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de Christian, de la fraternidad de Turín (Italia)

Dar un testimonio personal sobre Carlos de Foucauld me hace volver treinta años atrás hacia momentos que fueron decisivos y fundamentales para el resto de mi vida.

Mi búsqueda de Dios tomó raíz en el contexto muy simple de una vida de campesino: abierto a lo creado al igual que al ritmo de trabajo y de relaciones en un pueblo pequeño. Cuando conocí a este hombre, tomé mayor conciencia de muchas cosas que ya vivía y a las que desde entonces podía poner nombre; se trataba de una espiritualidad de vida: Nazaret.

En lo más profundo de mí mismo tomé la decisión de consagrarme al Señor y continuar viviendo mi vida de siempre, alimentándome de una oración eucarística que correspondía muy bien a un deseo poderoso de silencio y de diálogo personal con Jesús.

¿Tal vez podrían haberse quedado las cosas así? Pero la vida de este hombre y su búsqueda de Dios vivida en el compartir real de la vida del pueblo de los Tuaregs ejercían un atractivo profundo sobre mí haciendo que naciera un ideal que me empujaba más allá de las fronteras de mi país, que se volvieron de repente demasiado pequeñas.  

Decidí entonces conocer a los ‘Hermanos de Jesús’ y empezar un camino de vida religiosa con estos hombres atraídos por el mismo estilo de vida.

Hace ya más de 25 años que vivo en la Fraternidad que me ha ofrecido todas las posibilidades para actualizar este ideal. Éste fue purificado por la vida misma y confrontado con la vida fraterna en comunidad al igual que con la vida de tantas personas, quienes a menudo sin darse cuenta, a través de sus historias o de simples gestos en la banalidad de lo cotidiano, me han revelado la presencia discreta de un Dios que toma parte en nuestra historia.

Lo que aún me queda presente hoy día, es ver cómo Carlos de Foucauld ha vivido, con docilidad, una vida eucarística plena, entregándose totalmente a este pequeño grupo de Tuaregs, en un lugar tan insignificante como podía ser Tamanrasset en aquella época. Esta atención al otro, diferente en todo, por la cultura, la religión y la mentalidad, le permitió realizar plenamente un encuentro verdadero y realista con un Dios de carne, con Jesús de Nazaret que dedicó su vida a unirse a nosotros y a vivir esta intimidad con el Padre y quien, en su experiencia humana, comparte en todo nuestra vida para ofrecernos el compartir la suya.

Carlos de Foucauld, al paso de los días y de los años, se alimentó de la familiaridad con ese pueblo. En el corazón de este intercambio nacieron amistades profundas. La estima recíproca hizo que se derrumbaran muros y prejuicios, y creó relaciones de vida que llegaron hasta hacerse responsables unos de otros. Para él, esto fue ciertamente un descubrimiento posterior del rostro de Dios, un crecimiento en humanidad. A través de esta confianza común, de esta gratuidad recíproca, de este cotidiano compartir la vida de estas personas, él entrevé la acción y la presencia de Dios en el "hermano". Ahí nace un auténtico camino de vida contemplativa.

Carlos de Foucauld creía que debía llevar la presencia de Dios a los países más perdidos; comprendió que Dios le había precedido en esos lugares y ya estaba presente, que Él lo esperaba en ese lugar de humanidad, en ese pequeño grupo de nómadas.

Espero poder encontrar un día a estas personas del desierto que acogieron y acompañaron al hermano Carlos para expresarles mi profunda gratitud por haber sido, inconscientemente, un camino hacia una espiritualidad de vida totalmente centrada en el misterio de la encarnación.

Este misterio, puedo seguir viviéndolo con mis hermanos, aquellos con quienes estoy unido por la vida de la Fraternidad y aquellos con los que, a lo largo de la vida de cada día, comparto el cansancio y la alegría de lo cotidiano, en las relaciones de trabajo y del barrio. Para mí, esto es motivo de alegría y de gran serenidad.

 

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