Compartir nuestra vida con los inmigrantes

Francia

Desde diciembre de 1992, vivo con tres hermanitas en la fraternidad de Estrasburgo, en el llamado «barrio nuclear», situado en una de las zonas periféricas al oeste de esta gran ciudad.

Es un barrio multicultural, con un porcentaje importante de turcos y marroquíes, pero también del sud-este asiático y de veinte países más. El treinta por ciento de sus habitantes son jóvenes, con menos de quince años de edad. La mayoría de nuestros vecinos son de religión musulmana.

Muchos hombres viven de trabajos en la economía sumergida, otros están en el paro. Un buen número de turcos, tienen empleo en la construcción. Las mujeres trabajan en empresas de limpieza o en la hostelería.

La fraternidad tiene una vivienda de protección social, compartiendo así las mismas condiciones de alojamiento que nuestros vecinos. Nuestro bloque tiene siete pisos, con cinco apartamentos en cada planta. En todo el edificio solamente viven cinco familias francesas.

- Vivir una vida contemplativa en medio de esta ciudad: ¿por qué?

Jesús de Nazaret sedujo a Carlos de Foucauld. Para nosotras, Nazaret es este barrio, lugar de una auténtica experiencia de Dios en el corazón mismo de la vida ordinaria, en solidaridad de destino con todos estos hombres, mujeres y niños «sin poder», que no interesan a nadie y que frecuentemente se les pone al margen a la hora de construir la sociedad.

Esta realidad social de nuestro barrio, marcada por la precariedad, la exclusión y la violencia, nos llama a mirar y a amar toda esta vida y a vivir un tipo de relaciones que hagan patente que es posible vivir juntos, en una amistad ofrecida y recibida, afirmando de esta manera que el reino de Dios está en medio de nosotros y que lo construimos día a día, con lo que somos cada uno .

- Construir el reino con los otros supone un largo camino en común

Desde que llegamos, en este contexto pluricultural, nos dimos cuenta que teníamos que dejarnos acoger por los otros, ya que nosotras «éramos extranjeras y nos acogisteis» (Mi 25).

Hemos tenido que ser muy creativas para ir al encuentro de los demás, con nuestras diferencias de lengua, de religión y de cultura. Yo, que había pasado veinte años fuera de Francia, me decía a mí misma: ¡verdaderamente el rostro de mi país ha cambiado!.

Hemos dedicado mucho tiempo a cultivar los encuentros, al hacer las compras, al ir al mercado, a estar con las mamás que acompañan a los niños a la escuela, a las horas de coger el correo; en una palabra, manteniéndonos atentas para privilegiar la relación, hasta llegar a responder a la pregunta «¿dónde vas?», que a mí me sorprendía y me parecía pura curiosidad. Con el tiempo, he aprendido que esta pregunta es un signo de haber entrado a formar parte de una comunidad de vida, en la que la atención al otro se manifiesta de esta manera.

Cuando hace buen tiempo, las mujeres tienen la costumbre de encontrarse en los jardincillos que hay junto a los bloques. Entonces, no es raro que al verme volver del trabajo me llamen -¡ven, ven!- haciéndome un lugar en la manta que ponen en el suelo para sentarse. Después de los saludos habituales, la conversación continúa en turco ó en otra lengua, según la etnia. Y yo me encuentro allí, una presencia que aparentemente es inútil, pero que me pone en disposición de contemplar a cada una, meditando este gesto de acogida, que es algo parecido a cuando en la oración yo estoy allí en presencia del Señor, gratuitamente, sólo porque Él me invita.

Sí, creo que cuanto más nos dejemos transformar por el Evangelio, más la manera de ser de Jesús nos conduce a acercarnos al otro sin miedo y, sobre todo, con una mirada de ternura, que todos necesitamos y merecemos, pues cada uno es valioso a los ojos de Dios.

- En esta sociedad donde el trabajo parece que ya no es un derecho, yo estoy llamada a compartir con los vecinos la precariedad en el empleo.

Al principio tuve suerte, pues por ser mayor de cincuenta años pude acceder a un contrato de empleo solidario: media jornada de trabajo durante un año, en un centro de acogida de personas necesitadas. Al terminar ese contrato, como le ocurre a tantos otros, vuelta a la búsqueda de trabajo. Encontré un empleo de media jornada en un restaurante, verdadero lugar de explotación de personas profesionalmente no cualificadas. Con mis compañeros de trabajo, puedo decir que somos personal de «usar y tirar». Lo que cuenta es el rendimiento. Actualmente, con un horario de 35 horas, vivimos presionados por todas partes: por los clientes, que cada día son más exigentes, y por los patronos, que cada vez nos exigen que hagamos más trabajo en menos tiempo y con menos personal, y éste peor pagado. En una palabra, es una injusticia clamorosa, donde lo humano no cuenta. Mis compañeros van sucumbiendo uno tras otro al estrés, sin que sepamos ya comunicarnos entre nosotros, sin que nos atrevamos a reaccionar ante estas condiciones. Tenemos miedo a perder el trabajo que permite vivir a la familia, o de sobrevivir según los casos.

Sumergida en esta situación difícil, no salgo indemne porque la rebeldía me come y hay días que siento como la violencia me sube desde lo más hondo, creo que mi solidaridad llega hasta ahí. Y yo la grito al Señor, en los momentos de intimidad con Él en la oración. Es verdad que yo sufro, pero nuestro Dios sufre también. Creo que Él me escucha y me da la fuerza para seguir caminado.           Hay días que los interrogantes se apoderan de mí: ¿cómo hacer -como decía el Hermano Carlos- para no ser centinelas dormidos o perros mudos ante las situaciones de injusticia? Con algunos compañeros, decidimos ir al Sindicato y denunciar estas condiciones laborales que no nos respetan.

Es en estos caminos -barrio y trabajo- donde Dios nos invita a encontrarnos con el otro, nosotras encontramos un gran apoyo en todos aquellos que se empeñan en crear lazos a través de asociaciones, parroquia, encuentro con otros religiosos que viven en lugares de exclusión, etc.

Por otro lado, nuestra vida comunitaria, nos hace tomar conciencia de nuestra fragilidad y experimentar el perdón y el apoyo fraterno. Esto nos permite acercarnos al hermano y llevar con él sus debilidades, con la esperanza de descubrir la presencia de Dios.

- ¿Cómo ser testimonio silencioso de la ternura de Dios, que constituye el apostolado de la bondad en medio de los más pobres?

Para muchos cristianos comprometidos en la pastoral, nuestro modo de estar en tales lugares les podrá parecer un despilfarro.

Nuestra fidelidad para permanecer en estos lugares, tiene su raíz en nuestra propia vocación, que nos envía para ser testigos de un Dios Padre de todos y para el que cada vida es valiosa. Un testimonio, que estamos llamadas a dar, viviendo allí donde puede ser más difícil de ser creído y de poder expresarlo con palabras.

Tengo la convicción, que vivir en el «barrio nuclear« y perseverar en la amistad ofrecida a todos gratuitamente, es posible porque creo que el amor acerca a Dios y me hace sentir dichosa, descubriendo la fecundidad del Amor.

Si Dios es Padre de todos, toda persona es nuestro hermano, sea cual sea su raza, su religión, su origen.

Termino dando gracias a Dios por el Hermano Carlos, testigo de la fraternidad humana a partir de los que no tienen poder.

Ojalá que esta frase del evangelio, que el Hermano Carlos vivió, pueda hoy hacerse carne en cada uno de nosotros: “lo que hagáis a cada uno de mis hermanos más pequeños a mí me lo hacéis”. 

Petite Soeur Thérèse Béatrice.

 

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