Compartir nuestra vida con los inmigrantes

Bélgica

Antes de compartir la situación concreta en la que se realiza mi trabajo, y para hacerme entender mejor, me gustaría daros unas breves pinceladas sobre la sociedad belga en la que este se desarrolla.

Bélgica es un país que ha experimentado un notable cambio. Durante el siglo XIX y principios del XX, fue un país de emigración, siendo fácil encontrar belgas por toda partes: en EE.UU, en Canadá, en Francia...

Posteriormente, la industrialización de Bélgica favoreció, en primer lugar, las migraciones dentro del mismo país. Muchos habitantes de Flandes se vinieron a trabajar a Walonia.

Después de la Primera Guerra Mundial, la inmigración se impone como una necesidad económica que dura hasta la mitad de los años setenta. La industria belga necesita mano de obra, especialmente en la minería del carbón y para cierto tipo de trabajos no cualificados: trabajos pesados, peligrosos y mal remunerados. Los patronos resuelven el problema reclutando trabajadores extranjeros.

Cada vez más, esta población ha ido ocupando los empleos dejados por los belgas y ha contribuido al desarrollo económico del país. La política en materia de inmigración ha seguido las exigencias de la economía, de manera que respondiendo a las fluctuaciones del mercado laboral se restringe o se favorece la entrada de extranjeros.

La llegada de trabajadores procedentes de Italia y de los países del Este es muy significativa entre las dos guerras, sobre todo para trabajar en la industria del carbón. Esta llega a ser masiva después de la guerra de 1945, con «la batalla del carbón», del que dependía la mayoría de la industria para poner en marcha la economía.

Con el protocolo de junio de 1946 entre Bélgica e Italia, millares de italianos vinieron a trabajar en nuestra industria del carbón (Compine, Centre, Charleroi, Liège, Mans). Como no habían previsto nada para acogerles, en un primer tiempo encontraron refugio en los antiguos campos de prisioneros. Los trabajadores inmigrantes contactaron en su trabajo con las organizaciones sindicales y con las asociaciones, donde encontraron espacios de encuentro, de ayuda y solidaridad para ellos y sus familias.

Los accidentes de trabajo eran numerosos. Después de la catástrofe de Marinelle (18/ 8/ 56) en la que murieron 262 mineros, de los que 136 eran italianos, el gobierno italiano suspende la emigración a Bélgica. El país hace nuevas convenciones, en 1956 con España, con Grecia en 1957, con Marruecos y Turquía en 1964, con Túnez en el año 1969, y con Argelia y Yugoslavia en 1970.

Si la admisión de emigrantes responde, fundamentalmente, a las necesidades de mano de obra, la autorización para la reagrupación familiar escogida por Bélgica muestra otro objetivo: restablecer la demografía, sobre todo en Wallonia. Esta dimensión familiar aparece muy pronto en la política de inmigración belga, dando un atractivo más al inmigrante, al que hay que añadir unos salarios más altos que en los países vecinos.

Con la crisis del sector del carbón, los trabajadores inmigrantes encuentran empleo en otros sectores, como son los de la metalurgia, la química, la construcción y el transporte.

A principio de los años setenta, la crisis económica lleva a nuestros dirigentes a revisar su política migratoria, que queda parada para la inmigración de tipo económico en 1974.

La construcción europea va a dividir a los inmigrantes en dos categorías, los provenientes de los países de la Comunidad Europea y los extracomunitarios. Estos últimos discriminados legalmente. De hecho, la inmigración ha continuado, aunque reducida y diferenciada en la forma y en el origen de los inmigrantes. Hasta entonces, sobre todo venían trabajadores poco cualificados. Después de 1974, los permisos de trabajo serán para trabajadores extranjeros con una alta cualificación laboral.

El flujo migratorio ha continuado bajo dos formas: los demandantes de asilo político y la inmigración ilegal.

Hasta finales de los años setenta, el consenso político europeo consideraba al asilo político como un hecho exclusivamente humanitario (Convención de Ginebra). El final de la guerra fría se ha traducido en un cambio radical y en la mundialización del asilo. La crisis económica se prolonga, el paro se instala y esto lleva consigo un cambio de actitud. Todos los estados europeos interpretan el derecho de asilo de una manera cada vez más restrictiva con el objetivo de reducir la afluencia. A pesar de tales restricciones, sigue creciendo en la década de los ochenta el número de personas que buscan asilo, debido a las crisis y a los conflictos que existen en el mundo.

En conclusión, la inmigración ha modificado profundamente a la sociedad belga. La emigración, que al principio se veía como algo provisional, poco a poco ha ido revelando su dimensión definitiva, lo que ha hecho necesario un debate sobre las políticas de inmigración. Estas han sido pensadas tardíamente y, muchas veces, con bastante incoherencia.

En el plano cultural, los inmigrantes y sus descendientes (la segunda y la tercera generación ) no se han contentado con una simple asimilación al país que los recibía, que es lo que muchos esperaban de ellos. Para muchos, los inmigrantes se han convertido en un problema, a la vista de la dificultad que han encontrado para inculturarse y a su deseo de hacer evolucionar la cultura del país que los ha recibido, aportando su propia cultura.

La religión constituye una dimensión fundamental en la integración de los inmigrantes procedentes de los países que son mayoritariamente musulmanes. El Islam es la segunda religión del país. Desde el año 1999 hay una instancia representativa de la comunidad musulmana, elegida por ellos mismos.

Ahora, además de los belgas de origen flamenco, wallon o alemán, existen los «nuevos belgas» que son de origen marroquí, turco, italiano, africano... Estos representan nuevas identidades colectivas. Bélgica ha llegado a ser una verdadera sociedad multicultural, en continua renovación.

En este contexto social al que acabo de referirme  realizo mi trabajo.

Yo, que he nacido en Bélgica y de familia belga, trabajo en una empresa internacional grande, « SODEXHO», que regenta restaurantes y comedores de empresas. En 1996, a mi vuelta de Luxemburgo, comencé a trabajar en el bar que tiene la empresa en el aeropuerto de Bruselas. Allí trabajé, sobre todo, en el fregadero, en el mostrador, preparando bocadillos y  platos fríos. También trabajé como cajera. En este trabajo conocí a Ana, una compañera de origen arameo. Éramos siete compañeras, todas belgas. La cantina se abría todos los días, desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la tarde.

Durante el año que pasé fuera de Bélgica, preparándome para los votos perpetuos, mantuve el contacto con Ana, que me acompañó el día de mi profesión. Creo que gracias a ella, me han dado de nuevo trabajo en el aeropuerto.

En este tiempo la situación ha cambiado: el patrón se ha hecho con todas las cantinas del aeropuerto y ha introducido un nuevo concepto «comercial». El equipo de trabajo ha pasado de siete personas a treinta, y  la apertura de los locales se prolonga hasta las 22 horas. A pesar de que han aumentado el salario, solo han venido a trabajar personas de Marruecos, de Turquía o del Congo, y algunos belgas que viven situaciones personales difíciles. En pocos meses he trabajado con más de cien personas distintas. Al final, agotada, he pedido y he obtenido el traslado.

A pesar de las circunstancias laborales, conseguimos tejer lazos de amistad entre los compañeros. Con algunos he continuado la relación después de mi marcha del trabajo. Muchas veces Ana es la que se preocupa de establecer los lazos de amistad y no duda en invitar a nuevos compañeros: Pascal (de Flandes), Youyou (congolés), Abdel (marroquí) y Sofía (latina).

Siempre nos da alegría volver a encontrarnos, sea para festejar acontecimientos agradables, sea para sostenernos en las dificultades o, sencillamente, para estar juntos.

En mi nuevo lugar de trabajo tengo una «buena plaza»: jornada de lunes a viernes, con horario fijo. Mis colegas son todos belgas, salvo Chantal, que es congoleña y que trabaja conmigo fregando platos, desde hace un año. Ella tiene cuatro hijos. Su situación es difícil, pues no consigue tener un contrato de trabajo estable y, además, quisiera tener un trabajo menos cansado. Pero como los horarios le convienen, aguanta y se queda.

Cuando se da de baja un compañero, rara vez se contrata a un belga para sustituirle. Además, al sustituto siempre le toca el fregadero, cualquiera que sea el puesto que desempeñe la persona que esté de baja.

No parece que sea el color de la piel lo que determina las relaciones entre los compañeros, sino más bien la capacidad de hacer el trabajo pedido, el estatus de la persona (interino, estudiante o fijo), la capacidad de relacionarse, la motivación que tenga ... ¡Hasta el que grita más fuerte obtiene más! Así, Youyou se desenvuelve aparentemente mejor que Chantal, porque aunque ambas tienen el mismo color, son del mismo país y trabajan con el mismo patrón, Youyou tiene más temperamento. Los compañeros le gastan bromas a Chantal, pero también a mí porque soy «monja», a otra porque tiene la nariz roja, a otra porque es de Flandes. ¡Todos tenemos que soportar las bromas!

Chantal es la primera africana del equipo. Su incorporación me dio mucha alegría porque las relaciones entre nosotros eran muy duras y Chantal aportó una gran sabiduría, un gran sentido de la dignidad y del respeto hacia el otro. Cogemos el autobús juntas y nos ayudamos mutuamente. En ocasiones, Chantal es para mi un misterio; a veces la siento tan lejos, tan diferente..., pero nos agrada trabajar juntas, reír y llorar y establecer una amistad sin desconfianza.

Estoy agradecida a mis compañeros, especialmente a los que han venido de más lejos.

Petite Soeur Chantal Pascale

Chantal Pascale con Rosaura y Elisa,

en la Estación Central de Bruselas , trabajando

 

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