Los orígenes de la Fraternidad

Hta. Mariam-Nour de Jesús

Del Líbano

Desde el principio de la Fraternidad, Hermanita Magdeleine había consagrado su vida a los nómadas del Sahara haciéndose «uno de ellos», «árabe con los árabes», a semejanza de Jesús que ha amado este mundo hasta el punto de hacerse «uno de nosotros». La presencia de Hta. Magdeleine en el Sahara, su misión, se resume en este testimonio.

A través de lo que Hta. Magdeleine compartía con nosotras, en los primeros tiempos de la fundación, podía percibirse todo su sufrimiento al constatar que su forma de vivir no encajaba ni con la mentalidad colonial que reinaba entonces en África del Norte, ni con la manera de concebir la misión tal como se practicaba globalmente en la Iglesia.

Esto me ayudó a entender mejor por qué Hta. Magdeleine vibró con toda su alma, cuando durante su estancia en Roma en 1947, oyó que había en Jordania nómadas cristianos, árabes que rezaban en árabe, que tenían su Obispo y sus sacerdotes, así como sus propias religiosas que compartían la vida nómada con ellos; o sea, una Iglesia «árabe con los árabes». No hacía falta nada más, para que Hta. Magdeleine se apresurase a encontrarse con esta Iglesia e integrarse en ella de manera definitiva.

De este primer compromiso de Hta. Magdeleine, he llegado a la conclusión que si la inserción de las fraternidades en el contexto musulmán de África del Norte, permitió resaltar una forma radicalmente nueva de vivir la misión, con todas las exigencias de adaptación y de inculturación que ello entrañaba, la fundación en Oriente -entre los cristianos árabes de Oriente- hizo surgir la exigencia no solamente individual de este acercamiento, sino su dimensión eclesial.

En efecto, en este vínculo hondo que Hta. Magdeleine ha querido mantener, entre la consagración particular de la Fraternidad a los pueblos del Islam y su amor de predilección por las Iglesias de Oriente, hay algo que va mucho más allá del hecho de hablar o de rezar en la lengua del país. Muchos misioneros en África del Norte hablaban perfectamente el árabe y Hta. Magdeleine hubiera podido aprenderlo quedándose en Touggourt. Para Hta. Magdeleine, la misión le exigía adaptarse a un pueblo diferente, a una cultura distinta; no se limitaba a la necesidad personal de hablar bien la lengua, sino a algo más profundo, a un testimonio eclesial, a un rostro de Iglesia que ella quería resaltar: una Iglesia encarnada, no comprometida con una cultura, con una raza, con una civilización dominante, sino una Iglesia que echase raíces en todas las culturas, en todas las razas, en todas las civilizaciones, con una expresión de fe diferente, la propia de cada una de ellas.

Personalmente estimo que ha sido una intuición fundamental, hasta diría que profética. En efecto, para un musulmán de África del Norte, donde Hta. Magdeleine empezó la Fraternidad, la Iglesia estaba intrínsecamente ligada a Occidente y por tanto era «extranjera». Hta. Magdeleine quiso sacar a la Iglesia de esta situación de extranjería y hacerla cercana al pueblo árabe en el que se insertaba. En esta búsqueda se sitúa, a mi parecer, su viaje a Oriente en 1948. En esta misma línea se explica su deseo de tener, lo más pronto posible, fraternidades en Oriente con hermanitas oriundas de aquellos países y de confiarles cuanto antes, la responsabilidad de esas fraternidades. Un deseo que posteriormente extendió al resto de las fraternidades.

En continuidad con esta intuición inicial de Hta. Magdeleine se sitúa, en mi opinión, la toma de conciencia radicalmente nueva, que surge a partir del Concilio Vaticano II acerca de la importancia de las Iglesias locales, en el ámbito eclesial y misionero, y la tendencia a que fuesen Obispos autóctonos los que se responsabilizaran de sus propias Iglesias.

Para ahondar más todavía en esta intuición de Hta. Magdeleine, tengo que añadir algo que, a mí, como oriental que soy, me ha conmovido profundamente. En el transcurso de su primer viaje a Oriente con el Padre Voillaume y con Hta. Yva, en el año 1948, y posteriormente con Hta. Jeanne, en 1949, para la fundación de las fraternidades, Hta. Magdeleine no tardó en descubrir -como le escribía al Papa-“el sufrimiento de Oriente marcado por la guerra, la colonización, las divisiones entre las Iglesias... el sufrimiento principalmente de una minoría cristiana, a veces tan mal comprendida, que ha resistido heroicamente durante siglos las persecuciones en medio del Islam, y que todavía sigue sufriendo hoy”.

Una minoría cristiana debilitada, ignorada, dividida, incomprendida por doquier. Para Hta. Magdeleine se trataba de una situación nueva, radicalmente distinta de lo que vivía la comunidad cristiana occidental de África del Norte, que entonces se presentaba desde una situación de superioridad y de dominio. Ahora vivía un acercamiento distinto al Islam, marcado por un continuo sufrimiento en carne viva y por una resistencia heroica, que desde siglos ha ido creando simas insuperables e innumerables cerrazones y bloqueos.

En vez de sentirse frenada, Hta. Magdeleine quiso que la Fraternidad perteneciese a esas Iglesias y que estuviera bajo su jurisdicción, hasta el punto de conseguir la incorporación de toda la Fraternidad entera a la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales. Como ella escribió, “En lugar de ser una congregación latina con misiones en Oriente, la fraternidad será una congregación oriental con misiones en occidente”.

Para nosotras, orientales, fue un hecho absolutamente nuevo y sorprendente, una gran conmoción en las formas «bien establecidas» de concebir las cosas.

Hta. Magdeleine captó que en Oriente había otra manera de ser cristiano, que tendría que ir descubriendo poquito a poco; una escuela diferente a causa de la historia, del pasado comunitario de esas comunidades cristianas orientales, tan profundamente heridas, y de la situación actual que estaban viviendo. La opción que hizo Hta. Magdeleine de entrar en esa Iglesia y permanecer solidaria con ella, desde el respeto a su diferencia, se convierte para la Fraternidad -como ella misma decía- en una exigencia de adaptación aún mayor de la que había sentido en el Norte de África, y que iba a dar a la Fraternidad un rostro nuevo, diferente del que ella misma había imaginado.

Aquí está, a mi parecer, la intuición extraordinariamente fuerte de Hta. Magdeleine. En el contexto de aquella época era muy difícil un acercamiento al Islam, aparentemente imposible de conseguir a partir de las comunidades árabes cristianas locales. Unos misioneros venidos a Oriente, habían elegido vivir en medio de los musulmanes un testimonio cristiano, manteniendo su propia manera de enfocarlo. Otros, llenos de buenas intenciones, intentaban convertir «a esos pobres cristianos orientales» -como frecuentemente se decía- sin tener suficientemente en cuenta nuestra propia identidad, la pesada historia que tenían que integrar y el acercamiento específico que esto exigía. Por el contrario, desde el principio, Hta. Magdeleine no dudó de pedir a las hermanitas que se integrasen humildemente en nuestras Iglesias de Oriente, que las quisieran con un amor delicado y respetuoso, un amor de predilección. Puso a las fraternidades bajo la protección de esas Iglesias y no dejó de creer, contra viento y marea, que la Fraternidad como tal tenía mucho que recibir del testimonio de los cristianos árabes y de su espiritualidad, hasta el punto de especificar en las Constituciones que este amor de predilección por las Iglesias de Oriente, está indisolublemente ligado a su presencia como «testigos vivos de la fe cristiana en medio de los musulmanes». Más allá de las aparentes contradicciones, Hta. Magdeleine intentará descubrir, allí donde se encuentra, la fuerza vital de este testimonio para sacarlo a la luz y sostenerlo, para hacer que sea valorado a su alrededor, para enriquecerse con este acercamiento diferente y para ser solidaria con él hasta el final.

En esa línea, en un ámbito eclesial mucho más amplio, el Consejo Ecuménico de las Iglesias preconizaba recientemente “un trabajo de acompañamiento y de apoyo a las distintas minorías cristianas, en cuya presencia creen y les ayuda a mantener caminos abiertos al diálogo inter-religioso, respetando su propia manera de vivirlo y el tiempo que esto exige”.

También Juan Pablo II reconocía oficialmente, en el reciente Sínodo para el Líbano, la importancia de esta coexistencia que viven los cristianos de Oriente con sus hermanos del Islam; una convivencia que él quiere apoyar y alentar con todas sus fuerzas, con la convicción de que aún a través del sufrimiento y de las contradicciones aparentes de este acercamiento, y en la relación humana que la caracteriza, es portadora de un mensaje para el mundo.

Esta toma de conciencia y la seria profundización que ella nos exige hoy en la Fraternidad y en la Iglesia, en mi opinión, tienen su origen en esa intuición extraordinariamente fuerte de Hta. Magdeleine, que acabo de evocar. Esta intuición es un acontecimiento fundante.

Me gustaría añadir otro aspecto, que Hta. Magdeleine no dejaba de mencionar, cuando nos hablaba de su amor de predilección por las Iglesias Orientales. Aunque la fundación de las fraternidades en Oriente se hizo a partir de la Comunidad Melkita de lengua árabe, que Hta. Magdeleine había conocido en primer lugar, pronto tomó conciencia de la gran diversidad de las comunidades cristianas de Oriente, cada una con su historia, con su carácter y patrimonio propio, con su propia riqueza. Enseguida comprendió, que las fraternidades en Oriente no podían depender todas de una sola Iglesia particular, sino que cada una debería pertenecer a la Iglesia del lugar o del ambiente en que vivían.

En aquella época, en aquel momento de la historia de la Iglesia, ante la «mundialización» -perdonen la expresión- de la Iglesia latina, una «globalización» que se había impuesto a favor del rito latino y su modo de organización, las Iglesias Orientales se sentían subestimadas e incomprendidas en sus peculiaridades. Nosotras también participábamos de ese sufrimiento.

En su intuición profética, con relación a Oriente, Hta. Magdeleine supo reconocer el valor de cada Iglesia y en lugar de ver en su diversidad un problema o un obstáculo para la misión, como desafortunadamente muchos siguen pensando, ella decidió comprometer a la Fraternidad, para que asumiese el reto de la diversidad de las Iglesias, consciente de la apertura profunda que esto suponía. Algo que hoy consideramos unánimemente, como el principio fundamental que debe regir todo acercamiento misionero y como condición absoluta para la universalidad.

Hta. Magdeleine tenía grabado en su cuerpo este sentido de la universalidad. Viéndola vivir, muy pronto comprendí que esta no era el resultado de una visión global, simplista e idealista del testimonio cristiano. Su visión de la universalidad, era la consecuencia de su manera concreta de abrirse a las situaciones, de abordarlas en toda su realidad, de comprender su complejidad y de adaptarse a ella con soltura.

Hta. Magdeleine, por decirlo así, simpatizaba espontáneamente con esta profunda soltura que le gustaba encontrar aquí, en Oriente. Me acuerdo de la gratitud que siempre tuvo al cardenal Coussa, de origen Sirio, que secundaba al cardenal Tisserant cuando este estaba al frente de la Sagrada Congregación para las Iglesias Orientales. El cardenal Coussa  se había convertido en un consejero de toda confianza y en un amigo de Hta. Magdeleine, punto de referencia de primer orden, por su capacidad de integrar lo que en la Fraternidad parecía más alocado e incompatible con los marcos tradicionales de la Iglesia y del derecho canónico.

En este mismo sentido, recuerdo también su alegría cuando yo pertenecí al Consejo General. A menudo me decía que esa apertura y soltura, que forman parte de la estructura profunda de nuestro ser oriental, era importante que estuviesen presentes en el Consejo y en el conjunto de la Fraternidad. Cuando se revisaron las Constituciones insistió con toda su energía, a pesar de todos nuestros reparos, para que se guardara el artículo que menciona la presencia en el Consejo de una hermanita Oriental, algo que debe continuar siendo significativo para nosotras, aunque no haya que tomarlo al pie de la letra. Esta insistencia nos indica lo que Hta. Magdeleine quería para toda la Fraternidad en relación a la apertura y a la universalidad que, a sus ojos, Oriente simbolizaba.

 

Estamos lejos, muy lejos - me parece-, de los que veían en la uniformidad de la Iglesia Latina, el único testimonio válido en relación al contra-testimonio que representaban, según su opinión, los particularismos de las Iglesias de Oriente y las tristes divisiones que esos particularismos generaron a lo largo de los siglos.

A la vez que Hta. Magdeleine llevaba en su corazón como una herida las divisiones entre las Iglesias, no dejó de creer que su diversidad era, al mismo tiempo, una gran riqueza para la Iglesia Universal y que el camino de unidad que intentaban recorrer juntas, podía también ser un testimonio elocuente, a pesar de las dificultades y de la lentitud. Por eso la vimos tomar decididamente este camino y no vacilar al comprometer a toda la Fraternidad en la misma dirección.

Pienso en la alegría que habría sentido hoy al leer lo que escribe el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Orientale lumen, de Mayo de 1995, sobre “esta maravillosa diversidad de las Iglesias de Oriente”, tal como él mismo dice, proponiéndolas a nuestro mundo como “ejemplo”, como “modelo” que ayuda a la Iglesia a comprender que “el anuncio del Evangelio debe estar, al mismo tiempo, profundamente enraizado en lo específico de las culturas y abierto a la convergencia en una universalidad que es intercambio, enriquecimiento mutuo y, por lo mismo, plena manifestación de la Catolicidad de la Iglesia y de su Unidad”.

Este reconocimiento oficial de la aportación específica de Oriente al conjunto de la Iglesia confirma, por decirlo así, que la intuición inicial de Hta. Magdeleine, seguida de la fundación de las fraternidades en el conjunto de nuestros países, puede ser considerada como especialmente «significativa», no solo para la historia de la Fraternidad, sino también para la de la Iglesia. Esto es lo que con sencillez he tratado de sacar a la luz.

AVE MARÍA

 

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