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Testimonios

Las Hermanitas de Jesús en España 

Se ha cumplido el 50 aniversario de la llegada de las Hermanitas de Jesús a España. Trece años antes, en 1939, la Hermanita Magdaleine hacía en Argel la profesión religiosa y marchaba a Touggourt, oasis del Sahara argelino. Quería vivir entre los árabes el inmenso amor de Dios a cada uno de nosotros.

Era la primera Hermanita de Foucauld que había dejado en sus escritos el ideal de vida religiosa que ella comenzaba a vivir. Con estas palabras explicaba su decisión, “yo sólo he tratado, muy profundamente, pero con todo mi amor, de recoger y de transmitir el pensamiento del Hno. Carlos”.

Mas lo que se iniciaba con el solo deseo de la presencia entre los nómadas del Sahara, tendía a universalizarse. El 26 de Julio de 1946, escribe: “Tengo una certeza... como si una luz me la impusiera...que la Fraternidad debe extenderse al mundo entero y llegar a ser universal”, pero sin perder fidelidad al Hno. Carlos, “Tendrán siempre ante los ojos el Modelo Único, el carpintero de Nazaret, hijo de María , recordando que en cuanto a bienes materiales, todo lo que tuviesen de más no haría sino demostrar cuán poco se parecen a El”.

En Francia, en medio de los obreros y con los gitanos -la fraternidad será una caravana-. En Oriente Medio asumiendo la peculiaridad de las Iglesias Orientales, en el circo, conviviendo en prisiones como una interna más... en “tiendas” en medio del desierto, las formas de las fraternidades fueron y son tan variadas.

El 10 de Mayo de 1952 las Htas. Magdeleine y Jeanne, llegan a Barcelona. Intentan hablar con los obispos reunidos con motivo del Congreso Eucarístico. El 31 de Mayo se entrevistan con el obispo de Bilbao y acuerdan la venida de la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús a España. Años después se encuentran en el pueblo obrero de Sestao, en Vizcaya. Trabajo como bobinadores en General Eléctrica.

Unos días después, el, el 23 de Junio, llegan a Madrid, y la Fraternidad se instala en una chabola del barrio de “La Bomba”, que tuvo la misión de acoger a jóvenes españolas que vivieron su primera etapa de experiencia en la Fraternidad. Muchas de ellas permanecen, fieles y gastadas físicamente, con esa pobreza radical que ninguna persona sabe cómo va a ser cuando se tienen 20 o 30 años. Fueron sus primeros años de vida en la Fraternidad, llenas de juventud ilusionadas con Jesucristo, vivido en el ideal de Nazaret, pobre, amor universal, contemplativo. Y acogidas por Hermanitas de otros países, también jóvenes pero que aportaban unos años de vivencia vocacional. ( En ocasiones, además del francés, se hablaban hasta tres o cuatro idiomas más).

Aquellas Hermanitas y aquellas incipientes vocaciones no podían sospechar la verdad profunda que contiene el capítulo “La segunda llamada”, del libro “Cartas a los hermanos”, del P: Voillaume, iniciador de la misma experiencia de la Fraternidad entre varones.

En Diciembre de 1955 las Htas. Marie Catharine y María José llegaron a Málaga. Las chabolas de pescadores del a Playa de San Andrés las acoge. No fue difícil encontrar una chabola para domicilio, trabajo en la fábrica de conservas de pescado y mucha gente amiga. Fueron los primeros un sencillo pescador, Paco Flores, Juana, Anita y María Morente...Sor Agustina, una típica Hija de la Caridad, vocación mayor, catalana, que había trabajado mucho en Francia con los emigrantes, la mayoría huido con motivo de la guerra española, el párroco, siempre cercano y bastantes religiosas que pronto se acercaron a la chabola para orar en la pequeña capilla y con alguna dosis de curiosidad. No era para menos.

Unos meses más tarde, se inaugura la Fraternidad de Guadalupe, en Extremadura, que tiene matiz especial de vivir con especial intensidad “la adoración”. Pasados unos años se traslada a Valverde del Fresno. Extremadura había acogido pronto la presencia de la Fraternidad. El trabajo en el campo fue el empleo de las Hermanitas. Más tarde, otras grabaron un disco de villancicos, y otras hicieron la especial imagen del Niño Jesús y de María, bajo el título de “Nuestra Señora del Mundo Entero”. Trabajaban como las vecinas, de limpiadoras, de servicio doméstico, en fábricas y otras presencias porque a imaginación es difícil ganar a las Hermanitas.

¿Qué supuso la presencia de la Fraternidad para la Iglesia de España?

Eran años muy duros, aún no se había superado la crisis de las dos guerras, la civil y la mundial. Sólo muy poco a poco se despejaba el horizonte económico que el bloqueo político internacional había hecho muy duro. La Iglesia española vivía con el entusiasmo de una mística propia de años posteriores a experiencias martiriales, pero alejada de las inquietudes eclesiales que se respiraban en países europeos. Pocos leían algunos de los libros de autores franceses como Congar, de Lubac, Chenu y un reducido grupo conocía experiencias pastorales del país vecino que ilusionaban, que giraban alrededor de un pastoral con doble vertiente litúrgica y misionera.

La llegada de las Hermanitas tuvo toda la fuerza de lo nuevo y de lo que tiene sabor a las fuentes del cristianismo. Fue como una oleada del evangelio, siempre simple y profundo. Los seglares militantes de aquellos años, los sacerdotes y seminaristas, son conscientes de la deuda de evangelio que deben a la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús, al mensaje de gratuidad y universalidad. Por ello decimos, gracias a Dios y a ellas.

Porque fue vivir la posibilidad de experimentar la fuerza de la fe en sus raíces. La pobreza radical, la oración-adoración ante el Santísimo, Nazaret como modelo, la espiritualidad del Abandono, con el motivo central, “porque Dios es Padre”, el amor universal por encima de razas, clases, ideologías, credos, edad. Cuánto apetecía oír la oración que, con este sentido, rezaban las Hermanitas durante el llamado “ofertorio” de la Misa en castellano con música francesa.

Esta riqueza la expresó la Hta. Magdaleine en una entrevista que le hicieron para la revista Ciudad Nueva, en febrero de 1983, “...espiritualidad marcada para siempre por ese misterio de abandono, pobreza, sencillez, que llamará “infancia espiritual”, que “no destruye la personalidad sino que debe aliar la grandeza de espíritu a la juventud de corazón”.

Hacer el bien casi siempre lo hemos querido, pero acoger la gracia de tener a Jesús  como único referente y deducir de esta mirada contemplativa el estilo de vida pobre, como en Nazaret, compartiendo las necesidades de los más excluidos de la sociedad, no fue ni es fácil. Pero para quien entra en este camino es vivencia especial, escasamente demostrable, aunque sí mostrable.

La Fraternidad hizo cercana a la Iglesia en ambientes lejanos. Porque la Iglesia estaba presente en el servicio de muchos hospitales y de los colegios, bastantes de ellos internados, abiertos a los pobres, con numerosas plataformas de servicios sociales, de ayudas de emergencia. Pero vivir como los pobres, en medio de los más pobres y mantener y explicitar la dimensión contemplativa de la vida cristiana, fue un signo tan fuerte que sorprendió y ayudó a redescubrir valores evangélicos comprendidos, de los que se habla con interés, pero en ocasiones escasamente seguidos.

La Fraternidad descubrió la realidad dolorosa de situaciones sociales, económicas y religiosas con claves muy diferentes con las que se leía el presente. Se descubrió desde muy cerca las inmensas pobrezas de gitanos y payos que vivían en chabolas y corralones, la dureza del trabajo y de la vivienda obrera de aquellos años, la precariedad del campesino rural. Y lo lejos que muchos creían estar de la fe y del amor de Jesucristo.

Las Hermanitas sabían que, como testigo de Jesús, “vivirán mezclada a la masa humana, como la levadura en la masa...se es parte de esa masa humana”. Así está escrito en el “folleto verde” que leyeron miles de jóvenes y que cambió la existencia de quienes quisieron entregar su vida al Señor “siguiendo los pasos del que llamaban “el hermanito de Jesús”, quien a su vez llamaba a Jesús “mi querido Hermano y Señor”.

La presencia de las Hermanitas fue gracia de Dios que entusiasmó e inquietó a muchos cristianos, fue signo de la presencia de la Iglesia en medio de los más pobres y la forma de austeridad que se quería vivir en momentos determinados y con gestos concretos ya no era por motivos económicos, ni si quiera por aquello tan notable y obligado como es el compartir, sino “porque Jesús había sido pobre”. La biografía y la espiritualidad del P. Foucauld, los libros de R. Voillaume repetían ediciones y eran motivo de retiros y de ejercicios. Y la espiritualidad del desierto, la vida oculta de Nazaret, empujó vidas y ayudó a orar.

Un estilo sobresalía en la Fraternidad. No se permitía el juicio condenatorio de nadie, todos llamados a “siempre comprender”, como decía una Hermanita, Teresa Carmen, natural de San Sebastián, hace años fallecida. La Fraternidad enseñaba, sin charlas, ni textos, a profundizar en la vida que es dura, bastaba con mirar el entorno de cada una de las fraternidades, a “mirar” al centro de la vida cristiana, la Eucaristía, a aprender de Jesús, de su vida oculta, Belén y Nazaret y el Calvario y desde ahí, descubrir la llamada al amor universal, a todos y siempre. El respeto con que se trataba a las personas era estilo de vida que se percibía y dejaba huella en el interior de cada visitante, señalaba el corazón. A la salida de la Fraternidad siempre se palpaba el rato de silencio y de forma imperceptible se continuaba la contemplación de todo lo vivido, oído y, en ocasiones, rezado.

Han transcurrido cincuenta años. Han cambiado algunos aspectos externos, incluso las circunstancias económicas y sociales. Hay mejoras y también situaciones más dolorosas, pero el espíritu de la Fraternidad es el mismo. Fue un don para la Iglesia en España. Continua siendo un regalo, un testimonio de Evangelio. Por ellas rezamos, y las queremos y deseamos que las nuevas generaciones descubran la fuerza evangelizadora de la Fraternidad, que nos encamina a Jesús y a los hermanos, especialmente a los más pobres.

Francisco Parilla Gómez (Málaga)

 

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