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Testimonios

Jubileo de la Fraternidad en España 

El polvo espectral de las torres gemelas parece haber recubierto y ahogado el clamor de las celebraciones del gran Jubileo y las formidables expectativas frente al cambio de milenio. Pensamos que se iban a encender nuevos fervores de justicia y de paz, que se iban a multiplicar las oportunidades de encuentro entre pueblos y religiones, que se iban por fin a condonar las deudas a las poblaciones más pobres de la tierra y que los nuevos y antiguos esclavos iban a ser liberados. La desilusión es tanto mayor y más insoportable cuanto mayores eran las esperanzas.

Se podría excusar un poco esto recordando que en los grandes o pequeños jubileos bíblicos, aunque hubo tentativas de realización, los fallos fueron evidentes, como nos lo da a comprender la denuncia de Jeremías (34, 8-20), en cuyo tiempo el rey Sedecías decidió proclamar la liberación de los esclavos: una vez pasado el tiempo establecido, los dueños empezaron a recuperar los esclavos y esclavas que tenían antes.....

Nos podemos preguntar: ¿tiene sentido, siendo así, celebrar un jubileo, aunque sea pequeño? ¿No sería mejor limitarnos a lo cotidiano? Reflexionando, nos damos cuenta que tal vez valga la pena pararnos y evocar estas siete semanas de años que la Fraternidad ha transcurrido en España. Sería poco sabio y poco sano renunciar a toda celebración, quitarles valor a las efemérides, con el único fin de evitar fracasos y desilusiones. Tenemos más que nunca necesidad de memoria para ir en búsqueda de signos que nos indiquen, en esta etapa, en qué dirección continuar el camino. Además, según la Biblia, debemos pedir al mismo Dios que se acuerde: “Sobre tus murallas, Jerusalén, emplazo centinelas; ni de día ni de noche callarán. Recordad siempre al Señor las promesas que hizo” (Is 62, 6).

En todo caso, habrá que atenuar los clamores, bajar el tono, hacer callar luces y ruidos artificiales, para mirar de frente, humildemente, la realidad y afrontarla en sus contradicciones. Por esto, no habrá fuegos de artificio que iluminen los cielos oscuros. La noche continuará siendo noche, pero habrá ojos vigilantes y oídos atentos, en la espera trabajosa del día en que, no haya el jobêl ni el shofar ni el cuerno de carnero, sino algún instrumento más modesto, anunciará el inicio de nuestro año de liberación y lo acompañará. 

 

Año de liberación 

Vale la pena decir algunas palabras sobre la idea que el pueblo judío tenía, según la Biblia, del año jubilar. Es significativo que un pueblo pequeño, comprimido entre naciones poderosas, propusiera una legislación en la cual la esclavitud fuera declarada situación provisional, que no podía durar más que siete semanas de años. En el quincuagésimo año, los israelitas debían volver cada uno a su tribu de origen y a la posesión de sus bienes, si éstos habían pasado a las manos de sus acreedores. En aquel año excepcional todos debían reconocer que, así como la tierra es de Dios, también el tiempo es de Dios, los israelitas son de Dios, sus actividades dependen de Dios, lo que poseen es de Dios. Se trataba pues de liberarse y liberar de toda especie de esclavitud y de acoger concretamente, en todos los aspectos de la realidad y de la vida, el único señorío de Dios. Ya fuera transgredida o observada, era de todos modos una ley profética, que traducía en términos de años la ley siempre vigente del Sábado (cf.Lv 23, 3), el día santo del Señor, el tiempo de Dios, en el que eran llamados a reanudar una relación justa con Dios, y en consecuencia entre las personas, y entre las personas y la creación.

Libertad o liberación – enseñan los que conocen el hebreo bíblico – se expresaba con el término derôr, que indica también el vuelo rápido de la golondrina en primavera y el escurrirse de la mirra.

Es sugestivo imaginar un año de primavera, un año de ágiles vuelos en un cielo permanentemente azul, un año de novedad de vida, de floración, de armonía. Y es más sugestivo aún evocar un tiempo en el que la mirra, que transpira de la corteza de unos árboles de Arabia y se escurre libremente, impregnando el aire con su perfume. Es el mismo perfume que emana de la bolsita de mirra que la esposa del Cantar lleva en el seno y que le recuerda al esposo (cf. Cant 1, 13). Es como volver atrás en el tiempo, reavivando la alegría y la maravilla del primer amor, el empuje, la energía y el dinamismo del estado naciente. Es vivir el tiempo en que, suspendido el cansancio del trabajo, las simientes escondidas en la tierra, germinan espontáneamente para dar sus frutos, ya durmamos ya velemos (cf. Mc 4, 26-28). Es el tiempo renovado en que se saborea la libertad sin restricciones y cesan los miedos, porque se anulan las diferencias entre amos y esclavos, entre ricos y pobres, todos y todas se reconocen hermanos, todos y todas con igual dignidad, todos siervos y siervas del único Señor que da y se da gratuitamente.

Esto es el sueño. O mejor, el deseo y la espera, que es también esperanza, una esperanza fundada en la promesa firme de Jesús, Palabra de Dios, venido entre nosotros para dar verdadero inicio al año de gracia y de liberación (cf. Is 61, 2 y Lc 4,18-19). Y es sobre todo tarea, porque lo que hemos recibido gratuitamente, Jesús nos pide que lo demos gratuitamente (cf. Mt 10,8) en nuestro mundo y en nuestra Iglesia.

Así que, para nosotras, el modo más santo de celebrar este año jubilar será en primer lugar el vivir a fondo lo que somos llamadas a ser: fraternidad, “la fraternidad de las hermanitas de Jesús”, de tal modo que no aparezca éste como un título vacío, sino como una palabra evangélica que nos juzga y nos critica, comprometiéndonos a vivir efectivamente como hermanas, a gritar con la vida esta palabra evangélica: fraternidad.

 

Fraternidad

Es sabido el deseo del Hermano Carlos de fundar fraternidades abiertas a la “caridad universal” (cf. Reglamentos de 1899; carta del  23-06-1901 a Henry de Castries, etc.) Y es sabido que deseaba ser reconocido como hermano por quien llamase a su puerta. Los habitantes de Beni-Abbès, en el Sahara argelino, en los primeros años del siglo XX, eran de distintas procedencias. Había árabes y bereberes musulmanes, judíos radicados allí desde muy antiguo, negros que habían sido hechos esclavos y que conservaban sus religiones tradicionales, y además soldados franceses llegados con la reciente colonización. Quería que cualquiera de ellos, escribía, le reconociese “como su hermano, el hermano universal” y pocos meses depués de haberse instalado allí lo hacía todo para que no le llamaran padre, sino hermano, Khuia en árabe, e incluso para que aprendieran a llamar su casa  Khaua, fraternidad, palabra inexistente en la lengua árabe, y que él inventó a partir de Khuia (cf. Carta del 7-1-1902 a su prima Marie de Bondy).

A propósito de la esclavitud, aún tolerada (sino incluso practicada) por las autoridades francesas en el Sahara argelino, el hermano Carlos no dudaba en ironizar sobre el triple ideal de libertad, igualdad, fraternidad  de la Revolución francesa de 1789. Es verdad, contestaba al Abad del monasterio de Notre Dame des Neiges don Martín (carta del 7-2-1902) que no hay que incitar a los esclavos a la fuga, y que hay que predicarles más bien paciencia y esperanza. Pero no basta: “...Me parece que es necesario decir, o hacer que diga quien le corresponde: “No está permitido” (Mc 6,18), “Ay de vosotros hipócritas” (Mt 23,13ss) que ponéis en los sellos y en todas partes “libertad, igualdad, fraternidad, derechos del hombre” y reforzáis las cadenas de los esclavos, que condenáis a las galeras los que falsifican vuestros billetes de Banco y permitís que se roben los niños a sus padres y se vendan públicamente, que castigáis el robo de un pollito y permitís el de un hombre (de hecho, todos los esclavos de esta zona son niños nacidos libres, arrebatados con violencia y por sorpresa a sus padres)....”. Además, recuerda aún, hay que “amar la justicia y odiar la iniquidad” (cf. Sl 45,7-8; He 1,9) y “hacer a los demás lo que quisiéramos que nos hiciesen a nosotros” (MT 7,12).

A causa de Jesús de Nazaret, que “no se avergüenza de llamarnos hermanos” (He 2,11) resulta claro para el Hermano Carlos que la fraternidad no es un compromiso o un privilegio reservado a quien vive en conventos o monasterios, y ni siquiera de los miembros de la Iglesia, porque es tarea de cada uno en relación con los demás, hombres y mujeres de toda pertenencia y proveniencia. El único criterio de fraternidad es de hecho el que ha proclamado Jesús: “Quien hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,50), y esto incluso fuera de una pertenencia explícita y consciente a la Iglesia (cf. Mt 25,31-46; Lc 10,25-37). El Dios de Jesús es, en realidad, Padre de todos, incluso de los enemigos: Jesús nos pide abiertamente que los amemos, para volvernos, en él, hijos de un Padre que hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,44-45).

No es por nada que la Hermanita Magdeleine quería eliminar del vocabulario la palabra “enemigo”, así como “extranjero”. Era una llamada a seguir en verdad y a fondo  a Jesús de Nazaret, que amó hasta el fin incluso a quien lo traicionaba, y que perdonó a quien lo estaba crucificando,

También dentro de la comunidad, para Hermano Carlos y Hermanita Magdeleine, el único criterio es el que expresó Jesús: “No os hagáis llamar maestros, porque uno solo es el  verdadero maestro, y vosotros sois todos hermanos” (Mt 23,11). Y es por esto que Carlos de Foucauld nunca querrá dejarse llamar ni firmará “padre”, como otros le han llamado o le llaman, y lo mismo pedirá a sus futuros hermanos y hermanas. Y si la Hermanita Magdeleine, en los primeros años, por respeto a aquél a quien consideraba como verdadero fundador, lo llamaba “padre” como los demás, dejará de hacerlo en los años cincuenta cuando, durante la guerra de Argelia, los nacionalistas y colonialistas franceses abusan del nombre y de figura de Carlos de Foucauld para hacer de él un paladín de la cruzada anti-árabe. No sólo escribe a periódicos y a obispos (cf.Carta del 22-7-56 a Mons. Mercier, obispo del Sahara), sino que pide insistentemente a las hermanitas que no utilicen más el nombre de “Padre Foucauld”. Incluso corrige todos sus escritos precedentes para utilizar sólo el “título universal”, que se puede traducir en todas las lenguas, el de hermano Carlos de Jesús.

 

En sordina

Si el hermano Carlos y la hermanita Magdeleine, anticipando el Concilio Vaticano II (cf. LG 32; GS 92; ag 8, etc.) y fieles al evangelio de Jesús de Nazaret, dieron inicio a las fraternidades, no es de ninguna manera para añadir títulos a la larga lista de congregaciones existentes. A través de ellos el Señor nos ha llamado – “no con palabras y con la lengua, sino con hechos y en la verdad” (1Jn 3,18) – a recordar, a ser un pequeñísimo signo de la dimensión fraterna  de la Iglesia y de la humanidad entera. Es una gran responsabilidad la de cuidar, según una verdad que nos supera y a partir del compartir concreto de los pobres, el signo de una fraternidad humana posible, de una convivencia que, incluso a través de los conflictos, no suponga el dominio de unos sobre otros, la exclusión del diferente, el alejamiento del débil, la eliminación del enemigo, y que sepa renunciar a toda lógica de poder y de posesión.

Es verdad, nuestro signo no será nunca ruidoso. No es por nada que nacimos como”hermanitas de Jesús”, hermanas pequeñas de Jesús, que él hace pequeñas con su pequeñez y su abandono al Padre.

En las primeras páginas del “Directorio” que acompañaba las primeras Constituciones (con fecha de 1938-39, año de su noviciado, antes de la fundación oficial del 8 de septiembre de 1939), presentando La infancia espiritual en el abandono al Amor – con referencias explícitas a Teresa de Lisieux – la hermanita Magdeleine escribía: “Jesús es el modelo perfecto de este abandono total. Vino a la tierra para entregarse a la Voluntad de su Padre. El abandono al Amor supone el espíritu de infancia espiritual. Es el acto de un niño pequeño que se lanza en los brazos de su madre, en las penas como en las alegrías, abandonándose a todos los movimientos que ella quiera hacerle realizar, con una confianza que nunca una madre ha podido traicionar (...) Las Hermanitas de Jesús se esforzarán por hacerse pequeñísimas en la humildad y en el abandono hasta volverse semejantes al Niño Pequeño del Pesebre. Podrán entonces permitirse, en su amor, todo el candor, toda la audacia de los niños pequeños con su padre, de las hermas pequeñas cariñosas con un Hermano mayor muy amado...”

Pocos años después, el 8 de diciembre de 1942, en plena guerra mundial, escribía a las otras cuatro hermanitas que constituían la comunidad naciente: “En mi aislamiento – hace casi tres meses que os dejé- he suplicado al Señor que me dé la luz. No para mi, sino para toda mi familia, y me ha ido diciendo: simplicidad, pequeñez, infancia, infancia muy pequeña... He pedido consejo y no se ha levantado ninguna voz discordante. Es exactamente éste el espíritu, son éstas las huellas del hermano Carlos de Jesús. Y, creedme, este espíritu es fuente de la alegría más pura, más verdadera.

Así que, todas juntas, procuremos volvernos niñas pequeñas: ¿qué mejor preparación para Navidad?...

Y si todo es triste alrededor nuestro, si todo es oscuro, miraremos más arriba, muy arriba, allí donde estarán reunidos en el mismo amor: alemanes, americanos, ingleses, franceses, italianos y rusos – allí donde Cartujos, Dominicos, Franciscanos, Jesuitas, Trapenses, estarán fundidos en una misma armonía, donde cada uno tendrá su nota...no todos la misma, porque no sería armonioso... Y nosotras seremos la pequeña nota en sordina sin la que se podría pasar muy bien, pero que da al conjunto algo dulce, de argentino, como las campanitas de montaña...”

No sé a qué se refería con las “campanitas”: ¿las campanas de las ermitas o las que están atadas al cuello de corderos y ovejas?... En todo caso, nos representaba con un signo pequeño, que se comunica con dulzura, sin imponerse ni elevarse.

Es así como somos y como queremos permanecer, incluso en la manera de vivir este jubileo especial, que no es sino un año para despertar y para renovarnos como fraternidad, pero que no necesita el sonido solemne del cuerno. Bastará aquella nota en sordina, atenuada pero nítida, propia de hermanas menores de Jesús, el Hijo de Dios venido entre nosotros como hombre “manso y humilde de corazón”, el hombre que, en la sinagoga de Nazaret, inauguró definitivamente el Jubileo de la liberación de los pobres (cf. Lc 4,18), el hombre que entra en la ciudad cabalgando un asno y no un caballo de parada o de guerra (cf.Za 9,9; Lc 19,30ss; Jn 12,14; Sl 20,8; Sl 33,17; Pr 21,31) cuando sube a Jerusalén para ser entronizado en la cruz.

Hta. Annunziata

 

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