Compartir nuestra vida con los inmigrantes

Alemania

Nunca sé como empezar cuando tengo que hablar de mi trabajo, pues no sé si lo que interesa es lo que vivo o lo que hago. Voy a intentar explicar las dos cosas.

Desde el mes de septiembre de 1999 estoy trabajando en una gran cocina, con una jornada laboral completa. Se trata de una empresa que da trabajo a unas 50 personas en Dortmund y que tiene varias sucursales en Alemania.

El trabajo consiste en preparar comidas para diferentes clientes: escuelas, residencias de ancianos, centros de disminuidos, empresas, particulares, etc. Los clientes hacen los pedidos por teléfono ó fax, y las comidas se les sirven calientes ó frías, según sus deseos.

El trabajo lo hacemos en cadena y consiste en servir ocho menús diferentes en bandejas de aluminio, supervisar el control final, tirar de los palé desde la cocina hasta las camionetas que esperan en la explanada y entregar los pedidos a los chóferes. También tengo que guardar las comidas frías del día siguiente en los frigoríficos, que están a 4º C. ¡Tanto el trabajo como la temperatura son muy variables!

De lunes a viernes empiezo a trabajar a las 5 de la mañana y el fin de semana que me toca trabajar lo hago a las 3,30 h. Los cocineros empiezan el trabajo más temprano todavía. Trabajo un fin de semana al mes, que recupero con dos días libres a la semana siguiente. Yo sé a la hora que empiezo, pero nunca a la que termino.

Casi todas mis compañeras son alemanas, aunque hay algunas de los países del Este.

Cada vez nos exigen mayor productividad y las condiciones de trabajo se deterioran. Somos demasiado pocos, pero no contratan más personal. Al contrario, cuando alguien cae enfermo o está de vacaciones, nos tenemos que repartir el trabajo entre los que quedamos. El ambiente es estresante y las horas extras numerosas. A veces pienso que si por alguna razón tuviera que dejar este trabajo durante algún tiempo, no seria capaz de volver a este ritmo tan exigente. La presión es cada vez más grande.

Recuerdo que cuando llegué a la empresa, mis compañeros pensaban que no me quedaría, pues no podría aguantarlo. Para su sorpresa, yo todavía estoy allí, formando parte del grupo. Me doy cuenta que el trabajo moviliza muchas de mis energías. Por lo tanto me siento feliz de estar aquí y de hacer un trabajo que me gusta y me permite tener contacto de un modo muy natural con todo el mundo.

En medio del ruido, la mayor parte del tiempo trabajo en silencio. El ritmo, la regularidad y la precisión me ayudan a rezar, desgraciadamente no el estrés.

Hay un cierto fatalismo en el aire. Cuantas veces oigo: “En el fondo estamos todos locos si nos quedamos aquí”.

En estos meses que han pasado, nos hemos apoyado entre los compañeros y a veces me sorprendo de la confianza que me tienen, de lo que la una o la otra me comparten, sencillamente porque «yo sé que tú lo guardarás para ti” -como ellas dicen- y porque estoy dispuesta a hablar con ellas de muchas cosas. Aunque no he escondido que soy hermanita, mis compañeras lo han descubierto poco a poco a través de las preguntas que me han ido haciendo. A la mayoría eso las deja indiferentes. Otras veces me encuentro con la incomprensión: ¿Por qué trabajas tú aquí?, las monjas normalmente hacen otras cosas. Aunque dispongo de poco tiempo para hablar, trato de explicar que, como ellas, tengo que trabajar para hacer frente a los gastos de la vida, que vivo en una comunidad que tiene que pagar el alquiler del piso, la comida..., que he buscado trabajo y el que he encontrado es este, y que estoy a gusto y contenta con él. De no ser por todo esto, no nos hubiéramos conocido y hubiera sido una pena.

Hay detalles llenos de humanidad que me dan alegría y ánimo en los momentos de cansancio. Por ejemplo, cuando Ana pasa a mi lado a las 7 de la mañana y, discretamente, me pone una costilla empanada todavía caliente en el bolsillo de mi delantal diciéndome: “No te mueras de hambre aquí, ve rápida a comértela”. Si mantengo los ojos abiertos, atenciones como éstas hay muchas. 

Lo que me resulta más duro es la manera humillante que tiene nuestro jefe de tratarnos a las mujeres. Nos grita, utiliza un vocabulario muy vulgar y, sobre todo, es violento. A mí me deja con la boca abierta, pero a mis compañeras les parece casi normal. Murmuran un poco pero nunca reaccionan. ¿Puede una habituarse a tanta violencia verbal e incluso física? ¿Cómo defendernos, cuando el consejo sindical lo ha intentado ya sin éxito? Un día me trató de mal educada porque le dejé gritándome y me fui a mi trabajo. A pesar de esto no me despidió: ¡Que suerte!

Hace unos meses el Sindicato consiguió que se ajustasen nuestros salarios a los legales: ¡Un buen logro!

Tendría muchas más cosas  que compartir de todo lo que vivimos juntas todos los días, ya que se trata de la vida de tantas compañeras para mí muy queridas.

El mundo del trabajo es uno y el del barrio en el que vivimos las tres hermanitas es otro: mucha gente sin trabajo, incluso sin casa, y que sobreviven con las ayudas sociales.

Vivir en este barrio, teniendo un trabajo fijo, es para mí una causa de tensión y un verdadero desafío. No puedo vivirlo todo y me sorprendo tratando de «defender» lo uno o lo otro. Aunque hay problemas que se encuentran en todas partes, por ejemplo, el del alcoholismo.

Hay mucho miedo a perder el trabajo, por muy duro que éste sea. Este miedo está anclado en cada uno y nos impide reaccionar ante las injusticias; es un freno para la solidaridad entre compañeros. Por experiencia sé que el paro es un gran problema, que a la larga, mina a las personas. El trabajo forma parte de la dignidad humana; reúne a personas que no se han escogido y que luchan para vivir. Sin embargo, sueño con una sociedad más justa, donde cada uno tenga su lugar con toda la riqueza que aporta a la sociedad. Por todo esto cada día vuelvo a mi trabajo, sabiendo que Dios está con nosotras en los más pequeños gestos de encuentro. Debo mantenerme despierta y alerta. ¡Es todo un programa y vale la pena!.  

Kleine Schwester  Hélène – Jacqueline.

 

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