50 años de vida de Fraternidad: Una memoria viva

MÁLAGA

 

Las Hermanitas de Jesús estamos en Málaga desde finales del año 1955. Son casi cincuenta años de vida compartida con muchísima gente, de alegrías y de tristezas, de luchas y de esperanzas.

Gracias a Dios, son bastantes las personas que recuerdan aquellos primeros tiempos y que han vivido con nosotras una amistad que continúa y se fortalece con el paso del tiempo. Hemos pedido a algunas de ellas que compartan en este Boletín lo que les marcó en aquellos tiempos del inicio y que, por eso, aún recuerdan de una manera tan viva.

Playa de San Andrés 

 Francisco Parrilla era entonces un joven diácono, ordenado sacerdote pocos meses después. Con la perspectiva de los años pasados, y desde su larga historia de amistad y de “pertenencia” a la Fraternidad, nos ofrece su testimonio:

  “Playa de San Andrés, 265. No es avenida, ni siquiera calle. Es una chabola de las muchas que existen junto a la playa. Tiene el privilegio de estar junto al mar y las olas, cuando son pacíficas casi llegan al pequeño muro que sostiene parte del “inmueble”. Cuando la mar se disgusta baña la chabola y todas las demás y los que malviven en ellas tienen que dejarlas. Antes se intenta salvar el colchón y alguna ropa, que tampoco es mucha.

Ese año 1955, concretamente el lunes 12 de Diciembre, llegan a Málaga las tres primeras hermanitas, y deben hacer lo que todos los que llegan a la ciudad, buscar alojamiento. Todos las acogen con una mezcla de espíritu de ayuda fraterna y de deseo de conocer quienes son en realidad estas “monjas” contemplativas que viven en medio de los más pobres, y que han acogido el espíritu de Carlos de Foucauld, el francés que comienza a ser conocido en España y que provoca muchos interrogantes al interior de las personas y de los colectivos.

Las tres hermanitas encuentran al párroco de San Patricio, barriada muy obrera. Él está muy contento de su llegada, nunca ha sido un cura “establecido”, por eso le sienta bien la presencia de la Fraternidad que rompe el modelo conocido. Con prontitud extraña, se presenta la ocasión de tener domicilio. Un joven les ofrece su chabola, que tiene tres pequeñas estancias, más una pequeña cocina. Las hermanitas vivirán como muchas de las familias pobres malagueñas de los años cincuenta, cuando aún permanecen las carencias de dos guerras, la civil y la mundial.

Mª Rosario con unos vecinos 

El sábado día 17 se trasladan a la chabola. Los vecinos acogen a las hermanitas como de la familia, que es la manera de ser, de vivir de los situados en las fronteras de la sociedad, los realmente desheredados.

La Fraternidad ya tiene presencia en Málaga, la chabola de la Playa de San Andrés es dirección cada día más conocida. La comunidad cristiana de Málaga inicia su peregrinación a la Playa. El “convento” no tiene los claustros tradicionales. La sobria pobreza y la presencia de la Eucaristía mueven al silencio. Y se sale con más de una pregunta y con deseos de lo auténtico y mayor entusiasmo por una vida de seguimiento de Jesús.

Comienzo de una historia bella, exigente, gozosa y con sufrimiento. Historia de fidelidades cuyos acontecimientos principales quedan, como quiere ser la vida de la Fraternidad, en el anonimato, conocidos sólo por Dios. Pero hoy, casi medio siglo después, damos gracias a Dios y a todas las hermanitas que han llegado a Málaga, desde las primeras hasta las actuales, por todo lo que han vivido, por su testimonio, por su cercanía, por lo que tiene de profecía la presencia de la Fraternidad.  

                                   

¿Qué supuso para Málaga la presencia de la Fraternidad?

 -         Una llamada a la fundamental experiencia evangélica de la pobreza, también material, y de la oración. Orar en ocasiones con el olor normal de la barriada que es compartido, orar con el silencio roto por el ruido fiel de las olas que rompen en el pequeño muro, y por la conversación de los vecinos porque las chabolas no tienen tabiques que aíslan y las grietas facilitan la percepción de los comentarios. La oración de las hermanitas en actitud física y espiritual de adoración fue como una convocatoria a fidelidades de Evangelio para quienes poco a poco se acercaban a la Fraternidad y a redescubrir que la llamada a la contemplación es para todos y que en cualquier situación es posible.

-          Pobreza que no es sólo estar al servicio de los pobres, sino vivir la pobreza más radical, en las situaciones de más indigencia, tanto en vivienda, como en trabajo. El frío del invierno y el calor del verano de la chabola no es espiritual, es muy real. La humedad habrá pasado factura años después a las hermanitas y a los vecinos. También en eso igual. Si no ha sido así, milagro. Vida entre los más pobres que hizo despertar a la comunidad cristiana malagueña que sabía de las necesidades y que había respondido con generosidad a muchas de ellas, pero que en su generalidad desconocía la vida real de los pobres. La presencia de la Iglesia necesitaba de la forma propia de la Fraternidad.

-         Y la adoración. Aquí la Eucaristía está plantada en medio de los más pobres de la ciudad. “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. En esta capilla a nadie le cuesta el silencio, se necesita porque se percibe con mucha facilidad la paradoja de Dios-en-debilidad. Y en Navidad el especial Niño Jesús que en esos años sólo lo tiene, por lo menos en España, la Fraternidad.

-         Una nueva forma de vida religiosa. Nazaret, que es vida apostólica, tiene en las fraternidades calidad de casi-sacramento. ¿Hacen vida apostólica? Pues claro que sí, pero la de Nazaret, que no es el servicio organizado de la Palabra, ni el servicio establecido de la caridad. Es vida oculta que tiene la riqueza apostólica de hacer presentes los treinta años de permanencia de Jesús en Nazaret.

-         Con amor universal. Como rezan las hermanitas, “por encima de raza, clase, religión...” y después añadieron “y generación...” La Fraternidad ayudó a abrir el corazón en los años en que era fácil reducir el horizonte y a descubrir al Hermano universal, que es el título dado a Carlos de Foucauld.

-         Y la fraternidad de Málaga enseñó a rezar la ORACIÓN DE ABANDONO, del Hermano Carlos. Y la enseñaron tan bien, que aquí se hicieron miles de ejemplares y los que la rezaron una vez aún continúan cada día diciendo: “Padre, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras...”

 

Fraternidad iniciada en la Playa y después con dos nuevos domicilios, como los vecinos. Porque desaparecieron las chabolas de la playa y, posteriormente, las casas prefabricadas donde fueron trasladadas las familias. Pero la Fraternidad continúa con el mismo espíritu, el que indicaba la Hta. Magdeleine: “no querer más apostolado que la irradiación silenciosa de una vida religiosa profundamente contemplativa”.

La Iglesia de Málaga las acogió y se siente contenta y agradecida con su presencia. Por todo, también por la “incomodidad” que para la propia existencia cristiana representa tener enraizado entre nosotros el mensaje de la Fraternidad, que es signo que interpela, aunque las hermanitas no pretendan ser “incómodas”, sino todo lo contrario. Pero siempre penetra en el interior de cada uno y de cada grupo el amor a Jesús, vivido y fortalecido por los “permanentes de la oración” en medio de los más pobres. La Fraternidad siempre será “señal de contradicción” para nuestro mundo de eficacia, de estrategias, de materialismo, en alguna dosis infiltrado también dentro de la comunidad cristiana.

La Fraternidad de Málaga desde el 12 de Diciembre de 1955 hasta hoy, en ella y con las hermanitas rezamos el final de la Oración del Abandono, en cualquier situación, en cualquier momento personal y comunitario, en la etapa de nuestro mundo y de la Iglesia, siempre contemplamos a Dios:”PORQUE TÚ ERES MI PADRE”. Y salimos con paz y con deseos de Evangelio.”

En la Playa de San Andrés vivían muchísimas familias gitanas que simpatizaron con las hermanitas desde el primer día, “adoptándolas” como si fueran “unas de ellos”. Una de las niñas que frecuentaron la fraternidad desde los primeros momentos, Leo, nos ha contado recientemente sus recuerdos de infancia y adolescencia, tan ligados a la presencia de las hermanitas:

“Cuando conocí a las hermanitas, en la Playa de San Andrés, yo era muy chica, tenía seis o siete años. Ellas fueron una luz para las niñas que estábamos allí. Para nosotras eran como una familia más. Si llegaba y estaban comiendo, comía con ellas. No las miraba como monjas, ni ellas a mí como a alguien extraño, éramos familia. Con María Rosario tuve mucho roce, me daba tirones de oreja, porque me gustaba ir a la capilla pero no rezaba. Más tarde, para mi hija, hermanita Elisa es su segunda madre.

Recuerdo que una vez por semana se comían las sobras del día anterior y el dinero que ahorraban lo daban a quien tenía más necesidad. Esto lo solían hacer el miércoles.

No tienen ninguna paga del gobierno, ni de nadie; si quieren comer tienen que trabajar. Esto lo he visto yo viviendo cerca de ellas, día a día.

Trabajaron en las conservas de pescado, como las otras mujeres del barrio. Estuvieron en una fábrica del Bulto. Yo también fui a trabajar con ellas, pero era tan pequeña que me tuvieron que poner un banquillo para poder hacer el trabajo. Si venían los inspectores, a las chiquillas nos escondían. Después trabajaron también en otra fábrica, frente al mercado del Carmen.

Mi padre, que trabajaba el mimbre y el plástico, enseñó a hermanita Carmen Victoria; juntos iban a vender a un rastro, en Huelin.

Cuando las inundaciones, mi madre y Elisa estaban cogiendo caracoles en Campanillas. El agua entraba con mucha fuerza en las casas, en algunas llegó hasta la ventana. La casa de las hermanitas quedó mal. Ellas se quedaron en nuestra casa porque en la suya no se podía entrar.

Nos enseñaban a rezar. Me prepararon para la primera comunión y me hicieron una fiesta, con comida y todo. Una señorita amiga de ellas me regaló una muñeca de cartón, con muchos colores; se me mojó y se deshizo totalmente. María Rosario me prometió otra para Reyes y, de hecho, otras personas que ellas conocían me la dieron.

Carmen Victoria me vistió para la boda, me preparó, yo sólo tenía trece años. 

Por medio de las hermanitas, Pilar Saborido me apuntó a una escuela profesional, donde me enseñaron a leer, a coser, etc. También ellas me buscaron trabajo en casa de una profesora en El Palo, para cuidar una niña.

Me queda el recuerdo de una cosa que he vivido y en la que me he encontrado muy a gusto.”

                                 

Otra niña de aquellos tiempos, María, vivió de muy cerca la llegada de las hermanitas, con todos los detalles. Así nos lo cuenta:

“Al inicio de la década de los años cincuenta, la barriada de Huelin era conocida en Málaga como “Barrio Obrero de Huelin”. El calificativo de “obrero” lo tenía como consecuencia de que prácticamente toda la actividad industrial de Málaga se realizaba en su entorno, ya que todas las industrias estaban ubicadas en este sector. Las actividades eran muy diversas: industria metalúrgica, textil, química, de transformación del pescado, tabaco, pesca artesanal, etc.

Los habitantes de la barriada pertenecían a la clase humilde en su inmensa mayoría y poseían un escaso nivel de formación. El sustento familiar lo conseguían trabajando en las distintas fábricas o faenando en la pesca.

La desestructuración social en algunas zonas era evidente. El Obispado tenía una gran inquietud por la barriada. Teníamos nuestra parroquia, San Patricio, que era pequeña y humilde, como nuestro barrio. Gracias a la labor de nuestro párroco, D. Emilio Benavent Escuín, se consiguió la construcción de la nueva parroquia, que es la que hoy existe.

D. Emilio Benavent, cuyo humanismo cristiano le impulsaba a trabajar sin descanso a favor de los pobres y desamparados, para impulsar la labor evangelizadora, consiguió incorporar al barrio a la Srta. Elena a la que encargó organizar toda la labor social de la Parroquia. Se la presentó a mi familia y le dijo a mi madre que tenía mucho interés en que se alojara en mi casa. Se quedó a vivir con nosotros, y sobre todo mi abuelita la acogió con mucho cariño.

La Srta. Elena  realizó el estudio del barrio, visitaba las chabolas que existían en las playas de San Andrés y las casas, atendía la problemática que le planteaban y trabajaba sin descanso. Con cierta periodicidad se ausentaba y al regreso de uno de sus viajes se presentó con el hábito de la Fraternidad, le dijo a la abuelita que había profesado como Hermanita de Jesús. Ella siguió viviendo en mi casa hasta que habilitaron una chabola en la playa de San Andrés. La chabola  apenas tenía muebles y mi abuelita le dio varios enseres (mesa, utensilios de cocina y unos bancos, que de día los utilizaban para la capilla y de noche de cama). Se incorporaron dos nuevas hermanitas, Miriam y Marie. La chabola carecía de los servicios más esenciales. Como no tenían agua venían a mi casa a lavar la ropa, y mi abuelita les daba de merendar, les hacía un té que les gustaba mucho.

Las tres hermanitas se pusieron a trabajar en la fábrica de pescado y en la industria textil. Les hicimos un plano de toda la barriada y ellas se repartieron la labor asistencial y evangelizadora. Así permanecieron hasta que el barrio fue evolucionando y el Ayuntamiento quitó todo el chabolismo de la Playa. Entonces la Fraternidad se trasladó a la barriada de la Palmilla, donde hoy siguen dando testimonio de su carisma.

Como conclusión quiero resaltar  que guardo unos recuerdos imborrables de los años que tuve de convivencia con las Hermanitas de Jesús, porque el testimonio que me transmitieron aún perdura en mí.”

 

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