Filipinas

La situación no mejora para nuestra gente. Las condiciones de trabajo son cada vez más precarias, y la emigración se vuelve una consecuencia casi inevitable.

Encontramos trabajo en una pequeña fábrica de productos alimenticios, a 20 minutos a pie de la fraternidad de Diliman. Trabajan ahí poco más de 100 empleados y entre ellos la hermanita Maria Huyen, vietnamita. Pasado un año le han hecho un contrato con el salario mínimo (pero sin cotizaciones): 380 pesos = 6 euros. Alterna períodos de trabajo intenso, en que tienen que hacer horas extras, con otros en que se turnan trabajando tres días por semana, de modo que todos trabajen un poco. Todos se consideran afortunados por tener un empleo “estable” y con relaciones “humanas”. Es casi una sorpresa para nosotras encontrar esta situación de trabajo después de haber experimentado otras mucho más duras en los años precedentes.

Gones había trabajado durante casi 8 años (2000-2008) en una fábrica de confección. La mayor parte de sus compañeras vivía en la misma fábrica, durmiendo sobre una estera al lado de la máquina de coser.  Como les pagaban a destajo, hacían horarios imposibles y, a menudo, pasaban años antes de que volvieran a casa, prefiriendo mandar el miserable salario para la escuela o las medicinas de los hijos. Cada año los meses anteriores a Navidad eran imposibles por todas las horas extra obligatorias... y sin embargo, muchas se quedan en estas condiciones, porque no encuentran otra cosa...

Existen, y cada vez más, compañías multinacionales que te cogen con contratos de poca duración (3 o 6 meses), jornadas de trabajo de 12 horas seis días por semana, y a veces siete, sin cotizaciones sociales ni asistencia sanitaria. El gobierno no pone condiciones, porque le interesan más las inversiones extranjeras que los derechos de los trabajadores. Incluso están revisando el código del trabajo para “adaptarlo” a la nueva situación... Acabados los seis meses, hay que empezar de nuevo a buscar, con los gastos de papeles, revisiones médicas y otros, y la compra de un nuevo uniforme si te contratan...

Hemos entrado en contacto con los que trabajan en “call centers”, un fenómeno en expansión. Para muchos está siendo una alternativa a la emigración, porque el salario es bastante bueno, aunque los horarios son difíciles. Se trabaja a menudo de noche, y se cambia con frecuencia de turno. El sueño y las comidas se desorientan continuamente. La muchacha que nos ha hablado de ese trabajo nos dijo que está perdiendo la capacidad de hablar de manera normal, porque tiene que poder decirlo todo en tiempos muy breves, con frases hechas, y se siente como un robot que habla, como si estuviese perdiendo la capacidad de pensar. Es un tipo de trabajo que permite solucionar necesidades urgentes, pero que no da ninguna garantía de futuro. Existen compañías que contratan a empleados muy cualificados (ingenieros, contables, etc.) que trabajan en el ordenador como si estuvieran en Japón o en otros países, pero que cobran con el nivel de Filipinas, o tal vez apenas un poco más.

Entre los jóvenes del barrio en el que vivimos en Diliman, algunos han encontrado trabajo y se están pagando los estudios enseñando inglés “on-line” (por Internet) a niños coreanos.

Nuestra joven postulante, Adel, trabajó algunos meses en una empresa de restauración (“catering”). El trabajo era interesante porque se encontraba con otras jóvenes, y con un horario flexible, siendo posible incluso negarse cuando era incompatible con las exigencias de la vida de fraternidad. Como está en una etapa de formación, tuvo que dejarlo después de tres meses, para seguir cursos  de iniciación a la vida religiosa con jóvenes de otras congregaciones.

Nosotras continuamos con trabajos a media jornada: limpiezas, lavado de ropa, plancha. En nuestro contexto es un trabajo significativo porque nos sitúa al nivel de los más desfavorecidos, que no tienen otra salida. La realidad de tantas empleadas domésticas nos interroga. A veces los empleadores las tienen casi en una cárcel: no pueden salir, ni hablar con otra gente, a menudo son explotadas por su propia familia, que lo único que les pide es dinero. Otras veces pueden encontrar familias buenas que las ayudan a mejorar su situación. Para nosotras es importante poderlas escuchar, porque muchas veces viven una gran soledad y sentido de inferioridad.

Ágata va tres días por semana a una casa donde trabaja May, joven mujer de 25 años. El año pasado tuvo la ocasión de ir con ella a visitar a su familia en la isla de Polilio. Después de un viaje lleno de aventuras entre autobús, jeep, nave, barca y triciclo, descubrió un rincón de paraíso, por la naturaleza lujuriosa (peces, bananas y frutas de todo tipo), pero donde no existe aún la corriente eléctrica y no hay escuela para los niños. Además cada año hay tifones violentos que lo destruyen casi todo, y los productos de la tierra no se pueden vender porque el transporte cuesta demasiado. La corrupción en la Administración Pública impide o frena el desarrollo de realidades como ésta... para la que la única solución parece ser la de ir a otro lado a buscar trabajo, aunque sea solo a Manila.

El sueño de todos es tener a alguien de la familia que trabaje en el extranjero... no importa donde, basta con que sea fuera. El flujo de emigrantes continúa siendo muy intenso. Hay gente que en estos últimos años se ha ido a trabajar a Irán, a Afganistán, donde el visado no es tan caro y es más fácil ser empleado sin grandes gastos.

Las escuelas de enfermería están superpobladas, porque es relativamente fácil encontrar un trabajo en el extranjero, pero en los hospitales locales empieza a faltar personal.  Hay incluso muchísimos médicos que pasan un examen para emigrar como enfermeros.

Los países más accesibles son los de Oriente Medio: Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, con grandes riesgos humanos para las mujeres. Pero hay también posibilidades en Singapur, Hong-Kong, Macao, Taiwán, Corea, Japón (este último con trabajos a menudo a riesgo: bailarinas o tráfico del sexo). Muchas enfermeras partieron recientemente para el Reino Unido e Irlanda, Estados Unidos y Canadá. Estos últimos países favorecen la reagrupación familiar, y esto es una gran ventaja desde un punto de vista humano. El Canadá aparece como el país más acogedor en este momento, pero es necesario tener algún tipo de especialización.

Las consecuencias humanas son complejas. A menudo la ausencia de uno de los padres durante los años del crecimiento crea traumas importantes en los hijos. Aunque los chicos puedan terminar los estudios (es el sueño de muchos padres), suelen estar privados de un verdadero afecto y acompañamiento, desorientados entre varios parientes, disponiendo de dinero que no saben gestionar bien, víctimas frágiles de la televisión, de la publicidad, de los medios de comunicación.

He leído que en algunas provincias del interior las ganancias de los emigrantes se invierten mejor y originan algún modo de desarrollo, pero no tengo datos suficientes acerca de esto para poder contar algo significativo. De vez en cuando encuentro a alguien que ha estado algunos años en el extranjero y después ha buscado trabajo aquí: compró y conduce un taxi, un triciclo o incluso un autobús, o algún pequeño empresario. Esto me consuela, porque quiere decir que una familia puede vivir decentemente. Así ocurrió con Tess, nuestra primera vecina en el barrio clandestino. Su marido, después de haber trabajado varios años fuera, fue aceptado como mecánico con las fuerzas especiales de la ONU en Haití (esquivó por un pelo el terremoto). Vivían en una barraca miserable, donde todos trabajaban en lo que fuera, incluso los niños desde los tres años (¡tienen ocho hijos!) que ayudaban a la mamá a unir trozos de tela para coser y ahora se han comprado un terreno, ya han levantado la casa hasta el tercer piso, y han puesto en marcha una pequeña tienda de materiales de construcción.

Es triste ver que tanta gente capaz y preparada deba buscar fuera de su país soluciones para el futuro. Incluso chicas que de jóvenes se habían jurado a sí mismas que no abandonarían su país, sino que harían todo para hacerlo progresar, cuando se encuentran con hijos para criar, o padres enfermos que cuidar, parece que no tienen más salida que trabajar fuera y enviar su ayuda financiera a quien se queda. En una sociedad que no ofrece seguridad social, la única seguridad viene de la solidaridad familiar, y es una responsabilidad primaria que hay que respetar.

Tampoco puedo silenciar la triste realidad de agencias “fantasma” que prometen visados y trabajo falsos. Después de haber pedido en préstamo sumas fabulosas (a menudo el salario de un año aquí) se encuentran, la víspera de la partida, con la amarga sorpresa de haberlo perdido todo y de encontrarse con una deuda enorme. Ya es mucho si no se trata de préstamos con usura, lo que es muy frecuente entre los pobres. Una amiga nuestra tuvo que trabajar tres años para pagarlo.

Con todo esto, la vida continúa. Nuestra gente tiene mucha capacidad de reír y de sonreír. Las relaciones de familia y de vecindad son muy importantes, sobre todo porque son la única seguridad a la que pueden agarrarse en los momentos difíciles. Les gusta hacer fiesta y celebrar juntos los acontecimientos importantes. Son  momentos para compartir a los que todos o casi todos son invitados.

Hermanita Annarita

 

 

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