de Benoît - Lille (Francia)

 

Queridos hermanos del mundo

Os escribo desde una casa de las Hijas de la Caridad de Lille, en donde estoy haciendo unos días de retiro

Estoy en la fraternidad de la rue de l’Oceanie al sur de Lille en la frontera de otras ciudades de esta gran comunidad urbana de más de un millón de habitantes. Vivo con Régis Bigo y tres hermanos que estudian en el Instituto Católico de Lille: Christophe, Eric (Sudafricano) y Jean François. Vivimos en dos apartamentos en la misma planta y compartimos las comidas, la vida fraterna y la oración.

Régis trabaja en una fábrica de pintura, no lejos de la fraternidad; en cuanto a mí, soy auxiliar sanitario en una residencia asistida para mayores. Voy allí en bicicleta (10 minutos de trayecto) como todos los hermanos. Somos cinco ciclistas en Lille. También está Roland, nuestro hermano mayor en Roubaix (ciudad importante en esta misma comunidad urbana). Le visitamos cada semana y el metro nos es muy útil en este caso.

Desde hace quince años soy auxiliar sanitario para personas mayores en residencia de jubilados, así he adquirido una cierta experiencia.

Me gusta acompañar a estas personas. Se trata de encariñarse mutuamente, creando relaciones fraternas con estas personas frágiles física y psíquicamente. La ternura y la amistad tienen su lugar en este acompañamiento y recibimos mucho de estos abuelos o abuelas.

Nuestra misión sanitaria se sujeta a la regla de las 5A: ACOGER, AYUDAR, ANIMAR, ACOMPAÑAR, ASOCIAR

Un residente nuevo a menudo se siente perdido, inseguro en una estructura que no conoce, rodeado de batas blancas, confrontado con otras personas mayores que no siempre son amables. Como auxiliar, trato de tranquilizar al recién llegado explicándole, por ejemplo, el desarrollo del día, presentándome por mi nombre como hace cada uno de mis colegas. Pero también hace falta dar prueba de firmeza, fijar los límites o las reglas pues pienso que esto puede tranquilizar a una persona que necesita, incluso inconscientemente, puntos de referencia.

Después, nuestro papel es ayudar a la persona, más o menos dependiente, en las rutinas más simples de la vida diaria: comer, lavarse, evacuar… Lo más delicado es que reconozcan su grado de dependencia. Con la práctica se pueden adaptar los cuidados para respetar su deseo de autonomía.

En tercer lugar, se trata de animar. Cuando nace una corriente de simpatía entre la persona cuidada y el cuidador, me gusta reír y hacer reír a la persona. Incluso al lavarla, cuando ello es posible. Lo que me gusta de este oficio, es el lazo íntimo, interpersonal y el intercambio de risas entre dos personas… Creo que mi motivación profunda es la de resucitar la alegría que cada uno encierra en el fondo de sí mismo. Las personas mayores me aportan mucho a través de sus desvaríos, raramente malvados y a menudo cómicos (sin que ellas sean siempre conscientes).

Más aún, se nos pide saber acompañar al residente, es decir ponerse a su altura tanto en el sentido propio como en el figurado. En estos dos últimos meses, la Supervisora me pidió dedicarme a hacer caminar a ciertos residentes. Esta misión me ha procurado muchas satisfacciones. Al sujetar a una persona por el brazo a lo largo de los corredores, tengo tiempo para estar simplemente con ella, me pongo a su paso. Si trato de tirar de ella, se crispa y ya no avanza: esto es toda una enseñanza. Al final de cada paseo, le propongo beber algo. ¿Qué hay hay más simple y más humano?

Además de la acogida, la ayuda, la animación, el acompañamiento, se trata a veces de conectar a las personas, facilitándoles la relación entre ellas, alegrándose ante los lazos de amistad que se crean entre los residentes. Todo esto también tiene su importancia entre los colegas. Alegrarse de la alegría presente en el equipo. Si nos entendemos bien entre nosotros, teniendo confianza unos con otros, los residentes se sentirán más seguros. Esta cuestión de la relación está igualmente presente en toda comunidad humana y en particular en nuestra fraternidad de la rue de l’Oceanie. Doy gracias a Dios pues entre nosotros cinco y también con Roland, tenemos el valor de decirnos las cosas, aunque a veces sea duro. Así, reducimos el riesgo de acumular frustraciones que serían nefastas para nuestra vida comunitaria.

Os deseo la alegría y la paz en Cristo. Jesús llega y viene a salvarnos. ¿Somos siempre conscientes de ello?

 

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