de Ian - Londres (Reino Unido)

El siguiente texto es la trascripción de una cinta grabada por Ian con la ayuda de un amigo, a finales de diciembre de 2006, en el Centro para cuidados paliativos donde él se encontraba desde hacía algún tiempo. Le habíamos animado a compartir un poco sobre esta etapa de su vida, con la llegada de la vejez y la enfermedad. Cuando él quiso ponerse a ello, apenas podía ya escribir. Nos acordamos mucho de Ian con un gran agradecimiento por haber compartido con nosotros estos destellos de sabiduría sobre la última etapa de su vida que vivió con mucha paz. Murió en enero de 2.007.

Voy a hablar de mi experiencia. Al hablar, me imagino que me dirijo a los hermanos que me han escrito y a quienes no he contestado: les pido perdón.

En primer lugar voy a recordar un hecho que ocurrió hace mucho tiempo, tal vez hace 30 años. Viviendo en la India, fui a Pondichéry a ver a Giuseppe que vivía allí solo y me puse enfermo. Giuseppe y otros me aconsejaron pedir la hospitalidad del obispo porque tenía sitio. Me acogió muy bien y me quedé en su casa. Al día siguiente, por la mañana, me encontré con un anciano sacerdote (que había sido vicario general). Era un hombre lleno de experiencia mientras que yo era un hermano joven sin ninguna experiencia. Al empezar a hablar de unas cosas y otras entre nosotros, el anciano sacerdote me dijo de pronto: "Estoy angustiado, ¿podría ser tan amable de ayudarme? Siento que mis fuerzas físicas se desvanecen, que ya no tengo fuerzas más que para comer, dormir y vestirme. Incluso esto es demasiado y me agoto. Y además mis pensamientos son cada vez más confusos: no sé lo que hago, no puedo pensar con claridad. Y lo peor de todo es que toda la devoción que antes sentía con facilidad, si así puede decirse, tiende a disminuir y a menudo se desvanece totalmente. A decir verdad, ya no sé cómo rezar. ¿Podría ayudarme, aconsejarme y enseñarme a retomar la oración?"

Yo me sentí pillado de improviso: ¡un hombre con tanta experiencia, que me pedía, a mí tan joven y con tan poca experiencia, consejos sobre un tema tan personal e intimo como la oración! He admirado, y admiro aun más hoy, que vivo la misma situación que él, su sencillez y su humildad.

Hoy día vivo exactamente la misma experiencia y tengo necesidad de la misma ayuda y del mismo apoyo. Mi cuerpo se hace cada vez más débil. Me enfurezco con facilidad porque soy incapaz de hacer las cosas más sencillas como vestirme por la mañana, poner un poco de orden en mis papeles y en mis pensamientos. Y lo peor de todo es que mi relación con el Señor está tan debilitada. En la oración me siento como un principiante: no sé qué hacer.

De hecho, toda mi experiencia de envejecimiento va unida a la enfermedad de Parkinson. Cuando supe que tenia esta enfermedad tuve el claro sentimiento de que Michel, que acababa de morir después de diez años con esta enfermedad: me habla "pasado el testigo". Eso no me asustó y, poco a poco supe, después, tomar el Parkinson no como un enemigo que me destruía sino como un amigo que recorre conmigo el camino de la vida y que me empuja a su manera a ir hacia delante y a completar la carrera. Este sentimiento no me ha abandonado nunca desde que la enfermera especializada en Parkinson que me seguía en el centro de salud de nuestro barrio me dijo un día lo mismo: que era necesario que yo tomase esta enfermedad como una amiga y que la tratase como tal. Creo que eso es fundamentalmente verdad. El hecho de ver el Parkinson de esta manera ha sido para mi una verdadera ayuda.

La última vez que fui a Duisburg visité la tumba de Michel con Wolfgang y Markus. Estaba con nosotros también el sacerdote que ofició sus funerales. Media en broma me dijo: "¿Qué te ha dicho Michel?". Pensándolo, le respondí la única palabra que me vino claramente a la mente: "Confianza". Ese día me dije que esa palabra sería para mí la palabra clave en esta etapa de mi vida. Debía vivir la experiencia de una vejez con el parkinson con confianza y hacer todo lo que pudiese por mi parte para mantener esta confianza: confianza en el Señor, confianza en mis hermanos y confianza en mi propia capacidad de hacer frente a esta nueva situación.

De vuelta a Inglaterra, me pregunté que hacer para vivir eso. Me dije que tal vez no estaría mal mirar un poco en nuestras Constituciones y ver lo que dicen sobre la vejez. Para mi, en efecto, una cosa estaba clara y era que había llegado a esta Ultima etapa de la vida que va hacia el último encuentro.

Lo que más me Impresionó leyendo nuestras Constituciones sobre este tema es la seguridad de que "Él (el Señor) te preparará él mismo para este encuentro". Eso fue para mi un gran consuelo, una fuente de valor, porque yo veía bien que por mi lado podía hacer muy poco y que mi fidelidad era muy limitada.

Para mí esta cuestión de tener confianza en el Señor, de esperar en él, nunca ha sido una cosa fácil. Creo que, al estar muy centrado en mí mismo, queriendo ser lo más posible autosuficiente, siempre he pensado que por supuesto el Señor me ayuda y hace lo más importante, e incluso que casi lo hace todo, pero también que era yo, al menos, quien tenía que decirle que viniese y me ayudase, y por consiguiente que a fin de cuentas todo dependía de mí y de mi fidelidad y no de su fidelidad para conmigo. Esta es una cosa sencilla y elemental, pero yo aprendo lentamente y es esta experiencia del parkinson la que me ha obligado, si así puede decirse, a ver esta verdad elemental. De hecho, esto ha sido un camino en varias etapas. La primera de esas etapas fue una experiencia hecha en la ermita de Windsor. Era hacia la media noche y escuché una voz que me decía simplemente: "Ian, vas a morir pronto". Al pensar en ello por la mañana, esta palabra se repitió de una manera muy clara y la paz que la rodeaba seguía en mí y desde entonces nunca me ha dejado. La palabra "pronto" ¿había que tomarla al pie de la letra, en el sentido de por ejemplo en tres semanas, o en tres meses, o cómo sería?

Otro día tuve un dolor en el pecho, como si el corazón no se quedase en su sitio y se pasease dentro de mí y que alguien lo apretase u golpease. Fue una experiencia penosa, con un dolor extremo provocó en mí un sentimiento de pánico, de manera que me dije que el momento de la partida había llegado. Sin embargo en el hospital las pruebas mostraron que mi corazón no había tenido nada de nada.

Viví estas dos experiencias como las dos partes de una misma llamada para velar.

Todo esto produjo en mí frutos muy positivos. Me di cuenta que podía dar gracias al Señor por mi vida, por la Fraternidad, por lo que estaba viviendo en el presente como jamás antes había podido hacerlo.

Las Constituciones dicen también que hay que abandonarse plenamente a Dios como un niño, vivir pues, la oración de abandono: "Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo", que significa sencillamente abandonarse con Jesús al Padre.

Creo que para ser un niño, hay que aceptar también este abandono en las manos de los demás. Esto forma parte del abandono a Dios Padre. Para mí este abandono siempre va junto con el abandono del Niño Jesús, y de mí mismo con Él, en las manos de la Virgen María. Cuando yo era anglicano, recibí de un teólogo laico ruso un icono de la Virgen y del Niño Jesús, este sentimiento nunca me ha abandonado. Para mí, que siempre tengo esta tendencia al orgullo interior, creo que todo esto es para mí el camino que me lleva a ser pequeño y pobre en la realidad vivida, aunque tengo que excusarme porque no le hago la vida fácil a los demás. Tengo que agradecer a todo el mundo la acogida que cada uno me reserva y que siento con fuerza y de muchas maneras.

Esto es todo, creo que he dicho todo lo que quería decir e incluso demasiado… Mi experiencia, lo sé, es muy personal.

Tal vez la única cosa más general que quisiera hacer notar respecto a nuestras Constituciones y que me dice mucho, y que creo que también os dice a todos, y a cada uno en su situación de vida, es lo que se dice sobre el sufrimiento redentor. Vivido con Jesús, el sufrimiento puede tener un valor para mí y para los demás. Nada está perdido y es precisamente a través de esta experiencia de sufrimiento como Dios me purifica y me forma, y como estoy en unión verdadera con tantas personas que sufren de maneras diferentes. Quizás comprendo mejor ahora lo que quiere decir "ser salvador con Jesús".

Aquí me detengo. Para aquellos que sufren, ánimo a cada uno y para aquellos que no sufren ánimo para vivir el día a día. Eso también es a menudo difícil.

Como decía san Martín: "Estoy dispuesto a morir, también estoy dispuesto a vivir, si así lo queréis Señor". Si vivimos o queremos vivir en unión con el Señor, vivir o morir es la misma cosa. Y para mí esta apertura a Jesús se hace siempre por medio de la Virgen que fue la primera que lo recibió y que, creo y en todo caso lo espero, lo recibe también en mí, en la medida en que ella le ayuda o le deja producir en mí los frutos de su Espíritu.

 

   

 

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