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De Barcelona al ... Camerún

Elena -Pilar

Después de siete años de hermanita en España, cuando hizo los votos perpetuos, pidió irse a los paises del este europeo... Pronto comprendió que no podía vivir allí. En 1976 dio un gran salto, del Este europeo a Bipindi (Camerún), a la fraternidad que las hermanitas tenían entre los pigmeos; fue seducida por aquel pueblo y allí se quedó.

A medida que las hermanitas iban conociendo a los amigos de la selva, quedaron sobrecogidas por el elevado índice de mortalidad que azotaba a la población, especialmente la mortalidad infantil. Esto les puso manos a la obra: con un botiquín, bastante imaginación y un poco de ternura comenzaron a prestarles ayuda. Los buenos resultados hicieron que poco a poco surgiera la confianza en los remedios y las curas que las hermanitas les proporcionaban. ¡Y no les faltaba razón a nuestros vecinos! Hace unos años que el Instituto Pasteur vino a esta región para analizar la sangre de la población. Les sorprendió no encontrar en esta zona la enfermedad conocida como “Pian”, tan abundante en otros lugares. Las primeras hermanitas habían luchado mucho contra esta enfermedad y, gracias a Dios, con buen resultado.

Cuando los amigos de la selva llegaron a conocernos y habían adquirido la costumbre de curarse, las hermanitas abrieron una farmacia familiar y el gobierno nos dio permiso para poderles curar en nuestra casa. Junto con las hermanitas construyeron la casa de acogida y la farmacia familiar.

Yo llegué en el año 1976 para reemplazar a la hermanita enfermera.

En aquellos momentos en la fraternidad nos estábamos planteando ir a trabajar al dispensario del pueblo, para así animar a nuestros amigos a que fuesen allí como todo el mundo; creíamos que nuestra presencia les daría seguridad. Estuve un año en la fraternidad para conocerlos, tratarlos y ver las enfermedades que más se daban. Me impresionaba como llegaban de lejos y, a veces, se desplomaban nada mas llegar a casa de cansancio y alivio, pensando que nos íbamos a ocupar de ellos.

En septiembre de 1977 hubo una epidemia de sarampión a unos cuarenta kilómetros de Bipindi. Llegaban familias enteras, siempre a pie. Solo un niño murió, porque su madre dio a luz en el poblado y lo trajeron muy tarde. Para mí fue un ejemplo de solidaridad ver como se acogieron unos a otros.

El enfermero jefe del dispensario, a pesar de que allí no cogían personal sanitario voluntario, nos admitió para trabajar; luego hizo todo lo posible para que yo pudiese tener un contrato de trabajo y un salario, y lo consiguió.

Cuando tenían necesidad de ir al dispensario, nuestros amigos se alojaban en la fraternidad y, después, iban al dispensario para que les atendiesen como a todo el mundo. Los vecinos del pueblo se acostumbraron a verles por allí; su presencia se hizo natural. Las cosas han cambiado mucho y actualmente no son unas relaciones humanas difíciles lo que les impide ir al dispensario o al hospital, sino la falta de medios económicos, ya que los precios son altos y ellos continúan viviendo en una pobreza extrema.

 

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