de (Domenico) Abdo: El Cairo (Egipto)
En primer lugar el por qué después de mi servicio en la Fraternidad General, elegí venir a Egipto y seguidamente os diré cómo me encuentro en Choubra El Khayma, después de estos ocho meses que he pasado aquí. En una carta escrita a los hermanos del Consejo de la Región antes de dejar Bruselas les pedía poder venir a Egipto. Habría sido más normal, y quizás también más fácil para mí, volver al Líbano o a Siria en donde había vivido 30 años. Sin embargo hice la opción de venir a Egipto, siendo consciente de las dificultades que podía encontrar. ¿Por qué me encuentro en Choubra el Khayma? Mis jornadas están repletas de muchas cosas pequeñas, muy poco vistosas, pero estoy exactamente contento por ello. Concretamente, casi cada día, hago las compras y la cocina. Con frecuencia, todas las veces que me lo han pedido, durante estos meses de convivencia juntos, he tratado de ayudar a Girgis con el inglés. Me gusta tener, regularmente, tiempo para orar cada día y también me gusta tener un ritmo de retiro cada mes. En la oración, tengo el deseo de responsabilizarme de toda la gente que nos rodea, particularmente aquellos que encuentro durante la hora del mercado matinal y a las personas que trato cada día. Todas esas chicas, que viven cerca de nosotros y que cada mañana van al trabajo; esos jóvenes que no tienen trabajo y que no saben qué hacer; esas mujeres y niños que, desde la mañana, rebuscan en los montones de basura que salpican las calles grandes y pequeñas de nuestro barrio; esta gente que llega temprano de la periferia de la ciudad, con carros llenos de verduras arrastrados por mulos o asnos enclenques y siempre cansados, tanto como sus propietarios: soltados, esos mulos se mezclarán al rebaño de ovejas, negras de suciedad, que rebuscan ellas también, en las basuras.
Esta es toda la gente con la que me codeo diariamente, no solamente físicamente sino dentro de mí. No vivo como ellos, no puedo hacer mucho por ellos, pero quiero estar ahí por ellos: todo esto, junto con mi relación con Jesús, da todo su sentido a mi vida actual. No creo que se me pida otra cosa. Por supuesto, no tengo aquí todas las relaciones que tenía anteriormente en mi vida, que siempre estuvo unida sobre todo al trabajo y a la vecindad. Aquí, los vecinos nos decimos buenos días en la escalera o en la planta baja del edificio con los dos o tres carpinteros que tienen allí su taller. Mis intercambios con ellos de todas formas no van muy lejos, y nunca irán muy lejos dado nuestro árabe recíproco, claro y evidente para cada uno de nosotros , pero no tanto para el que está enfrente. Pero siempre hay pequeños gestos de acogida que son enternecedores, por ejemplo el gesto de María, una chiquita de 4 o 5 años, que vive debajo de nosotros y a quien yo todavía no había visto: un día, en la preparación de la fiesta de la Asunción era el momento del “ayuno de la Virgen”, ella llamó sin desanimarse a mi puerta, para darme tres panecillos azucarados, deseándome: “¡Qué tengas buena salud cada año!”
Soy siempre demasiado racional, lógico, crítico, inquieto, mirando el lado malo de las cosas… Me sigo preguntando: ¿es posible que yo pueda cambiar? De hecho, es muy difícil que cambiemos, pero, con la ayuda de la edad, tal vez podamos integrar algo diferente… aunque haya que empezar de nuevo cada vez. En todo caso, en mi vida aquí, ya me he acostumbrado un poco más a las calles llenas de baches de nuestro barrio; a la suciedad y a los olores que están por todos lados, sobre todo en verano; a los pequeños y grandes autobuses que siempre me asustan un poco (cuando puedo, trato de evitarlos y tomo el Metro…); al polvo y a la falta de espacios verdes (hay aún algunos campos al lado de la iglesia parroquial y a veces voy a verlos y caminar por ellos, ahora están labrándolos…) Actualmente me peleo con el calor del verano, junto con el hecho de sudar desde la mañana, desde que se sale a la calle o se hace algo, así como a los ventiladores que nunca me han gustado y que sin embargo tengo que utilizar, aunque después tenga dolores por todos lados. También están los ruidos de la calle, sobre todo por la noche (de hecho eso se calma hacia la una de la madrugada, o más tarde aún), yo que tengo el sueño muy ligero: bienaventurados aquellos que saben dormir a cualquier hora, en cualquier sitio o con ruido, como mis hermanos egipcios. Evidentemente, cuando tengo la moral un poco baja, me interrogo sobre la viabilidad de todo eso a mi edad y dado quien yo soy… Pero, al menos por el momento, me digo que hay siempre gente que vive todo eso… Esto es algo de mi actual vida en El Cairo en esta barriada de 2 millones de habitantes, llena de pobrezas, materiales y otras. No puedo decir que no estoy feliz, incluso si a veces las cosas son algo difíciles. Y luego ¿no es en ambientes así donde debemos estar? Fraternalmente a cada uno Abdo
*****
|