Argelia

Una hermanita francesa que lleva muchísimos años en Argelia nos cuenta la historia de su amistad con ese pueblo.

Mi historia con este país musulmán empezó muy temprano, antes de que oyera la llamada a seguir a Jesús en la Fraternidad.

En la época de la guerra de independencia de Argelia (1954-1962) - y de todos los movimientos de independencia en los países bajo dominación extranjera y en particular francesa  -  yo era joven. Formaba parte de los que militaban en contra de las injusticias de la colonización, muy fuertes en Argelia. Muchos jóvenes franceses hacían el servicio militar allí (la objeción de conciencia no era reconocida y era sancionada con la cárcel). A dos de mis hermanos les tocó en ese momento. Uno se quedó en Francia, al otro lo enviaron a Argelia y allí lo mataron, dejando a su joven esposa embarazada.

Entretanto yo había entrado en la Fraternidad y había solicitado irme a África del Norte para dar mi vida en esos países maltratados por la injusticia de la historia. La muerte de mi hermano, que había tenido también este deseo de cercanía a favor de la justicia y que no pudo realizar, me llevó a pedir expresamente que me mandaran a Argelia, donde la violencia y la injusticia habían tocado a tantas familias. Me sentía ligada, de manera especial, a ese sufrimiento.

No conocía nada del Islam. Ha sido en contacto con este pueblo donde he aprendido poco a poco a descubrir una senda hacia Dios distinta de la mía. Por su historia, puesto que nació aquí, la Fraternidad me daba la “tierra” donde podía crecer mi deseo de conocer y respetar al “otro”, en su diferencia, en su camino y,  también, de enriquecerme con esta diferencia en el encuentro cotidiano.

Marie Danièle con unos amigos en Orán

Durante esta marcha no han faltado los altibajos, momentos de rechazo y de desánimo, otros en los que me sentía tan rica con mi fe y con mi tradición que tenía pocas ganas de entrar en la del otro. “¿Qué podrían aportarme que yo no tuviera ya?”.    Pero  las  amistades  construidas  día a día, en la cercanía, en las penas y alegrías compartidas, me ayudaron a querer conocer al otro en aquello que alimenta su fe, más allá de las incomprensiones que podríamos  llamar “dogmáticas”.

 Nuestra vida nos pone en contacto con gente sencilla, que está lejos de una cultura religiosa que a veces encierra y excluye, de un cierto “fariseísmo” que puede matar... De estos amigos he recibido a menudo el testimonio de una fe muy grande, propia de “buscadores de Dios”. Me acuerdo particularmente de una vecina anciana, en un pueblecito, a cuya casa entré un día. Estaba sola tejiendo (aquí esto es raro, ya que siempre hay mucha gente de todas las generaciones en las casas) y le pregunté extrañada: “¿Estás sola?”. Respuesta inmediata salida del corazón: “No, no estoy sola, estoy con mi Señor”. ¿Tengo yo siempre conciencia de esta presencia viva de Dios, más cercano a mí que mi vena yugular (expresión del Corán)? Todavía hoy, transcurridos  veinticinco años, este testimonio permanece vivo en mí. 

Durante mucho tiempo fuimos construyendo, poco a poco, una amistad que nos ha enriquecido mutuamente. Después llegaron los “años rojos”, los años 1990-2000, los años del fanatismo ciego, en los que todo aquello que no entraba en esa línea extremista venía del diablo, y por eso mismo debía ser eliminado. Nosotros, los cristianos, no éramos sino un pequeño grupo entre todos los “impíos”. En 1991, en lo más fuerte de la avalancha integrista, “ellos” vinieron a sitiar Argel, donde se encontraban, según decían, tres millones de Koufar (impíos), es decir, toda la población de la capital.

Me sentí solidaria, desde mi discreto lugar de extranjera, con todos los que ejercían la resistencia, arriesgando la vida, sobre todo con las mujeres que luchaban por su libertad. Cuántas fueron asesinadas porque se negaban a llevar el velo o porque continuaban trabajando. ¡Cuántos papás sostuvieron a sus hijas en esta lucha, acompañándolas a la escuela cuando las habían amenazado en el camino! Acabamos de hacer memoria del 10º aniversario del asesinato de un imán que acababa de condenar oficialmente la violencia, en su sermón del viernes en la mezquita. ¡Hubo millares de mártires de la fe en un Dios de paz y de misericordia, que no era el que les querían imponer!

En 1994 empezó también el asesinato de religiosos cristianos, que continuó durante dos años, mezclando nuestra sangre con la de tantas víctimas inocentes. En octubre de 1994, dos religiosas Agustinas Misioneras españolas fueron asesinadas a la puerta de nuestra fraternidad, cuando venían a misa a nuestra casa.

La Iglesia ha querido vivir aquí esta solidaridad hasta el fin, con todas las consecuencias. No más valiente que millones de argelinos, sencillamente solidaria, como “a la cabecera de un amigo, de un hermano enfermo, en silencio, cogiéndole la mano, y secándole la frente. Por causa de Jesús, porque es él quien sufre en esta violencia que no perdona a nadie, crucificado de nuevo en la carne de millares de inocentes (...) ¿dónde habría de estar la Iglesia de Jesucristo, que es también el Cuerpo de Cristo, si no estuviera sobre todo ahí? (...) Se trata de amor, de amor en primer lugar y sólo de amor. Jesús nos ha dado el gusto por esta pasión y nos ha enseñado el camino: No hay mayor amor que dar la vida por aquellos a quien se ama.” (Monseñor Claverie en una homilía, dos meses antes de ser asesinado en 1996).

Alguien me dijo a raíz del asesinato de  los siete monjes y de Monseñor Claverie dos meses después: “Gracias por haberos quedado (nosotros, la Iglesia de Argelia), esto nos permite mirarnos como en un espejo”. Aún hoy este testimonio me aporta el sentido de nuestra presencia, acompañando a este pueblo destrozado por toda esta violencia absurda.

Tenemos también el testimonio de una periodista musulmana: “Estas santas mujeres y estos santos hombres se quedaron únicamente por nuestra causa y ofrecieron su vida. Pero los que ofrecen su vida la ganan en Dios. Porque delante de Él todos están vivos (cita del Corán). Es el Dios de los vivos... Pienso que es Dios quien quiere la presencia de la Iglesia cristiana en nuestro suelo de Islam. Él es omnisciente y lo que se debe realizar no será sin vosotros. Sois un injerto en el árbol de Argelia que, si Dios quiere, crecerá hacia su luz.”

Estos últimos años la vida se ha reanudado. Hemos podido rehacer, más o menos, todas las relaciones. En la ciudad, más marcada por la desconfianza y el miedo que se habían instaurado durante esos años, se ha tenido que volver a empezar, con una “obstinación sagrada”. Es uno de nuestros retos. Aprendiendo de nuevo la vida con los demás, hemos aprendido también de nuevo con ellos una fe abierta al otro, rechazando la violencia y procurando acoger la diferencia como una riqueza.

Otras hermanitas que viven aquí en Argelia completan lo dicho compartiendo algo de su experiencia:

“La diferencia en la fe, en el camino de oración, en la concepción de la sociedad, de la persona y especialmente de la mujer, me ayuda a descubrir lo que me encierra en mi sistema religioso.”

“Juntos nos descubrimos humanos, amasados con el mismo barro. ¿No será esto el camino de la Encarnación... salió de Él mismo, se hizo semejante a los otros? En lo más profundo del encuentro pasa algo que es más grande que nosotros dos... como una tercera dimensión, el Otro.”

“A través de una experiencia de formación humana hecha con musulmanes descubro, cada vez más maravillada, el trabajo de Dios en cada uno y este esfuerzo común para la humanización del mundo. ¿No es eso construir el Reino, la Fraternidad Universal?”

Estas líneas quisieran compartir algo de la historia de mi alianza con un pueblo musulmán que dura desde hace casi 40 años, alianza para lo mejor y para lo peor, hecha de sufrimientos y de reconciliaciones, en un camino común hacia el Reino.

Marie Danièle, de Argelia.

 

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