Marruecos

Es el tercer año que, durante unos meses, trabajo con el mismo grupo de mujeres del pueblecito donde vivimos. Los dos primeros años lo hicimos sobre todo en la cosecha de habas y guisantes. Nuestros patronos, Azziz y Lhossayn, compran las cosechas en el campo y las venden en los mercados al por mayor de las  grandes ciudades. El primer año trabajé todos los días durante dos meses, el segundo cuatro meses (de abril a julio) y, los dos años, en otoño, de manera más irregular.

Trabajábamos por 50 DH, alrededor de 5 euros, por día, por unas nueve horas de trabajo, aparte de un período en que trabajamos a destajo, pagadas en función del número de cajas recogidas, con toda la tensión y la competición que esto supone. Este año nos contrató otro patrón, Abdallah, que trabaja como encargado en una propiedad muy grande de la llanura agrícola de Meknès, cerca de El Hajeb, a 30 km de casa. El salario es el mismo, pero la jornada de trabajo no excede las 8 horas, y pudimos trabajar todos los días durante seis meses consecutivos, con una media de uno o dos días de descanso cada semana. El trabajo fue más variado: clarear los melocotoneros y los manzanos pequeños para que den fruta más grande, desherbar los campos de cebollas y de melones, plantar la viña y podarla para que crezca, recoger la fruta: melocotones, peras, almendras, manzanas...

Me sorprende, al entrar un poco más en ese mundo, descubrir las diferencias de salarios. Las que venimos del mismo pueblo nos entendemos con un patrón que contrata a todo el equipo y viene al pueblo a buscarnos por la mañana y nos trae por la noche. Nos pagan menos que a los procedentes de las ciudades – muchas veces gente de los pueblos que alquilan una habitación en la ciudad para el tiempo del trabajo – y que se proponen para el trabajo reuniéndose en una plaza de la ciudad, como los obreros de la parábola del Evangelio.     Cuando el trabajo es abundante y los obreros poco numerosos, hacen subir los salarios, algunos ganan así hasta 150DH al día... Ya hemos tenido la experiencia de trabajar con otras mujeres, que cobran más que nosotras por el mismo trabajo... A veces nos exigen con más facilidad un trabajo más duro, que los demás no aceptan. Se te hace sentir peor tratada y esto contribuye al peso de la vida. Algunas lo perciben como una humillación más... sienten que tienen que “venderse” por un poco de pan... Vender tus fuerzas, tu juventud o tu vejez en ese trabajo duro, a veces vender también tu cuerpo, porque la prostitución está muy presente en este contexto... todo esto se vive con una gran dureza en las relaciones, a veces incluso con violencia física...

Otra forma de violencia viene de la falta de verdad en las relaciones humanas. Ser amiga de todo el mundo es a veces decir mal de todo el mundo en su ausencia... y proclamar bien alto mi buena conducta – yo no cojo fruta si no me la dan porque es “haram” (prohibido) robar-, quiere decir a veces esperar a estar solo, o por lo menos fuera de la vista de los vigilantes, para poder hacerlo. Esto me duele, tanto más porque me cuesta mucho separar, en estas actitudes de las que soy testigo a mi pesar, la parte de la diferencia cultural y la parte que no es justa... No debo juzgar, pero esto ha sido durante mucho tiempo una dificultad para situarme en el equipo. Me parecía que todo era falso, y me causaba un sufrimiento profundo. ¿Cómo es posible que una compañera que parece ofrecerme toda su amistad o abrirse un poco a mí, pueda en el minuto siguiente coger los guisantes que yo debía recoger, cuando a mí me cuesta mucho trabajo llenar la caja...? ¿Cómo puede precipitarse hasta empujarme para sentarse antes que yo en el camión, cuando no hay asientos para todas? ¿Cómo puede decir mal de mí cuando me vuelvo de espaldas?

Poco a poco, he adquirido más seguridad y más rapidez, y así he ido cogiendo mi lugar en el equipo.

He recibido el don de la amistad, con Fátima de Abd el Qadr, Fátima de Hanane, Tihamemt... Esto me ha ayudado mucho a distinguir entre la amistad y las relaciones de trabajo... Con ellas, he encontrado un apoyo muy fuerte, ante todo en el trabajo, pero también en la alegría de una relación más intensa, tejida a veces en intercambios profundos, pero en general en palabras muy sencillas, relación habitada intensamente de silencio, por el solo hecho de estar horas y horas una al lado de otra, de hacer los mismos gestos...

Recibí también un profundo apoyo con la acogida fraterna de mis hermanas, a la vuelta del campo, que me permite entregar mi día, con sus alegrías y su peso. Y también, la ayuda del Señor, que ha enraizado en mí la certeza de que me llama a compartir la vida con estas mujeres...

He buscado un camino en medio de esta dureza... Comprendí pronto que la violencia y la dureza podían habitar también en mí, aunque se expresen de forma un poco distinta... Y vi también que en medio de esa dureza había una cantidad de gestos  gratuitos, porque el corazón nunca está muy lejos, y si es tocado, da con una generosidad que me sorprende tanto como la rudeza... Pueden darlo todo, el pan, el agua, el sudor... Dar, no lo superfluo, sino lo necesario vital.

Comprendí también que esta búsqueda de un camino de vida en este ambiente rudo iba en mí misma al encuentro de la búsqueda del camino de mi propia vida... Poco a poco, descendiendo más profundamente en mí, aprendo a no extrañarme de lo que puede habitar en mí... De cierta manera, el mundo “exterior” no es muy diferente del mundo “interior”... Y es un camino que me invita a no juzgar... Pero he percibido también que hay en lo más profundo de mí una fuente de vida, y de vida buena... Es un camino que me confirma en la certeza de que Dios habita el fondo de mi ser, y que lo que hace por mí, lo hace por cada persona. Muchas veces me he preguntado a qué me llamaba el Señor en esta compañía un poco ruda. La certeza de que me quiere aquí me ha ayudado a superar muchos obstáculos: mi inexperiencia, mi poca fuerza... y creo que es verdaderamente un don suyo que no haya tenido nunca miedo de esa rudeza, al contrario, me da el deseo profundo de acercarme...

Durante mucho tiempo creí que el lazo más fuerte entre nosotras era como una “comunión de nuestras miserias”, un encuentro de pobres... pero comprendo que la fuente de la comunión está más allá, en lo más profundo de nuestro corazón donde Dios habita, en la belleza única de cada una... Es también un encuentro de pobres, una hospitalidad mutua... Sí, doy gracias por todos esos momentos en que me ha sido dado ver algo del corazón de niña de la otra...

Pienso en Naima, una mujer de palabra y gestos rudos, que tiene la fama de “trabajar como un hombre”, maravillada por una flor que le dieron, una magnífica flor de la pasión; la mira emocionada durante unos diez minutos, y después me mira. Yo estaba sentada en frente de ella en la camioneta a la vuelta del trabajo. Me mira sonriendo, como para decirme: ves, esta mujer que se maravilla, también soy yo... Pienso en Fátima, que es sordomuda y que se alegra viendo los pájaros que cantan encima de un cable eléctrico... no los oye, pero sabe que su canto es bello...

Sí, creo que el Señor me llama a encontrar el corazón del otro... Es como una larga peregrinación, en la que me invita a atravesar todos los obstáculos  hasta descubrir en el prójimo el Rostro de Dios.

Hermanita Lucile

 

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