Suiza

Hace unos 15 años que trabajo en una gran cadena de almacenes, al principio en una tienda de barrio, y luego en un gran supermercado de 18 cajas, cerca de la fraternidad. Durante mucho tiempo estuve en la caja. Pacientemente, fui tejiendo lazos con las compañeras y con los clientes.

Puse al corriente a muchas “nuevas compañeras”, explicándoles todo lo que hay que saber y además aportándoles también los pequeños “trucos” para sobrevivir y aguantar en los momentos de estrés, o cuando el descanso se hace esperar. Está prohibido comer pero, por ejemplo, ¡nadie ve el terrón de azúcar escondido en el bolsillo!

Aprendí a decir GRACIAS a los clientes en distintos idiomas. Es la ocasión de que una sonrisa ilumine el rostro y aligere la atmósfera.  Gracias a la “tarjeta de fidelidad” aprendí también los nombres de los clientes habituales; si les saludo por su nombre, volverán a hacer cola en mi caja. Algunos clientes han llegado a ser mis amigos. Incluso una pareja que me invitó al restaurante. O ese señor mayor a quien pude ir a visitar al hospital dos días antes de su muerte: rezamos juntos y fue un momento muy hermoso, como un sacramento. O también esa joven madre que vino a enseñarme la ecografía del tercer niño que esperaba. ¡Tantas situaciones humanas donde se dan la mano la vida y la muerte!

Durante largos años, como la mayoría de mis compañeras, tenía un contrato de auxiliar. Cobraba por horas, sin ninguna garantía del número de horas de trabajo al  mes. Si es necesario, podían hacernos trabajar 41 horas por semana... en cambio, si es un período bajo, tenemos permiso para quedarnos en casa... El salario cambia cada mes, y no sabemos nunca con antelación los horarios de trabajo: ¡hay que estar disponible y ser flexible!

Hace dos años, luché con el sindicato UNIA para obtener un contrato fijo, con un salario mensual y un número de horas definido claramente. De hecho, todos los empleados que hayan trabajado más de 20 horas por semana durante un año tienen derecho a un contrato fijo... un derecho que esa cadena de tiendas ha pasado por alto durante años... Después de meses de lucha, de dificultades, de pequeñas amenazas, recibí el contrato. “Es una excepción”, me dijo el gerente El sindicato continuó la lucha... y un año después, todos los compañeros que trabajaban más de 20 horas a la semana recibieron una propuesta de contrato fijo, en toda Suiza... Pero a mí, me quitaron de la caja y trabajo sola con lo cual tengo muy poco contacto con las compañeras y con los clientes. Mi nuevo trabajo es en la sección de textiles. En lugar de hablar con la gente, me concentro en hacer los pedidos y en poner los artículos en el lugar adecuado. Delante de las braguitas, pienso muchas veces en el cartero delante de los buzones: deprisa, deprisa... no equivocarme... ¡pero esas braguitas se parecen todas!

Procuro seguir en contacto con mis compañeras... en el vestuario o parándome de vez en cuando en una caja. ¡Y la lucha no ha terminado! Hace unos años, las máquinas de marcar (que registran la hora en que empieza el trabajo y la hora en que termina) fueron suprimidas. ¿Por qué? Las cajeras deben llegar unos minutos antes de la hora para buscar cambio... y muchas veces salen con retraso al final del día: ¡es lo que yo llamo “trabajo gratuito”! Sin embargo, la mía es una empresa modelo en el comercio detallista en Suiza...

Tal vez un día me echen... ¡pero no tenemos derecho a “ser perros mudos, centinelas dormidas”! ¿No es verdad, hermano Carlos? (Carlos de Foucauld, carta de Beni Abbès a Dom Martin del 7 de febrero de 1902)

Hermanita Anny Myriam

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Hay hombres y mujeres que buscan una tierra que les acoja al término de recorridos vitales muy difíciles. Suiza ha endurecido sus leyes de acogida y las condiciones de detención en la cárcel para toda persona que sea encontrada sin papeles de residencia válidos. Estas leyes fueron votadas por el pueblo y son para mí un signo del miedo al OTRO y del temor a la CARENCIA. Miedo que puede surgir si hay que compartir algo más con gente que viene de fuera, buscando un futuro mejor.

Me encuentro con ese mundo formado por rostros de todos los países, sobre todo de África, de Asia y de Europa del Este, en dos cárceles. Desde hace diez años, soy testigo de su tragedia, traumatismo, inseguridad, pero también de su esperanza de una vida más humana. No puedo entrar en ese mundo sin vaciarme de todas mis ideas, esperas y deseos para ellos. Simplemente, estar allí, atenta, con empatía hacia cada uno… Y ese infinito respeto por su sufrimiento. “Sólo se puede tocar el sufrimiento del otro con las manos del Crucificado” decía, me parece, Abd-el-Jalil.

Nosotros (estoy en contacto con  el capellán y con otras mujeres visitadoras) les llevamos una pequeña atención: un poco de fruta para unos, el periódico en su lengua para otros. Y, ante todo, lo que puedo ofrecer es mi tiempo, mi corazón y mi escucha. En una de las cárceles, en un grupo de 18 hombres, puedo comer en su mesa y es siempre para mí una alegría estar allí, en medio de ellos. Presencia velada de Aquél que se hizo carne y que habita el corazón de todo ser humano.

A veces hay tiempos de oración, compartir sencillo de un texto del Evangelio con una pequeña canción. Estos momentos son perlas para mí, son como un Evangelio “vivo” debido a su amor por esa Palabra de vida y esa fe en Dios. Con un grupo de mujeres africanas, cantamos hasta hacer temblar los muros de la cárcel, como en tiempo de los apóstoles, me parecía. Algunos días más tarde, Sandrina me manda desde la cárcel esta canción: “Encontrar en mi vida tu presencia, conservar una lámpara encendida”, y deseo tenerla encendida esta lámpara, hasta el fin de mi camino.

Vivo como un doble sufrimiento: el de ser de un país que se endurece día tras día para los demandantes de asilo y las otras personas que llaman a nuestra puerta, y el de estas personas, que tienen un nombre, un rostro concreto y que son encarceladas hasta 18 meses, únicamente porque no tienen papeles. Mis propios problemas a menudo tienen mucha menos importancia después de la visita. Admiro su perseverancia en creer y soñar en un mundo mejor. Esto estimula por momentos mi propio camino de fe. Intento aportar la impotencia que siento en mi oración de intercesión en el corazón de la vida cotidiana.

Me gusta recordar esta palabra del hermano René Voillaume:

“Tal vez vamos a entrar en una época de la historia del género humano que será el tiempo de la compasión, en la impotencia de encontrar soluciones a los problemas que se planteen. Más que nunca, tendremos que ofrecernos en intercesión, en comunión con el sacrificio del Señor, sumergiéndonos en su Eucaristía, para suplicar que la misericordia de nuestro Salvador se derrame sobre todos los hombres. Más que nunca, es para nosotros el tiempo de la fidelidad a nuestro carisma de fundación”.

Hermanita Maria Ursula

 

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