Hermanita Magdeleine y el extranjero

De Hermanita Magdeleine

En nuestra época en que la violencia se extiende de un extremo al otro del mundo, los inmigrantes son muy numerosos y, por razones políticas, económicas y sociales, su venida no es deseada ni aceptada. Por esto, habría que suprimir la palabra “extranjero” de  nuestro vocabulario. Debido al sentido de esta palabra en el momento actual, es doloroso para cualquier ser humano ser tratado como tal.

Esta palabra, que ha llegado a significar indeseable, no tuvo siempre un sentido peyorativo. En la antigüedad era sinónimo de huésped sagrado, amado por Dios.

En muchos textos bíblicos el extranjero es asociado a los débiles, a las viudas y a los huérfanos,  a los pobres que deben beneficiarse de una protección permanente de la sociedad.

Dice la Escritura:

“El Señor ama al extranjero” (Dt 10, 18), “Él protege al extranjero” (Sl 145, 9)

“Al extranjero que habita junto a vosotros le miraréis como a uno de vuestro pueblo y le amarás como a ti mismo, pues extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” (Lv 19,34)

“No habrá más que una ley para vosotros y para el extranjero. Igual será delante de Yahvé para vosotros que para el extranjero: una sola ley y un solo derecho regirá para vosotros y para el extranjero que reside entre vosotros” (Nm 15, 15-16)

Hoy día hay muchos millones de emigrantes en el mundo, y en todas partes se promulgan leyes segregacionistas para rechazarlos.

Los extranjeros son víctimas de flagrantes desigualdades en las condiciones de trabajo, en la vivienda, en la escolarización de los niños, en la ayuda social y espiritual, y sobre todo en el respeto a su dignidad humana. Llevan consigo el sufrimiento del país que aman y que oyen más a menudo denigrar que admirar. La mayor parte del tiempo realizan los trabajos llamados inferiores, porque no tuvieron formación profesional para otros empleos, habitualmente reservados a las personas del país. Así pronto se convierten en pobres, viven en la inseguridad y el miedo constante de ser devueltos a su tierra, de la que muchos huyeron para escapar de la persecución y de la muerte o de la miseria... y para tener seguridad en el país donde buscaron asilo.

Pero no tienen derechos sindicales, ni muchas veces estatuto legal. Si lo tienen, no saben defenderlo y se dejan explotar. Y si no encuentran trabajo, el aburrimiento y la inactividad les llevan fácilmente a la depresión y a la desesperación. Están privados de medios de expresión, no solo a causa del idioma, sino también de la diferencia de mentalidades, de concepciones de la vida y de costumbres. Hay mucha hostilidad y explotación, muchas triquiñuelas y malos tratos  hacia los trabajadores extranjeros...

Ya el Concilio Vaticano II habló en varias ocasiones de esta cuestión insistiendo en el respeto del ser humano:

“En nuestros días tenemos el imperioso deber de hacernos cercanos a todo hombre y, si se nos presenta la ocasión, servirle activamente: ya se trate de un anciano abandonado por todos, del trabajador extranjero despreciado sin razón, del exilado...” (La Iglesia en el mundo de este tiempo, nº 27)

“En relación a los trabajadores provenientes de otros países o regiones, que aportan su colaboración al crecimiento económico de un pueblo o de una provincia, hay que guardarse cuidadosamente de toda clase de discriminación en materia de remuneración o de condiciones de trabajo. Además, todos los miembros de la sociedad, en particular los poderes públicos, deben tratarlos como a personas, y no como simples instrumentos de producción, facilitar la presencia de sus familias junto a ellos, ayudarles a procurarse una vivienda decente y favorecer su inserción en la vida social del país o de la región que les acoge”. (La Iglesia en el mundo de este tiempo, nº 66)

Los cristianos tendrían pues que estar en  primera línea entre los que luchan para que las mentalidades se abran de manera más acogedora a todos los que vienen de otros países y buscan comprensión y ayuda eficaz, justicia, paz y amor... No es sólo una cuestión de caridad, sino también de justicia y de verdad, sobre todo cuando se recuerda que el origen de su presencia fue muchas veces la necesidad de una mano de obra barata, para trabajos duros o peligrosos.

La acogida y el respeto hacia el extranjero son para los cristianos exigencias del Evangelio. La amistad  y la solidaridad con ellos son por lo menos tan importantes como el alimento y la vivienda. Todo esto exige conocimiento y respeto de las distintas culturas.

Es cierto que acoger a alguien, es renunciar en algo a nuestras costumbres personales y a nuestra tranquilidad para respetar mejor los valores, las tradiciones, las costumbres de los que recibimos. Es verdad también que en un país donde haya paro, la llegada masiva de nuevos inmigrantes puede agravar la situación económica...

Pero a pesar de esto, felizmente aún existen en el mundo muchos países para los cuales la hospitalidad es sagrada, donde el “extranjero” es acogido como un enviado de Dios que tiene siempre su lugar en la mesa y en la casa...

Tendríamos que liberarnos del miedo y de los prejuicios racistas, procurar conocernos y aproximarnos unos a otros. Habría que abrir los ojos hacia el valor del extranjero.

Para el cristiano no hay testimonio más bello que el de Cristo que se identificó con el extranjero: “Era un extranjero y me acogisteis...” y un poco después añade: “Cada vez que lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 45).

Así, acoger al extranjero es acoger al propio Jesús. No fuera caso que en el día del Juicio, se viera obligado a decirnos: “Era extranjero y no me acogisteis” (Mt 25, 35-43).

En una revista de trabajadores “extranjeros” en Alemania encontré esta poesía que responde bien a mi pensamiento:

 

Por causa del seno materno diferente,

o porque los cuentos de la infancia

te modelaron en otro idioma,

no me llames extranjero.

 

Tu trigo es parecido a mi trigo,

tu mano, parecida a la  mía,

tu fuego, parecido a mi fuego,

¡y me llamas extranjero!

 

Porque otro camino me trajo,

porque en otro pueblo nací,

porque conozco otros mares,

porque otro puerto, un día, dejé

  

¡No me llames extranjero!

 

Mírame a los ojos,

más allá del odio,

del egoísmo y del miedo

y verás que soy un hombre.

¡No, no puedo ser extranjero!

 

Hermanita Magdeleine de Jesús

 

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