Tiana (Barcelona) a ... Roma

Merçe

 

Durante mucho tiempo ha vivido como nómada entre los nómadas de Niger. Desde hace unos 10 años vive en Tre Fontane y trabaja en Luna-Park, uno de los parques de atracciones de Roma. Con otras dos hermanitas juegan y hacen jugar a los niños... ¿a qué? Ella nos lo cuenta.

 

En mis evangelios guardo un cartoncito embellecido con una hoja de laurel por mi sobrina Yehoseba, en el que escribió: “La vida es un misterio. Descífralo.” Cuando lo hizo tenía 20 años y veía la vida como un reto que la llenaba de entusiasmo, que a duras penas podía comprender y poseer.

Recordándolo, veo que, a su edad, a mí me ocurría lo mismo.  Cuando miro hacia atrás, percibo los años transcurridos desde que salí de «mi casa y de mi tierra», siguiendo la llamada de alguien bien concreto: Jesús.

Hice el postulantado en Málaga, en las chabolas de la playa de San Andrés, trabajaba en una fábrica de sacos; allí compartíamos la vida con personas muy pobres. Así comencé a comprender el sentido de la gratuidad de Nazaret, como forma de ser.

¿La vida es algo más que un misterio a descifrar? ¿Es un misterio que debemos aceptar?. ¿Debemos contemplar la vida con ternura? ¿Quizá con agradecimiento? ¿Es un don para compartir?  La Vida... un camino donde no se está nunca sólo cuando se vive con Fe.

La vida es, también,  algo a conquistar con atención y esfuerzo; no es algo casual, ni mero fruto del destino.  Se aprende.  Mi sobrina tenía razón: hay que descifrarla. La vida no es un camino cerrado, sino abierto, y se abre caminando.  La vida nos muestra que en medio de toda equivocación y error, en todo dolor y tensión, está y surge la fuerza necesaria para gritar, entregar y resucitar (Mt. 27,50; 28,6). Creo en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida.

La vida me ha favorecido, haciéndome parte de una comunidad que me acogió tal cual era, dándome la oportunidad y la posibilidad de crecer.  He recibido el céntuplo en esta vida.  Tengo hermanas con una vida espiritual fuerte y sana.  El centro es Jesús, hecho humanidad. Por Jesús y su Evangelio vamos juntas hacia los demás, haciendo de todo encuentro un acto sagrado.

Dieciocho años de mi vida los he pasado en África, cuatro de ellos en Djibouti, y catorce viviendo bajo una tienda, como nómada con los tuaregs.  El carisma de la fraternidad y la manera de ser de los tuaregs me curaron de mi complejo de inferioridad y de timidez.  Nunca antes había salido del entorno de mi familia.  Nací después de la guerra.  Empecé a trabajar de muy pequeña, estudié poco, lo justo para la época.  La dignidad de los tuaregs, su humanidad sin complejos, su orgullo de hombres del desierto, me hicieron comprender mejor lo que había vivido en mi familia: «la persona es mucho más de lo que aparenta o sabe». También comprendí que si sólo Jesús es la Verdad, a esa Verdad se puede llegar por caminos diversos; caminos que decide Él y no nosotros. Esa comprensión me permite andar con otros sintiendo respeto y afecto..... ¡que no es poca cosa!

Observar esos ojos tan expresivos en un rostro de hombre, escondido tras un velo, o la expresión sonriente de la mujer, pese a estar agotada de tantas maternidades; descubrir y admirar su capacidad de abandonarse a la providencia en momentos de escasez extrema; contemplar esos hombres y mujeres envejecidos antes de tiempo, llenos de arrugas de soportar los vientos secos del desierto, expresando y transmitiendo serenidad, gratitud por su vida y por la experiencia lograda, sin hacer ningún reproche por su dureza. Los niños, esos niños que no invaden nunca la vida de los mayores... que saben jugar y divertirse con nada, que comparten lo poco que tienen hasta quedarse sin nada..... Con esas gentes, que profesan otra religión y tienen una cultura tan opuesta a la nuestra, vi y viví con Dios; sentí que eran mis hermanos, que nuestras diferencias no eran obstáculo para amarnos y sentirnos unidos.

Rezamos, pero cada cual en su lengua y con su libro; cada uno se recoge en su corazón, camina a su propio paso, pero siempre con la compañía y el cariño del otro; compartimos lo que somos, sin imponer nada, dejando que el Misterio sea misterio...

Compartiendo la vida nómada de los tuaregs aprendí a vivir sin casi nada, con lo imprescindible para la subsistencia, y ser feliz, profundamente feliz; eso sí, nunca faltó ese «casi nada» que nos permitía vivir.

No debemos olvidar que la miseria es el peor de los males y que lleva a la muerte.  Yo he visto esa muerte: la sequía causó la muerte de muchos niños, mujeres y mayores. Con la miseria no se puede hacer poesía.  Entonces comprendí que la solidaridad es una obligación humana y una de las virtudes más evangélicas. De hecho, en medio de ese desierto de hambre llegaron algunas organizaciones eclesiales y no gubernamentales como Cáritas, Secour Catholique y Cruz Roja.  El gobierno nigeriano hacía lo que podía, pero sus recursos eran insuficientes ante la enorme dimensión de la tragedia.  También nosotras hicimos lo posible para aliviar aquel drama que nos rodeaba.  Quizá la experiencia de esas grandes tragedias humanas -tan repetidas en el desierto-, es lo que hace que las cosas sencillas y ordinarias de la vida posean una fuerza tan especial.

La amiga más íntima que se puede tener en el desierto es la naturaleza, la más pegada al cuerpo: calor y sudor, viento de arena, sol abrasador y sombra refrescante, sed insoportable y agua reparadora, luna capaz de orientar al caminante de la noche, puestas de sol anunciadores de lluvias y vientos, huellas dejadas en la arena capaces de orientar y revelar secretos, recorridos incalculables en busca de pastos para nuestros rebaños y nuestros asnos, el hallazgo siempre gozoso de los animales extraviados...

Una vida compartida por amor y con amor, llorando y riendo juntos; revisando nuestros comportamientos individuales y comunitarios a la luz del Evangelio.  Nazaret y el desierto, sin duda son lugares donde se revela con más autenticidad el ser y el no ser y donde la vida comunitaria se hace exigente al máximo.

La capilla tiene siempre un lugar privilegiado.  Dios está allí, en medio del pueblo, escuchando sus súplicas, sus quejas, sus acciones de gracias y, en toda circunstancia, caminando con Él; incluso físicamente, porque cuando trashumábamos con los tuaregs, en busca de pasto y agua, Jesús Eucaristía viajaba con nosotras.  Sin esta compañía, ¿se podría vivir?

Desde hace unos once años comparto la vida con los feriantes, en un parque de atracciones a las afueras de Roma. Una vida bien distinta de la que llevé en el desierto, pero, sin embargo, también la vida de Nazaret.  Mi vida ha cambiado; la Fraternidad lo ha permitido así y se lo agradezco, pues mis fuerzas también han disminuido.  He encontrado otros rostros, siempre hermosos.  No hay rutina.  La vida es siempre imprevista e interesante, aún la más ordinaria, sin ninguna duda, pues Dios está metido en ella.

El ruido de la feria es ensordecedor; en verano los horarios son duros, la jornada agotadora; es un mundo muy particular, cercano a la religiosidad popular.  Los feriantes me han acogido como soy, no me exigen nada. Por ello siento un profundo agradecimiento ante tanta generosidad.

En nuestra atracción, instalada en una casa que recuerda la de Nazaret, ofrecemos como juego  el «El Arca de Noé». El juego consiste en pescar, con diferentes grados de dificultad, según el premio. Es un juego un poco especial, no es como la vida; en él se gana siempre.  Los niños se divierten jugando y los mayores también. Las hermanitas nos sentimos queridas por los feriantes; ellos nos hacen sentirnos como parte de su familia.

La presencia de las hermanitas en este parque de atracciones desde hace más de 34 años, trabajando al aire libre y tan mezcladas con la gente, nos ha permitido conocer a muchas personas y crear vínculos profundos de amistad. Ellos comprenden que nuestro trabajo allí no es sólo un juego, ni siquiera una manera de ganarse la vida; saben que es una presencia de la Iglesia, cercana, cariñosa, llena de amor.

¿Cómo no?, también el mundo de la feria ha entrado en crisis.  La gente viene cada vez menos a las atracciones tradicionales.  Al igual que otros obreros del mundo, sentimos sobre nuestras cabezas la amenaza de la pérdida del trabajo y de un porvenir incierto.

El Padre Voillaume nos dice, en uno de sus libros, que si podemos mezclarnos totalmente entre los hombres de nuestro tiempo es porque venimos del desierto y que a él volvemos.  De hecho sin una vida de oración y de búsqueda, de intimidad con Dios, nada tendría sentido.

 

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