De Córdoba a ... México

 Vito (Victoria Clara)

Vito comenzó su vida de hermanita en la Fraternidad de Zorrotza. Se marchó para Argentina, donde hizo su noviciado. El Continente Latino Americano la sedujo y allí se quedó. Siempre deseó compartir su vida con los pueblos indígenas y por eso se fue a vivir a México, al pueblecito de San Clemente, en la sierra.

 

"QUÍTATE TUS SANDALIAS, PORQUE EL LUGAR QUE PISAS ES TIERRA SAGRADA" (Ex.3,5)

Con estas palabras de Dios a Moisés, me atrevería yo a definir el acercamiento, profundamente bíblico, de Hermanita Magdeleine a todos los pueblos, culturas y razas. Como ella, muchas hermanitas hemos buscado, en nombre de Jesús,  acercarnos «descalzas» para acoger y amar la vida cotidiana de nuestros vecinos.

Hta. Magdeleine nos dio la posibilidad de entrar, con profundo amor y respeto, en esta "tierra sagrada" que es San Clemente, un pueblo indígena de México, con el que desde hace años compartimos nuestra vida. En él se entretejen la humanidad con la lucha por la vida; la belleza con la austeridad; lo majestuoso con lo insignificante... Es difícil adivinar dónde comienza y termina este tejido, porque todo forma parte del Misterio de este pueblo, de su naturaleza árida, de la terca resistencia de nuestros vecinos.

"¿Vendrán a vivir acá?... Pero hace mucho frío y estamos lejos de todo... ¡Vengan para que vivamos juntos toda la vida ..! ¡No nos abandonen!, porque nadie había venido aquí nunca..."  Estas son las palabras que los vecinos hicieron llegar al corazón de Margarita y Nicole, cuando vinieron por primera vez en 1972 ...

Han pasado 26 años, desde que la Fraternidad puso su "tienda" en estos cerros. Hemos sido seducidas por la acogida, la sencillez y el respeto de este pueblo, por la ternura en la mirada de los niños. Nos interroga y sacude tanta enfermedad y muerte que les arrebata la vida.

Permanecer allí ha sido, y sigue siendo, un camino de mutua humanización y reconocimiento, de más Vida y Dignidad. Sin duda marcado también por la torpeza y las limitaciones de nuestra cultura occidental, que no siempre sabe «quitarse las sandalias» para entrar en el misterio del otro y dejarse tocar por lo diferente.

A lo largo de estos años, muchas de nosotras hemos aprendido a valorar esos gestos cotidianos y profundos del saludo, el respeto, la amistad...saboreados en el pastoreo, con las mujeres o los niños; compartiendo la tortilla, maíz sagrado que da vida y alimenta nuestros cuerpos; en la lucha por el agua o por mantener la organización de las mujeres; en el reconocimiento de sus raíces y de sus fiestas; en el compartir la fe, que impregna toda su vida.

Puedo decir agradecida, que aquí he redescubierto mi fe, al alimentarla con la fe de este pueblo, con sus ritos, sus ofrendas y la vida misma. Poco a poco me fueron revelando que Dios se involucra en la historia, en la vida y los rostros concretos de todos nosotros... que danza y festeja con su pueblo ... Fui aprendiendo que la oración surge de los corazones, del compartir, de la siembra, de la música de los violines, de la flor... y, también, de la impotencia ante la enfermedad y la emigración a Estados Unidos, que está minando sus valores y quebrando el tejido familiar; una oración que brota del grito y la soledad de tantas mujeres que sufren las consecuencias de esta sociedad excluyente y machista. A través de esta vida amasada juntos, hemos conocido un poco más las entrañas de Dios y el corazón de este pueblo: sus sentimientos, su inocencia, el precio de una vida humana desde que abre sus ojos a la luz...

No es un pueblo de muchas palabras pero sí de mucho corazón, de una enorme calidez humana, que hay que intuir en una mirada, un saludo, un gesto delicado... Para nosotras es una invitación a afinar nuestra sensibilidad y ternura, a capacitarnos para acoger, con extrema delicadeza, el enorme cariño que este pueblo nos tiene y del que somos testigos.

Me atrevo a afirmar, en nombre de todas las hermanitas que han querido caminar por estos cerros «descalzas», que hemos sido gestadas a una Vida nueva, más universal, más cósmica, más respetuosa de la diferencia y preñada de Dios.

Juntos tenemos que abordar los nuevos desafíos que el sistema neoliberal nos impone y que busca tragarnos y arrebatarnos lo poco que nos queda...

Contra toda lógica, queremos ser mujeres felices en la precariedad, porque este es el lugar donde Dios se nos revela; mujeres de esperanza, que arriesguen la vida buscando con nuestros vecinos caminos de más dignidad y justicia.

Nos gustaría poder hacerlo con la misma confianza inquebrantable que Hta. Magdeleine tenía en Jesús, “el Señor de lo imposible”. ¡Ojalá sea Él, cada vez más, el centro de nuestra vida y la pasión de nuestro corazón!

 

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