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Compartir la vida en una residencia de mayores

Hace 42 años que entré en la Fraternidad. Gustavo, un amigo que fue a despedirme a la estación, cuando el tren ya estaba en marcha, me dio una estampa preciosa con un Cristo románico en cuyo anverso estaba escrito “el amor vence al miedo”.

Hoy me acompaña otra estampa, la del Hermano Carlos, en la que puedo leer “el amor lo puede todo y realiza muchas cosas que agotan y cansan en vano a quien no ama”.

Los que me conocéis sabéis bien que no soy mujer de muchas palabras, pero hoy quiero compartir con vosotros por qué estoy viviendo en Fontilles desde el día 22 de Octubre del 2001.

Han pasado veintiocho años desde que vine por primera vez a Fontilles, donde Dios se hace presente en los rostros, en la vida y en la historia concreta de cada una de las personas que aquí viven, para mí tan queridas.

Hace cinco años, cuando yo había cumplido los sesenta y ocho, tuve el «sentimiento» de que una etapa nueva empezaba para mí, una etapa que quería acoger y vivir plenamente. Por entonces surgió en mí,  el deseo de vivir en una residencia con las personas de la tercera edad. Algo que enseguida entendí era una «invitación» a darles lo mejor de mi misma.

En nuestra reunión regional expuse a las hermanitas mi deseo y después de un tiempo de espera y de escucha, de discernimiento comunitario, el Señor me fue manifestando a través de los acontecimientos el camino a seguir.

Por un Padre Jesuita, conocido en Fontilles, supe que se había puesto en marcha una residencia para ancianos en esta querida tierra. Acompañada primero por Rosaura y después por Begoña, vine a conocer la residencia y a encontrarme con las religiosas, y con el personal que la  lleva. Allí tuve también la alegría de volver a encontrarme con muchas personas conocidas y queridas.

Todo lo que he compartido en esta etapa de búsqueda y de discernimiento me hizo reconocer agradecida todo el cariño y la confianza que, a través de los años, Dios ha tenido conmigo; un camino lleno de incontables gestos, signos de la ternura de Dios.

Desde que me vine a vivir a la residencia, intento integrarme en ella, construyendo poco a poco lazos familiares. Agradezco que se me dé la oportunidad de prestar pequeños servicios: en el comedor, etc. También estoy viendo la posibilidad de hacer algún trabajo artesanal con el barro.

Me alegra mucho que las hermanitas de la región vayan conociendo poco a poco mi nueva casa. Algo que podemos hacer gracias a la acogida generosa de la comunidad religiosa de aquí, las hermanas Franciscanas de la Inmaculada. Tanto ellas como la comunidad de Jesuitas, nos han dado toda la ayuda necesaria para que este proyecto pueda llevarse a cabo.

Estoy muy contenta y agradecida al Señor y voy descubriendo que, en realidad, «lo cotidiano» está hecho de muchos detalles insignificantes.

Quiero despedirme recordando lo que hermanita Magdeleine nos dice en las Constituciones: “Por Jesús y su Evangelio y en respuesta a su llamada, las hermanitas de Jesús consagran su vida al amor de Dios y al amor de todos los hombres, sus hermanos y hermanas, con la ayuda del Espíritu Santo se comprometen a dejarlo todo para seguir a Jesús y así participar en su misión de Salvador”.

Hermanita María Dolores.

 

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