Intervención de Marc Hayet, prior de los Hermanos de Jesús, en el Sínodo de los Obispos (12 octubre 2005)
Hablo a partir de la experiencia limitada de nuestras pequeñas fraternidades contemplativas en medio de los pobres. La Eucaristía es el camino habitual de nuestra oración personal y comunitaria. Pero me gustaría decir, parafraseando lo que se ha escrito de Carlos de Foucauld, que el Señor nos ha hecho unir íntimamente la exposición del Santísimo y una vida expuesta. Una vida expuesta a la vista de los pobres que no temen venir a nuestra casa porque saben que vivimos una vida de trabajo y de vecindad semejante a la suya y que compartimos las mismas preocupaciones y la misma lucha por una existencia más justa y más digna. Una vida, en suma, expuesta a esta otra presencia del Señor, su presencia al lado de los pobres. La vida de la gente no nos deja; ella nos habita cuando leemos juntos la palabra de Dios, cuando celebramos la Eucaristía y cuando rezamos en silencio. Una oración a menudo en tensión entre el dolor del salmo: “¿Por qué te quedas en silencio cuando masacran a tu pueblo? (ver: Sal. 94, 3-5; Sal. 14,4), y la alabanza de Jesús: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido a los sabios y prudentes lo que has revelado a los pequeños”(Mt 11,25); o su grito: “No has querido holocausto ni víctima, entonces yo dije: ‘He aquí que llego’ ” (He. 10,5s). Aquello de lo que yo quiero testimoniar, es que este compartir de la vida de la gente, cualquiera que sea su creencia o su no-creencia, con sus grandezas y sus miserias, comprometido como están en su lucha por la vida, todo eso nos hace descubrir cada vez más el rostro del Dios de ternura y de misericordia que camina humildemente con nosotros, como lo significa la Eucaristía.
liturgia india Así pues, a partir de esta experiencia, yo quisiera, si me lo permiten, hacer una petición. Cuando pronunciamos una palabra de Iglesia, prestemos atención a cómo hablamos. Hablar de nuestro mundo principalmente en términos de “cultura de muerte”, hablar de la secularización como la fuente de todos los males (violencia, no respeto de la vida, etc.) ¿no es faltar al respeto a toda esa gente que tratan de vivir su fe en Dios (cualquiera que sea el nombre que ellos le den) o su fe en el hombre (cualquiera que sea su filosofía) entregándose ellos mismos al servicio de la vida – ya se trate de batalla cotidiana del padre o de la madre de familia para asegurar el pan y el futuro de sus hijos, o ya se trate de los hombres y mujeres comprometidos al servicio de la sociedad? Este mundo mixto, en el que la cizaña y el buen grano crecen juntos, es también el lugar de todas las generosidades, de todas las solidaridades y de todos los compromisos, a veces poniendo en riesgo la vida; y es también ese mundo y no otro el que el Padre ama, por el cual él entrega su Hijo aún hoy (la Eucaristía nos lo recuerda) y que su Espíritu trabaja.
Gracias por vuestra escucha. Marc Hayet
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