Carta de una hermanita que vive en Palestina, con motivo de la Navidad

 

Queridas hermanitas:

La situación local e internacional no se presta para felicitaciones navideñas... Los medios de comunicación nos «bombardean» cada día con tantas escenas de violencia que la esperanza parece caersenos, haciéndose añicos... En nuestro país los atentados provocan represalias, las represalias provocan atentados... a la «eliminación física» suceden los «atentados suicidas»... y el resultado es siempre un poco más de ruina y de muerte.

Empiezo a escribir esta carta una vez que la «tranquilidad»(? ) ha caído de nuevo sobre nuestra ciudad de Gaza, después de más de media hora de bombardeos a un 1km. de aquí. Entre aviones, explosiones, fuego, ambulancias... ¡qué difícil es oír la llamada a la oración que se hacía desde la mezquita, indicando la ruptura del ayuno de este día del Ramadán!

Hace unos días, cinco niños palestinos, de entre 6 y 14 años, todos de la misma familia (hijos de tres hermanos), cuando iban a la escuela tropezaban con un artefacto «sembrado para eliminar terroristas», que explotó al paso de los chavales. Estos ya no irán nunca más a ninguna escuela.

¿Cómo pensar en la Navidad?, ¿cómo anunciar la venida del Príncipe de la Paz?... “Proclamad al mundo entero: nuestro Salvador, viene...” Todos necesitamos escuchar este anuncio: Dios, nuestro Salvador, viene, Dios viene con poder y todos los hombres lo verán. Sí, viene con el poder de lo pequeño, el poder de este Niño que nació y nace aún en Belén.

Vivimos las semanas de Adviento con este pueblo palestino, que más que nunca busca la justicia y la paz, viviendo esta búsqueda en medio de tantas fuerzas que  siembran muerte y desolación y, sin embargo, quizá sea ahora el momento de «cambiar de piel» y convertirse en buscadores de esperanza. Por eso, a pesar de todo, quisiera felicitaros con los niños y jóvenes de Gaza. Con Bulos, de tres años que, en pié a la puerta de su casa, pone la boca tan redonda como sus negros ojos y dice «fî gâsef » (¡bombardean!) pero, inmediatamente, añade “¡mi mamá me ha comprado unas botas!” y una estrellita brilla en sus ojos, apagando el miedo a las bombas.

En mi trabajo, con niños afectados de síndrome de Down, una mañana en la que la vida exige demasiado a Diana, ella, tras muchos esfuerzos, me mira y me dice: “¡tu eres, eres, eres... buena!”.

También en mi trabajo, Maryam aprende a bordar con ahínco, y cada éxito suyo lo premia con un beso redondo y sonoro ¡en mi mejilla! Tantos y tantos gestos que nos dicen que la esperanza sigue ahí, grande y fuerte. Porque la esperanza reside en la vida y nuestra responsabilidad consiste en impedir que se asesine la vida en el fondo de cada ser humano. Permitir que la vida siga adelante, a pesar de la muerte que nos circunda, avanzar juntos en la dirección del Reino, es posible todavía, incluso a partir de la realidad mortífera que vivimos hoy, a partir de los «pequeños», de los últimos de nuestro planeta, que solo cuentan como victimas. “Te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos”(Mt.11,25).

Y acabo con una escena del barrio. Nur y Salì, niñas de diez años, tienen un tesoro, ¡un par de patines!, uno para las dos. Cada una se pone uno y, cogidas de la mano, corren, corren, ¡vuelan! bebiendo el viento de la tarde; una imagen imborrable en mi mente de ese deseo de solidaridad y de libertad que los mayores deberíamos apoyar contra viento y marea. ¡Cuando un niño ríe se puede seguir creyendo en la fuerza de la vida! “El Señor... en medio de ti, es un Salvador poderoso. Dará saltos de alegría por ti... por tu causa danzará y se regocijará...” (Sof 3,17) .

Con el Patriarca Michel Sabbah, desde Gaza, con nuestra pequeñísima comunidad cristiana, os decimos: Recibid la Navidad con todas sus manifestaciones de alegría, para que encontréis en esta alegría, la fuerza para continuar el camino largo y penoso hacia la verdadera libertad.

¡FELIZ NAVIDAD!

 

Hermanita Elena Celia

 

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