la humildad, a la pobreza.

Al elegir vivir su vida al contrario de la del mundo, los Hermanos devuelven probablemente el mundo a su sitio. Ellos se tomaron en serio los Evangelios que nosotros consideramos con frecuencia con indiferencia aunque sucede que a veces, en el acontecer de las cosas ciertas frases de la Biblia nos impactan. Las contemplamos con sorpresa, tal vez con una admiración pasajera. De pronto entrevemos que ellas nos interpelan en lo más profundo de nosotros mismos. Pero no nos detenemos y pasamos de ellas, temerosos tal vez de lo que pasaría en nuestras vidas si nos las tomásemos en serio. Los Hermanos se las tomaron en serio e incluso al pie de la letra. El resultado es que, cuando a veces nos cruzamos con ellos o si intercambiamos unas palabras, nos sentimos acogidos personalmente, escuchados como un amigo esperado. El secreto reside en el hecho de que cada hombre encontrado es para el Hermano de Jesús un enviado de Dios. Recientemente he tenido que dar a conocer la fraternidad a uno de mis amigos que vive lejos de toda religión e incluso es hostil a toda creencia porque las cree desproporcionadas. Tras unos momentos pasados en compañía de los hermanos de Quinson, en su cocina, alrededor de la mesa, este amigo me dijo:

Te agradezco el haberme dado a conocer a estos hombres”.

 

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