Estados Unidos

No sé qué decir sobre “inmigración y trabajo”, pero trabajo con muchos inmigrantes. No es tan raro para mí, probablemente porque trabajar con inmigrantes es la historia de los comienzos de nuestro país. Esto incluye a mi propia familia, que venían de la parte francesa de Canadá y de Irlanda. Crecimos con muchos vecinos que no hablaban bien inglés (la mayoría eran portugueses), y tenían todo tipo de trabajos en nuestra ciudad.

Lo que es diferente donde yo trabajo ahora es la procedencia de las personas. Paterson es parte de la ciudad de New York, tradicionalmente un enorme puerto de entrada de inmigrantes a lo largo de nuestra historia, por lo que el porcentaje de inmigrantes en nuestros lugares de trabajo de aquí es extremadamente alto.

Soy cajera en la panadería de unos grandes almacenes. Los trabajadores nacidos en los Estados Unidos se cuentan con los dedos de una mano, y como dijo un compañero turco: “De cien clientes tal vez cinco son americanos!”

En realidad, a la hora de comer, las conversaciones que tengo alrededor son en español (diversidad: dominicanos, peruanos, colombianos, mejicanos) y cuando estoy detrás del mostrador mis compañeros conversan en Gujurati, Bangla, árabe o turco, ¡y entonces soy yo quien se siente inmigrante! Hay muchas personas en la empresa con quienes no trabajo normalmente, pero con las que tengo contacto – ucranianos, paquistaníes, griegos, filipinos, egipcios, de Tanzania, palestinos… A pesar de las inevitables discusiones, es un constante asombro para mí cómo logramos trabajar juntos.

Se da por sentado que todo el mundo es inmigrante, cuando me preguntan “¿De dónde eres?”  y digo el nombre del estado, Massachusetts, suelen insistir “Pero, ¿dónde naciste?”. Recientemente he ido dos semanas a visitar a mi familia y hacer mi retiro. Cuando volví encontré a una chica de Bangladesh en el aseo, me dio la bienvenida y me preguntó “¿Fuiste a tu país?” Yo sonreí y dije “Sí”. Por supuesto, no regresé recién casada, como ella hizo el año pasado cuando fue a casa con los suyos…

Últimamente me veo más “inmigrante”. Mientras estuve con mi familia, el almacén comenzó a aplicar la ley de salud pública de cubrirse el pelo cuando trabajamos con comida. Cuando volví ya se habían repartido todos los gorros, y me dieron una redecilla que se me escurría continuamente, así que cogí una pañuelo y me lo até como solemos atarnos el velo las hermanitas… Me parezco a las hijas de Tevye de “Un violinista en el tejado”...

Mis compañeros más cercanos saben que el inglés es mi lengua materna, así que cuando quieren algo de los jefes, a veces me piden que hable con ellos. El año pasado tuvimos una invasión de ratones en la panadería, y tuve que decir al jefe que la comida se estaba estropeando por los furtivos visitantes de la noche. Él inmediatamente se enfadó conmigo, y dijo que no iba a ayudarme a limpiar, y que era culpa del incompetente exterminador, etc, etc  Yo dije a los demás, mientras nos reíamos juntos, que era la última vez que yo le llevaría las malas noticias.

Puede haber mucho sufrimiento detrás de las sonrisas. Obtener cuidados médicos puede ser una pesadilla, así como para la mayoría de los trabajadores pobres. A algunos les gusta la libertad y sencillez de sus nuevo país; otros echan mucho de menos las redes sociales de sus países de origen. Algunos planean su regreso una vez que hayan ganado lo suficiente, o hayan estudiado; la mayoría son realistas y saben que están aquí para quedarse. Lo principal ahora, sin embargo, es que con la gran recesión de los últimos años, no hay otros trabajos donde ir, así que cada uno se ajusta a los bajos salarios, recortes de horas, y ocasionalmente ante los abusos de la dirección, aprieta sus dientes y se va…

Hace un par de semanas salí con tres compañeras una tarde a ver una película india. Éramos dos chicas turcas con pelo corto, camisas ajustadas y un montón de maquillaje y joyas,  una marroquí vestida de negro y con una hijab blanca y lisa, y yo, una monja en vaqueros. Nos paramos primero a comer en un barrio indio cerca de Jersey City, un lugar donde las tiendas y las personas son indias. El restaurante tenía escenas de la vida de los pueblos indios pintadas en las paredes y bailarines del Punjab bordados en los manteles. Pero lo primero que vimos cuando atravesamos la puerta fue una estatua sonriente de tres pies de alto de un mariachi mejicano con cascabeles alrededor de su enorme sombrero y una margarita en las manos. Y nuestro curry, arroz y naan fue servido por un camarero indio que se llama Donald.

Sólo pude sonreír y pensar que cualquier de las culturas nuevas que están naciendo de estas olas de inmigración, estarán llenas de color, de humor y de vida!

Vuestra hermanita, 

Ann-Beth

 

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