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de Anton Hô : Vietnam

Anton  Hô es un hermano vietnamita. A través de unos breves apuntes comparte con nosotros su vida de jubilado y nos desvela las bellezas de su país que recorre en las visitas periódicas a su familia y a sus amigos.

Muchos de los enfermos de Sida a quienes acompaño volverán pronto a la casa del Padre. Mi visita se termina a menudo con un beso de adiós en la frente. Una vez, tras ese gesto, una mujer reunió sus últimas fuerzas para dirigirme estas palabras apenas audibles: “¿no huelo un poco mal?”. Yo la tranquilicé cariñosamente (los chinos y los vietnamitas dan los besos de afecto con la nariz y no con los labios). He hablado antes de un adiós, pero evidentemente sólo es un hasta la vista.

Qué aliento de vida a través de un pequeño gesto…

 

En enero, me ofrecieron un viaje al norte del país para un encuentro nacional de dos días sobre el tema: “Los cristianos ante el Sida”. Treinta tres horas de tren para cubrir 1.700 Km. me hicieron ver algunos bellos rincones del territorio nacional. La imagen que me ha marcado más fueron esas escenas del trabajo de los campesinos, descalzos en el barro de los arrozales, como fantasmas en la neblina y el frío muy excepcional de este año. El campesino productor de arroz es el hombre más útil, el más vital para la comunidad nacional, y al mismo tiempo el más desfavorecido. Toda una vida de penoso trabajo no llega a asegurarle, ni a él ni a los suyos, un mínimo de vida decente, y se van con sus colegas a apretujarse en los cuchitriles de las ciudades vietnamitas o de cualquier lugar del mundo.

Campesinos en el barro de los arrozales…

 

 Las charlas en las reuniones nunca fueron mi debilidad, así que me escapé de la buena compañía de un coloquio en el que participaban unas cincuenta personas, para irme a descubrir la fraternidad de las Hermanitas de Jesús inserta en un barrio de chabolas de la capital. Una de las cuatro hermanas de esta fraternidad había hecho profesión perpetua poco tiempo antes (a la cual yo había asistido). Me había sobrecogido la coherencia entre aquello a lo que se había comprometido al pronunciar sus votos y lo que ella y sus hermanas viven día tras día en este Nazaret de hoy. ¡Todo es gracia!

Tengo un pequeño amigo, muy pequeño puesto que sólo mide 95cm de altura y toma una sola comida de un cuenco de arroz por día. Pero su corazón es grande: se levanta a las cuatro de la mañana, marcha con sus mini pasos una decena de kilómetros con un saco en la espalda más grande que él, hacia el basurero de la ciudad donde  pasa el día recogiendo maderas, papeles y otras chatarras. Hacia las cinco de la tarde, su anciano papá viene a buscar al hijo y, con el saco lleno, se lo lleva a casa sobre su vieja bicicleta que empuja con trabajo. La velada es alegre para estos pequeños del mundo (padre, madre, hijo) que rebuscan en la basura durante todo el día esperando que su mercancía se revenda bien al día siguiente. Una choza y tres corazones, mi amigo prefiere con mucho esto que un trabajo que le habían propuesto en un circo para divertir a la gente. El circo está demasiado lejos de sus ancianos y enfermos padres.

Sobre su vieja bicicleta …

Uno de mis tíos era monje budista (mi madre y sus tres hijos eran los únicos cristianos del lado materno de la familia). Aunque fuéramos de religiones diferentes mi tío y yo nos teníamos mucho afecto y gran estima. Con él yo decía que aquí abajo todo es ilusión, no-permanencia, futilidad, inconsistencia; y con el P. Henri le Saux digo que sólo Dios Es, sujeto único, la única Primera Persona, y que dondequiera que estemos Él está también, en el seno del Ser.

Movidos por esta palabra del Señor, un grupo de amigos (médicos, enfermeras, empleados, comerciantes, obreros, estudiantes, sacerdotes, religiosas…) se propusieron de acompañar a los enfermos de Sida hasta el fin, casi siempre a aquellos que están bajo tratamientos paliativos. Y lo hacemos con nuestros medios más que modestos, ante el gran número de los y las tocados por este “mal del siglo”.

Movidos por esta palabra del Señor …

Tenemos que tratar a menudo con gente más muerta que viva, que están a punto de pasar a otra vida. Mis últimos gestos se reducen a pasar una toallita mojada sobre ese paquete de huesos de piel seca o muerta, cortarles las uñas, peinarles, un beso en la frente y esta oración en voz alta para los cristianos: “Padre, pongo mi alma en tus manos”. Para los no cristianos digo para mí: “he aquí a mi hermano (mi hermana), buen camino, nuestro Padre te espera; y cuando lo veas, le dirás que todos los que estamos aún en este mundo, ponemos toda nuestra esperanza en Él”.

Peinando a un enfermo

 

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